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Anton Chejov y Leon Tolstoy en Crimea, 1901
«Todo lo demás, no», Gata Cattana.
Que sí, que todo eso es verdad.
Que portamos estandartes incendiarios y discursos agresivos y consignas de venganza que dicen muy poco de nosotros, y que a veces da miedo pensarlo, que vamos por ahí con el ceño fruncido y de nada nos sirve.
Que increpamos y discrepamos de todo cuanto se conoce, por más lógica matemática que me cuentes, por más sentido común que me vendas, que no se consigue nada por esas sendas que auguramos, día tras día, cuando la desidia nos infla la panza.
Que no reconocemos autoridad ninguna y sembramos la polémica y todo es política y qué pesados os ponéis con eso y Ana, hija, qué poco sabes de la vida.
Todo eso es verdad.
Que no hemos trabajado ni un sólo día.
Lo dices como si fuera el progreso.
Lo dices como si por eso nuestra palabra valiera la mitad y tuviéramos que demostrar que somos dignos del pan que comemos.
Que en qué me baso, que la vida es así y asao y que lo que inventamos no tiene ni pies ni cabeza, que los libros son muy bonitos pero son libros y que, Ana, hija, cuándo bajarás a la tierra.
Que te crees Don Quijota y vas por ahí combatiendo gigantes cuando aquí fuera sólo quedan las ruinas de Bankia.
Todo eso es verdad.
Porque cada vez son menos los momentos de lucidez, pero todavía los tengo. Y también tengo altos conocimientos en geopolítica y me sé todo el cuento, a ver si ahora os creéis que habéis descubierto América, que donde manda capitán no manda marinero y todo eso.
Somos jóvenes pero no somos idiotas.
Y puede que parezca un poco de idiota este proyecto que me encomiendo, lo de ir por ahí huesudamente, paupérrimamente, a lomos de Rocinante, combatiendo a magnates que son peor que cien gigantes, que mil gigantes, de los de antes, de los que molaban.
Estamos luchando contra un invisible. Estamos luchando en cada flanco, contra todos, contra nosotros mismos, porque todo es política y qué pesados os ponéis con el temita.
Que cualquiera nos parece un enemigo potencial en un entorno hostil que nos excluye, nos ningunea la palabra y nos aburre.
Nos aburre mucho, eso es lo peor.
Y por eso arengamos paridas y tenemos este humor tan hijoputa, porque si no, dime tu a mí, cómo se aguantan los veintitrés en esta celda, en esta España que rezuma desvergüenza; cómo se aguantan los debates de primates, del y tú más, pues tú más..., si no es blasfemando en cada flanco, en tanta medida como nos dejan. Porque muchas veces pienso cosas que no puedo escribir y tengo que reírme yo sola, y la gente se cree que estoy loca.
Una loca que se ríe de cosas que está prohibido escribir. Esa es la España que nos calza.
Por eso nos mofamos ahora que podemos, y nos declaramos insumisos, y enarbolamos un «QUE SE JODAN» tan grande que ni les cabe, y bailamos sobre tumbas, y vivimos en pecado según todos los credos, y nos gusta lo prohibido, e incluso han conseguido que nos guste lo que somos.
Niñatos soñadores que inventan fórmulas definitivas, que cantan todavía insaciables, a pesar de los momentos de lucidez, a pesar de que luchamos contra un invisible y la tarea nos queda, probablemente, demasiado grande. Algunos todavía no han desertado. Algunos todavía creen en una idea.
(Todo lo demás es estar muerto).
«El paraíso, el espacio exterior», Mariano Blatt.
El Paraíso, el Espacio Exterior, un viaje en lancha por el Río de la Plata, una charla confusa con un perro, 3 pibes caminando por el medio de la calle. El olor de una panadería, de un porro y de después de coger en verano. Una buena mesa en una pizzeria. Un vaso de cerveza, un chico en cueros. Un pibe con cara de drogado en el subte. Un ventilador de esos de pie que me tira aire a mí, a vos, a él, a vos, a mí de nuevo y así toda la tarde. El Paraíso, el Espacio Exterior, un camino entre árboles re altos, las siete de la mañana, una pila de libros, varios pibes jugando a la pelota en un descampado y otros destrozados por la droga y por el amor, especialmente por el amor. El Paraíso, el Espacio Exterior, una foto de un lugar abierto, el ruido que hacen las estrellas y el que no nos dejan hacer. Gente del otro lado del alambrado. Los diferentes tipos de drogas que usamos para estar bien, el sol dándote de lleno en la parte de arriba de la cabeza.
El olor de una pileta techada, la luz en el vestuario de chicos, los chicos. Un buen nadador, un chico del interior andando en motito de delivery. Un montoncito de yerba usada tirada atrás de un campo de deportes. Un pibe con buzo de Tigre andando en bici por la plaza de Lobos. Un campo de deportes a las cinco de la tarde. El Paraíso, el Espado Exterior, un chico re lindo bailando re. La luz de una estrella, la de muchas, un pibe extasiado mirándote de cerca a los ojos y otro con cara de extasiado buscando perdido a su grupo de amigos. El Paraíso, el Espacio Exterior, un buzo de los Minessota Timberwolves. El primer día de vacaciones de cuando tenías diecisiete y se te marcaban los abdominales. El montoncito de mochilas en la playa, un pibe dándole la mano a otro. El Paraíso, el Espacio Exterior, el olor de fumar porro los sábados a la tarde. Una casa con las ventanas abiertas, las cerámicas frías de la cocina, una pileta en la parte de atrás.
El Paraíso, el Espacio Exterior, el viento del Río de la Plata en la rambla de Montevideo, un pibe rubio de ojos negros haciendo juego consigo mismo y la camiseta de Peñarol. El olor del barro seco entre los tapones del botín, el pantaloncito de fútbol manchado con pasto, una droga nueva muy rica que viene en gotero. El Paraíso, el Espacio Exterior, la sensación de empezar a estar drogado en una super fiesta, una foto del campo a las cinco de la tarde, un amigo pasándote el brazo por atrás de la cintura para empezar a saltar juntos. El Paraíso, el Espacio Exterior, un chico en la cancha de Quilmes agitando una bandera de palo de Argentinos. Un jugador de fútbol bailándole cumbia al banderín del córner, un puente muy largo de cruzar. Gente saltando porque su equipo va ganando, un policía más chico que vos revisándote los bolsillos. Quince micros parados al costado de la ruta a cincuenta kilómetros de entrar a Córdoba, unos pibitos que estuvieron tomando Fernet todo el viaje jodiendo a unas vacas para matar el tiempo, un policía cordobés yéndolos a buscar. Una foto desde el cielo, la hinchada visitante cantando mucho más fuerte que la local. El Paraíso, el Espacio Exterior, la única forma de entrar a un lugar. Un pueblo de pocos habitantes, un camión heladera llevando lácteos al almacén, los yogures, el chico que los descarga, un billete de dos pesos volando en el medio de cualquier lado. El Paraíso, el Espacio Exterior, la terraza de un edificio, la parte más alta. Una buena manera de empezar a bailar, saber que tenés más éxtasis en el bolsillo del pantalón. Una charla graciosa con un amigo, dos pibes hablando con los anteojos puestos, siete amigos bailando exactamente igual por un ratito , 3 pibes caminando por el medio de la calle. E l Paraíso, el Espacio Exterior, una escalera que no termina nunca más, un amigo jugando al ajedrez contra la máquina, un pibito que no entiende lo que está pasando. La droga de los buenos, la de los mejores,
la de los increíbles. Una foto satelital de altísima resolución, un chico haciéndote una pregunta interesante. Un abrazo sincero. Muchos recuerdos juntos que te hacen cosquillas en las piernas. El Paraíso, el Espacio Exterior, un chico con los ojos cerrados, unas zapatillas para saltar mejor. Un perro de la misma raza que el chico que te gusta, un amigo hablándote del campo a las cinco de la tarde y en el momento en que iba a escribir que tomaba mate tomo mate. El Paraíso, el Espacio Exterior, un chico imitando el ruido del viento con la boca, una esquina mal iluminada. Dos pibes con capucha fumando porro. Un poema que empieza y termina como vos querés. El Paraíso, el Espacio Exterior, un chico que te lo jura por dios, una canción que viene con un sonidito increíble. Un sueño re lindo, un m omento agradable para estar en. El Paraíso, el Espacio Exterior saber que está todo bien. Un chico con un tatuaje de Michael Jordan, una pastilla que te pone como superhéroe. El Paraíso, el Espacio Exterior, un pibe bailando con las mejores zapatillas, un tema que te da ganas de vivir y otro, que viene después, que te da ganas de vivir más arriba. El Paraíso, el Espacio Exterior, un festejo de gol que no te vas a olvidar nunca más, los mejores chicos para estar enamorado de. Un poema fácil de escribir, un chico re lindo de ver sin remera, ' un arquero que achica bien en el mano a mano. El Paraíso, el Espacio Exterior, la sonrisa de éxtasis más grande de la fiesta, mucha gente levantando las manos al mismo tiempo. Estar bien, estar re bien. El árbol más alto del pueblo, un tema que te hace despegar. El Paraíso, el Espacio Exterior, una carrera de acá a la esquina, una cosa que se me acaba de ocurrir, un poeta con la mirada puesta en
Las cosas que nadie entiende. Una lancha que te lleva a mil lugares que querías conocer, media pastilla de éxtasis en el bolsillo de la campera que más te gusta, una cosa interesante que te quería contar. El Paraíso, el Espacio Exterior.
«¿Y el perrito dónde está?», Mariano Blatt.
Esa videollamada pudo haber sido un mail
y ese mail
pudo haber sido un poema.
Ese cliente, entonces,
pudo haber sido un poeta
y ese poeta pudo haber publicado un libro.
Ese libro
quizás
pudo haber sido leído por alguien y ese alguien
pudo
en algún momento
haber subido una montaña.
En la cima pudo el montañista
haber encontrado una moneda y esa moneda
pudo haber conservado su brillo
a pesar del paso del tiempo.
Ese brillo pudo haberse destacado
en la palma de la mano del escalador
al recibir la luz del sol
y el sol pudo
haberle inspirado poemas.
Una foto
pudo haber sido tomada en ese instante
y luego
en otro instante posterior
esa foto pudo haber sido procesada
en una casa de revelados.
Esa casa de revelados pudo haber sido
antes
una tienda de chucherías
y entre esas chucherías pudo
haber habido un camioncito de plástico verde
duro
con el que pude
haber jugado cuando era chico.
Mi papá pudo
haberse ido a trabajar
y mi mamá pudo
haberme arropado en el cochecito
para que yo pueda
dormir la siesta al sol tibio de la tarde
(esto me lo pueden haber contado).
Yo pude haber grabado
en esas siestas
un comportamiento de paz
y esa paz pudo
haberme hecho sobrellevar
varios momentos.
Este momento pudo
no haber existido y este poema pudo
no haber sido escrito.
Si yo quisiera podría
ir borrándolo así como pude
haber ido escribiéndolo.
Pero
(y acá viene el final
y junto con el final puede venir
el sentido de todo esto)
nada de lo que pudo haber sido
va a ser porque
si fue
fue
y si no fue
también fue.
Todo fue
entonces
y todo pudo haber sido
entonces
y sin embargo
ya no es
ni va a volver a ser.
No sé.
¿O sí sé?
No
no sé.
"Prisoner's right", Aleksandr Solzhenitsyn.
Yoke of years that we lived in a prison Grants no rights: we’re entitled to naught. Not to pulpits. Nor lecterns. Nor glory. Nor power. Nor halos of saints. Nor in memoirs to mix with fatigue Our colorless ashen complaints, Nor: that armies of youths should now run astride life By the path that we treaded for them. All will go as ’t will go. There’s no point To pound out the wheel’s rut in advance. An illumined interior suffering core: May, for everything, this be our one recompense. It’s the loftiest gem of all earthly gemstones. And, to carry it home undefiled, Let of our phantom rights, then, the very least be: Our secreted right to an equal revenge. There’s a number. So endlessly long, Comprehensible just to Chinese and to Russians, All those fallen, extinguished, without guilt or trace: In that number we’re nil upon nil upon nil. . . . Our right is but one: To be rancorless sons Of our luckless and sad Russian land. Let our grievances burn, rot, decay deep inside To the outside we’ll spring living shoots: only then, Looking up, will our Russia’s fatigued countryside See the Sun it awaited so long.
«Kunicki», Olga Nawoja Tokarczuk.
Agua I
Es media mañana, no sabe exactamente qué hora es, no ha mirado el reloj, pero no debe de llevar esperando más de un cuarto de hora. Se reclina cómodamente en su asiento y entorna los ojos; el silencio es tan penetrante como un persistente sonido agudo, no puede ordenar sus pensamientos. Todavía no sabe que lo que suena es una alarma. Aparta el asiento del volante y estira las piernas. Le pesa la cabeza, un peso que zambulle su cuerpo en un aire tórrido, blanco. No piensa moverse, esperará.
Seguro que se ha fumado un pitillo, tal vez incluso dos. Al cabo de varios minutos baja del coche y orina en la cuneta. Parece que mientras tanto no ha pasado ningún coche, aunque ahora ya no está tan seguro. Vuelve al coche y bebe agua de una botella de plástico. Finalmente, empieza a impacientarse. Toca con furia el claxon, cuyo ruido ensordecedor desencadena una oleada de ira que, en cierto modo, lo devuelve a la tierra. A partir de este momento lo ve todo mucho más claro: mentalmente ya enfila el mismo sendero por el que ellos se han ido, concibiendo para sus adentros las palabras que en breve va a pronunciar: «¿Por qué tardas tanto? ¿¡Qué diablos crees que estás haciendo!?».
Es un olivar, reseco como un hueso. La hierba cruje bajo los zapatos. Entre los retorcidos olivos crecen zarzamoras silvestres; sus tiernos brotes intentan alcanzar el sendero y agarrarlo de los pies. Hay basura por todas partes: pañuelos desechables, compresas asquerosas, excrementos humanos infestados de moscas… Otras personas también se paran para hacer sus necesidades junto a la carretera. No se toman la molestia de internarse un poco en los matorrales, tienen prisa, incluso aquí.
No hay viento. No hay sol. El cielo blanco e inmóvil recuerda al sobretecho de una tienda de campaña. Hace bochorno. Partículas de agua se expanden en el aire y en todas partes se percibe el olor del mar: de electricidad, de ozono, de pescado.
Ve movimiento, pero no allí, entre los árboles, sino aquí mismo, bajo sus pies. Un enorme escarabajo negro avanza hasta el sendero; durante un rato analiza el aire con sus antenas, se detiene, a todas luces consciente de la presencia humana. El blanco cielo se refleja en su perfecto caparazón formando una mancha lechosa, y a Kunicki, por un instante, le parece que desde la tierra lo observa un ojo extraño que no pertenece a ningún cuerpo, un ojo intempestivo e indiferente. Kunicki escarba con la punta de su sandalia. El escarabajo cruza el sendero haciendo susurrar la hierba seca. Desaparece entre las zarzamoras. Es todo.
Maldiciendo, Kunicki da media vuelta para volver al coche, aún alberga la esperanza de que ella y el crío hayan regresado ya dando un rodeo, sí, está seguro de ello. Les va a decir: «¡Llevo una hora buscándoos! ¿¡Qué diablos creéis que estáis haciendo!?».
Ella dijo: «Para el coche». Cuando lo detuvo, ella bajó y abrió la puerta de atrás. Desató al niño de su sillita, lo tomó de la mano y se alejaron juntos. Kunicki no tenía ganas de salir, se sentía soñoliento y cansado, aunque no habían recorrido más que unos pocos kilómetros. Apenas les echó un vistazo con el rabillo del ojo, sin darles importancia; no sabía que debía prestar atención. Ahora intenta evocar esa imagen borrosa, enfocarla, acercarla y fijarla. Así que los está viendo caminar por el sendero que cruje, de espaldas. Cree recordar que ella lleva unos pantalones claros de lino y una camiseta negra, y el pequeño, una camiseta con un elefante, de eso está seguro porque él mismo se la puso por la mañana. Mientras caminan, se dicen cosas, él no oye qué cosas; no sabía que debía escuchar. Desaparecen entre los olivos. No sabe cuánto rato, pero no mucho. Un cuarto de hora, tal vez un poco más, ha perdido la noción del tiempo, no miró el reloj. No sabía que debía controlar el tiempo. Detestaba que ella le preguntara: «¿En qué piensas?». Le contestaba que en nada, pero ella no le creía. Decía que era imposible no pensar, se ofendía. Pero sí que es capaz —ahora Kunicki experimenta una especie de satisfacción— de no pensar en nada. Sabe hacerlo.
Sin embargo, de repente se detiene en medio de la selva de zarzamoras, se queda quieto, como si su cuerpo, al alcanzar el rizoma de la zarza, encontrase involuntariamente un nuevo punto de equilibrio. El zumbido de las moscas y otro que está solo en su propia cabeza acompañan el silencio reinante. Por un momento se ve a sí mismo desde arriba: un hombre que viste camiseta blanca y un vulgar pantalón safari, con una pequeña calva en la coronilla, en medio de los matorrales, un intruso, un invitado en casa ajena. Un hombre expuesto al bombardeo, caído en el epicentro de un efímero alto el fuego en la batalla que libran el cielo incandescente y la tierra abrasada. Cae presa del pánico; querría ocultarse cuanto antes, esconderse en el coche, pero el cuerpo no obedece: es incapaz de mover el pie, de forzar el ponerse en marcha. Dar un paso: nunca creyó que fuese tan difícil. Se han cortado las conexiones. El pie metido en su sandalia es el ancla que lo ata a la tierra: ha encallado. Conscientemente, con esfuerzo, sorprendiéndose a sí mismo, lo obliga a moverse. No hay otra manera de abandonar este tórrido espacio infinito.
