No sé muy bien por qué, pero al igual que sus hijas, yo también quería que llegara el viernes para que apareciera con su show.
Me alegraba verlo, intercambiar un breve saludo "Epa mijo ¿qué más?" y luego, escuchar como lideraba todo aquel despliegue de alegría en ese apartamento de las vecinas; que entre lunes y jueves se mantenía más tranquilo que un "ojo de vidrio".
Era un cincuentón de esos cuya piel enrojecida sugería, más que un bronceado, un asunto de presión arterial elevada; mucho cochino frito, mucha chinchúrria, mucho bombardeo de cosas de esas que complican el normal desenvolvimiento del corazón y el sistema digestivo, entre otros.
Aunque a decir verdad no estaba tan gordo; más allá de la panza que seguramente le dificultaba mirarse el pipí y los pies, no era un tipo tan robusto.
Tenía la boca tan grande que en ella cabían todas las palabras del castellano formal y el coloquial, pero "todas" al mismo tiempo; sin embargo, eran las camisas lo que más llamaba la atención.
Escandalosas como nada en la vida. De flores. Colores insoportables para ojos sobrios y decentes; es que este señor se había graduado con honores en la universidad del mal gusto.
Era un padre orgulloso que venía todos los fines de semana a compartir con sus hijas. A generar una insoportable humareda achicharrando toneladas de carne.
A veces se asomaba y como me veía ahí detrás de la reja de mi apartamento mirando en silencio, me invitaba a masajear mis dientes con sus chuletones suculentos, a lo que por supuesto, yo me negaba usando el embuste de: "tranquilo jefe no se preocupe ya yo comí y estoy hasta los teque-teques".
Aquello era como para llamar a los bomberos. ¿A quién se le ocurre hacer parrilla en un apartamento del tamaño de una cabina telefónica? ¡A él pues! Pero bueno, ya me había acostumbrado. Eso era todos los viernes, sábados y domingos. Y con música de Billo como eterno soundtrack.
A veces venía reforzado con par de amigos con su mismo perfil, pero con la única diferencia de llevar camisas más decentes.
Un día el carismático personaje de esta historia trajo una con tantos colores que ni Lady Gaga se atrevería a lucirla. Eran unas flores locas en amarillo, verde, rojo, naranja, marrón... ¡Una verdadera pesadilla para mis pupilas!
Y con esos colores llenaba el apartamento; con sus estridentes carcajadas inundaba el edificio, y con esos chistes trillados y picantes conseguía hacer sonreír a un tipo poco dado al humor, como lo soy yo.
No es que fuese depresivo o drama queen. Simplemente era más serio que un revolver y no andaba por la vida con jueguitos y risitas; era algo amargado. Pero no sé cómo, de un día para otro me convertí en una especie de fan de ese señor.
Y eso sin compartir con él, simplemente contagiándome con su vibra bochinchera desde mi apartamento.
Tenía motivos para estar orgulloso este personaje. Sus hijas la verdad no tenían cuentos raros; sus expedientes estaban limpios. La mayor tenía su novio, un profesional de la informática, contemporáneo con ella —unos 32 años más o menos— que eventualmente participaba en las comelonas organizadas por su suegro. Y parece que tenía buenas condiciones para echar un pie al ritmo de la Billo's según escuchaba yo los mensajes gritados de aprobación cuando incursionaba en la pequeña pista de baile que era la salita.
La del medio, la más bonita, quizás unos 22 años, introvertida, estudiosa, solitaria. Luego estaba la menor; rondando los 15 seguramente y desde temprana edad desarrollando actitudes alegres y carnestolendas como su padre.
¿Cómo una sola persona podía tener la capacidad de cambiar el humor de todo el piso 7 del edificio "Las Palmas"? ¿Qué hacía de lunes a jueves? ¿Dónde estaba la mamá de las muchachas? ¿Dónde vivía él?
Esas eran las preguntas que saltaban a mi mente mientras me hacía cada vez más fan de este personaje, que de haber tenido un programa de televisión seguramente se hubiera hecho famoso como "El ciclón de la alegría".
Extrañamente un día en mi oficina me di cuenta de su gran influencia al notar que estaba tarareando una de esas históricas melodías del maestro dominicano, en vez de estar interpretando —de manera terrible por cierto— a mi ídolo Freddie Mercury.
También mis compañeros se comenzaron a preocupar por mi salud mental, al descubrirme varias veces riendo a carcajadas en el baño o en el depósito; es que de repente me venían a la mente los chistes más recientes del repertorio narrado por el susodicho personaje, que sin duda me recordaban a los de Miguel Ángel Landa en "Bienvenidos".
