Les voy a contar toda la historia. Porque muchas cosas pasaron desde que leí lo que que escribió Molina. Nunca fui gran lector, por lo que, caramba; cómo se me produjo ese interés por su libro, es una pregunta que me viene a la mente todos los días.
Lo conseguí en una caja polvorienta de mi viejo, que había trabajado en una pequeña editorial soñadora, la cual fue devorada en poco tiempo por las más poderosas productoras de libros.
Me gustó la portada. Fue lo que me atrapó. Un hombre arponeando en el cielo de la boca a un enorme tiburón que mostraba toda su desordenada y aterradora dentadura buscando convertir en merienda al protagonista de la historia. La obra se titulaba “El Rey del Mar”.
No conozco las exquisiteces del tal Kafka, ni el Hesse, mucho menos el García Marquez, por lo que evaluar la calidad de Molina como lo haría un conocedor —desde la comparación— para mí era imposible. Simplemente me gustó la historia. Descubrí un universo de imágenes y sentí como mi cerebro se ensanchaba.
Percibía que a través de esas líneas no solo entraba en contacto con los más interesantes personajes del mundo, sino que también estaba conociendo a Leo Molina, su autor.
Increíble cómo yo, incapaz de leer ni siquiera un tuit, me haya devorado un libro de 196 páginas; y en par de días. Es que sin exagerar, había como un imán, no podía soltarlo; de no haber sido por tener que salir a resolver un par de asuntos de la casa, creo que me lo hubiera tragado en 24 horas.
Y lo volví a leer. Y hubo una tercera. Se había convertido en una total adicción; una fiebre indetenible como la de aquel disco de Fito Páez que escuché y escuché hasta rayarlo y dejarlo inservible, en mi época de liceista.
Era parte de mi este libro. Y Molina también. Perdí tiempo valioso, definitivamente, siendo fan de Andrea Pirlo. Esto era mucho más interesante. Molina era mi nuevo ídolo. Era otra cosa esto de la lectura. El fútbol me empezó a parecer una tontería. Ahora quería leer. Leer más a Molina, si es que había otro libro de este escritor para nada famoso.
El capitán James era un tipo valiente, con principios, y una visión de la vida capaz de entusiasmar al emo más depresivo del mundo. Lideraba a su grupo y le inyectaba coraje e inteligencia para confrontar a los más atípicos y peligrosos monstruos marinos. Este capitán se transformó rápidamente en un superhéroe para mí. Y el hombre que lo parió desde su cerebro, también.
Mi padre había muerto así que no iba a aportar absolutamente nada, desde el punto de vista informativo, a mi nuevo plan de vida: investigar a tan anónimo y maravilloso escritor. Fue como una orden suprema que me llegó una tarde de cervezas y pizza con pepperoni en mi tugurio favorito, luego de una agotadora disertación con la madera de mi solitaria y escondida mesa.
Comencé a soltar los músculos de esa parte que siempre he tenido dentro como “investigador” y puse manos a la obra sobre el teclado de mi computadora. Acompañado como siempre para esta lides por mi intachable asistente, el señor Facebook, emprendí una minuciosa búsqueda que me pasó varias facturas de trasnochos bastante elevadas.
Resulta que con las herramientas “sociales” de la web logré establecer contacto con el amigo del primo del tío político de la señora que vive a dos cuadras de la bodega donde compra una muchacha que resultó ser la hija de Leo Molina. El hombre estaba vivo; y residía en Mérida. Por mi ex no fui capaz de viajar ni siquiera a Maracay. Pero por Molina podía atravesar el océano nadando. Así que emprendí el largo viaje en bus acompañado por supuesto de mi libro favorito, el cual aproveché de leer nuevamente durante el tedioso trayecto. Siempre disfrutaba la parte romántica: “y entonces ella desbordada de admiración y embelesada por ese cuerpo que parecía una escultura griega, decidió que había llegado el momento de entregarle su pasión al capitán; el hombre que le había salvado la vida”.
No había sido fácil convencer a su hija de recibirme en su casa; era la primera vez que alguien asumía una conducta de fan y trataba de acceder al misterioso mundo de este peculiar escritor sin lectores. Un artista marchito por la indiferencia tal vez. Un hombre que tenía un tesoro oculto, un cofre millonario en palabras.