Llegaron el 14 de agosto. El ferry desde Split estaba abarrotado: muchos turistas, aunque el pasaje estaba formado mayoritariamente por gente del país. Llevaban las compras hechas en tierra firme, donde todo es más barato. Las islas no producen muchas cosas. Era fácil distinguir a los turistas porque, cuando el sol empezó a caer irremisiblemente en el mar, se trasladaron a estribor apuntando los objetivos de sus cámaras hacia él. El ferry fue sorteando lentamente los desperdigados islotes y, tras superarlos, pareció salir a mar abierto. Una sensación desagradable, unos instantes de pánico sin importancia.
Encontraron sin dificultad su hostal; se llamaba Poseidón. El propietario, Branko, con barba y una camiseta con una concha estampada, insistió en que lo tutearan y, dando a Kunicki palmaditas cómplices en la espalda, los condujo al primer piso de la angosta casa de piedra construida sobre el mismísimo mar, donde, orgulloso, les mostró el apartamento. Disponían de dos dormitorios y una pequeña cocina rinconera amueblada con los tradicionales armarios de conglomerado de madera laminada. Las ventanas daban directamente a la playa y a mar abierto. Bajo una de ellas acababa de florecer un agave: la flor, en su fuerte tallo, se elevaba triunfalmente sobre el agua.
Saca el mapa de la isla y estudia las posibilidades. Quizá ella se ha desorientado y ha salido en otro lugar de la carretera. Seguramente estará ahí, puede que pare un coche y se dirija… ¿hacia dónde? Advierte en el mapa que la carretera dibuja una línea sinuosa por toda la isla y que se la puede recorrer en circunvalación sin descender en ningún momento hasta el mar. Así es como visitaron Vis hace unos días. Deja el mapa en el asiento de ella, sobre su bolso, y arranca. Conduce despacio, buscándolos con la vista entre los olivos. Pero al cabo de un kilómetro el paisaje cambia: sustituyen al olivar rocosas tierras baldías cubiertas de hierba seca y zarzamoras. Las blancas piedras calizas parecen enormes dientes perdidos por un ser salvaje. Tras recorrer varios kilómetros, da media vuelta. A la derecha, ante sus ojos se extienden viñedos de un verde deslumbrante, salpicados aquí y allá por pequeños cobertizos de piedra para guardar herramientas: vacíos y lóbregos. En el mejor de los casos se ha perdido, pero… ¿y si se ha desmayado, ella o el pequeño? Hace tanto calor, tanto bochorno… A lo mejor necesitan auxilio inmediato, mientras que él, en vez de hacer algo, da vueltas por la carretera. Pues sí, solo un idiota como él puede tardar tanto en darse cuenta. Su corazón empieza a latir con más fuerza. ¿Y si ha sufrido una insolación? ¿O se ha roto una pierna?
Regresa y pega varios bocinazos. A su lado pasan dos coches alemanes. Calcula el tiempo: ha pasado hora y media, lo que significa que el ferry ya ha zarpado. El imponente barco blanco ha engullido los coches, ha cerrado las puertas y se ha echado a la mar. Con cada minuto que pasa, los separan extensiones cada vez más vastas de un mar indiferente. Kunicki tiene un mal presentimiento que le deja la lengua seca, un presentimiento de algo relacionado con la basura junto a la carretera, con las moscas y los excrementos humanos. Ha comprendido. No están. Han desaparecido los dos. Sabe que no los encontrará entre los olivos, pero aun así toma el seco sendero y lo recorre llamándolos a gritos, aunque ya sin esperanza de que le contesten.
Es la hora de la siesta, la pequeña ciudad está casi desierta. En la playa, justo al lado de la carretera, tres mujeres hacen volar una cometa azul. Las distingue perfectamente mientras aparca. Una de ellas lleva pantalones de color crema claro que ciñen sus rollizas nalgas.
Encuentra a Branko sentado en una mesa de un pequeño café. En compañía de dos hombres. Beben pelinkovac con hielo como si fuera whisky. Branko, sorprendido, sonríe al verlo.
—¿Has olvidado algo? —pregunta.
Le acercan una silla, pero no se sienta. Quiere contarlo todo por orden, pasa al inglés al tiempo que en otra parte de la cabeza, como si se tratara de una película, se pregunta qué se hace en tales situaciones. Dice que Jagoda y el pequeño han desaparecido, y precisa dónde y cuándo. Los ha buscado y no los ha encontrado. Branko entonces le pregunta:
—¿Os habéis peleado?
Responde que no, sin faltar a la verdad. Los otros dos hombres apuran sus copas de pelinkovac. A él también le gustaría tomar un trago. Siente en la boca ese sabor agridulce que tiene el licor. Branko, con parsimonia, recoge de la mesa el paquete de tabaco y el mechero. Los otros también se levantan, a regañadientes, como si se concentraran antes de entrar en combate, o tal vez, simplemente, porque preferirían seguir disfrutando de la sombra del toldo. Irán todos con él, pero Kunicki insiste en que primero hay que avisar a la policía. Branko vacila. Vetas canosas entreveran su negra barba. En su camiseta amarilla destaca, en rojo, el dibujo de una concha con la palabra Shell.
—¿Y si ha bajado hasta el mar?
Puede ser. Quedan en lo siguiente: Branko y Kunicki irán a aquel lugar, y los otros dos, al puesto de policía, desde donde telefonearán a Vis. Branko explica que Komiža cuenta con un solo agente, que la verdadera comisaría está en Vis. Sobre la mesa quedan las copas con el hielo derritiéndose.
Kunicki reconoce enseguida la pequeña entrada al borde de la carretera donde ha permanecido aparcado. Le parece que han transcurrido siglos desde entonces, ahora el tiempo corre de otra manera, espeso y acre, compuesto por secuencias. El sol asoma entre las blancas nubes, de pronto hace mucho calor.
—Toca el claxon —dice Branko, y Kunicki obedece.
El sonido es prolongado y lastimero como una voz animal. Al cesar se diluye en vagos ecos de cigarras.
Se internan en la espesura entre los olivos, llamándose de vez en cuando. Se vuelven a encontrar junto al viñedo y, tras intercambiar unas palabras, deciden inspeccionarlo de punta a punta. Avanzan por las sombreadas hileras, llamando a la mujer desaparecida: «¡Jagoda, Jagoda!». Kunicki se percata del significado de este nombre, arándano, ya se le había olvidado, y de pronto cree estar participando en un rito ancestral, borroso y grotesco. De los arbustos penden carnosas bayas violeta oscuro, perversos pezones multiplicados, mientras él deambula por los frondosos laberintos gritando: «Jagoda, Jagoda». ¿A quién se dirige? ¿A quién está buscando?
Tiene que detenerse unos segundos al notar un pinchazo en el costado; se dobla en dos entre las hileras de las plantas. Sumerge la cabeza en la umbría frescura, la voz de Branko, amortiguada por el follaje, ya no le llega, y Kunicki solo oye el zumbido de las moscas, la familiar textura del silencio.
Tras un viñedo empieza otro, separado tan solo por un angosto sendero. Se detienen y Branko habla por el móvil. Repite las palabras žena y dijete, «esposa» e «hijo», las únicas que Kunicki es capaz de entender en croata. El sol, ya de color naranja, enorme e hinchado, se debilita a ojos vistas. Pronto podrán mirarlo a la cara. Los viñedos adquieren a su vez un intenso verde oscuro. Dos figuras humanas están en medio de ese verde mar a rayas, impotentes.
Al anochecer, en la carretera hay ya algunos vehículos y un grupo de hombres. Kunicki, en el coche en que pone Policija, con ayuda de Branko contesta unas preguntas que le resultan caóticas, formuladas por un policía fornido y bañado en sudor. Habla en un inglés básico. «We stopped. She went out with the child. They went right, here», y señala con la mano. «I was waiting, let’s say, fifteen minutes. Then I decided to go and look for them. I couldn’t find them. I didn’t know what had happened». Le ofrecen agua mineral recalentada, la bebe con avidez. «They are lost». Y repite: «lost». El policía marca un número en su móvil. «It is impossible to be lost here, my friend», le dice mientras espera a que le contesten. A Kunicki le llama mucho la atención ese «my friend». Luego se oye un walkie-talkie. Pasará aún una hora antes de que formen filas irregulares para emprender una batida por la isla.
En este lapso de tiempo, el hinchado sol desciende sobre los viñedos; para cuando alcancen la cima, ya tocará el mar. Lo quieran o no, asisten a esa puesta de sol operísticamente prolongada. Finalmente encienden las linternas. Ya a oscuras, bajan hasta el abrupto acantilado desde donde ven muchas pequeñas calas. Inspeccionan dos de ellas; en cada una hay una casita de piedra en la que se alojan esos turistas excéntricos que reniegan de los hoteles y prefieren pagar más por no tener agua corriente ni luz eléctrica. Cocinan en fogones de piedra u hornillos de butano. Pescan peces que del agua pasan directamente a la parrilla. No, nadie ha visto a una mujer con un niño. Se disponen a cenar; aparecen en las mesas pan, quesos, aceitunas y esos pobres pescaditos que esa misma tarde vivían absortos en sus frívolas ocupaciones marinas. De vez en cuando Branko llama al hotel de Komiža; se lo pide Kunicki porque cree que ella, después de perderse, habrá logrado llegar hasta allí por otro camino. Pero después de cada llamada, Branko se limita a darle unas palmaditas en la espalda.
Alrededor de la medianoche resulta que el grupo de hombres ha menguado, pero entre los que quedan están los dos que Kunicki vio en la mesa del café en Komiža. Ahora, al despedirse, hacen las presentaciones: Drago y Roman. Juntos se dirigen al coche. Kunicki les está muy agradecido por la ayuda, pero no sabe cómo se dice «gracias» en croata; debe de parecerse al polaco «dziękuję», algo así como «diákuyu» o «diákuye» o una cosa por el estilo. En realidad, con un poco de buena voluntad, podrían crear una versión eslava de koiné, un conjunto de palabras parecidas y prácticas para comunicarse sin necesidad de la gramática, en vez de recurrir a una versión sosa y simplona del inglés.
En plena noche un bote atraca frente a su casa. Deben evacuar la zona, es una inundación. El agua alcanza ya el primer piso de los edificios. En la cocina se cuela por las juntas entre los azulejos y sale con cálidos chorritos de los enchufes. Los libros se han hinchado por la humedad. Abre uno y constata que las letras se corren como el maquillaje, dejando manchas en las páginas en blanco. Resulta que todo el mundo ha salido ya en el bote anterior; solo queda él.
Entre sueños oye las gotas de agua que caen perezosamente del cielo y que al cabo de un instante se convertirán en un breve y violento aguacero.
Agua II
—Tampoco es que sea tan grande la isla —dice por la mañana Djurdżica, la mujer de Branko, al tiempo que le sirve un café bien cargado.
Se lo repiten todos como un mantra. Kunicki comprende lo que intentan decirle, él mismo sabe que la isla es demasiado pequeña como para perderse en ella. A lo largo de sus poco más de diez kilómetros, tiene solo dos ciudades dignas de tal nombre: Vis y Komiža. Es posible registrarla a conciencia, centímetro a centímetro, como un cajón. Y los habitantes de ambas localidades se conocen bien. Las noches son cálidas, los campos están cubiertos de viñedos y los higos ya casi maduros. Aunque se hubieran perdido, nada malo les podría pasar, no iban a morir de hambre ni de frío, ni tampoco devorados por fieras salvajes. Pasarían la cálida noche tumbados sobre la hierba abrasada por el sol, bajo un olivo, acunados por el soñoliento susurro del mar. No más de tres o cuatro kilómetros separan cualquier lugar de la carretera. En los campos hay casitas de piedra con barriles y prensas de vino, algunas provistas de víveres y velas. Desayunarán un jugoso racimo de uva o compartirán el desayuno habitual de los veraneantes de las calas.
Bajan hasta el hotel, donde los espera un policía, pero no el mismo, uno más joven. Por un momento Kunicki alberga la esperanza de oír buenas noticias, pero este le pide el pasaporte. Copia concienzudamente los datos y anuncia que buscarán también en tierra firme, en Split. Y en las islas vecinas.
—Es posible que caminara hacia el ferry por la orilla —explica.
—No llevaba dinero. No money. Está todo aquí. —Y Kunicki muestra el bolso del que saca un monedero, rojo y bordado con pequeñas cuentas. Lo abre y se lo enseña al policía, que se encoge de hombros y copia la dirección polaca.
—¿Cuántos años tiene el niño?
Kunicki contesta que tres.
Conducen por la serpenteante carretera de vuelta al mismo lugar, el día promete ser despejado y tórrido, sobrexpuesto a la luz como una película sacada del carrete. A mediodía todas las imágenes habrán desaparecido. Kunicki piensa en la posibilidad de escrutarlo todo desde lo alto, desde un helicóptero, al fin y al cabo la isla está casi desnuda. También piensa en los chips, en que se los injertan a los animales, a las aves migratorias, cigüeñas y grullas, y ya no quedan para las personas. Todo el mundo debería llevar uno, por su propia seguridad. Posibilitaría el rastreo en internet de todo movimiento humano: caminos, lugares donde la gente descansa y donde se pierde. ¡Cuántas vidas podrían salvarse! Cree estar viendo la imagen en la pantalla de un ordenador: líneas de colores correspondientes a cada individuo, huellas y señales constantes. Círculos y elipses, laberintos. Quizá también ochos sin acabar, quizá espirales malogradas, abruptamente truncadas.
Hay un perro pastor de color negro; le dan a oler un jersey de ella desde el asiento de atrás. El perro olfatea los alrededores del coche y luego se interna entre los olivos por el sendero. Kunicki siente una súbita inyección de energía, pronto se aclarará todo. Corren tras el perro, que se detiene en el sitio donde habrán hecho sus necesidades, pese a que no se distingue huella alguna. Se le ve muy satisfecho de sí mismo, pero, querido pastor, no has hecho más que empezar. ¿Dónde están, adónde se fueron? El perro no entiende qué más esperan de él, pero retoma la marcha, a regañadientes, en dirección opuesta, alejándose de los viñedos a lo largo de la carretera.
Así que caminó a lo largo de la carretera, piensa Kunicki, seguramente se equivocó. Pudo salir más adelante y haberlo esperado a unos cientos de metros. Pero ¿no oyó el claxon? ¿Y después? Quizá los recogió alguien, pero teniendo en cuenta que no los han encontrado, ¿dónde puede haberlos llevado ese alguien? Alguien. Una figura vaga, difusa, ancha de hombros. Cogote recio. Un secuestro. ¿Los habrá noqueado y metido en el maletero? Después los habrá trasladado a tierra firme en el ferry, podrían estar en Zagreb o en Múnich o en cualquier otra parte. ¿Y cómo pudo cruzar la frontera con dos cuerpos inconscientes?
Sin embargo, el perro no tarda en torcer hacia un barranco que va en diagonal a la carretera, una brecha larga y pedregosa que desciende sorteando las piedras. Al fondo se extiende un pequeño viñedo descuidado donde hay una casa de piedra, parecida a un quiosco, con techo de hojalata ondulada llena de herrumbre. Ante la puerta hay un montoncito de tallos de vid secos, reunidos probablemente para ser quemados. El perro describe círculos concéntricos alrededor de la casa y acaba regresando siempre a la puerta. Sin embargo, constatan con sorpresa que la puerta está cerrada con candado. Habrá sido el viento el que ha acumulado las ramitas en el umbral. Resulta evidente que nadie ha podido entrar por ahí. El policía mira al interior a través de los cristales sucios, después empieza a tirar de la ventana, cada vez más fuerte, hasta que la arranca. Entonces se asoman y les golpea un persistente olor a cerrado y a mar.
El walkie-talkie crepita, el perro bebe agua y recibe nueva orden de oler el jersey. Da tres vueltas a la casa, regresa a la carretera y, tras dudar un rato, la recorre en dirección a unas rocas prácticamente desnudas, apenas cubiertas de hierba seca en muy contados lugares. Desde el acantilado se ve el mar. Todos los del grupo de búsqueda están allí, de cara al agua.
El perro pierde el rastro, da media vuelta, finalmente se tumba en medio del sendero.
—To je zato jer je po noći padala kiša —dice alguien en croata, y Kunicki entiende perfectamente que habla de la lluvia de anoche.
Viene Branko y se lo lleva a comer. La policía se queda allí mientras ellos dos van a Komiža. Casi no hablan. Kunicki intuye que Branko seguramente no sabe qué decirle, y más aún en una lengua extranjera, en inglés. De acuerdo, que no diga nada. Piden pescado frito en un restaurante a orillas del mar; de hecho ni siquiera es un restaurante, sino la cocina de unos amigos de Branko. Todos lo son aquí, incluso tienen un aire de familia, rasgos afilados, caras curtidas por el viento, una tribu de lobos de mar. Branko le sirve una copa de vino e insiste en que se la beba. Apura la suya de un trago. No acepta dinero para pagar la cuenta. Recibe una llamada.
—They manage to get a helicopter, an airplane. Police —dice.
Elaboran un plan de expedición bordeando la costa, con la barca de Branko. Kunicki telefonea a Polonia, a casa de sus padres, oye la familiar voz ronca de su padre, le dice que deben quedarse tres días más. No le cuenta la verdad. Todo va bien, sencillamente deben quedarse. También llama al trabajo, dice que le ha surgido un pequeño problema y pide tres días más de vacaciones. No sabe por qué dice «tres días».
