El rastro sigue intacto. No se acaba.

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El rastro sigue intacto. No se acaba.
No me atrevo aún a revelar mi identidad.
No he aceptado del todo ese fuego atrapado en mi alma.
Virginia Woolf, from an article titled "The Satirists and Fantastics," featured in The Collected Work of Virginia Woolf
Fonforio
Vivo en un lugar supremamente aburrido. Aburrido a los ojos de cualquier joven en sus veinte , o en su adolescencia, porque es un pueblo tranquilo, pequeño, sin muchos espacios destinados a la diversión. De manera que, hemos tenido que prestarle muchas herramientas al ingenio para hacer los días más llevaderos.
A los 15 años, mis planes en el pueblo no incluían ir al cine, al centro comercial o cualquier cosa parecida, simplemente porque no había nada de eso. En cambio, descubríamos sitios ocultos en la zona rural. Alistábamos las motos, una mochila con comida, y salíamos esperando encontrar una aventura.
El mayor reto era sortear los obstáculos del camino: huecos en la tierra, colinas inclinadas, zonas con arena tan suelta que hacía tambalear las llantas. Pero, sin duda, los baches eran la mejor parte del paseo. Tuvimos muchas caídas que terminaron en carcajadas interminables. Conocimos paisajes hermosos, rincones tranquilos para conversar, e iniciamos nuestras propias tradiciones.
La aventura comenzaba justo después de regresar del colegio. Almorzábamos, nos quitábamos el uniforme y, alrededor de las dos de la tarde, cuando el sol se erguía en su mayor esplendor, nos reuníamos en el punto de encuentro, que solía ser mi casa en aquel entonces. Era la hora perfecta porque salíamos con la excusa de “hacer tareas”. Íbamos tres en cada moto —rompiendo las reglas por completo— y con el tiempo trazamos distintas rutas. A nuestra actividad le pusimos nombre: fonforio, una palabra que uno de nosotros escuchó en algún lado y, tras pasar por una especie de teléfono roto, terminó en ese juego extraño de letras.
No se encuentra en ningún diccionario, pero para nosotros la denominamos así:
Fonforio: actividad relacionada con salir en las horas de la tarde a recorrer zonas rurales de un pueblo, en grupo de más de tres personas, específicamente en moto y haciendo recocha durante todo el camino, sin tener un destino fijo.
Si queríamos adrenalina, tomábamos el camino de las lomas. Si queríamos tranquilidad, íbamos hasta una canchita artesanal construida por los habitantes de la zona. Si lo que queríamos era velocidad, tomábamos la ruta de la placa huella.
La ruta fue creada con éxito y solo en dos ocasiones terminó en desastre.
Mi regalo de quince años fue una moto sencilla que cumplía con la función de llevarme al colegio. Lo que mi abuela no sabía es que esa moto se convirtió en parte de nuestra ruta y nos llevó a muchos lugares lejanos, aunque siempre dentro de los límites del pueblo. Nunca mirábamos más allá porque no queríamos abandonar nuestro hogar; solo buscábamos un poco de aventura lejos del asfalto y el polvorín.
Al terminar el bachillerato, las rutas se acabaron. La promesa de seguir con las aventuras se fue desvaneciendo a medida que creciamos. Hoy los planes son otros, pero siempre permanecerán los recuerdos, las experiencias y la certeza de que, si tuviéramos la oportunidad, no cambiaríamos nada.
Cuando me fui a la universidad, conocí muchas cosas nuevas. Aunque no era una ciudad muy desarrollada, la diferencia con mi pueblo era abismal. Las noches eran de fiesta, las conversaciones giraban en torno a relaciones que no entendía, y todos lucían mayores que yo, incluso teniendo la misma edad. Me sentí atrasada.
Con el tiempo entendí la dinámica, amplié mis horizontes y culminé mi carrera con éxito. Nunca me he avergonzado de mis raíces, y jamás lo haré. Con orgullo digo el nombre de mi pueblo, aunque nadie sepa ubicarlo en el mapa.
Mientras mis anécdotas eran rurales y rudimentarias, las de mis compañeros eran citadinas. Aprendí de todos los excesos, aunque nunca me entregué a ellos. No juzgo a quien sí. Mi mente se formó en un lugar pequeño, pero las fronteras dentro de ella no existen. Siempre he estado abierta a la diversidad, a las distintas formas de pensar, de relacionarse, de existir.