Definitivamente, como dirían por ahí: "viendo los toros desde la barrera" con el tipo de las camisas de carnaval, había germinado de manera sostenida dentro de mi un cambio de actitud, una percepción más fresca y desenfadada de las cosas.
Comencé a tener un impacto especial sobre mi entorno; sencillamente la gente se sentía atraída por una nueva versión de mi. Más agradable, jovial, creativa y hasta jocosa. Pasé de ser candidato al premio "nube negra del año" a convertirme en el pana con el que la gente quiere tomarse unos tragos.
Aquel viernes salí temprano de la oficina, pasé por el centro de hidratación color azul hospital y me compré 4 birras, unas papas fritas y un chicharrón, para instalarme en mi apartamento cómodamente y desde ahí vacilarme mi concierto de cada fin de semana con la principal orquesta del país, interrumpido pertinentemente de cuando en cuando por los chistes del hombre que había cambiado mi vida.
Pero ese viernes no hubo fiesta. No hubo bulla; no hubo nada. El hombre no vino. Pasé mi viernes asomado en el balcón con una sensación de vacío difícil de disimular; me quedé pensando en lo dependiente que me había vuelto de una persona que apenas había notado mi existencia.
El sábado en la mañana escuché a una de las hermanas llorar saliendo del apartamento, pero cuando abrí mi puerta ya ella había desaparecido. Me atreví y toqué a la puerta pero nadie salió. No estaba ninguna de las tres.
Me sentí con una pesadez tremenda y una mala vibra que asfixiaba mi mente; pensaba y pensaba. Asociaba la ausencia con aquel llanto y nada positivo aparecía en el repertorio de mi cerebro.
El siguiente miércoles en la frutería me encontré con la hermana mayor y no pude aguantar así que la abordé estableciendo un récord mundial de nervios dentro de mi cuerpo. ¿Cómo le iba a preguntar a alguien que no he tratado nunca sobre su papá a quien tampoco conozco?
Pero bueno, como pude me le acerqué y tartamudeando le manifesté que había escuchado llantos aquel día y que había notado la ausencia del visitante festivo de los fines de semana.
Levantó la cara que estaba clavada en el suelo y restándole protagonismo a su lisa cabellera azabache, la apartó de su rostro y me mostró los ojos como espejos de dolor; me dijo con un hilo de voz torturada por el destino que su padre había fallecido.
Yo quedé paralizado. Aunque esa posibilidad aparecía en lo más alto del ranking de posibilidades, me taladró el alma aquella noticia.
Le pregunté, ¿cómo era posible que alguien tan alegre, tan vivo, tan enérgico pudiera morir?
Y fue allí cuando me habló sobre el dato más sorprendente de esta historia y que definitivamente se convertía en el argumento más sólido para llevar adelante el proyecto de hacerle una estatua a este gran caballero; su hija mayor me dijo que la muerte no fue sorpresiva ya que este extraordinario ser tenia "años" padeciendo una terrible enfermedad y que sobre sus hombros, mientras bailaba con la Billo's, pesaba una dolorosa sentencia para arrebatarle la vida.
Escuchar eso cambió, ahora si, mi vida para siempre. Porque ahora, si es una vida lo que tengo. Porque ese viejo me enseñó.
Lloramos juntos en la frutería como hermanos. Ella casi se desmaya cuando le conté todo lo que él había significado para mi, sin tener contacto directo. Yo solamente escuchaba, veía y aprendía.
Nos hicimos amigos, las tres hermanas y yo. De hecho tengo muchos nuevos amigos. Soy otro. Tengo un camino, una filosofía de vida. Quiero vivir.
Un hombre enfermo, sin esperanza, vivió los años que ni el más optimista de los médicos podía pronosticar, y los aprovechó para llenar de luz a otros; para dar vida y dictar cátedra sobre la importancia de la risa para trascender y entender de verdad de que se trata todo esto.
Hoy es viernes, compré una caja de birras —bien cara por cierto— a ver si con lo poco que sé de cocina puedo actuar decentemente y no achicharrar la carne. Si queda buena, le voy a ofrecer a las muchachas. A ver como reacciona mi equipo de sonido cuando saque de ahí a Metallica y coloque al maestro de la orquesta.
Copiar por copiar no es sano. No lo estoy copiando. Le estoy haciendo un homenaje al maestro que me enseñó a sonreír.
Además hoy aprendí que esas camisas escandalosas no son caras y las mejores están en sabana grande.
Qué fea esta que cargo. Ni Lady Gaga se atrevería a lucirla. Pero hoy la quiero llevar puesta hasta que me emborrache.
Descanse en paz profesor. ¡Ah! Se llamaba Rómulo. El señor Rómulo.