Viaje Maiquetía – Puerto Ordaz – Cúcuta
Pienso, y podría decir que estoy seguro, que nada es casualidad, aunque suene a lugar común. Ya estábamos en el aeropuerto de Maiquetía, a punto de abordar el avión en el que habíamos llamado viaje exploratorio hacia el país que, con toda seguridad, será nuestro nuevo hogar: Colombia.
Allí en la rampa de acceso al avión resaltaban las imágenes del fallecido Hugo Chávez, vestido de rojo, y a su derecha, con ropa idéntica, Nicolás Maduro, actual presidente de Venezuela. La verdad es que los cultos a la personalidad no van conmigo, puedo aceptar la propaganda política y las alabanzas al trabajo bien hecho, pero esto simplemente no.
Nos pudimos haber sentado en cualquier parte de la sala de espera, pero justo mi esposa y mis hijos escogieron los asientos que estaban cercanos a un señor de buen semblante, quien no dudó en reír con mis chamos y luego sentirse a gusto como para iniciar una conversación sobre justamente los dos sujetos resaltados en la rampa, y el logo entre ellos: la faja petrolífera del Orinoco.
Este sujeto se identificó como un próspero y apolítico empresario que confiaba en su país, eso mismo que podría ser yo si confiaba y me iba a aquella región, donde necesitaban gente como yo, familias profesionales como la mía y amor por mi país.
Hasta ahora no había nada malo, sólo que para eso habría tenido que ser genuflexo ante un sistema donde militares activos (o retirados como el sujeto en cuestión) y civiles "identificados" con el partido de gobierno se pelean entre ellos para ver quién es el que "jala" más y mejor, lo cual es equivalente a poder obtener mayores prebendas y contratos, donde el más vivo gana más y sin dudarlo olvida el patriotismo e invierte rápido en moneda extranjera, pues la "guerra económica" de los oligarcas y gringos le pueden hacer perder sus ganancias en bolívares fuertes (?).
A finales de los 90' descubrí ese diamante en bruto que era en Venezuela la única ciudad realmente planificada, en la confluencia de los ríos Caroní y Orinoco, descansaba organizada y próspera una ciudad en pleno crecimiento, donde ya anticipadamente se sabe que aquel lote de terreno de allá al frente alojaría en su momento una urbanización, pues así constaba en planos, y no una invasión, un barrio o un Farmatodo (como el de El Hatillo que creció en donde debía estar un centro cultural). Uno podía ir de uno de sus extremos: Unare, al otro: San Félix, pasando por Alta Vista en sólo minutos, excelente vialidad y mejores paisajes acompañaban la ruta.
Allí volví muchas veces y hasta me asocié para editar una revista: "En Contacto Puerto Ordaz", apoyado por los prósperos comercios del gigante Orinokia Mall, Macro Centro y varios comercios de Unare. El calor nunca fue obstáculo y su gente siempre fue un aliciente para emprender y regresar. En cada visita me traía cosas que podrían funcionar aquí o llegaba con cosas que podrían ser un éxito allá. Tal vez por inexperiencia o manejar los negocios a control remoto, quien sabe, pero el éxito no me acompañó totalmente en esa ciudad que prometía y mucho.
Hoy, gracias a la corrupción desmedida en las empresas básicas, entes estadales y alcaldías, este portento citadino luce abandonado, su gente decepcionada y hasta apática, al punto que varios de mis familiares decidieron emigrar a mejores horizontes, y ahora ven por Facebook las protestas en Los Mangos. Lo mismo que debemos estar haciendo mi familia y yo en agosto.
Algo como lo que sentía cada vez que bajaba del frío autobús en el que pasaba la noche para llegar al sur de Venezuela, sentí cuando en la noche de aquel día llegué nuevamente a Cúcuta, Colombia.
A finales de los 80' la había visitado con mi papá, era un niño y no entendía mucho del sistema cambiario, sin embargo percibí que todo allá era muy barato con nuestros bolívares (los que al día de hoy serían bolívares débiles). Por cada bolívar correspondían 30 pesos.
Luego regresé a mediados de la primera década de este siglo, ya adulto, con mi esposa, Sebastian casi recién nacido y con el carro, y aunque el cambio ya no favorecía a los entonces bolívares fuertes (??), no me sentí a gusto con pagar un tanque de gasolina a 300 Bs., pues no era el día que me correspondía según la placa, por lo que simplemente paseábamos sólo de este lado de la frontera, donde hubiesen bombas de gasolina cercanas que no impusiesen nada, como las de aquellos pueblos fantasmas que resultaban ser San Antonio del Táchira y Ureña.
Ahora en mi regreso exploratorio, esos pueblos seguían igual o hasta peor, pues un sistema de chips para poder colocar combustible en todo el estado Táchira e incómodas requisas a todo aquel que cruce la frontera los habían convertido en dos largas calles de trancas interminables, muy parecidas a las del caos caraqueño.
Lo único diferente es que cuando apenas uno cruza hacia Colombia, se encuentra con una Cúcuta que promete más que la lejana Puerto Ordaz de antes. Y no son promesas de campaña política.
En un pequeño trecho de apenas unos 100 metros se atraviesan los puntos fronterizos venezolanos y el Puente Internacional Simón Bolívar sobre el ancho río Táchira que luce seco y pedregoso. Cuando la hora del reloj del teléfono cambia y Movistar anuncia que es de Colombia ya todo se ve diferente. De repente es como el Metro de Caracas en el siglo pasado: todo el mundo se porta bien, los carros son bonitos, los motorizados tienen casco y chaleco con su placa, y ningún vehículo echa humo (a menos que luzca alguna de las variopintas placas venezolanas). Las calles están todas alumbradas y sin huecos, los concesionarios están llenos y la publicidad tiene luces. Los centros comerciales lucen repletos de gente y de inventarios, igual que los tristemente recordados en Venezuela, Hipermercados Éxito (convertidos en la patria de Bolívar en los desabastecidos Abastos Bicentenarios, donde ahora se hacen colas interminables desde la noche anterior y marcan a la gente como ganado, para comprar bienes de primera necesidad). Además, para que uno recuerde mucho del desastre económico de dónde viene, ahora por cada bolívar fuerte (???) te dan 0,030 pesos.
Simplemente prefiero no hacer más comentarios. Sólo una semana fue suficiente para entender que, aunque las fronteras no son más que convenciones, esos 100 metros del puente que separa a estas dos naciones, trazan una tangencial diferencia entre dos sistemas económicos: uno que se basa en oferta y demanda, y no divide a los ciudadanos en los que están conmigo o en mi contra; y otro basado en perniciosos controles que estimulan las distorsiones, corruptelas, el contrabando, el desabastecimiento (como una mañana amaneció diciendo el gobernador del Táchira, José Gregorio Vielma Mora, en varias entrevistas en Caracas, y anocheció negándolo todo en VTV) y el caos en todos los estratos.
Uno no se da cuenta de lo mal que se vive en un país, hasta que cruza una frontera. Y la tranquilidad y el futuro de mis pequeños hijos no tiene precio, ellos se merecen lo mejor, y actualmente no es aquí donde quiero que crezcan. Si antes de aquel viaje exploratorio tuve alguna duda, ahora mi partida es inminente. Ahora no me voy en agosto, me voy en junio y veré el Mundial de Brasil en Colombia. Este cuento no termina.