Nos reunimos en un pequeño café con aspecto del siglo 19; era un pequeño lugar en el que apenas cabíamos nosotros y la persona que nos atendía. Allí, María, una mujer como de 40 años, me habló de la situación de su progenitor; era un septuagenario al borde de la muerte que había pasado por muchas frustraciones en la vida, entre ellas la de haber fracasado estrepitosamente como autor; y no sólo eso, también le perturbó durante años la poca determinación que tuvo de seguir adelante, de escribir otra cosa.
Ella había aceptado mi visita porque pensaba que de alguna manera conocer a su único admirador en el mundo, podía no sé, alegrarle un poco el alma, tan decaída como su organismo en los tiempos recientes.
No se me borra su cara de incredulidad cuando su hija le explicaba en mi presencia lo que él representaba para mí. Miró hacia el suelo, luego levantó la mirada lentamente y me observó varios segundos como esperando el momento de “Aaahhh ¿se lo creyó verdad?”. Pero no era un chiste. Al percatarse comenzó a evitar mi mirada y le pidió a María que hiciera algo de té.
Se veía muy deteriorado, triste, con dificultad para respirar y a veces para hablar. Se expresaba de manera pausada, mostraba sabiduría en cada comentario, y de vez en cuando brotaba una especie de sentido del humor que generaba agradables matices en nuestra tertulia.
No quería apresurarlo con el tema del libro y su historia como escritor, entendiendo según el tutorial previo de María, que eso era algo como un tumor maligno clavado en la memoria del señor Molina.
Fue él quien abordó el asunto: “no puedo creer que haya venido usted hasta aquí motivado por ese libro que ni yo puedo recordar de manera grata. ¿Qué clase de persona puede conmoverse con este bodrio que no consiguió venderle una copia ni a mi hija?”.
Le dije que aunque pareciera increible, ese libro me había cambiado la vida. Ahí sentí que debía bajar la intensidad de la conversación y la desvíe hacia otros temas. Estaba conociendo a un héroe. Había mucho de que hablar, más allá de esas páginas llenas de épicas batallas en los océanos del mundo.
Abandoné su humilde casita luego de un par de horas. Se sentía muy agotado, pero me invitó a volver al día siguiente. Un día que sería inolvidable. El 6 de agosto; el día en que me enteraría de toda la verdad.
Luego de tomar café con leche y disfrutar de unas galletas deliciosas preparadas por María para la ocasión, el viejo Molina me mostró un puñado de hojas amarillentas con olor a guardado. Hojas mecanogrfiadas con el aroma de un secreto celosamente guardado durante años.
Mientras revisaba el material, el anciano con esa voz disfónica que vendía enfermedad , me dijo que lo mejor que pudo pasarle fue fracasar con ese proyecto. De haber triunfado no lo hubiera soportado. Me dijo que lo que tenía en mis manos era la obra original, escrita por su mejor amigo, a quien había asesinado de manera accidental un día que se pusieron a juguetear con una escopeta de caza.
Todo era una mentira. Era un plagio. Una traición. Habia querido aprovecharse de la muerte de su amigo, alguien con capacidades literarias verdaderas. Molina consiguió un contrato de edición pero el día de la publicacion sintió un arrepentimiento enorme. Me aseguró que desde allí comenzó a enfermar lentamente su cuerpo. María estaba detrás de mí con los ojos salpicados de lágrimas. Ella no sabía nada.
Me estremeció cuando el viejos nos pidió perdón. A su hija y a mi, su único fan. Vi una gota anciana atravesar su rostro y ahogarse en la canosa y marchita barba que lo acercaba bastante a la apariencia de un indigente.
Le dije que no importaba ya. Qué igual, seguía siendo mi héroe por lo que había demostrado ante nosotros, que éramos las dos únicas personas que nos preocupamos por él. Le dije que me había dado una lección de mucha importancia. No importa cuánto tiempo haya pasado, siempre podemos limpiar el alma soltando esas cargas que muchas veces desvían nuestra verdadera calidad humana. Luego de decirle esas cosas que de verdad sentí, nos tomamos un trago de ron.
Molina falleció dos años después. Lo visité 4 veces más, las cuatro veces finalizamos nuestras tertulias con un ron. El día que sintió que su momento estaba cerca, le pidió a su hija que me llamara, porque él estaba seguro que su “amigo” ayudaría a Maria con la mejor disposición en todo lo concerniente a su entierro. Le entregó un dinero que había enterrado en el patio y le dijo: “María con esto pagas todo, y sobra para que le brindes una botella de ron a mi amigo”.