Venir de un pueblo escondido en la subregión de La Sabana me ha hecho comprender la inmensidad del mundo comparado con el pequeño pedazo de tierra en el que nací.
Y sí, es aburrido en un sentido convencional, pero el realismo mágico brota en cada hoja que cae de los árboles y se amontona en las aceras. En el canto de las cotorras a las cinco de la mañana. En la neblina de madrugada que indica que va a ser un día soleado, perfecto para un fonforio
-Car, 18 juli 2025.
La hoja en blanco
Una persona como yo no puede ofrecer consejos de escritura, porque llevo un libro atorado en la garganta que se rehúsa a ser expuesto. Presiento que seré de esos escritores que tardan diez años en escribir una novela, porque —voy a ser honesta— no aprendí a desarrollar el hábito de la disciplina.
Digamos ahora que soy arquitecta —lo dice el título colgado en la pared—. Esta carrera, principalmente, la elegí por el ego. Y también porque era lo más parecido al “arte” y aún seguía sonando muy serio. No voy a mentir: me costó mi ciclo del sueño, llegué a niveles de estrés inimaginables, gasté mucho dinero y lloré todos los semestres... pero me gustó. Y aunque quise renunciar mil veces, nunca consideré hacerlo en serio, porque hay algo en la presión y el final de los límites que me llama la atención y me fascina.
Treinta y seis horas sin dormir, dieciséis planos por entregar, dos maquetas detalladas, investigación previa, análisis interminables... Todo eso me alejó de la poesía. Ahora, no solo me siento desempleada, sino desplazada: de las letras, de las palabras. Supongo que tenían que cansarse de ser, ni siquiera las antagonistas, sino extras en la película. De tal manera que ya no quieren volver a ser parte del reparto de mi vida, ¿verdad? Pues les tengo una mala noticia: las he convocado para el estelar.
Voy a delirar y escribir confesiones sin sentido hasta que formen un borrador de seiscientas páginas. Y probablemente luego volverán a quedar encerradas en la jaula mística del olvido. Aquí, en este solitario blog en internet.
Bueno, esto no era para quejarme. Se supone que era un ejercicio de escritura, y no hay nada que me cague más que un escritor que se queja del bloqueo inspiracional. Pero tal como dicen por ahí: lo que más te molesta de otro es, precisamente, lo que te molesta de ti.
Hasta la próxima queja desde la jaula del bloqueo creativo. Se vienen próximas confesiones.
-Car. 16 Jul, 2025.
¿Está bien tener fantasías? Existen infinitas respuestas a esa pregunta, que van desde lo religioso hasta lo psicológico. Como persona de medios, ni extremista ni escéptica, puedo afirmar con certeza lo más incómodo de escuchar: depende. Depende de la fantasía, de su magnitud, y de cuántas veces al día ronda la idea en tu cabeza. Simplifiquemos: todo en exceso desmedido es malo. Pero las fantasías… no todas son iguales.
Yo suelo ser una ávida lectora. Leo de todo: desde clásicos hasta impostores que intentan imitar al Marqués de Sade y escriben novelas malísimas sobre poliamor, sadomasoquismo y criaturas fantásticas. La primera vez me espanté. Después, lo admito, me causó risa. No fantaseé con replicar ese estilo sexual tan específico, pero entre todo ese montón de metáforas en ayunas hubo un personaje que me atravesó.
Era una mujer segura, con carácter firme, poder y dominio. Una figura que no solo me atrajo, sino que me perturbó. Pasé días deseando una mujer así. No solo por deseo, sino por poder. Entonces entré en un bucle: comparaba a todas las personas de mi entorno, soñaba, deliraba. No podía evitarlo.
La única cura fue cambiar de lectura.
Debo confesarlo: soy apática a la ficción. Pero hay algo en el realismo mágico que me atrapa. Tal vez porque allí la fantasía está tan pegada a lo cotidiano que parece verdad. Aun así, mi gusto culposo son definitivamente esos libros mal escritos que describen, con torpeza pero insistencia, el tipo de mujer que me gustaría encontrar... ¿o ser?
Ahí es donde la fantasía se desdobla. A veces no deseamos al otro: deseamos ser ese otro. Habitarlo. Convertirnos en una versión que encarne lo que admiramos, lo que tememos, lo que el mundo no nos permitió. Entonces vivir mucho tiempo en la ficción no es solo una forma de evasión: es también una manera de moldear nuestros propios límites.
