Primera cita, primer fail
Dicen las entendidas en esto de ligar en las redes sociales que hay que quedar lo antes posible, pues de lo contrario se corre el riesgo de crearse una imagen artificialmente apetecible de lo que en realidad es la otra persona con la que estás hablando. Para evitar crearse falsas expectativas, mejor un aquí te pillo aquí te mato (o aquí te pillo y a mi casa que me vuelvo, pero ya me habéis entendido, ¿no?).
Pues bien, tengo que decir que en el caso de mi primera cita Tinder darse prisa no funcionó. Llevaba dos o tres días hablando con un chico que, en serio, parecía totalmente normal y entregado a experimentar una aventura sexual. ¿Para qué esperar al siguiente fin de semana? ¡Cuanto antes mejor! Lo dicen las entendidas y lo dicen mis hormonas también.
Las horas previas a la cita fueron una pasada, como volver a tener 15 años. ¡Vaya subidón de adrenalina! ¿Cómo será en persona? ¿Será tan divertido como por el chat? ¿Se parecerá más a esa foto en la que sale tan guapo o a aquella en la que parecía que se acababa de levantar? Todo esto y mucho más pasaba por mi cabeza a mil por hora, mientras me alisaba el pelo, me maquillaba y elegía la ropa ideal (interior incluida, claro) para la cita.
Al final resultó no ser tan tontaco -me había parecido que era un tipo extrovertido y payasete- como había prometido. Me encontré con un chico bastante sencillo, aún colgado de la relación que ya hace meses que no tiene con su ex-novia y quizá encajonado en una identidad incompleta -pero, eh, ¿y quién no?-.
No fue ni bien ni mal. Correcto, que suelen decir. O más bien incorrecto, si tenemos en cuenta las promesas de la aplicación en cuanto al sexo casual -para eso se supone que se inventó-. Después de contarnos la vida y comprobar que no teníamos nada en común, después de mirarnos de reojo los cuerpos y no ver en ellos nada de lo que se encuentra cuando tienes la mirada inyectada en alcohol y vicio, nos fuimos por donde habíamos venido. Dos besos y encantada y eso.
El interés mutuo ha ido decreciendo desde entonces, sin habernos despedido formalmente ni nada. Una bonita patada a la capacidad social del ser humano adulto para abrir y cerrar sanamente relaciones -o lo que sea que es esto-. Pero, eh, toda la ilusión que me hizo prepararme para una cita no me la quita nadie. Como dice una amiga, todo esto es como un entrenamiento. A ver si hay partido.