Espera a Branko en el embarcadero. Este aparece otra vez con su camiseta con una concha estampada, pero es una camiseta nueva, limpia, fresca, debe de tener para dar y regalar. Entre las barcas amarradas encuentran un pequeño bote de pesca. Unas letras azules torpemente escritas en el borde pregonan su nombre: Neptuno. En ese momento Kunicki recuerda que el ferry que los trajo se llamaba Poseidón, al igual que muchos bares, tiendas y barcas. Poseidón o Neptuno, nombres que el mar expele como conchas. Sería interesante averiguar cómo se compran los derechos de autor a un dios. ¿Con qué se le paga?
Se acomodan en el bote. Pequeño y estrecho, es más bien una barca a motor con una minúscula cabina de madera, de tablones toscamente armados. Branko guarda en ella botellas de agua, llenas y vacías. Algunas contienen vino de su propio viñedo, blanco, bueno, fuerte. Todos tienen aquí su propio viñedo y hacen su propio vino. Branko saca de allí un motor y lo fija en la popa. Arranca al tercer intento. A partir de entonces hay que gritar para oírse. El ruido es espantoso, pero al cabo de un rato el cerebro se acostumbra a él como a la gruesa ropa de invierno que separa el cuerpo del resto del mundo. Poco a poco el ruido se impone a la vista de la bahía, cada vez más pequeña, y del puerto. Kunicki divisa la casa en la que se alojaban, incluso las ventanas de la cocina y la flor de agave disparándose hacia lo alto desesperadamente, como un fuego artificial petrificado, una eyaculación triunfante.
Todo disminuye y se funde ante sus ojos: las casas en una oscura línea irregular, el puerto en una caótica mancha blanca entreverada por las rayas de los mástiles; sobre la ciudad, a su vez, emergen las montañas, desnudas, grises, salpicadas aquí y allá por el verdor de los viñedos. No paran de crecer, ya son enormes. Desde su interior, desde la carretera, la isla parecía pequeña, ahora exhibe su poderío: un macizo de rocas formando un cono monumental, un puño que sobresale del agua.
Al virar a babor dejando atrás la bahía y adentrarse en mar abierto, la costa de la isla parece escarpada y amenazadora.
A consecuencia de la maniobra las blancas crestas de las olas golpean las rocas y los pájaros se asustan por la presencia del bote. Cuando vuelven a arrancar el motor, los pájaros desaparecen. Y aún hay más: la línea vertical de un avión que va rumbo al sur y parte el cielo en dos.
Reemprenden la marcha. Branko enciende un par de cigarrillos y ofrece uno a Kunicki. Resulta difícil fumar: gotas minúsculas salpican desde debajo de la proa alcanzándolo todo.
—Mira el agua —grita Branko—, cualquier movimiento.
Al aproximarse a una bahía con una gruta, ven un helicóptero. Vuela en sentido contrario. Branko se pone en pie en medio del bote y hace señales. Kunicki mira el artefacto, casi feliz. La isla no es grande, piensa por centésima vez, nada puede escapar a la mirada de esa libélula mecánica que vuela alto, todo se verá claro y cristalino.
—Pongamos rumbo al Poseidón —grita a Branko, pero este se muestra reticente.
—Por allí no se puede pasar —grita a su vez como respuesta.
Sin embargo, el bote vira y aminora la marcha. Se mete entre las rocas con el motor apagado.
Esta parte de la isla también debe de llamarse Poseidón, como todo lo demás, piensa Kunicki. El bueno del dios se ha construido aquí sus propias catedrales: naves, cuevas, columnas y coros. Las líneas son imprevisibles, el ritmo falso y desacompasado. La humedad da brillo a las negras rocas ígneas, como forradas con un oscuro y raro metal. Ahora, al anochecer, estas construcciones resultan tristísimas, la quintaesencia del abandono, nadie ha rezado nunca aquí. Kunicki tiene de pronto la sensación de encontrarse ante prototipos de los templos creados por el hombre, de que los grupos de turistas deberían ser traídos aquí antes de visitar Reims o Chartres. Quiere compartir con Branko este descubrimiento, pero hay demasiado ruido como para poder hablar. Ven otro bote, más grande, donde pone Policie. Split. Sigue la línea de la escarpada costa. Los botes se aproximan y Branko se pone a hablar con los policías. No hay ni rastro, nada. Al menos eso imagina Kunicki, pues el estruendo del motor ahoga la conversación. Deben de entenderse leyendo los labios e interpretándolo todo por la manera suave e impotente de encogerse de hombros que no casa con sus camisas blancas con chatarreras de uniforme policial. Indican que hay que volver porque pronto se hará de noche. Es lo único que oye Kunicki: «Volved». Branko pisa el acelerador, emitiendo un ruido que suena como una explosión. El agua se contrae levantando olas minúsculas como escalofríos.
Llegar ahora a la isla resulta muy distinto que hacerlo de día. Primero ven luces centelleantes que por momentos se separan formando hileras. Crecen sumidas en una oscuridad cada vez más profunda, se independizan y diferencian: las luces de los yates amarrados junto al muelle en nada se parecen a las que se filtran por las ventanas de las casas; las que iluminan los rótulos de los comercios en nada se parecen a los movedizos faros de los coches. La imagen segura de un mundo domesticado.
Finalmente Branko apaga el motor y el bote alcanza la orilla. De repente, los bajos rozan terreno pedregoso: han llegado a la pequeña playa municipal, justo enfrente del hotel, lejos del embarcadero. Kunicki adivina el porqué. Al lado de la rampa, en el límite mismo de la playa, ve un coche de policía, dos hombres con camisas blancas que evidentemente los están esperando.
—Me parece que quieren hablar contigo —dice Branko mientras amarra el bote. Kunicki por poco se desmaya, tiene miedo de lo que quizá esté a punto de oír. Que han encontrado sus cuerpos. Eso es lo que le da miedo. Se acerca a ellos, las rodillas le tiemblan.
Gracias a Dios, se trata de un simple interrogatorio. No, no hay ninguna novedad. Pero ha pasado tanto tiempo que el asunto se ha vuelto serio. Lo llevan a la comisaría de Vis por la misma carretera, la única que hay en la isla. Ha oscurecido ya del todo, pero por lo visto conocen bien el camino, pues no aminoran la marcha ni siquiera en las curvas cerradas. No tardan en dejar atrás el lugar fatídico.
En la comisaría lo esperan personas nuevas. Un traductor alto y apuesto que habla un polaco que, seamos sinceros, deja bastante que desear —lo han traído expresamente desde Split—, y un oficial. Indiferentes, le hacen preguntas de rutina. Empieza a darse cuenta de que se ha convertido en sospechoso.
Lo devuelven al hotel. Baja del coche y hace ademán de entrar. Pero solo lo finge. Aguarda en un oscuro pasillo a que se marchen, a que cese el ruido del motor, y luego sale a la calle. Se encamina hacia donde se concentran más luces, al bulevar junto al embarcadero donde están todos los bares y restaurantes. Pero es tarde y a pesar de ser viernes ya no hay aglomeraciones; debe de ser la una o las dos de la madrugada. Entre los escasos clientes en las mesas busca con la vista a Branko, pero no lo ve, no divisa su conocida camiseta con una concha. Hay unos italianos, toda una familia, están acabando de cenar, también ve a dos personas mayores, sorben algo con una pajita mientras observan a la ruidosa familia italiana. Dos mujeres rubias, en actitud de íntima complicidad, los hombros tocándose, absortas en su conversación. Hay algunos lugareños, pescadores, otra pareja. Nadie le presta atención, qué alivio… Camina por el límite de la sombra, casi tocando el agua, percibe el olor a pescado y la cálida y salada brisa del mar. Le entran ganas de dar media vuelta y subir por una de las empinadas callejuelas en dirección a la casa de Branko, pero no se atreve, ya deben de estar dormidos. Así que se sienta en una pequeña mesa al borde de una terraza. El camarero lo ignora.
Observa a los hombres que llegan a la mesa de al lado. Se sientan y acercan otra silla. Son cinco. Antes de que venga el camarero, antes de pedir bebidas, reina entre ellos una intangible complicidad.
De distintas edades, dos lucen una barba tupida, pero toda diferencia pasa inadvertida una vez formado el círculo que, queriéndolo o no, han creado. Hablan, aunque no importa lo que dicen: podría pensarse que se preparan para cantar a coro, que prueban la voz. El círculo se llena de risas: los chistes, aun los más trillados, son pertinentes, incluso deseables. Una risa que susurra, vibrante, conquista el espacio y acalla a las turistas de la mesa vecina, dos mujeres de mediana edad, consternadas. Atrae miradas curiosas.
Preparan al público. La entrada del camarero con una bandeja de bebidas se convierte en una obertura, y el joven camarero en un maestro de ceremonias que, inconsciente de su papel, anuncia un baile o una ópera. Al verlo se animan, una mano le indica dónde ponerlas: aquí. Breves momentos de silencio, y los bordes de cristal alcanzan sus labios. Algunos de ellos, los más impacientes, no consiguen evitar cerrar los ojos, igual que en la iglesia cuando el cura, solemne, deposita en la lengua extendida una oblea blanca. El mundo está listo para dar un vuelco: solo en apariencia el suelo sigue bajo los pies y el techo sobre la cabeza, el cuerpo ya no pertenece exclusivamente a cada uno, sino que forma parte de una cadena viva, el eslabón de un círculo que ha cobrado vida. Ahora igual, vasos viajando hasta los labios, casi no se percibe el instante mismo de vaciarlos, es un momento de máxima concentración, de efímera seriedad. Estarán a partir de ahora aferrados a ellos: a los vasos. Los cuerpos sentados a la mesa empezarán a dibujar sus círculos, las coronillas marcarán en el aire los suyos, al principio pequeños, mayores después. Se superpondrán, dibujando nuevos arcos. Al final se levantarán las manos, primero probarán su fuerza en el aire, gesticulando para ilustrar las palabras, luego caerán sobre los hombros de los compañeros, sobre nucas y espaldas, propinando golpecitos de apoyo. En esencia, gestos de amor. La confraternización de manos y espaldas no resulta inoportuna, es un baile.
Kunicki lo contempla con envidia. Le gustaría salir de la sombra y unirse al grupo. Desconoce esa intensidad. Él pertenece al norte, donde los hombres se comportan con mayor timidez. Pero en el sur, donde el sol y el vino dan al cuerpo espontaneidad sin retraimiento, ese baile cobra absoluta realidad. Solo al cabo de una hora se desploma el primer cuerpo sobre el respaldo de la silla.
La cálida brisa nocturna lo empuja hacia las mesas posándole su pata en la espalda, insistiéndole: «Venga, hombre, ven». Quisiera unirse a ellos, vayan a donde vayan. Quisiera que lo llevaran con ellos.
Regresa a su hotelito por el costado no iluminado del bulevar, cuidándose mucho de no cruzar el límite de la sombra. Antes de entrar en la estrecha y asfixiante escalera, toma una bocanada de aire y se queda quieto un rato. Luego sube la escalera, tanteando los peldaños en la oscuridad, y enseguida cae desplomado en la cama, sin quitarse la ropa, boca abajo, con los brazos extendidos hacia los lados, como si alguien le hubiera pegado un tiro en la espalda y él contemplase esa bala durante unos instantes y luego se muriera.
Se levanta a las pocas horas, dos o tres, pues todavía está oscuro. Y baja a tientas hasta el coche. La alarma chasquea, el coche, lleno de añoranza, parpadea con guiños cómplices. Kunicki descarga el equipaje, todo, sin orden ni concierto. Sube los bártulos escaleras arriba y los arroja al suelo de la cocina y de la habitación. Dos maletas y un sinfín de hatillos, bolsas, cestas, también la de las provisiones para el viaje, un juego de aletas en su saco de plástico, las caretas de buceo, el parasol, las esterillas de playa y la caja de vino que compraron en la isla, así como el ajvar, ese condimento de pimientos rojos que tanto les había gustado, y unos tarros de aceitunas. Enciende las luces y se sienta en medio de todo este desorden. Después coge el bolso de ella y vacía suavemente su contenido sobre la mesa de la cocina. Se sienta y posa la mirada en el patético montoncito de objetos como si se tratase de un complicado juego de palillos chinos y le tocara a él hacer la siguiente jugada: extraer uno sin mover ningún otro. Tras vacilar un instante elige la barra de labios y desenrosca la tapa. De color rojo oscuro, casi nueva, apenas la había usado. Se la lleva a la nariz. Huele bien, es difícil decir a qué. Se arma de valor, va cogiendo uno a uno los demás objetos y los deposita por separado sobre la mesa. El pasaporte: viejo, con tapas azules, en la foto está bastante más joven, lleva una melena larga y suelta, con flequillo. Su firma en la última página aparece borrosa, por eso a menudo la retienen en las fronteras. El pequeño bloc de notas negro, con cierre de goma. Lo abre y lo hojea: unos apuntes, el dibujo de una chaqueta, una columna de cifras, la tarjeta de un bistró del balneario de Polanica, un número de teléfono al dorso, un mechón de pelo, oscuro, ni mechón siquiera, tan solo unas docenas de cabellos sueltos. Lo deja a un lado. Ya lo examinará más adelante. El estuche de maquillaje hecho de tela exótica hindú, en el interior: un perfilador de ojos verde oscuro, una polvera (sin apenas polvos), un rímel verde con cepillo en espiral, un sacapuntas de plástico, brillo de labios, unas pinzas, una cadenita ennegrecida rota. También encuentra una entrada del museo de Trogir con una palabra extranjera escrita al dorso; acerca a los ojos el pedazo de papel y lee con dificultad: καιρóς, debe de leerse K-A-I-R-Ó-S, pero no está seguro, la palabra no le dice nada. Y mucha arena en el fondo.
El móvil, casi descargado. Comprueba el registro de llamadas recientes; se repite su propio número, pero también hay otros, dos o tres, no le dicen nada. «Mensajes recibidos», solo uno, de él, cuando se perdieron en Trogir: Estoy junto a la fuente de la plaza principal. «Mensajes enviados»: vacío. Vuelve al menú principal, en pantalla la iluminada aparece un dibujo, al cabo de unos instantes se apaga.
Un paquete de pañuelos de papel, abierto. Un lápiz, dos bolígrafos, uno es un Bic naranja, el otro lleva escrito «Hotel Mercure». Calderilla, céntimos de zloty y de euro. Un monedero, con billetes croatas, poca cosa, y diez zlotys polacos. La tarjeta Visa. Un paquete de pósits naranja, manchado. Un alfiler de cobre con un grabado antiguo, parece roto. Dos caramelos Kopiko. La cámara de fotos, digital, en su estuche negro. Un clavo. Un clip blanco. Un envoltorio de chicle, dorado. Migas. Arena.
Coloca todo esto cuidadosamente sobre la encimera negra mate, cada cosa equidistante de la siguiente. Se acerca al grifo, bebe agua. Vuelve a la mesa y enciende un cigarrillo. Después saca fotos con la cámara de ella, objeto a objeto. Los fotografía despacio, con solemnidad, el zoom al máximo, el flash puesto. Solo lamenta que esta pequeña cámara no pueda fotografiarse a sí misma. También ella es una prueba en todo este asunto. A continuación va a la entrada, donde están las bolsas y las maletas, y toma una instantánea de cada una de ellas. Sin embargo, no se detiene ahí, deshace las maletas y se pone a fotografiar cada prenda, cada par de zapatos, cada tubo de crema y el libro. Los juguetes del niño. Incluso saca de una bolsa de plástico la ropa sucia y a ese montoncito informe también le hace una foto.
Encuentra una botellita de rakia, se la bebe de un trago, sin soltar la cámara, y toma una instantánea de la botella vacía.
Ya se ha hecho de día cuando conduce en dirección a Vis. Lleva los bocadillos, resecos, que ella había preparado para el camino. Con el calor, la mantequilla se ha derretido, empapando las rebanadas de pan con una fina y reluciente capa de grasa, el queso está duro y medio transparente, parece plástico. Se come un par al abandonar Komiža, se limpia las manos en el pantalón. Conduce despacio, con cuidado, mirando a los lados, a todo lo que ve al pasar, consciente de que lleva alcohol en la sangre. Pero se siente fuerte e infalible como una máquina. No mira hacia atrás, aunque sabe que allí, a sus espaldas, el mar crece metro a metro. La limpidez del aire permitiría seguramente divisar la costa italiana desde lo alto. De momento se para en el arcén y examina con la mirada todo lo que hay a su alrededor, cada pedacito de papel, cada desperdicio. También tiene los prismáticos de Branko, los usa para observar las laderas. Ve los pedregosos declives cubiertos por un fino colchón grisáceo de hierba reseca, ve los inmortales arbustos de zarzamoras oscurecidos por el sol, aferrándose a las piedras con sus largos brotes. Miserables olivos asilvestrados de tronco retorcido, pequeñas tapias de piedra vestigio de viñedos abandonados.
Al cabo de más o menos una hora, despacio, como un coche patrulla de la policía, empieza a adentrarse en Vis. Pasa junto a un supermercado, hace la compra, vino sobre todo, y en un momento se planta en la ciudad.
El ferry ya ha atracado en el muelle. Es inmenso, enorme como un edificio, un bloque flotante. Poseidón. Su portalón ya está abierto, ya hay formada una cola de coches y gente medio dormida para alimentar sus fauces. Enseguida empezará el embarque. Kunicki se detiene junto a la barandilla y observa el grupo de personas que están comprando billetes. Algunas cargan con mochilas, entre ellas una preciosa muchacha tocada con un turbante multicolor; la mira, no puede quitarle los ojos de encima. Junto a esta beldad, un muchacho alto de tipo escandinavo.
