Tardes de dos
La banca del parque era nuestro hogar preciado. Yo llegaba y me sentaba, pretendiendo que mi única misión era contemplar cómo la luz de la tarde se filtraba entre las hojas de los árboles. Pero la verdad es que mi mundo se detenía cuando él llegaba. Se sentaba en el otro extremo, con prisas y solo para poder descansar, no hablábamos pero nuestros ojos se perdían en la misma dirección, en la misma danza de sombras que creaba el sol. No sabia sobre su vida, pero conocía la silueta de sus hombros y la forma en que su cabeza se inclinaba mientras cerraba los ojos por momentos y dormía. Me gustaba ver cómo la luz del atardecer le daba un brillo a su cabello, y cómo sus ojos parecían seguir el vuelo de las hojas que caían. Mi forma de decirle que mi alma vibraba por él era simple: las sensaciones de mi cuerpo. Me quedaba inmóvil, esperando que sintiera la misma paz que yo sentía solo por tenerlo cerca porque para mí ese era el pretexto. Él no se dio cuenta, pero cada tarde yo hacía algo para que supiera lo que sentía. El aire se volvía frío y yo no me movía. Esperaba que notara que no me iba a pesar del viento. Entonces, él se levantaba, se ponía su chaqueta y se quedaba a mi lado, sin decir nada. Era su manera de decirme que se daba cuenta de que yo me quedaba. O cuando una hoja caía cerca de mí, la tomaba con cuidado y la dejaba en un lugar visible de la banca, como un mensaje silencioso cuando se iba. Él no lo sabía, pero esa hoja era una parte de mí, de mis ganas de estar con él. Una tarde, me atreví. Acerqué mi cuerpo un poco a él, lo suficiente como para que me escuchara, derrepente por un momento sentí como el escalofrío se apoderó de mí y recorrió todo mi cuerpo pero yo me sentía feliz porque la calidez que sentia mi cuerpo. En ese momento silencioso, rozando mi abrigo con el de él le dije todo: "Me siento protegida a tu lado". Él sin quitar la vista de los árboles, se acercó más a mí y no. No hubieron palabras, ni promesas, ni un "me gustas". Solo el sonido del viento, la caída de las hojas y la cercanía de nosotros en la banca. Y aunque no habíamos hablado demostramos y contamos. Él lo supo por por la tranquilidad de mi mirada. Lo supo porque en ese silencio, nuestras almas ya se habían encontrado.















