Tengo que parar de pensar en Mateo y en todo lo que tenga que ver con sus gustos por el café con leche, las novelas cortas, Lamberti, las mermeladas y dulzuras para untar conservadas fuera de la heladera, la taza de asa marrón que “tomó prestada” de casa de sus padres, el agua a temperatura ambiente, el vino sin hielo en su copa y las notas de Juan Forn para Página 12.
Mateo me dice que el jueves pase a buscarlo por la Tecnoteca a las 22.30, y que no me esconda, que lo espere en un lugar visible, que él a esa hora ya sale del trabajo. Es la segunda vez que me dice que no me esconda. Me pregunto si creerá que no quiero que me vean esperándolo como un perro hambriento. Que no me escondo, le digo.
La primera vez que fui a buscarlo simplemente no vi a nadie en el lugar, así que marché para otro lado. Es verdad que no entré y sólo me quedé afuera convenciéndome de que él no podría seguir ahí, después de todo ya eran las 22.40. Esa noche lo encontré en otro sitio cercano, el Centro Cultural Leonardo Favio. Estaba esperándome apoyado en su bicicleta violeta mientras conversaba con un amigo. Días más tarde me comentó que había tomado frío esa noche, que tuvo que ir hasta el Centro Cultural para enganchar wi-fi y escribirme desde allí para saber dónde estaba, que ya se habían hecho las 22.40. “Perdón”, le dije. Supongo que el chico pronto se dará cuenta de que mi llegar tarde a todos los lugares es algo patológico, entonces me dirá cosas como “sos un peligro, mejor paso a buscarte por donde estés”. Y yo lo esperaré, como un perro hambriento.
Fue una noche de esas también, en la que le dije a Mateo que no íbamos a tener sexo después de la cena. Él pensaba que mi sola aparición brindaba una respuesta positiva a su invitación (enviada durante la mañana vía whatsapp): “Querida N., ¿querés quedarte en casa esta noche? En tu sí o en tu no estará contenida toda respuesta posible”. Esa noche, lo primero que dijo al verme fue: “siento que tenés algo que decirme”. Fue como si de repente le hubieran arrojado un balde de agua fría.
Fueron unos momentos tensos de conversación los que se sucedieron después en los que yo le explicaba absurdamente a Mateo mis razones. Que necesitaba sentir más confianza en él para finalmente hacerlo; que me parecía que él me estaba presionando y yo así no podía avanzar; etcétera, etcétera. En situaciones así siento que una parte de mí no está más, y la otra no entiende nada. Así que no sé muy bien qué decir acerca de cuáles fueron sus respuestas, porque la que ahora escribe de seguro es la parte que se quedó ahí y no entendió nada.
Pero sí recuerdo que me dijo: “No sé, N., parecieras que buscaras demasiadas garantías, y yo no me voy a ir. Como ya te dije, quiero conocerte, a vos, porque no es que también me estoy viendo con B, C, D, en caso de que con A no funcione. Yo te estoy viendo a vos, la chica que me interesa es N., y conocernos implica también la parte sexual, y si no puedo vincularme con vos -perdoná que suene mal o algo-, me voy a terminar vinculando con alguien más… soy un ser humano”. Y fue después de eso que en algún lugar entre mis silencios desconcertados, me preguntó “¿estás bien?”. ¿Lo estaba?
Seguimos caminando y llegamos por inercia hacia el mismo lugar, Pizza Bemba. ¿Qué van a llevar, chicos?- ¿Llevamos lo mismo de siempre, N.?- Dale, empanadas.- Bueno, entonces cuatro de vegetales y cuatro de queso y puerro. -Listo, las calentamos y ya están -Gracias, esperamos acá.
Esperamos, y esta vez se sintió algo raro estar ahí sentados diciéndonos poco, mirando el televisor que hay en el lugar.
Al salir caminamos media cuadra y grité “¡Mateo, tu bici violeta!” - “¡Uy, cierto, gracias!”. Se la estaba olvidando en la vereda de la pizzería. Lo esperé con la caja de empanadas en las manos hasta que regresó a mí y me dijo “no es violeta, es lila”.
Esa noche en su casa, Mateo ni siquiera tuvo la intención de abrir un vino, así que sólo tomamos agua a temperatura ambiente y comimos, yo creyendo que entonces no tendríamos mucho para decirnos si en primer lugar no existía el entusiasmo de compartir un tinto. Por suerte otra cosa pasó, y conforme el número de empanadas en la caja se reducía, una palabra dio nacimiento a la otra y de repente Mateo estaba hablándome de su relación con Dios antes de decidir no creerle más.