Hay mujeres con niños, supone que del lugar, sin equipaje, un hombre trajeado, con un maletín. También una pareja: ella, acurrucada contra el pecho de él, tiene los ojos cerrados, como si quisiera completar el sueño de una noche demasiado corta. Y varios coches, uno cargado hasta los topes, con matrícula alemana, dos italianos… Y unas furgonetas locales que van a buscar pan, verduras, el correo. La isla debe subsistir. Kunicki, con disimulo, echa un vistazo al interior de los coches.
Por fin la cola se mueve, el ferry engulle a personas y vehículos, nadie protesta, avanzan como borregos. Todavía llegan unos moteros franceses, son los cinco últimos, y también desaparecen dócilmente en las fauces del Poseidón.
Kunicki espera a que el portalón se cierre con su chirrido metálico. El taquillero cierra de golpe la ventanilla y sale a fumarse un cigarrillo. Los dos son testigos de cómo el ferry, con un escándalo repentino, se aleja de la orilla.
Le dice que está buscando a una mujer con un niño, saca del bolsillo el pasaporte de ella y se lo planta delante de las narices.
El taquillero se inclina para examinar la foto del pasaporte. Dice en croata algo así como:
—La policía ya ha preguntado por ella. Nadie la ha visto por aquí. —Da una calada y añade—: No es una isla grande, alguien se acordaría.
De pronto le da una palmada en el hombro, como si se conocieran de toda la vida.
—¿Un café? ¿Te apetece? —Y señala con la cabeza el cafetín del puerto que abre en ese justo momento.
Pues sí, un café, ¿por qué no?
Kunicki toma asiento en una mesita y el otro viene enseguida con sendos expresos dobles. Beben en silencio.
—No te preocupes —dice el taquillero—. Aquí es imposible perderse. Aquí estamos todos siempre a la vista, como expuestos en la palma de una mano abierta —dice, y le muestra la palma de la mano, surcada por varias líneas gruesas. Después le trae un panecillo con carne y lechuga. Finalmente se va, dejando a Kunicki con el café a medio tomar. Cuando desaparece, un breve sollozo lo sacude; es como un bocado de pan, así que se lo traga. No sabe a nada.
No logra evitar la sensación de estar expuesto en la palma de una mano. Para ser visto. ¿Por quién? ¿Quién querrá observar a todo el mundo, esa isla en medio del mar, esos hilos de caminos asfaltados que van de un puerto a otro puerto, a varios miles de personas derretidas por el sol, turistas y lugareños, en constante movimiento? En su cabeza centellean imágenes como captadas por satélite, al parecer se puede leer en ellas lo que pone en una caja de cerillas. ¿Será eso posible? ¿También será visible desde ahí arriba su incipiente calvicie? Un cielo inmenso, templado, poblado por incansables satélites armados con ojos escrutadores.
Regresa al coche atravesando un pequeño cementerio junto a la iglesia. Todas las tumbas miran al mar, como en un anfiteatro, de manera que los muertos observan el ritmo del puerto, lento, repetitivo. Probablemente les alegra el blanco ferry, a lo mejor incluso lo toman por un arcángel que escolta las almas en su aéreo viaje.
Kunicki nota que algunos apellidos se repiten. La gente y los gatos de aquí deben de parecerse: crecen en entornos endogámicos, se mueven en ambientes formados por contadas familias, rara vez salen de ellos. Se detiene una sola vez: al ver una lápida pequeña con apenas dos filas de letras:
Zorka 9-02-21 – 17-02-54
Srečan 29-01-54 – 17-07-54
Durante un rato busca en esas fechas un orden algebraico, parecen una clave. Madre e hijo. Una tragedia encerrada entre dos fechas, desarrollada por etapas. Una carrera de relevos.
Aquí se acaba la ciudad. Está cansado, el calor ha alcanzado su cénit y el sudor le inunda los ojos. Subiendo de nuevo en coche al interior de la isla, constata que el sol pertinaz hace de ella el lugar más inhóspito de la tierra. El calor emite el tictac de una bomba de relojería.
En la comisaría le ofrecen una cerveza bien fresca, como si quisieran ocultar su impotencia bajo la blanca espuma. «No los ha visto nadie», dice un funcionario fornido y, cortésmente, dirige hacia él el ventilador.
—¿Qué hago? —pregunta al policía desde la puerta.
—Debería irse a descansar —responde el policía.
Pero Kunicki se queda en la comisaría y, todo oídos, escucha cada conversación telefónica, cada chasquido de los walkie-talkie, cargado siempre de algún significado oculto, hasta que viene a buscarlo Branko y se lo lleva a comer. Casi no hablan. Después pide que lo dejen en el hotel, se siente débil y se tumba en la cama sin quitarse la ropa. Huele su propio sudor; el repulsivo olor del miedo.
Vestido, permanece tumbado boca arriba entre las cosas que había sacado de las bolsas. Con vista atenta calibra sus constelaciones, sus interrelaciones, las direcciones que señalan y las figuras que forman. Tal vez sea un presagio. Hay en todo ello un mensaje para él, en torno a su mujer y su hijo, pero sobre todo acerca de él mismo. Desconoce esta escritura y estos signos, seguro que no son obra de mano humana. La relación que los une resulta evidente, el mero hecho de que los esté mirando reviste importancia, y el verlos encierra un gran misterio, misterio es que pueda mirar y ver, misterio es que exista.
Tierra
El verano se cerró tras él dando un portazo. Kunicki se va adaptando, cambia las sandalias por unas zapatillas, las bermudas por el pantalón largo, afila los lápices de su escritorio, ordena facturas. El pasado ha dejado de existir, se convierte en retazos de vida: nada que lamentar. Así que eso que siente debe de ser un dolor fantasma, irreal, un dolor de toda forma incompleta, mellada, que por su propia naturaleza tiende a un todo. No hay otra manera de explicarlo.
No logra conciliar el sueño últimamente. Es decir, sí se duerme por la noche, agotado, pero se despierta hacia las tres o cuatro de la madrugada, como tras la gran inundación de hace años. Solo que entonces sabía el porqué de su insomnio: le había asustado el cataclismo. Ahora es distinto, no se ha producido ningún desastre. Sin embargo, se ha abierto un agujero, una interrupción. Kunicki sabe que las palabras podrían recomponerlo; si encontrase un número razonable de palabras sensatas, adecuadas para explicar lo sucedido, del agujero no quedaría ni rastro y él dormiría hasta las ocho. Algunas veces, pocas, le parece oír dentro de su cabeza una o dos palabras pronunciadas en voz alta, lacerantes. Palabras arrancadas tanto de la noche de insomnio como del frenesí del día. Algo chispea en las neuronas, impulsos saltando de un lugar a otro. ¿No es eso lo propio del proceso de pensar?
Se trata de espectros prêt-à-porter apostados a las puertas de la razón, fabricación en serie. No resultan nada aterradores, no son comparables con ningún diluvio bíblico, no encierran escenas dantescas. Se trata simplemente de la terrible inevitabilidad del agua, de su omnipresencia. Impregna las paredes del piso. Kunicki examina con el dedo el enfermo revoque empapado, la pintura húmeda deja huella en su piel. Las manchas trazan en la pared mapas de países que no conoce, que no sabe nombrar. Las gotas se filtran por el marco de las ventanas, se cuelan bajo la alfombra. Clava una alcayata en la pared y verás salir un reguerito, abre un cajón y oirás un chapoteo. Levanta una piedra y me descubrirás a mí, susurra el agua. Chorros incontrolables inundan los teclados, se apaga la pantalla bajo el agua. Kunicki sale corriendo de su bloque de pisos y constata que han desaparecido los cajones de arena para niños y los parterres, el bajo seto vivo ha dejado de existir. Con el agua hasta los tobillos, va hacia su coche, con él intentará salir del barrio y alcanzar un terreno más elevado, pero no le dará tiempo. Resultará que están sitiados, es una ratonera.
Alégrate de que todo haya acabado bien, se dice al levantarse en la oscuridad para ir al cuarto de baño. Claro que me alegro, se contesta. Pero no se alegra. En absoluto. Vuelve a acostarse entre las sábanas aún calientes y permanece tumbado con los ojos abiertos, hasta la mañana. Sus pies, inquietos, se dirigen a alguna parte en un paseo irreal e impedido por los pliegues del edredón, escuecen por dentro. A ratos descabeza un sueñecito del que lo despierta su propio ronquido. Ve clarear el día al otro lado de la ventana, oye el ruido de los basureros y los primeros autobuses; los tranvías salen de sus cocheras. A primera hora de la mañana se pone en movimiento el ascensor, se oyen sus chirridos desesperados, chillidos de una existencia encerrada en un espacio bidimensional, arriba y abajo, nunca en diagonal o a los lados. El mundo sigue adelante, con ese agujero irreparable, lisiado. Cojea.
Kunicki cojea junto con él hacia el cuarto de baño, después, de pie, toma un café junto a la encimera de la cocina. Despierta a su mujer. Medio dormida, desaparece en el baño.
Le ha encontrado una ventaja a su insomnio: escuchar lo que ella pueda decir mientras duerme. Así se desvelan los mayores secretos. Escapándose involuntariamente cual diminutos haces de humo para enseguida desaparecer; hay que atraparlos justo al asomar por la boca. Así que piensa y aguza el oído. Ella duerme boca abajo, silenciosamente, su aliento es apenas perceptible, suspira a veces, pero esos suspiros no contienen palabras. Cuando se da la vuelta para cambiar de lado, su mano busca instintivamente otro cuerpo, intenta abrazarlo, su pierna aterriza en las caderas de él. Por un instante se queda petrificado, pues ¿qué querrá decir? Finalmente concluye que se trata de un movimiento mecánico y se lo consiente.
Aparentemente nada ha cambiado salvo que el sol le ha aclarado el pelo y salpicado con unas cuantas pecas su nariz. Pero al tocarla, al pasar la mano por su espalda desnuda, le parece haber descubierto algo. No acierta a saber qué. Esa piel le opone resistencia, se ha vuelto más dura, más compacta, como una lona.
No puede permitirse nuevas búsquedas, tiene miedo, retira la mano. En un duermevela imagina que su mano da con un terreno ignoto, algo que pasó por alto en los siete años de su matrimonio, algo vergonzoso, un estigma, una tira de piel peluda, una escama de pez, un plumón de pollo, una estructura atípica, una anomalía.
Por eso se aparta hasta el borde de la cama y mira desde ahí esa forma que es su mujer. A la tenue luz del barrio que penetra por la ventana, su cara no es más que un pálido contorno. Se queda dormido con los ojos clavados en esa mancha y ya clarea en el dormitorio cuando despierta. La luz del amanecer, metálica, cubre de ceniza los colores. Por un instante le asalta la estremecedora sensación de que está muerta: ve su cadáver, un cuerpo vacío y reseco del que el alma ha volado tiempo atrás. No le da miedo, solo le sorprende, y acto seguido, a fin de ahuyentar esta imagen, le toca la mejilla. Ella suspira y se vuelve hacia él poniéndole una mano sobre el pecho, el alma regresa. Su respiración recupera el ritmo acompasado, pero él no osa moverse. Espera a que el despertador lo libre de tan incómoda situación.
Le preocupa su propia inacción. ¿No debería apuntar todos estos cambios para no pasar nada por alto? Levantarse en silencio, escurrirse de la cama y en la mesa de la cocina dividir una hoja de papel en dos columnas y escribir: antes y ahora. ¿Qué escribiría? La piel, más áspera: a lo mejor envejece, sin más, o a causa del sol. ¿Camiseta en vez de pijama? A lo mejor los radiadores están regulados a mayor potencia que antes. ¿Su olor? Ha cambiado de crema.
Recuerda el pintalabios que tenía en la isla. ¡Ahora usa otro! El anterior era claro, beis, suave, del color de los labios. Este es rojo intenso, carmesí, no sabe cómo definirlo, nunca ha sido bueno en esto, nunca ha sabido cuál es la diferencia entre rojo y carmesí y ya no digamos púrpura.
Abandona con cuidado las sábanas, toca el suelo con los pies desnudos y, a oscuras, para no despertarla, va al cuarto de baño. Solo en él se deja deslumbrar por su cegadora luz. En el estante de debajo del espejo está su estuche de maquillaje bordado con cuentas. Lo abre con delicadeza para cerciorarse de sus suposiciones. El pintalabios es diferente.
Por la mañana consigue llevar a cabo una actuación perfecta, eso cree: perfecta. Que ha olvidado algo y tiene que quedarse en casa, cinco minutos más.
—Ve sola, no me esperes.
Finge tener prisa por encontrar unos papeles. Ella, mientras tanto, se pone la chaqueta frente al espejo, se envuelve el cuello con una bufanda roja y coge al niño de la mano. La puerta se cierra de golpe. Los oye bajar corriendo la escalera. Se queda inclinado encima de los papeles mientras el eco del portazo resuena repetidas veces en su cabeza como si rebotase un balón, bum, bum, bum, hasta que vuelve el silencio. Respira hondo y se yergue. Silencio. Nota cómo lo envuelve, a partir de este momento se mueve despacio y con precisión. Se dirige al armario, descorre su puerta acristalada y se sitúa frente a los vestidos de ella. Alarga el brazo hacia una blusa blanca, nunca se la ha puesto, es demasiado elegante. La roza con la punta de los dedos, después la toca con toda la mano, que desaparece en sus pliegues de seda. Pero como la blusa no le dice nada, continúa; reconoce un traje chaqueta de cachemira, también casi sin usar, y unos vestidos de verano, así como unas cuantas camisas, una encima de otra; un jersey de invierno, envuelto aún en la bolsa de plástico de la tintorería, y el largo abrigo negro. Tampoco la ha visto a menudo con él puesto. Se le ocurre que esta ropa colgada está ahí para confundirlo, despistarlo, llamarlo a engaño.
Están en la cocina hombro con hombro. Kunicki corta el perejil. No quiere volver a empezar, pero no consigue contenerse. Siente cómo las palabras se le agolpan en la garganta, no se ve capaz de tragarlas. Así que vuelta a empezar:
—Venga, ¿qué pasó?
Ella responde con voz cansada, su tono es de quien repite lo mismo por enésima vez, que él es un pelma y un aburrido:
—Otra vez: me mareé, debí de intoxicarme, ya te lo dije.
Pero él no se rendirá tan fácilmente:
—No te encontrabas mal al salir del coche.
—Es verdad, pero luego me sentí mal, muy mal —repite con sorna—. Creo que por un momento perdí el conocimiento, el pequeño se puso a chillar y sus gritos me hicieron volver en mí. Se asustó y yo también me asusté. Quisimos ir hacia el coche, pero con la confusión tomamos otra dirección.
—¿Qué dirección? ¿Hacia Vis?
—Sí, hacia Vis. No, no sé si hacia Vis, ¿cómo iba a saberlo?, de haberlo sabido habría regresado al coche, te lo dije mil veces —levanta la voz—. Cuando comprendí que me había perdido, nos sentamos en una floresta, el pequeño se durmió y yo seguía mareada…
Kunicki sabe que miente. Sigue cortando el perejil sin levantar la vista de la tabla y dice con voz de ultratumba:
—Por allí no había ninguna floresta.
Y ella casi gritando:
—¡Claro que sí!
—No, había olivos solitarios y viñedos. ¿Qué floresta?
Se hace un silencio. Ella lo interrumpe diciendo en tono mortalmente grave:
—Pues bien. Lo has descubierto todo. Bravo. Se nos llevó un platillo volante, experimentaron con nosotros, nos insertaron chips, mira, aquí. —Y levanta la cabellera enseñando la nuca; su mirada es fría.
Kunicki ignora su sarcasmo.
—De acuerdo, sigue.
Y ella sigue:
—Encontré una casita de piedra. Nos dormimos, se hizo de noche…
—¿Así, de repente? ¿Y en qué se os fue el día? ¿Qué hicisteis?
Ella no hace caso, continúa su relato:
—… Por la mañana nos gustó. Pensé que te preocuparías un poco y te acordarías de nuestra existencia. Una especie de terapia de choque. Comíamos uva y salíamos a nadar…
—¿Tres días sin comer?
—Comíamos uva, te lo acabo de decir.
—¿Y qué bebíais?
Ella tuerce el gesto.
—El agua del mar.
—¿Por qué no me dices simplemente la verdad?
—Esta es la verdad.
Kunicki se esmera en cortar los carnosos tallos.
—Vale, ¿qué pasó después?
—Nada. Finalmente volvimos a la carretera y paramos un coche que nos llevó hasta…
—¡Tres días más tarde!
—¿Y qué?
Él lanza el cuchillo contra el perejil. La tabla cae al suelo.
—¿Te das cuenta del lío que armaste? Te buscaron con un helicóptero. ¡Movilizaste toda la isla!
—Innecesariamente. Que las personas desaparezcan por un tiempo es algo que sucede, ¿no es cierto? No hacía falta desatar el pánico. Digamos que me encontré mal y luego mejoré.
—¿Dónde está mi mujer de siempre? ¿Qué demonios te ocurre? ¿Cómo piensas explicarlo?
—No hay nada que explicar. Te he dicho la verdad, pero tú no quieres escucharla.
Le grita y enseguida, bajando la voz:
—Dime lo que piensas, cómo te imaginas que pasó todo.
Pero él no contesta. Semejante conversación se ha repetido ya varias veces. Y no parece que ninguno de los dos tenga el ánimo para mantener otra.
En ocasiones, ella se apoya en la pared, entorna los ojos y se burla de él:
—Se acercó un autobús lleno de proxenetas y me llevaron a un burdel. Mantenían al pequeño en el balcón a pan y agua. Tuve sesenta clientes en aquellos tres días.
