Pásala a quien la necesite
Hace tiempo que no me sentía tan orgulloso de ser mexicano. La marcha del 20 de noviembre para exigir la presentación con vida de los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos en Iguala tocó fibras demasiado sensibles y profundas.
Cuando estaba en 1º de secundaria, el 2 de octubre mis profesores lo dedicaron a ponernos “Rojo Amanecer” de Jorge Fons y un documental sobre la matanza de Tlatelolco. Años después leí más sobre el tema y vi “El Grito”, un documental realizado por estudiantes de cine del CUEC que salieron a las calles. Entendí que este país no cambió en 1968 porque la sociedad dejo sola a los estudiantes. Porque el Estado se encargó de asustar a la sociedad a punta de balas y sangre.
Hoy que regresé de la marcha, le dije a mi mamá que por favor no nos abandonaran. Que no dejemos solos a los padres de los 43 normalistas. Tampoco a los que estamos saliendo a las calles y nos quejamos en redes sociales. Que no se deje llevar por la información sesgada que hay en la televisión y prensa nacional. Que nos defienda de los que nos llaman vándalos, anarcos, comemierda. Que no nos abandonen
Porque hoy vi en las calles a miles de ciudadanos salir a gritar que están hartos de muerte, violencia y pobreza. Había grupos característicos de cualquier marcha: organizaciones civiles, de campesinos, maestros y estudiantes. Pero también estuvimos miles que fuimos sólo como ciudadanos para decir “ya basta”.
Vi a padres de familia llevando en hombros a sus hijas, madres tomando de la mano a sus hijos, abuelitas y abuelitos con pancartas exigiendo y apoyando. Vi ciclistas, “godinez”, “hipsters”, “fresas”, "darks" “tatuados”, jóvenes, monjas, krishnas, artistas. Vi enojo y tristeza.
Marché al lado de exigencias, cantos, velas, banderas mexicanas pintadas de negro. Marché junto a miles que recorrimos las avenidas de esta ciudad vestidos de luto. Marché al ritmo de una batucada que por más de una hora no dejó de darle ritmo a la rabia y a la demanda.
Aprendí que una fruta puede ser un símbolo de esperanza cuando un desconocido me entregó una naranja y con una sonrisa dijo: “pásala a quien la necesite”.
Quiero vivir en el México de ésta marcha.
En el de una familia que le exige la renuncia Peña Nieto con pancartas sobre la Alameda.
En el de los señores de la Colonia Carrasco que apoyan estudiantes.
En el de un poeta que quiere patria y no sangre.
En el México de la música como forma de expresarnos.
En el México en el que ya no tenemos miedo.
Voy a seguir levantando mi voz. Voy a seguir haciendo lo que toca como ciudadano. Voy a invitar a más personas para que pongan de su parte, a que griten, a que se informen. Voy a seguir quejándome en Facebook y Twitter. Voy a seguir pidiéndole a mis papás que no nos abandonen.
Voy a seguir luchando por el México de ésta marcha: el México que le regala una fruta a quien la necesita, el México que no se cansa.