Volviendo a la pregunta inicial: cada persona tiene fantasías que se multiplican en pequeñas formas. Por eso existen escritores, directores de cine, arquitectos. Porque hay quien fantasea con una mujer inalcanzable y quien diseña un edificio imposible. Nadie puede alegar tener la respuesta correcta. Todo depende de tus pensamientos íntimos, de tus creencias y tu cultura.
El mundo es tan extraño, tan absurdamente narrativo, que cuando me siento culpable por mis fantasías (a esas les debo un apartado propio), solo salgo a la calle y observo. Me doy cuenta de que habitamos un mundo escrito por algún pasante junior de Gabriel García Márquez. O de Vargas Llosa. O de algún loco que niega la ficción mientras escribe fantasía.
Y se me pasa la culpa. Pero solo por un rato.
De nuevo estoy sintiendo de más, dando de más, pensando de más… y recibiendo tan poco, que hasta el silencio pesa. -Orri.
Dices que amas la intensidad, pero, ¿cómo esperas fuego de mí, si nunca me diste ni una chispa? -Orri.
Ya no hay nada que nos relacione, ni siquiera las palabras.
Hubo un momento en el que existía... Y después desaparecí.
Hubo un momento de desenfrenadas sensaciones, caos placentero y encuentros ilícitos. Hubo manos temblorosas, besos declarados que terminaron en incumplimiento, olvido impuesto y separación. Hubo un amor esparcido en el aire, a la espera de algo que nunca existió más allá de las ilusiones. Hubo un torrente de agua esparcido en mi interior, tempestad acumulada, incendios que no lograron extinguir la inocencia que tanto le molestaba a mi piel.
Fuiste testigo de toda la poesía que surgió en mí en aquella época y no hiciste nada por reclamar tu nombre escrito en susurros disfrazados de metáforas. Fue un aforismo vivaz declarado en silencio ante miles de espectadores y no estuviste en ningún asiento, aunque toda la audiencia eras tú. Fuiste mis sueños, los versos indelebles condenados a mis dedos, mis horas de madrugada, la ruta que marcaba mis pasos. Todo me llevaba a ti y no quería resistirme.
Hubo un momento en el que cerraba mis ojos para tenerte cerca, inventaba significados, encontraba sinónimos extraviados, perdía mis sentidos y desdibujaba cualquier cosa que pudiera delatarme. Callé tanto y grité tan poco porque así estaba impuesto. Me acoplaba al ruido de tu silencio y seguía tus pasos mudos. Estuve tan próxima a tus océanos, a la revolución de tu vida y, sin embargo, fui una espectadora secundaria en tu historia. Hoy quedan restos mínimos que vagamente forman un poema.
Hubo un amor que ya no existe, un puente que hoy fue descolgado. Hay un desconocimiento, un exilio premeditado, una lejanía impuesta por la razón. Hoy, el olvido que tanto anhelé por aquellas épocas, tomó el lugar de aquel amor que no encontraba cabida en ningún espacio más que en tus manos.
Gracias porque tú me llevaste a la siguiente musa y esa... Es quien hoy reposa en mis nudillos, cuyo nombre vive permanentemente en mis labios. Pero hubo un instante en el que te quise y luego simplemente dejé de existir
Gloria Fuertes
Al fin y al cabo, hasta la herida que se resiste a sanar, algún día, es cicatriz.
Una vez fui la historia trágica o bonita de alguien que parecía no tener fin, y ahora solamente soy un recuerdo, bueno o malo, que un día el viento limpiará y sólo habrá la sensación de algo vivido.
Benjamín Griss
Me voy a empapar de amor, de poesía, de sol. Voy a enfrentar esto diferente, con mucha valentía, con mucha resiliencia, con mucha dedicación.
A veces ya no quiero seguir escribiendo en silencio, sin espectadores. No quiero seguir entregándole versos a la nada, a la inercia. Llevo un intenso oleaje atorado en la garganta y siento que la sal ha cortado mi voz. A veces quiero renunciar y fundirme con el horizonte, publicar mi poesía, darle el estelar a mis letras. Volverme viento, volverme sol, dejar de amar, dejar de sentir que cargo con todos los océanos en mi espalda. A veces quiero confesarme frente a tus pies y que me estampes un “No” en la frente. Que incendies mis cuadernos, que acabes con las minúsculas que se esconden en mi nombre y forman el tuyo.
Pero te quiero, y si no te muestro mi poesía, es porque es mi forma de mantenerte alejada de islas en las que no quieres naufragar.
Jorgelina Soulet
Alejandra Pizarnik, Diarios.