Entonces él se aferra con las manos a la mesa para no golpearla.
Nunca se lo había planteado ni se ha preocupado por no recordar el transcurso de los días uno tras otro. No sabe qué hizo tal o cual lunes, no solo tal o cual, sino el último o el penúltimo. No sabe qué hizo anteayer. Intenta evocar el jueves anterior a que salieran de Vis y… no ve nada. Pero cuando se concentra, los ve caminar por el sendero, oye el crujido de arbustos y hierbajos secos al ser pisados, que la hierba estaba tan reseca que quedaba reducida a polvo bajo sus pies. También recuerda la pequeña tapia baja, pero seguramente tan solo porque allí vieron una serpiente que escapó al verlos. Ella le mandó coger al niño en brazos. Y mientras él lo llevaba cuesta arriba, arrancó algunas hojas de una planta y las restregó entre los dedos. «Ruda», dijo. Entonces es cuando recuerda que toda la isla olía así, precisamente a esa hierba, incluso el rakia, metían en las botellas ramitas enteras. Pero ya no sabe decir cómo volvían ni lo que sucedió aquella tarde. Tampoco recuerda otras tardes. No recuerda nada, lo pasó todo por alto. Y lo que no se recuerda, es que nunca existió.
Los detalles, la importancia de los detalles; antes no los había tomado en serio. Ahora está seguro de que, si logra organizarlos en una cadena coherente de causa efecto, todo se aclarará. Debería sentarse tranquilamente en su despacho, desplegar un papel, a poder ser de gran tamaño, el más grande que encuentre, tiene uno así, en paquetes de libros, y anotarlo todo punto por punto. Al fin y al cabo, la verdad existe.
Pues bien. Corta las cintas de plástico de un paquete de libros, los apila sin siquiera mirarlos. Es uno de esos superventas recientes, al cuerno con él. Saca la hoja de papel gris y la extiende sobre la mesa. La vasta superficie gris, un poco arrugada, lo intimida. Con un rotulador negro escribe: frontera. Allí se pelearon. ¿Debería remontarse a los días anteriores al viaje? No, se quedará en la frontera. Habrá enseñado el pasaporte sacando la mano por la ventanilla del coche. Fue entre Eslovenia y Croacia. Recuerda que después circularon por una carretera entre aldeas abandonadas. Casas de piedra sin tejado, con huellas de incendios o bombardeos. Inconfundibles vestigios de la guerra. Campos de cultivo cubiertos de malas hierbas, una tierra seca y yerma, desamparada. Sus propietarios, desterrados. Senderos muertos. Mandíbulas apretadas. Nada, no pasa absolutamente nada, están en el purgatorio. Circulan contemplando en silencio estos desolados paisajes. Pero no se acuerda de ella, estaba sentada a su lado, demasiado cerca. Tampoco recuerda si se detuvieron por allí o no. Sí, repostan en una gasolinera pequeña. Le parece que compran helados. Y el tiempo: bochorno bajo un cielo lechoso.
Kunicki tiene un buen empleo. Le permite ser un hombre libre. Trabaja como representante comercial de una gran editorial capitalina; representante, que quiere decir que vende libros. Tiene asignados varios puntos en la ciudad que debe visitar de vez en cuando, promocionando ofertas, recomendando novedades, tentando con descuentos.
Detiene su coche delante de una pequeña librería de los suburbios y saca del maletero el pedido realizado. La librería se llama «Librería. Papelería», es demasiado pequeña para permitirse un nombre propio, de todos modos la mayor parte de su facturación la constituye la venta de cuadernos y libros de texto. El pedido cabe en una caja de plástico: manuales, dos ejemplares del sexto tomo de una enciclopedia, las memorias de un actor famoso y el último superventas de un título que no dice nada: Constelaciones, la friolera de tres ejemplares. Kunicki se promete a sí mismo leerlo más adelante. Le sirven un café y bizcocho casero, les cae bien. Da cuenta de los bocados de bizcocho con unos sorbos de café, muestra el nuevo catálogo de la editorial. Esto se vende bien, dice, y se lleva un nuevo pedido. En esto consiste su trabajo. Antes de salir, compra un calendario rebajado.
Por la tarde, en su minúscula oficina, anota los datos del pedido en formularios corporativos; los envía por correo electrónico. Al día siguiente recibirá los libros.
Qué alivio, disfruta de una calada, ha terminado su jornada laboral. Ha estado esperando este momento desde la mañana para poder mirar tranquilamente las fotos. Conecta la cámara al ordenador.
Son sesenta y cuatro. No elimina ninguna. Aparecen en modo presentación, unos segundos cada una. Las fotos son aburridas. Su único mérito radica en que inmortalizan instantes que de otro modo se perderían para siempre. Pero ¿vale la pena copiarlas? Pues sí. Kunicki las copia en un CD, apaga el ordenador y se va a casa.
Todos sus movimientos obedecen a actos reflejos: girar la llave de contacto, desactivar la alarma, abrocharse el cinturón de seguridad, encender la radio con el toque de un dedo, meter la primera. El coche rueda despacio desde el aparcamiento hacia la concurrida calle, en segunda. La radio da el pronóstico del tiempo: va a llover. Y precisamente en este momento empieza a llover, como si las gotas de la lluvia, preparada de antemano, estuvieran a la espera del conjuro de la radio. Arrancan los limpiaparabrisas.
Y de repente algo cambia. No se trata del tiempo ni de la lluvia ni de lo que ve desde el coche, sino de él, todo se le aparece de manera diferente. Es como si se acabara de quitar las gafas de sol o como si los limpiaparabrisas hubieran quitado algo más que el polvo de la ciudad. Sufre un acceso de calor y por un reflejo quita el pie del acelerador. Le pitan. Se obliga a recuperar el autocontrol y acelera hasta alcanzar a un Volkswagen negro. Empiezan a sudarle las manos. De buena gana se apartaría a un lado, pero no hay donde meterse, tiene que seguir.
Constata con estremecedora clarividencia que todo el camino, tan de sobra conocido, está lleno de señales chillonas. Una información destinada tan solo a él. Círculos sobre una pata, triángulos amarillos, cuadrados azules, paneles verdes y blancos, flechas, indicadores. Rojo, verde, naranja. Líneas pintadas sobre el asfalto, letreros informativos, advertencias, recordatorios. La sonrisa de una valla publicitaria, también importante. Las ha visto por la mañana, pero entonces no le decían nada, podía ignorarlas, ahora ya no podrá. Le hablan en tono bajo y categórico, son más numerosas que nunca, en realidad no dejan espacio para nada más. Rótulos de comercios, anuncios, logos de Correos, de farmacias, de bancos, la paleta STOP de una maestra de infantil que vigila a los niños en el paso cebra, una señal superponiéndose a otra, cruzando una segunda, indicando la de más allá; un poco más adelante, una señal tomando el relevo de otra y esta última relevando la siguiente, un contubernio de señales, una red de señales, una connivencia de señales a sus espaldas. Nada es inocente ni carente de significado, es un gran rompecabezas sin fin.
Presa del pánico, busca sitio para aparcar, tiene que cerrar los ojos, si no, se volverá loco. ¿Qué le pasa? Empieza a temblar. Divisa una parada de autobús y, aliviado, allí se detiene. Intenta controlarse. Piensa que tal vez haya tenido un derrame. Teme mirar a su alrededor. A lo mejor ha encontrado otra forma de ver, otro Punto de Vista, con mayúsculas, todo con mayúsculas.
La respiración no tarda en normalizarse, pero las manos le siguen temblando. Enciende un pitillo, sí, se envenenará un poco con nicotina, se aturdirá con el humo, fumigará los demonios. Ya sabe que no va a seguir conduciendo, no podría con ese nuevo conocimiento que lo abruma. Jadea con la cabeza apoyada en el volante.
Aparca el coche en la acera —seguro que le pondrán una multa— y sale con cuidado. La calzada de asfalto le parece viscosa.
—Señor Intocable —dice ella.
Kunicki no cae en la provocación: no contesta. Ella abre ruidosamente la puerta de un armario de cocina, saca un paquete de té y espera el lapso de tiempo que le ha concedido para que reaccione.
—¿Qué te ocurre? —pregunta agresivamente esta vez. Kunicki sabe que si tampoco contesta a esta pregunta, ella le lanzará un ataque en toda regla, de manera que, con calma, dice:
—No ocurre nada. ¿Qué quieres que ocurra?
Ella pega un bufido y enumera con voz monótona:
—No me hablas, no permites que te toque, te apartas a la otra punta de la cama, no duermes por las noches, no ves la tele, vuelves tarde de no se sabe dónde oliendo a alcohol…
Kunicki sopesa cómo comportarse. Sabe que haga lo que haga, estará mal. Así que se queda quieto. Se incorpora sobre la silla, clava los ojos en la mesa. Está tan incómodo como si hubiera algo negándose a pasar por su garganta. Detecta un movimiento amenazador en la cocina. Intenta una vez más:
—Hay que llamar a las cosas por su nombre… —Arranca, pero ella le interrumpe:
—Vaya, pues ojalá supiéramos ese nombre.
—De acuerdo. No me contaste lo que de verdad…
Pero no termina, porque ella tira el té al suelo y sale corriendo de la cocina. Un segundo después se oye el portazo de la entrada.
Kunicki piensa que es una actriz consumada. Podría hacer carrera.
Siempre ha sabido qué quería. Ahora no lo sabe. No sabe nada, ni siquiera sabe qué debería saber. Va abriendo secciones del catálogo general y, sin prestar demasiada atención, ojea las fichas atravesadas por una varilla. No sabe ni cómo ni qué buscar.
Pasó la última noche en internet. ¿Y qué encontró? Un mapa no muy exacto de Vis, una página del departamento de turismo croata, un horario de ferrys. Cuando tecleó el nombre de Vis, aparecieron decenas de páginas. Solo un par sobre la isla. Precios de hoteles y atracciones turísticas. Asimismo, Visible Imaging System, con fotografías de satélite, le pareció entender. Y Vaccine Information Statements. Victorian Institute of Sport. Y una más: System for Verification and Synthesis.
Internet lo conducía de una palabra a otra, ofrecía enlaces, señalaba con el dedo. Cuando no sabía algo, callaba discretamente o mostraba las mismas páginas hasta aburrir. Fue cuando Kunicki tuvo la impresión de haber alcanzado los límites del mundo conocido, el muro, la membrana de la bóveda celeste. Imposible romperlo a cabezazos y asomarse al exterior.
Internet es un estafador. Promete mucho: que cumplirá la tarea que le encomiendes, que encontrará aquello que busques; tarea, cumplimiento, premio. Pero a la hora de la verdad la promesa no es más que un reclamo, pues enseguida caes, hipnotizado, en trance. Los senderos se bifurcan, se multiplican a gran velocidad, los enfilas persiguiendo un objetivo que no tarda en desdibujarse y sufrir una serie de metamorfosis. Pierdes el suelo bajo los pies, el punto de partida queda olvidado y el objetivo desaparece definitivamente de tu vista, se extravía en el parpadeo de más y más páginas y tarjetas de visita que siempre prometen más de lo que pueden dar, fingen descaradamente que detrás de la superficie de la pantalla existe un cosmos. Nada más ilusorio, querido Kunicki. ¿Qué estás buscando, Kunicki? ¿Hacia dónde crees que vas? Tienes ganas de extender los brazos y lanzarte a él, a ese abismo, pero no existe nada más ilusorio: el paisaje resulta ser el fondo de la pantalla, no puedes dar un solo paso más.
Su pequeño despacho ocupa una sola habitación que alquila por cuatro perras en la cuarta planta de un desconchado edificio de oficinas. Al lado hay una agencia inmobiliaria y un poco más allá un salón de tatuajes. Tiene un escritorio y un ordenador. Paquetes de libros por el suelo. En el alféizar de la ventana hay una tetera eléctrica y un bote de café.
Arranca el ordenador y espera a que la máquina se recupere del susto. Mientras tanto enciende su primer pitillo. Vuelve a mirar las fotos, y esta vez las examina prestando mucha atención y dedicando tiempo a cada una, hasta que llega a las últimas que hizo: el contenido de su bolso desparramado por encima de la mesa y esa entrada con la palabra kairós, sí, incluso la aprendió de memoria: καιρóς. Sí, esta palabra se lo explicará todo.
De modo que ha encontrado algo que antes pasó por alto. Necesita fumar otro cigarrillo, hasta tal punto está excitado. Observa la palabra misteriosa que a partir de ahora lo guiará, la soltará al viento como una cometa y la seguirá. «Kairós», lee Kunicki, «kairós», repite sin estar seguro de cómo se pronuncia. Debe de ser griego clásico, piensa contento, ¡griego!, y se lanza hacia las estanterías de su biblioteca, donde no hay ningún diccionario griego, solo uno titulado Proverbios útiles en latín, al que apenas ha dado uso. Ya sabe que sigue la pista correcta. No podrá parar. Coloca las fotografías del contenido de su bolso, qué bien que las haya hecho. Las dispone una al lado de otra en filas iguales, como en un solitario. Enciende otro cigarrillo y da vueltas alrededor de la mesa como si fuera un detective. Se detiene, da una calada, clava los ojos en el pintalabios y el bolígrafo fotografiados.
De repente percibe que hay diferentes maneras de mirar. Con una solo se ven objetos, cosas útiles para la persona, concretas e inofensivas, y enseguida se sabe para qué sirven y cómo utilizarlas. Pero también existe una manera de mirar panorámica, generalizadora, gracias a la cual se descubren vínculos entre los objetos, su red de reflejos. Las cosas dejan de ser cosas, el hecho de que sirvan para algo es irrelevante, mera apariencia. Se convierten en señales, indican algo que no aparece en la fotografía, remiten más allá del marco de la instantánea. Hay que concentrarse mucho para mantener esa mirada, que en esencia es un don, un estado de gracia. El corazón de Kunicki late cada vez más fuerte. El bolígrafo rojo con la palabra «Septolete» aparece profundamente enraizado en un significado oscuro, inescrutable.
Reconoce ese lugar, estuvo en él por última vez cuando bajaban las aguas, justo después de la inundación. La biblioteca, la honorable Ossolineum, está situada junto al río, frente a él, y es un error. Los libros deberían guardarse en terreno elevado.
Recuerda aquella imagen, el momento en que salió el sol y bajaron las aguas. La inundación había dejado cieno y fango, pero ya habían limpiado algunos lugares y los trabajadores de la biblioteca ponían allí los libros a secar. Los colocaban medio abiertos en el suelo; eran cientos, miles. En esa posición tan poco natural para ellos, recordaban a seres vivos, un cruce entre pájaro y anémona. Manos enfundadas en finos guantes de látex despegaban pacientemente las páginas unas de otras para que frases y palabras se secaran por separado. Lamentablemente, las páginas se habían marchitado, oscurecido por el cieno y el agua, retorcido. La gente se movía entre ellas con sumo cuidado, mujeres con bata blanca, como en un hospital, dejaban los volúmenes abiertos hacia el sol, que fuera el sol quien leyese. Pero en el fondo era un panorama desolador, algo así como un encontronazo entre dos elementos. Kunicki lo contempló con horror hasta que, animado por el ejemplo de un transeúnte, se unió al grupo de voluntarios entusiastas.
Hoy se siente incómodo en esa biblioteca del centro de la ciudad, espléndidamente reconstruida tras el desastre de la inundación y oculta en una serie de edificios que circundan un claustro. Al entrar en la espaciosa sala de lectura ve mesas dispuestas en filas regulares y distancia discreta entre una y otra. Ante casi todas ellas hay sentada una espalda: inclinada, jorobada. Árboles sobre tumbas. Un cementerio.
Los libros colocados en los estantes solo muestran el lomo, es como si, piensa Kunicki, se pudiera mirar a la gente solo de perfil. No seducen con abigarradas cubiertas, no presumen de fajas que invariablemente rezan «el mayor», «la más grande»; disciplinados cual reclutas, solo presentan sus insignias básicas: autor y título, nada más.
Catálogos en lugar de reclamos publicitarios, carteles y bolsas con su logo. La igualdad de las fichas embutidas en cajones estrechos infunde respeto. Información básica, número, breve descripción, ningún alarde.
Nunca había estado allí. Durante la carrera frecuentaba únicamente la moderna biblioteca de la universidad. Entregaba una hoja con el título y el autor y al cabo de un cuarto de hora le traían el libro. Tampoco es que la frecuentara muy a menudo, en situaciones excepcionales más bien, porque la gente fotocopiaba la mayoría de los textos. Una nueva generación de la literatura: texto sin lomo, una fotocopia fugaz, una especie de kleenex que se hizo con el poder tras la abdicación del pañuelo de algodón tradicional. Los pañuelos de papel hicieron una modesta revolución: abolieron las diferencias de clase. Un solo uso y a la basura.
Tiene delante tres diccionarios. Diccionario griego-polaco. Autor: Zygmunt Węclewski, Lvov, 1929. Librería Samuela Bodeka, calle Batorego 20. Pequeño diccionario griego-polaco. Teresa Kambureli, Thanasis Kambureli, Wiedza Powszechna, Varsovia, 1999. Y los cuatro volúmenes del Gran diccionario griego-polaco, Zofia Abramowiczówna (ed.), 1962, Editorial PWN. En él descifra no sin dificultad la palabra καιρóς, ayudándose con un cuadro comparativo de alfabetos.
