Los rayos de sol golpeaban intensamente aquella lápida y, sobre ella, el cuerpo del joven que el destino interpuso para poder concluir la historia que un día empezó a formarse.
Él estaba cansado, sangrando, pidiendo clemencia. Había cavado su tumba muy profunda para que los demás no conocieran sobre él y quedara plasmado como solo un instante. Lloró mucho, perdió demasiado, pero siempre se tuvo a símismo, y fue por eso que terminó de construir esa fosa y la selló. Sellando el destino que lo arrastraba al mismo punto, cada temporada.
El sol sabía de las noches en las que él Iloraba sin parar, pidiéndole a la luna que lo ayudara a cambiar, sin éxito alguno. Pero esta vez era distinto: ya había aprendido la lección. Todo lo que vivió lo llevó justo al tiempo correcto, donde todo se reiniciaría y comenzaría a vivir plenamente.
Tal vez esa lápida se use en algún momento, pero no hoy, ni mañana. Aquel chico despertará al amanecer, saldrá y podrá, libremente, respirar.
Y por fin sabrá que el tiempo correcto es aqui y ahora.










