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@chesterbocadeli
Repensar el amor
Muchos hombres y mujeres están pensando que el amor y la convivencia amorosa no tienen que ser una maldición o un castigo que habían aprendido a aguantar nuestras abuelas pretextando el bienestar de sus hijos e hijas desde argumentos de corte religioso que predicaban un matrimonio para toda la vida.
Y bueno, las cosas han cambiado. Gracias a los aportes del feminismo y de la revolución pacífica y silenciosa de las mujeres, ellas están reinventando poco a poco pero imprescindiblemente su lugar en el amor. Y por supuesto, también están aprendiendo que la vida no es un largo camino de espinas.
El amor que merecemos todos y todas, hombres y mujeres, es aventurero y la convivencia difícil y muy lejana de los grandes imaginarios occidentales que siguen circulando en muchos materiales de nuestra cultura.
En efecto, el amor continúa representando este sueño ancestral de fusión alimentada por la idealización imaginaria de un otro soñado a la medida de nuestras propias carencias. Sin embargo, hoy todos y todas somos mutantes en el amor.
Durante las últimas décadas, las mujeres han cambiado y hoy desean y hablan desde otros lugares, dejando así de ser mujeres eternamente fantaseadas por los hombres. Y esto significa, ni más ni menos, que estamos aprendiendo y aceptando paulatinamente que para amar es quizás necesario renunciar al sueño fusional del "dos en uno" y a la nostalgia de ser uno solo que, en una cultura androcéntrica, no dejaba duda sobre cuál de los dos había sido consumido en un acto que se parecía más al canibalismo que a nuestras ideas actuales del amor.
Boleros, tangos y baladas, telenovelas, comerciales, revistas femeninas y expresiones de nuestro idioma están todavía ahí para recordarnos todos los viejos imaginarios del amor. ¿No es que las mujeres "se tienen, se toman, se conquistan y finalmente se comen"?
Tenemos hoy que sepultar el dos en uno, sepultar la fusión y dar paso a una nueva ecuación: hoy en el amor, y desde lo que generó la revolución de las mujeres, tenemos dos sujetos autónomos y libres, diferentes e iguales cuando diferencia e igualdad no son conceptos antitéticos sino paralelos que remiten a debates distintos. Estoy hablando entonces de dos soledades que para encontrarse y unirse deben primero existir separadamente. Para las mujeres, esto equivale a construir muros de contención subjetiva, trazar límites, porque solo puede existir reciprocidad y receptividad de un otro a partir de una oscura certeza y afirmación de sí. Solo desde el propio reconocimiento puede llegar uno a reconocer al otro, a la otredad. Solo desde la separación, que es, en este caso, exactamente lo contrario de la fusión, hay posibilidad de encuentro como nos lo recordaba Luce Irigaray en su Ética de la diferencia sexual.
Sin duda, estas nuevas éticas del encuentro amoroso representan aprendizajes lentos, pero constituyen una buena explicación para entender el aumento de los divorcios y generar urgentemente debates sobre nuevas maneras de amar. Y más hoy, en tiempos de anuncios de una paz que no puede ser solo el silencio de la armas.