Lee solo lo que está escrito en polaco, en alfabeto latino: «1. “De la medida”, medida correcta, adecuación, moderación; diferencia; importancia. 2. “Del lugar”, lugar vital, sensible del cuerpo. 3. “Del tiempo”, tiempo crítico, adecuado, oportunidad, ocasión, momento favorable, el momento propicio es fugaz; los que han aparecido inesperadamente; perder la ocasión; cuando llega el momento adecuado, ayudar a tiempo en caso de tormenta, cuando se presenta la ocasión, prematuramente, períodos críticos, estados periódicos, orden cronológico de los hechos, situación, estado de cosas, posición, peligro definitivo, provecho, utilidad, ¿con qué fin?, ¿qué te ayudaría?, ¿dónde sería conveniente?».
Esto pone en el primer diccionario. En el segundo, más antiguo, Kunicki echa un vistazo somero a las diminutas entradas saltándose los términos griegos y tropezando con maneras de expresión anticuadas: «buena medida, moderación, relación correcta, alcanzar un objetivo, desmesura, instante correcto, tiempo adecuado, momento oportuno, maestría, asimismo, solamente, tiempo, hora, y en pl.: circunstancias, relaciones, tiempos, casos, incidentes, momentos revolucionarios decisivos, peligros; buena es la ocasión, la ocasión se brinda, a tiempo se presenta». El diccionario más reciente ofrece la pronunciación entre paréntesis cuadrados: [keirós]. Además: «tiempo atmosférico, tiempo cronológico, temporada, ¿qué tiempo hace?, temporada de uva, pérdida de tiempo, de cuando en cuando, una vez, ¿cuánto tiempo?, hace mucho que se debía hacer».
Desesperado, Kunicki pasea la vista por la sala de lectura. Ve las coronillas de cabezas inclinadas sobre libros. Vuelve a los diccionarios, lee la entrada anterior, que se parece mucho, en realidad solo difiere en una letra: καιριος. También difiere la explicación: «ejecutado a tiempo, certero, eficaz, mortal, fatal, pregunta decisiva» y: «sitio vulnerable del cuerpo, allí donde las heridas son eficaces, lo que siempre se produce a tiempo, será lo que tenga que ser».
Kunicki recoge sus cosas y regresa a casa. Por la noche encuentra en la Wikipedia una página dedicada a Kairós por la que se entera de que se trata de un dios, de poca importancia, olvidado, helénico. Y de que fue descubierto en Trogir. Su efigie estaba en aquel museo, por eso su mujer apuntó esta palabra. Nada más.
Cuando su hijo era pequeño, cuando era un lactante, Kunicki no pensaba en él como persona. Y eso estaba bien porque se encontraban muy cerca el uno del otro. La persona siempre está lejos. Aprendió a cambiarle los pañales con mucha destreza, lo hacía con un par de movimientos de manos, casi imperceptibles, solo se oía el débil sonido de los pañales. Sumergía su pequeño cuerpo en la bañera, le enjabonaba la barriga, después, envuelto en una toalla, lo llevaba a la habitación y le ponía el buzo. Aquello era fácil. Cuando se tiene un niño pequeño, no hace falta preguntarse nada, todo resulta obvio y natural. El niño abrazándose a tu pecho, su peso y su olor, tan familiar y enternecedor. Pero el niño no es una persona. Lo es a partir del momento en que se libra del abrazo y dice no.
Ahora le preocupa el silencio. ¿Qué hará el pequeño? Kunicki se planta en la puerta y ve a su retoño en el suelo entre juguetes Lego. Se sienta a su lado y toma entre las manos uno de los cochecitos de plástico. Lo conduce por una carretera pintada. Tal vez debería empezar por el cuento de érase una vez un cochecito que se perdió. Está a punto de abrir la boca cuando el niño le arrebata el juguete para entregarle otro: un camión de madera cargado de bloques.
—Vamos a construir —dice.
—¿Qué quieres construir? —Kunicki entra en el juego.
—Una casa.
Muy bien, una casa pues. Forman un cuadrado con los bloques. El camión va trayendo materiales.
—¿Y si construyéramos una isla? —pregunta Kunicki.
—No, una casa —contesta el pequeño y coloca más bloques sin orden ni concierto, uno encima de otro. Kunicki los arregla con delicadeza para que la construcción no se derrumbe.
—Esto…, ¿recuerdas el mar?
El niño asiente, el camión descarga una nueva remesa de suministros. Kunicki ya no sabe qué decir ni por qué preguntar. Señalando la alfombra, dirá que es una isla, que ellos se encuentran en esa isla, que papá está muy preocupado porque no sabe dónde puede estar su hijito. Pensado y hecho, pero no resulta convincente.
—No —se obstina el niño—. Construyamos la casa.
—¿Recuerdas cómo os perdisteis mamá y tú?
—¡No! —espeta el pequeño y, alegremente, descarga más bloques para la construcción.
—¿Te perdiste alguna vez? —insiste Kunicki.
—No —responde el pequeño, momento en que el camión se empotra con ímpetu en la casa recién levantada, las paredes se derrumban—. Bum, bum. —El niño se ríe.
Kunicki, con paciencia, se pone a reconstruirla.
Cuando ella vuelve a casa, Kunicki la ve desde la alfombra, como el niño. Es grande, está sospechosamente excitada. Tiene la cara encendida por el frío y la boca roja. Arroja al respaldo de la silla su chal rojo (¿no será carmesí o púrpura?) y abraza el niño. «¿Tenéis hambre?», pregunta. Kunicki tiene la impresión de que con ella ha irrumpido el viento en la habitación, un viento marino racheado. Le gustaría preguntarle «¿Dónde has estado?», pero no puede permitírselo.
Por la mañana tiene una erección y se ve obligado a darle la espalda, a ocultar esas vergonzantes ideas del cuerpo, para que no las lea como una invitación, un intento de reconciliación, un gesto de intimidad. Se vuelve hacia la pared y celebra esa erección, esa disposición inútil, ese estado de alerta, esa extremidad glutinosa dura; la tiene para sí mismo.
La punta del pene, como un vector, apunta a lo alto, a la ventana, al mundo.
Piernas. Pies. Incluso cuando se sienta, ellos siguen caminando, se mueven virtualmente, no pueden parar, salvan cada distancia con precipitados pasitos. Cuando intenta detenerlos, se rebelan. Kunicki teme que sus piernas estallen y echen a correr, llevándolo por derroteros que él no elegiría, que en contra de su voluntad peguen saltos como si bailasen una cracoviana o se internen en lúgubres patios de bloques mohosos, suban escaleras ajenas, lo arrastren por una escotilla a tejados empinados y resbaladizos, obligándole a pasear como un sonámbulo por las escamas de sus tejas.
Kunicki no puede dormir, probablemente a causa de esas piernas tan inquietas; de cintura para arriba está tranquilo, relajado y soñoliento; de cintura para abajo, imparable. A todas luces se compone de dos personas. Arriba anhela paz y justicia; abajo se muestra transgresor y quebranta todos los principios. Arriba tiene nombre, apellido, dirección y número de carnet de identidad; abajo no tiene nada que decir sobre su persona, en realidad está harto de sí mismo.
Quisiera sosegar las piernas, untarlas con una pomada calmante; en realidad el cosquilleo interno resulta doloroso. Acaba tomando un somnífero. Llama al orden a sus piernas.
Kunicki intenta dominar sus extremidades. Inventa un método: les permite moverse ininterrumpidamente, incluso a los dedos de los pies dentro del zapato cuando el resto del cuerpo está quieto. Y cuando se sienta, también los libera, que se debatan solitos. Mira las puntas de los zapatos y ve el suave movimiento del cuero, señal de que sus pies siguen su obsesiva marcha sin moverse del sitio. Aunque también da largos paseos por la ciudad. Le parece que esta vez ha cruzado todos los puentes sobre el Odra y sus canales. Que no se ha dejado ni uno.
La tercera semana de septiembre trae lluvia y viento. Habrá que bajar del altillo la ropa de otoño, chaquetas y botas de goma del niño. Lo recoge de la guardería y se dirigen deprisa hacia el coche. El niño salta en medio de un charco y el agua lo salpica todo a su alrededor. Kunicki no se da cuenta, piensa en lo que va a decir, barrunta frases. Por ejemplo: «Temo que el niño haya podido ser víctima de un shock» o, más seguro de sí mismo: «Me parece que nuestro hijo sufrió un shock». Se acuerda de la palabra «trauma»: «sufrir un trauma».
Atraviesan la ciudad mojada, los limpiaparabrisas funcionan a cien por hora para quitar el agua, por unos instantes muestran un mundo sumido en la lluvia, desdibujado.
Es su día: el jueves. Los jueves recoge a su hijo de la guardería. Ella está ocupada, trabaja por la tarde, frecuenta sus cenáculos, regresa tarde, así que Kunicki tiene al pequeño para él solo.
Se acercan a un edificio recién renovado sito en el corazón de la ciudad y pasan un rato buscando sitio para aparcar.
—¿Adónde vamos? —pregunta el niño, y ya que Kunicki no contesta, se pone a repetir la pregunta machaconamente—: ¿Adónde vamos, adónde vamos?
—Cállate —dice el padre, pero poco después le explica—: Vamos a ver a una señora.
El niño no protesta, debe de picarle la curiosidad.
No hay nadie en la sala de espera; enseguida aparece ante ellos una mujer alta que ronda la cincuentena y los invita a pasar a su consulta. La estancia es luminosa y agradable, una mullida alfombra multicolor en el centro exhibe juguetes y bloques Lego. Un poco más allá hay un tresillo, un escritorio y una silla. El niño, prudente, se sienta en la punta de un sillón, pero sus ojos viajan hacia los juguetes. La mujer sonríe y estrecha la mano de Kunicki, y también saluda al niño. Habla precisamente con él, como si ignorara por completo al padre. Así que Kunicki es el primero en tomar la palabra, adelantándose a sus posibles preguntas:
—Mi hijo lleva un tiempo con problemas de insomnio, se ha vuelto nervioso y… —Miente, pero la mujer no le deja terminar.
—Primero vamos a jugar —dice.
Suena absurdo, Kunicki no sabe si también piensa jugar con él. Atónito, se queda de una pieza.
—¿Cuántos años tienes? —pregunta la mujer al niño, que enseña tres dedos.
—Cumplió tres en abril —dice Kunicki.
Se sienta sobre la alfombra junto al niño, le pasa unos bloques y dice:
—Papá se quedará un rato leyendo en el pasillo mientras tú y yo jugamos. ¿Te parece?
—No —contesta el pequeño, se levanta y corre hacia su padre. Kunicki ha entendido. Convence al niño para que se quede.
—La puerta estará abierta —asegura la mujer.
El ala de la puerta se cierra suavemente, pero no del todo. Kunicki se queda en la sala de espera, desde donde oye sus voces, si bien muy amortiguadas; no sabe lo que dicen. Esperaba muchas preguntas, incluso lleva encima el historial médico del chico; ahora lee que nació dentro del plazo, de parto natural, diez puntos en la escala Apgar, vacunas, peso 3,750 kg, longitud 57 centímetros. Las personas adultas son «altas», los niños «largos». Coge de la mesa una revista, la abre mecánicamente y enseguida encuentra anuncios de novedades editoriales. Reconoce títulos, compara precios. Le embarga una agradable oleada de adrenalina: él las vende más baratas.
—Dígame, por favor, qué ha pasado. ¿Qué espera de mí? —le pregunta la mujer.
Kunicki se siente avergonzado. ¿Qué se supone que debe decir? ¿Que su mujer y su hijo desaparecieron durante tres días? Cuarenta y nueve horas, las ha contabilizado desde la primera hasta la última. Y que no sabe dónde estuvieron. Siempre lo había sabido todo de ellos y ahora no sabe lo más importante. En una fracción de segundo se imagina diciendo:
—Ayúdeme, por favor. Hipnotícelo y reconstruya minuto a minutos aquellas cuarenta y nueve horas. Tengo que saber.
Ella, esa mujer alta y erguida como un mástil, se le acerca tanto que Kunicki percibe el olor a antiséptico de su jersey —así olían las enfermeras cuando era niño— y tomándole la cabeza entre sus grandes y cálidas manos la estrecha contra su pecho.
Sin embargo, la realidad es muy distinta. Kunicki miente:
—Últimamente está muy inquieto, se despierta en plena noche, llora. En agosto estuvimos de vacaciones, he pensado que tal vez haya vivido algo que no alcanzamos a comprender, que se haya llevado un susto…
Está convencido de que no le creerá. La mujer toma un bolígrafo entre los dedos y juega con él. Esboza una sonrisa cálida y encantadora, y dice:
—Tiene usted un hijo más que espabilado, inteligente y sociable. Efectos como estos los puede causar una simple película de dibujos animados. Que no abuse del consumo de televisión. A mi juicio no le ocurre nada, nada en absoluto.
Y lo mira con preocupación, así se lo parece.
Cuando salen, mientras el pequeño acaba de despedirse de la doctora agitando el brazo, empieza a llamarla «puta» para sus adentros. Su sonrisa se le antoja falsa. También ella oculta algo. No se lo ha dicho todo. Ahora sabe que no debería haberla visitado. ¿Acaso no hay en la ciudad psicólogos infantiles hombres? ¿Acaso las mujeres ostentan el monopolio de los niños? Nunca resultan inequívocas, nunca se sabe a primera vista si son débiles o fuertes, ni cómo reaccionarán, ni qué quieren; hay que permanecer alerta. Recuerda el bolígrafo en su mano. Bic naranja, idéntico al de la foto del bolso.
Hoy es martes, el día libre de ella. Agitado desde primera hora, no duerme, finge no mirarla en su deambular matutino entre el dormitorio y el cuarto de baño, entre la cocina y la entrada, y otra vez el cuarto de baño. Un breve e impaciente grito del niño: debe de atarle los zapatos. El silbido del desodorante. El pitido de la tetera.
Cuando por fin se van, se planta junto a la puerta, aguzando el oído, atento a si ya ha llegado el ascensor. Cuenta hasta sesenta, el tiempo que les llevará bajar. Después se calza deprisa y saca de una bolsa de plástico la chaqueta que ha comprado en una tienda de segunda mano. Servirá de camuflaje. Cierra la puerta silenciosamente tras de sí. Ojalá no tenga que esperar el ascensor demasiado rato.
De momento todo sale a pedir de boca. La sigue a una distancia prudencial, con la chaqueta de otro. No quita la vista de su espalda, se pregunta si sentirá alguna incomodidad, lo más probable es que no, pues camina deprisa, con garbo, él podría decir: con alegría. Madre e hijo saltan por encima de los charcos, no los bordean, sino que saltan por encima de ellos, ¿por qué? ¿De dónde sacará tanta energía en una lluviosa mañana de otoño? ¿O ya habrá surtido efecto el café? Los demás le parecen lentos y soñolientos, ella destaca, su chal rosa rabioso constituye una mancha llamativa sobre el fondo del día. Kunicki se agarra a él como a un clavo ardiendo.
Finalmente llegan a la guardería. La ve despedirse del pequeño, pero el adiós no lo conmueve. A lo mejor mientras lo envuelve con sus tiernos mimos y abrazos deja caer un susurro en el oído del niño, quién sabe si precisamente esa palabra que Kunicki busca con tanta desesperación. Si la conociera, podría teclearla en el buscador cósmico, el cual le proporcionaría en una fracción de segundo una respuesta sencilla y concreta.
Ahora la está viendo esperar el semáforo verde en un paso de peatones, sacar el móvil y marcar un número. Por un momento Kunicki abriga la esperanza de que el móvil empiece a sonar en su bolsillo; el sonido asignado a ella es el canto de la cigarra, un insecto tropical. Pero su bolsillo permanece en silencio. Ella cruza la calle, manteniendo una breve conversación con alguien. Ahora es él quien tiene que esperar a que cambie el semáforo, cosa peligrosa porque ella dobla la esquina y desaparece, así que él, en cuanto puede, aprieta el paso, temiendo haberla perdido, furioso consigo mismo y con los semáforos. Vaya, perderla a doscientos metros de casa. Pero no, ahí está, el chal entra en la puerta giratoria de una gran tienda. Más que tienda, es un centro comercial, lo acaban de inaugurar, está casi desierto, de modo que Kunicki duda de si debe entrar tras ella, si logrará ocultarse entre las diferentes secciones. Pero no tiene más remedio, porque hay una segunda salida que da a otra calle, así que se cala la capucha —gesto justificado, al fin y al cabo está lloviendo— y entra. La ve caminar entre los puestos, despacio, como si la retuviese algo; mira cosméticos y perfumes, se detiene ante una estantería y alarga el brazo en busca de algo. Sostiene un frasco en la mano. Kunicki rebusca entre calcetines rebajados.
Mientras, absorta en sus pensamientos, avanza hacia la sección de bolsos, Kunicki coge el frasco. Carolina Herrera, lee. ¿Grabar este nombre en la memoria o desecharlo? Algo le dice que grabar. Todo significa algo, solo que no sabemos el qué, repite para sus adentros.
La ve desde lejos, plantada ante un espejo con un bolso rojo en la mano, contemplando su imagen ya de un lado, ya del otro. Después se dirige hacia la caja, precisamente hacia donde se encuentra Kunicki, que, presa del pánico, se oculta tras el aparador de los calcetines, agacha la cabeza. Ella pasa a su lado. Como un fantasma. Pero no tarda en volverse, como si se hubiera olvidado de algo, y su mirada cae directamente sobre él, encorvado y con la capucha tapándole la frente. Kunicki ve sus pupilas dilatadas por el asombro, siente su mirada tocándolo, escrutándolo, palpándolo.
—¿Qué haces aquí? ¿Sabes qué pinta tienes?
Pero enseguida sus ojos pierden dureza, los envuelve una neblina, parpadean.
—¡Dios! ¿Qué te ocurre? ¿Ha sucedido algo malo?