Hay algo en la forma en la que Mateo habla de Dios, pero sobre todo de la ausencia de un Dios actualmente en su vida, que lo muestra como un niño profundamente triste, solo y abandonado. Su Padre, el que prometía amarlo y acompañarlo por siempre, no le da sentido ni abraza más sus días, y ahora Mateo lo busca y lo nombra sin darse cuenta por las noches antes de dormir, cuando parece que está por decir algo, pero no dice nada.
“Soy incapaz de imaginarme un vacío de ese tipo”, le confesé más tarde en su cama, respecto del espacio en blanco que había dejado Dios en su vida. Pero Mateo probablemente ya pensaba en mi cuerpo tibio entregándose al suyo sin inhibiciones ni rodeos por lo que sólo contestó con el sonido de un “uhm”, para hacerme creer que en realidad estaba pensando en lo que le acababa de decir y no en otras cosas.
Esa noche también tocamos la guitarra y cantamos despreocupadamente desafinados. Mateo me dijo: “Estás linda hoy, me gusta la forma en la que tu pelo cae por el lado derecho de tu cara”. Y en algún momento a mí me salió decirle “te escribí una canción”, así que tomé la guitarra y le canté.
Mateo me dijo que le encantó y que le había cumplido el deseo de que alguien le escribiera una canción. Él, como escritor de poesías y demás, sabe lo que es escribirles, de alguna forma, a otras personas que son sustento de su inspiración, así que supongo que estar del otro lado de la pluma esta vez se debe haber sentido bien. Yo no conozco ese lado, porque creo que nunca nadie escribió pensando en mí, o para mí.
Tal vez no tenga aptitud de musa, y quizás ni Mateo pueda escribir nunca sobre mí, al menos no cosas tan hermosas como las que escribió para todas las mujeres que no lo amaron pero a quienes él sin dudas amó. Sobre todo para la última, a quien describe en algunos de sus textos como la novia imaginaria.
En fin. Eso ocurrió mucho antes de que Mateo y yo, un jueves a la noche sin vino, sin sexo, y con Dios de por medio, compartiéramos una intimidad muy parecida al amor.
Mateo me dice que yo le gusto y que soy la única chica que le interesa ahora. A mí me cuesta creerle a veces, y la sombra de la imaginaria se me aparece repentinamente al costado de su cama cuando intento dormir, y entonces me encuentro desesperadamente deseando que Mateo me ame lo antes posible.
La otra noche mientras permanecíamos abrazados en su lecho, yo con mi cuerpo sobre el suyo, Mateo me dijo: “puedo escuchar el latido de tu corazón”. “Y yo el tuyo”, le dije. “No, en realidad también estás sintiendo el tuyo, escuchá bien”, contestó. Y sí, era verdad, sólo se escuchaba al mío sonar tum, tum- tum, tum- tum, tum. “Entonces ya sabemos quién tiene puesto el corazón en esta relación”, comenté apartándome despacio. Y es que no puede ser que siempre me pase esto de ser la que se enamora primero.
“Mateo, yo ya te quiero”, se escapó sonoramente de mí una vez. “Yo también”, me respondió. Pero hasta la suposición de que Obama sea en realidad un alienígena me pareció más creíble. De igual modo intenté pensar que estaba siendo honesto, y no sintiéndose presionado a responder exactamente eso, lo cual quizás fue así. Además, porque intenté pensar que estaba siendo honesto fue que aquella vez (también una noche de jueves) bailamos Vals poético con la luz tenue de una lámpara que nos llegaba desde su habitación, nos besamos y Mateo en un momento me dijo que estaba emocionado, y a eso sí se lo creí. “Estoy emocionado”, me dijo, y su voz que tanto me gusta parecía estar a punto de desaparecer en una inundación de gotitas de lluvia llanto.
Mateo emocionado, emocionado conmigo, se sentía como un sueño.
“Nunca uso los nombres reales de las personas sobre las que escribo, así que decime, ¿cómo querés que te llame en mis relatos?”, le pregunté noches más tarde, abrazándolo por la espalda mientras él agregaba crema a la salsa.
“Mateo”, me dijo sonriendo.