El Último Telegrama a Bayswater
En la mansión de Bayswater, el gas agoniza
y tizna los retratos con un luto amarillo.
Las cortinas de encaje, como viudas calladas,
guardan el frío de tus manos en cada hilo.
El reloj de péndulo tose las tres, las cuatro...
cada campanada es un clavo en mi ataúd.
Tu daguerrotipo me mira desde el secreter:
ojos sepia, labios que nunca dirán "ven, vuelve tú".
Afuera, Londres ahoga sus faroles en niebla.
Los cuervos deletrean tu nombre en los aleros.
Yo escribo cartas que no envío, tinta y óxido,
mientras la hiedra entra por la ventana y me cubre entero.
Recuerdo el corsé de tu risa, tan apretado,
el crujido del satén cuando bailamos el vals.
Ahora solo queda el fonógrafo mudo,
y el eco de tu vestido arrastrando cristales.
Madre guarda tu guante en una caja de plata,
con naftalina y rezos para que no vuelvas.
Yo abro los frascos del boticario cada noche
buscando un veneno que sepa a tus violetas.
Dime, ¿en qué cementerio florecen tus huesos?
¿Bajo qué lápida victoriana duerme tu piel?
Aquí solo queda el té frío, el luto perpetuo,
y este corazón —relicario vacío— que aún te es fiel.
Las cartas no llegan al otro lado del mármol.
La tinta se borra. La niebla lo borra todo.
Y yo, caballero de un reino de polvo y polillas,
brindo con láudano por nuestro siglo roto.