Qué extraño, no es eso lo que se esperaba Kunicki. Sí una bronca. Ella, en cambio, lo abraza y se acurruca contra él, hunde la cara en su estrafalaria chaqueta de segunda mano. Él deja escapar un suspiro, un pequeño «oh» redondo, no sabe si de sorpresa ante tan inesperada reacción o de verse llorando con ganas en su fragante parka de plumón.
Llama un taxi, lo esperan en silencio. Solo en el ascensor ella le pregunta:
—¿Cómo te encuentras?
Kunicki contesta que bien, pero sabe que van hacia el enfrentamiento definitivo.
El campo de batalla será la cocina; ocuparán sendas posiciones de ataque: él probablemente ante la mesa, ella de espaldas a la ventana, como de costumbre. Y sabe que no debe tomar a la ligera ese momento crucial, tal vez el último posible para enterarse de lo que pasó. Conocer la verdad. Pero también sabe que se halla en un campo minado. Cada pregunta será una bomba. No es ningún cobarde y no cejará en su empeño de intentar establecer los hechos. Según el ascensor va subiendo, se siente un poco como un terrorista portador de una bomba bajo la ropa, bomba que estallará en cuanto abran la puerta del piso y lo reducirá todo a escombros.
Sujeta la puerta con el pie para primero meter las bolsas con la compra, después, entra. En realidad no nota nada raro, enciende la luz y vacía las bolsas sobre la encimera de la cocina. Pone agua en un vaso en el que mete un manojo de perejil, un tanto marchito. Es lo que lo espabila: el perejil.
Deambula como un fantasma por su propio piso, le parece atravesar las paredes. Las habitaciones están vacías. Kunicki es el ojo que juega al pasatiempo «Encuentra las X diferencias». Y las busca. No le cabe duda de que los dibujos, el piso antes y el piso después, difieren en detalles. Es un juego para los poco observadores. Al fin y al cabo en el colgador no está el abrigo de ella, ni su chal, ni la cazadora del pequeño, ni el desfile de zapatos (solo quedan las solitarias chancletas de él), tampoco el paraguas. La habitación del niño parece totalmente abandonada, de hecho solo quedan los muebles. Sobre la alfombra yace un cochecito de juguete cual vestigio de una colisión cósmica inimaginable. Pero Kunicki debe saber a ciencia cierta, así que avanza hacia el dormitorio con el brazo extendido, hacia el armario acristalado que, al descorrer Kunicki su pesada puerta, emite un triste gemido de disgusto. Tan solo queda la blusa de seda, demasiado elegante para llevarla. Cuelga solitaria en el armario. El movimiento de la puerta mueve suavemente la manga: parece alegrarse de que por fin la han encontrado, abandonada. Kunicki observa los estantes vacíos del cuarto de baño. Solo quedan sus accesorios de afeitado, arrinconados. Y el cepillo de dientes a pilas.
Necesitará mucho tiempo para comprender lo que ve. Toda la tarde, toda la noche y, además, la mañana siguiente.
Hacia las nueve se prepara un café muy cargado y luego mete en la bolsa de viaje unas cuantas cosas del cuarto de baño, unas camisetas y unos pares de pantalones del armario. Antes de salir, en realidad cuando ya está ante la puerta, comprueba el contenido del billetero: los documentos y las tarjetas de crédito. Después baja corriendo al coche. Como durante la noche ha nevado, tiene que quitar la nieve del parabrisas. Lo hace de cualquier manera, con la mano. Espera poder llegar a Zagreb al anochecer y al día siguiente a Split. O sea, mañana verá el mar.
Emprende camino por una carretera recta como una aguja rumbo al sur, en dirección a la frontera checa. Autor: Olga Tokarczuck
«Los europeos», عبد الرزاق سالم قرنح
Se apoderaban de la mejor tierra, sin pagar un solo abalorio; obligaban a la gente a trabajar para ellos con engaños; comían lo que fuese, aunque estuviera duro o podrido. Como si de una plaga de langostas se tratase, su voracidad no tenía límite ni decencia. Imponían tributos para esto, tributos para aquello, prisión para el infractor y, en ocasiones, el látigo y hasta la horca. Lo primero que construyen es un almacén, luego una iglesia, a continuación un cobertizo para el mercado, a fin de controlar el comercio y grabarlo con un impuesto. Y todo esto aún antes de construir un lugar donde vivir. Llevan ropa hecha de metal, pero que no irrita sus cuerpos; pueden pasarse días sin dormir o beber. Su saliva es venenosa: si te salpica, te quema la carne. La única forma de matar a uno de ellos es apuñalarlo bajo la axila izquierda; pero resulta casi imposible hacerlo, porque llevan ese punto fuertemente protegido. Mientras el cuerpo de un europeo no estuviese destruido, estropeado o hubiera empezado a pudrirse, otro europeo podía devolverlo a la vida, insuflarle vida de nuevo. Las serpientes también lo hacían y su saliva es igualmente venenosa. Si algún día te tocara ver a un europeo muerto, no le pongas la mano encima ni le saques nada, pues si volvía a levantarse, te acusaría.
Autor: Abdulrazakh Gurnah
«Escritura y origen», Abdulrazak Gurnah.
Fue en los primeros tiempos de vivir en Inglaterra, cuando tenía unos veintiún años, que comencé a escribir. En cierto sentido, fue algo con lo que tropecé más que el resultado de un plan. Había escrito antes, cuando todavía era un colegial en Zanzíbar, pero aquellos esfuerzos eran labores divertidas y poco serias, para distraer a los amigos y actuar en las revistas de la escuela, hechas por capricho o para llenar las horas muertas o para presumir. Nunca pensé en ellos como preparativos para algo, ni me consideré un aspirante a escritor.
Mi lengua materna es el suajili, que a diferencia de muchas lenguas africanas era una lengua escrita antes del colonialismo europeo, aunque esto no quiere decir que predominara el modo culto. Los primeros ejemplos de escritura discursiva se remontan a finales del siglo XVII, y cuando yo era adolescente esta escritura todavía tenía significado y uso en la redacción y el lenguaje oral. Sin embargo, la única literatura contemporánea en suajili que conocía eran poemas breves publicados en periódicos, programas de narraciones populares en la radio o los muy eventuales libros de cuentos. Muchas de estas producciones tenían una dimensión moralizante o farsesca destinada a un consumo popular. Las personas que las escribían también hacían otras cosas: eran maestros o tal vez funcionarios. No era algo que yo pensara que podía o debía hacer. Desde entonces, ha habido nuevos desarrollos en la literatura suajili, pero estoy hablando de mis impresiones de entonces. Solo consideraba la escritura como una actividad ocasional y vagamente estéril, y nunca se me ocurrió intentarlo, excepto de la manera frívola que he descrito.
En cualquier caso, en el momento en que me fui de casa, mis ambiciones eran simples. Era una época de penurias y ansiedad, de terror de Estado y humillaciones calculadas, y a los dieciocho años todo lo que quería era irme y encontrar seguridad y satisfacción en otro lugar. No podía haber estado más alejado de la idea de escribir. Comenzar a pensar de manera diferente acerca de escribir en Inglaterra unos años después tuvo que ver con ser mayor de edad y pensar y preocuparme por cosas que antes no parecían complicadas, pero en gran parte tenía que ver con la abrumadora sensación de extrañeza y diferencia que sentí allí. Había algo vacilante y a tientas en este proceso. No es que estuviera consciente de qué me estaba pasando y decidiera escribir sobre ello. Empecé a escribir casualmente, con algo de angustia, sin ningún plan, pero presionado por el deseo de decir más. Con el tiempo, comencé a preguntarme qué era lo que estaba haciendo, así que tuve que hacer una pausa y pensar en lo que estaba haciendo mientras escribía. Entonces me di cuenta de que estaba escribiendo desde el recuerdo, y qué vívido y abrumador era ese recuerdo, qué lejos estaba de la existencia extrañamente ingrávida de mis primeros años en Inglaterra. Esa extrañeza intensificó la sensación de una vida dejada atrás, de personas abandonadas casual e irreflexivamente, un lugar y una forma de perderme para siempre, como parecía en ese momento. Cuando comencé a escribir, escribí sobre esa vida perdida, el lugar perdido y lo que recordaba de él. En cierto modo, también estaba escribiendo sobre estar en Inglaterra, o al menos sobre estar en un lugar tan diferente al que estaba en mi memoria y en mi ser, un lugar lo suficientemente seguro y lo suficientemente lejos de lo que había dejado para llenarme de culpa y lamentos incomprensibles. Y mientras escribía, me encontré abrumado por primera vez por la amargura y la futilidad de los últimos tiempos que habíamos vivido, por todo lo que habíamos hecho para traer esos tiempos a nosotros mismos, y por lo que entonces parecía una vida extrañamente irreal en Inglaterra.
Hay una lógica familiar en este giro de los acontecimientos. Viajar lejos de casa proporciona distancia y perspectiva, y cierto grado de amplitud y liberación. Intensifica el recuerdo, que es el transpaís del escritor. La distancia permite al escritor una comunión clara con este yo interior, y el resultado es un juego más libre de la imaginación. Este es un argumento que considera al escritor como un cosmos autosuficiente, al que es mejor dejar trabajar en aislamiento. Una idea pasada de moda, se podría pensar, una decimonónica autodramatización romántica del autor, pero que todavía tiene atractivo y perdura de varias formas.
Si una forma de ver la distancia como algo útil para el escritor lo representa como un mundo cerrado, otra ve la distancia como liberadora de la imaginación crítica. Este segundo argumento incluso sugiere que tal desplazamiento es necesario, que el escritor produce obras de valor en aislamiento porque entonces se libera de responsabilidades e intimidades que silencian y diluyen la verdad de lo que necesita ser dicho, el escritor como héroe, como vidente de la verdad. Si la primera forma de ver la relación del escritor con un lugar tiene ecos del romanticismo del siglo XIX, la segunda recuerda a los modernistas de las décadas primeras y centrales del XX. Muchos de los principales escritores del modernismo inglés escribieron lejos de casa para poder escribir con mayor veracidad cómo lo veían, para escapar de un clima cultural que consideraban tedioso.
También hay un argumento contrario: que aislado entre extraños, el escritor pierde el sentido del equilibrio, pierde el sentido de las personas y de la relevancia y el peso de sus percepciones de ellos. Se dice que esto es especialmente cierto en nuestra época posimperial y de los escritores de territorios que fueron antiguas colonias europeas. El colonialismo se legitimó a sí mismo por referencia a una jerarquía de raza e inferioridad, que encontró forma en una serie de narrativas de cultura, conocimiento y progreso. También hizo lo que pudo para persuadir a los colonizados de que aceptaran este relato. El peligro para el escritor poscolonial, al parecer, es que esto podría haber funcionado, o podría llegar a funcionar, en la alienación y el aislamiento vividos por un extranjero en Europa. Es probable que ese escritor se convierta entonces en un emigrado amargado, burlándose de los que se quedan atrás, animado por editores y lectores que no han abandonado una hostilidad no reconocida, y a los que les encantaría recompensar y elogiar cualquier severidad en el mundo no europeo. Según este argumento, escribir entre extraños significa tener que escribir con dureza para lograr credibilidad, adoptar el autodesprecio como registro de la verdad; si no, ser descartado como un optimista sentimental.
Ambos argumentos –la distancia libera, la distancia distorsiona– son simplificaciones, aunque eso no quiere decir que no contengan rastros de verdad. He vivido toda mi vida adulta fuera de mi país natal, me he establecido entre extraños, y ahora no puedo imaginar cómo podría haber vivido de otra manera. A veces intento hacerlo y soy derrotado por la imposibilidad de resolver las hipotéticas elecciones que me formulo. Así que escribir en el seno de mi cultura y mi historia no era una posibilidad, y quizás no sea una posibilidad para ningún escritor en un sentido profundo. Sé que llegué a escribir en Inglaterra, en aislamiento, y ahora me doy cuenta de que esta condición de ser de un lugar y vivir en otro ha sido mi tema a lo largo de los años, no como una experiencia única que he tenido, sino como una de las historias de nuestros tiempos.
Fue también en Inglaterra donde tuve la oportunidad de leer mucho. En Zanzíbar, los libros eran caros y las librerías eran pocas y desnutridas. Las bibliotecas, también pocas, mal surtidas y anticuadas. Sobre todo, no tenía conocimiento de lo que quería leer y tomaba al azar lo que aparecía. En Inglaterra, la oportunidad de leer parecía ilimitada, y poco a poco el inglés me llegó a parecer una casa espaciosa, que albergaba la escritura y el conocimiento con descuidada hospitalidad. Esto, también fue otra ruta hacia la escritura. Pienso que los escritores llegan a escribir a través de la lectura, que es a través del proceso de acumulación y acreción, de ecos y repeticiones, que crean un registro que les permite escribir. Este registro es una materia delicada y sutil, no siempre un método que puede ser descrito, aunque la crítica literaria se dedica a hacerlo; no es un programa instrumental que fomenta una historia, pero cuando funciona, es un complejo de movimientos narrativos que es apropiado y persuasivo. No quiero inventar un misterio, sugerir que es imposible hablar de la escritura o que la crítica literaria es un autoengaño. La crítica literaria nos instruye sobre el texto y sobre ideas que van mucho más allá de él, pero no creo que sea a través de la crítica que el escritor encuentre ese registro de escritura del que hablo. Eso proviene de otras fuentes, entre las que sobresale la lectura.
La educación escolar que recibí en Zanzíbar fue la colonial británica, aunque en las últimas etapas fuimos brevemente un Estado independiente, incluso revolucionario. Probablemente sea cierto que la mayoría de los jóvenes pasan por la escuela adquiriendo y almacenando conocimientos que no tienen significado para ellos en ese momento, o que parecen institucionales e irrelevantes. Pienso que probablemente fue más desconcertante para nosotros, y gran parte de lo que aprendimos nos hizo parecer consumidores incidentales de material destinado a otra persona. Pero al igual que con esos otros niños en edad escolar, de todo esto salió algo útil. Lo que aprendí de esta educación, entre muchas otras cosas valiosas, fue también cómo los británicos veían el mundo y cómo me veían a mí. No aprendí esto de una vez, sino con el tiempo, al recordarlo y a la luz de otros aprendizajes. Pero ese no era el único aprendizaje que estaba haciendo. Aprendí de la mezquita, de la escuela del Corán, de las calles, de mi casa y de mi propia lectura anárquica. Y lo que estaba aprendiendo en estos otros lugares era a veces rotundamente contradictorio con lo que estaba aprendiendo en la escuela. Esto no fue tan incapacitante como podría parecer, aunque a veces fue doloroso y vergonzoso. Con el tiempo, tratar con narrativas contradictorias de esta manera me ha llegado a parecer un proceso dinámico, incluso si por su propia naturaleza es un proceso emprendido primero desde una posición de debilidad. De ahí surgió la energía para negar y rechazar, para aprender a aferrarse a las reservas que el tiempo y el conocimiento mantendrán. De ahí surgió una forma de alojar y tener en cuenta la diferencia, y de afirmar la posibilidad de formas más complejas de conocer.
Por eso, cuando comencé a escribir, no podía simplemente arrastrarme entre la multitud y esperar que, con suerte y tiempo, tal vez se escuchara mi voz. Tenía que escribir sabiendo que para algunos de mis lectores potenciales había una forma de mirarme que tenía que tener en cuenta. Sabía que me representaría a mí mismo ante lectores que tal vez se veían a sí mismos como la normativa, libres de cultura o etnia, libres de diferencias. Me pregunté cuánto contar, cuánto conocimiento asumir, qué tan comprensible sería mi narrativa si no lo hiciera. Me preguntaba cómo hacer todo esto y escribir ficción.
Por supuesto, no era el único en esta experiencia, aunque los detalles siempre parecen únicos cuando uno se inquieta por ellos. Es discutible que ni siquiera sea una experiencia contemporánea o particular, de la manera que he estado describiendo, sino una que es característica de toda escritura, que la escritura parte de esta autopercepción de marginalidad y diferencia. En ese sentido, las preguntas que estoy formulando no son preguntas nuevas. Sin embargo, si no son nuevas, están firmemente influidas por lo particular, por el imperialismo, por la dislocación, por las realidades de nuestro tiempo. Y una de las realidades de nuestro tiempo es el desplazamiento de tantos extraños hacia Europa. Estas preguntas, entonces, no me concernían solo a mí. Mientras me preocupaba mucho por ellos, otros que eran igualmente extraños en Europa estaban trabajando en problemas como estos al mismo tiempo y con gran éxito. Su mayor éxito es que ahora tenemos una comprensión más sutil y delicada de la narrativa y cómo viaja y traduce, y esta comprensión ha hecho que el mundo sea menos incomprensible, lo ha hecho más pequeño.
«El cuarto dislocado», Richard Siken.
Era de noche por muchos kilómetros y entonces las verdaderas estrellas en el cielo morado,
como pequeños botes remados demasiado lejos,
comienzan a desaparecer.
Y ahí, a la distancia, no la tierra prometida,
sino un Hollyday Inn,
con bugambilias creciendo a lo largo del alambrado junto a la piscina.
La puerta se abre de par en par: dos camas, dos lámparas, dos vasos de plástico
envueltos en celofán
y él dice: No Herny, no hagamos esto.
¿Pueden ver la trama como una línea puntiaguda que recorre el cuarto?
Aquí está el lavabo para limpiar la sangre,
aquí el whisky, la playera rajada. Aquí la loseta del piso
del baño, el disco del caño
perforado con hoyos.
Aquí está el niño como un costal de carne, aquí están las máquinas, el pequeño cuarto,
que no es un cuarto,
el Henry que no es un Henry, el Henry con aguja e hilo,
sobrevolando al niño hueco que se ha desmayado
sobre la colcha universal.
Aquí está otra vez, siendo cosido.
Y entonces hemos llegado a un campo de batalla, el calor del fuego,
el fuego aún prendido,
el calor escapando como una promesa rota, el horizonte expandido
como una autopista abierta.
Henry poniéndole las manos encima para retenerlo en el cuarto,
pero las palabras no dejan de rodar sobre los labios del durmiente:
Él no me besará. No me besará.
Pero hablando ahora de Dios, no de chicos.
Esta es la parte en la que, esta es la parte en que, esta es la parte en la que
otra vez despiertas vestido,
esta es la parte en la que intentas permanecer dentro del edificio.
Quédate en el cuarto por ahora, dice él. Quédate en el cuarto
por ahora.
Este es el lugar, te dices, donde todo
empieza a comenzar,
las heridas muestran una piel más gruesa y de pronto no hay suelo.
Mientras,
algo bajo el edificio está realmente tratando
de captar tu atención.
Supongamos que estás soñando con un diablo de piel roja y cuernos negros,
un hombre con ojos almendrados y un cierre que baja
por su espalda.
Un diablo normal.
El de las estampas del Jamón Underwood.
Un hombre que está parado, con pezuñas, frente a un hotel Howard
Johnson, señalándote con un vaso de leche,
diciendo Bebe esto,
antes de que te rompa los huesos.
Te pellizcas pero sigues durmiendo. Te pellizcas pero
sigues durmiendo
pellizcas, te pellizcas, pellizcas…
pero el hombre dice tómate una, ten, este
es el primer escape: píldoras, válvulas, nueva velocidad, y las voces
están volviéndose estruendosas.
Puedes ver la parrilla, las ollas y cazuelas, los pays de manzana
con sus grandes sonrisas rebanadas
y puedes ver la sombra que el hombre arroja sobre
el linóleo,
cómo parece un barco, cómo atraviesa las losas precisamente así,
los mástiles de sus brazos raspando contra las ventanas.
Suena la campana, el perro gruñe,
y luego el viento elevándose, y la luz decae, y su boca
está temblando, y el perro
aúlla, y la ventana cerrándose fuerte contra la lluvia sucia.
Y él te señala con un vaso de leche
como si estuviera tratando de decirte que hay
una suerte de estrella brillante enterrada ahora muy dentro tuyo y que tiene que
desenterrar con un cuchillo.
Aquí está el pasillo y aquí están las puertas y aquí está el miedo a la
otra cosa, la implacable
cosa, tu cuerpo ahogándose en la gravedad, pero estás luchando contra ella, y
quieres alguna ayuda, y entonces llega la ayuda pero
no sirve de nada.
Éste es el mientras tanto, el en-lo-que, la espera que acontece en el
espacio entre
una nota y la siguiente, la parte en la que confundes
sus manos con el cuarto, al perro
con el hombre, la sangre con el cielo rajado.
Henry, está diciendo, ¿quién es el que está hablando?
Creí haber escuchado el tintineo
de dientes contra el hielo. Creí haber escuchado el tintineo de dientes contra cristal.
El perro, su tazón, su mueca torpe,
el conteo de heridas, el orden exacto,
las palabras ahora dando tumbos en su boca y a la deriva,
las palabras ahora alejándose a la deriva.
Él pone sus manos, él poniendo sus manos, él pone sus manos
encima de ti
para retenerte en el cuarto, pero aquí está el Ángel de la Leche y los Cornflakes
y aquí el Ángel de Heridas Abiertas,
y aquí el Ángel de Bañarte Bien,
y el Ángel de Llevárselo Todo De Aquí.
No se nos han dado todas las palabras necesarias.
No se nos ha dado nada en absoluto.
Hemos manejado toda la noche.
Hemos manejado un largo rato.
No queremos parar. No podemos parar. Él está a tu lado.
Sus manos están abiertas o
sus manos son puños. Es de noche. Es mediodía. Está manejando. Está pasando
todo otra vez.
No está pasando. Es amor o no lo es. No ha terminado.
Estás en un coche. Estás en la maleza otra vez. Estás en un camino de terracería,
y hay criminales por doquier,
añorando el peligro.
Abre la puerta y la luz cae dentro. Abre la boca y
sale de nuevo.
Está encima de ti. Está a tu lado, está de verdad al lado tuyo.
Tiene la piel más suave que lo envuelve entero.
No es él.
No eres tú. Estás cayendo ahora. Estás nadando. Esto no es
inofensivo. Tú no estás
respirando. Estás saliendo de la alberca declorada otra vez.
¿Hay un resultado aceptable? ¿Significa algo que hablemos?
¿Basta estremecerse por
el ruido ?
Mano izquierda levantando el tenedor hacia la boca, sintiendo la carne deslizarse
por tu garganta, pensando
Mi garganta. Mía. Todo en este cono de luz es mío.
El cenicero y la lámpara rota, las cortinas naranjas sucias y su
playera arruinada.
He estado en tu cuerpo, bebé, y fue el paraíso.
He estado en tu cuerpo y fue un paseo de carnaval.
Estás adentro de ti. Él está adentro de ti. Está entre ustedes dos.
Eres el residuo.
Cuerpos de oro en un cuarto rojo.
Estás aquí. No estás aquí. Estás en el cuarto.
No estás en el cuarto.
Quédate sólo un poco más.
Quieren parar pero no pararán. No saben lo que
están haciendo.
Esto no es inofensivo, el cómo se toca, no queremos que la pantalla se eleve
completamente
de nuestros ojos, sino sólo lo suficiente para ver los huecos.
Cansados e irritados y frotados de forma incorrecta,
frotados hasta la carne viva y palpitando a la luz.
Quieren parar pero no paran. No pueden sacar la bala.
Corta y ábreme y la luz brota
cóseme y la luz sigue brotando entre el
zurcido.
Él no puede sacar la bala, piensa, no puede, y entonces, lo hace.
Un pequeño grano de arena alrededor del cuál formar una perla.
Junio de medianoche. Julio de medianoche.
Le han estado dando por días ya.
Sacando la bala.
Sacando la bala y poniéndola a la luz, la luz.
Sacando la bala y poniéndola a la luz.
Lo que le tocó en vida
a ese animalito
que iba caminando anoche a las 2 de la noche
con una campera
Diadora.
Todo lo que le tocó en vida
que es a la vez tanto
y a la vez no mucho:
este barrio
le tocó
esa vereda, una y otra vez
el murito
los pibes
el frío
que es a la vez tanto
los dientes
blancos
uno al lado del otro
más o menos separados
según cuál
y esa campera
Diadora
y el buzo gris
que llevaba abajo
las manos en los bolsillos
le tocó
tener que vestirse
así
con esas zapatillas
ese pantalón
y andar
le tocó sobre todo
tener que andar
alguien podría decir
es lo único que le tocó
a ese animalito
la vía del tren
allá
acá
da lo mismo
y lo mismo es a la vez tanto
aunque a veces
lo mismo no es mucho
pero a ese animalito
algo le tocó
en vida.
Lo que le tocó
en vida
a ese animalito
andar por la vereda
a esa hora
las 2 de la noche
con las manos en los bolsillos
tocando
unas monedas
la derecha
y tocando
la tela de la campera
la izquierda
y eso
izquierda o derecha
son a la vez mucho
pero ni tanto
podrían ser más cosas
las que le tocaron
en vida
a este animalito
vestido y andando
pronto
ligero
el murito
eso
el murito le gusta
estar en el murito
juntarse
ahí
con los otros animalitos
tomar del pico de una botella
de vidrio
cerveza
y fumar
envuelto
arrollado
en una hojita blanca
un montoncito
de yerba
que antes
con las manos
es decir
con los dedos
ese animalito
picó
es decir
trituró
con la yema de los dedos
y el filo de las uñas
eso le tocó en vida
entre otras cosas
picar porro apoyado en el murito
para fumar
después
con otros animalitos
que entre ellos se reconocen
como amigos
como la banda
como los pibes
así se llaman
entre ellos
la banda
o los pibes
voy con los pibes
estoy con los pibes
acá
en el murito
picando porro
fumando porro
tomando birra
hablando de nada
matándome de risa
a las 2 de la noche
a las 4 de la tarde
a las 7
a cualquier hora
ese animalito
puede pasar
por el murito
y ver
si hay algún otro animalito
miembro de la banda
y si hay
se queda
pero si no hay
también se queda
con las manos en los bolsillos
tocando
la izquierda
el nylon
que envuelve la piedra
la derecha
el celu
a ver si vibra
y si vibra
quién es
qué es
un mensaje
de otro animalito
que sabe
usar un celu
y con los dedos
más bien con la yema
puede tocar las teclas
para decirle
a ese animalito
que está en el muro
que ya va
que lo banque
así se comunican
los animalitos
cuando no están juntos
en el murito
porque cuando sí están juntos
se comunican de otra manera
se abrazan
se pasan
los brazos por atrás del cuello
y se quedan un rato
más o menos largo
según quién
según cuándo
así
uno al lado de otro
hablando
con otro
que capaz
está en frente
de estos dos animalitos
y la charla
en algún momento
lleva
a que le pegue
una piña
en la panza
porque uno le dijo
prendete de esta
es que la charla venía así
vamos a fumar
dale
prendelo
y ahí
le dijo
prendete de esta
por eso
un animalito
le pega al otro
en la panza
así se comunican
así se forman
los lazos
que unen
a la bandita
a los amigos
a los pibes
y estar unidos
es importante
porque entonces
después
cada uno
en su casa
puede recordar
algún momento
un comentario
puede ser un gesto
una risa
algo que causó una risa
más temprano
cuando estaban en el murito
recordar eso
cada uno
en su casa
en algún momento
algunos una cosa
otros otra
pero a todos
los animalitos
que forman parte
de la banda
recordar algo
les hace bien
y estar bien
es lo que les tocó en vida
a esos animalitos
por eso
es importante
tener una banda
que se junte
en el murito
y que la policía no moleste
que en paraguay siga creciendo porro
y si es posible
lo desea cualquier animalito
que nadie tenga que trabajar
por poca plata
para que haya porro
aunque sea en paraguay
que para nosotros es lejos
o no tanto
pero hay algunos animalitos
también
que saben
cosechar
que aprendieron
o intuyeron
algunos aspectos
importantes
sobre el mundo
de las plantas
saben
algunos animalitos
cómo es el tema
de la tierra
las semillas
las plantas
que crecen
el sol
el agua
es raro
piensan los animalitos
todo es raro
el murito
también es raro
es decir
que alguien haya apilado
uno arriba de otro
una cantidad de ladrillos
ni hablar
de lo raro
que son los ladrillos
es decir
que alguien
alguna vez
haya hecho un ladrillo
y haya dicho
si es que dijo
esto es un ladrillo
y poniendo uno
arriba de otro
se construyen muritos
es raro
que ese momento
en la historia de los animalitos
tenga tanto que ver
con este otro momento
también parte
de la larga historia de los animalitos
bajo este cielo
es decir
este momento en que ahora
a las 2 de la noche
algunos animalitos
forman la banda
los pibes
el grupo
y se pasan
un enrolladito
que arde en la punta
y que al llevarlo a la boca
apoyarlo entre los labios
y respirar
se enciende
arde
quema
el relleno
y el humo
entra
a los pulmones
animalitos
que aguantan la respiración
para que la sangre que pasa
por los pulmones
se lleve
algo
y eso viaja
hasta el cerebro
no sé
es raro
todo
el murito
los pibes
los animalitos
es raro
como mínimo
por no decir otra cosa
porque yo podría decir
no sólo es raro
sino que es muy lindo
es increíble
me llena de alegría
y a la vez de tristeza
que haya pibes
en el murito
fumando porro
siendo amigos
construyendo en sus corazones
un sentimiento muy pero muy fuerte
un sentimiento
que es
el sentimiento de la amistad
del amor
entre animalitos
eso me llena de alegría
podría decir
que es increíble
que es todo
y podría decir
no sé si lo dije
pero lo quería decir
todo esto que pensaba
acerca del murito
del inventor del ladrillo
de las plantas
de los que saben hacer muritos
de paraguay
y de mil cosas más.
La verdad de todo esto
bah
decir la verdad
es un poco mucho
pero tampoco tanto
es algo
no sé cuánto
pero la verdad de todo esto
es que anoche yo venía andando en bici
por ahí
y vi a un chico
caminando
con una campera
Diadora
y abajo un buzo gris
con las manos en los bolsillos
con la capucha puesta
caminando para el lado de la calle Empedrado
y yo pensé
lo que le tocó en vida
a ese animalito
estar caminando ahí
ahora
o sea
ayer
es decir
ayer a la noche.
«Lo que le tocó en la vida», Mariano Blatt
Deberías haber tenido otro final;
Te merecías, hipócrita, un muro en
Otro agujero.
Tu dictadura, Tu sucia vida de homicida,
¡Pequeño incendio de sangre! Putrefacto verdugo,
Te tenía que haber golpeado la dura
Oscuridad de los pueblos, entregado a tortura,
Colgado de un árbol al final de algún camino.
Roedor de la peor infracción,
Te adhería otra víctima con crimen,
El final de tantos desde aquel mes de julio.
Pero la has tenido de dictador español,
Solo e hibernado, expectoración de la ciencia
Y con vanidad a sangre y excremento.
Gloria de la sumerge,
Ha muerto el dictador más viejo de Europa.
¡Un abrazo, amor, y levantemos la copa!
«Final», Joan Brossa
42–PIEDMONT. Autobús lento hasta Jack London Square. Sirvientas y ancianas. Me senté al lado de una viejecita ciega que estaba leyendo en Braille; su dedo se deslizaba por la página, lento y silencioso, línea tras línea. Era relajante mirarla, leer por encima de su hombro. La mujer se bajó en la calle 29, donde se han caído todas las letras del cartel PRODUCTOS NACIONALES ELABORADOS POR CIEGOS, excepto CIEGOS. La calle 29 también es mi parada, pero tengo que ir hasta el centro a cobrar el cheque de la señora Jessel. Si vuelve a pagarme con un cheque, lo dejo. Además, nunca tiene suelto para el desplazamiento. La semana pasada hice todo el trayecto hasta el banco pagándolo de mi bolsillo, y se había olvidado de firmar el cheque. Se olvida de todo, incluso de sus achaques. Mientras limpio el polvo los voy recogiendo y los dejo en el escritorio. 10 A. M. NÁUSEAS en un trozo de papel en la repisa de la chimenea. DIARREA en el escurridero. LAGUNAS DE MEMORIA Y MAREO encima de la cocina. Sobre todo se olvida de si tomó el fenobarbital, o de que ya me ha llamado dos veces a casa para preguntarme si lo ha hecho, dónde está su anillo de rubí, etcétera. Me sigue de habitación en habitación, repitiendo las mismas cosas una y otra vez. Voy a acabar tan chiflada como ella. Siempre digo que no voy a volver, pero me da lástima. Soy la única persona con quien puede hablar. Su marido es abogado, juega al golf y tiene una amante. No creo que la señora Jessel lo sepa, o que se acuerde. Las mujeres de la limpieza lo saben todo. Y las mujeres de la limpieza roban. No las cosas por las que tanto sufre la gente para la que trabajamos. Al final es lo superfluo lo que te tienta. No queremos la calderilla de los ceniceros. A saber dónde, una señora en una partida de bridge hizo correr el rumor de que para poner a prueba la honestidad de una mujer de la limpieza hay que dejar un poco de calderilla, aquí y allá, en ceniceros de porcelana con rosas pintadas a mano. Mi solución es añadir siempre algunos peniques, incluso una moneda de diez centavos. En cuanto me pongo a trabajar, antes de nada compruebo dónde están los relojes, los anillos, los bolsos de fiesta de lamé dorado. Luego, cuando vienen con las prisas, jadeando sofocadas, contesto tranquilamente: «Debajo de su almohada, detrás del inodoro verde sauce». Creo que lo único que robo, de hecho, son somníferos. Los guardo para un día de lluvia. Hoy he robado un frasco de semillas de sésamo Spice Islands. La señora Jessel apenas cocina. Cuando lo hace, prepara pollo al sésamo. La receta está pegada en la puerta del armario de las especias, por dentro. Guarda una copia en el cajón de los sellos y los cordeles, y otra en su agenda. Siempre que encarga pollo, salsa de soja y jerez, pide también un frasco de semillas de sésamo. Tiene quince frascos de semillas de sésamo. Catorce, ahora. Me senté en el bordillo a esperar el autobús. Otras tres sirvientas, negras con uniforme blanco, se quedaron de pie a mi lado. Son viejas amigas, hace años que trabajan en Country Club Road. Al principio todas estábamos indignadas… el autobús se adelantó dos minutos y lo perdimos. Maldita sea. El conductor sabe que las sirvientas siempre están ahí, que el 42 a Piedmont pasa solo una vez cada hora. Fumé mientras ellas comparaban el botín. Cosas que se habían llevado… laca de uñas, perfume, papel higiénico. Cosas que les habían dado… pendientes desparejados, veinte perchas, sujetadores rotos. (Consejo para mujeres de la limpieza: aceptad todo lo que la señora os dé, y decid gracias. Luego lo podéis dejar en el autobús, en el hueco del asiento). Para meterme en la conversación les enseñé mi frasco de semillas de sésamo. Se rieron a carcajadas. —¡Ay, chica! ¿Semillas de sésamo? Me preguntaron cómo aguantaba tanto con la señora Jessel. La mayoría no repiten más de tres veces. Me preguntaron si es verdad que tiene ciento cuarenta pares de zapatos. Sí, pero lo malo es que la mayoría son idénticos. La hora pasó volando. Hablamos de las señoras para las que trabajamos. Nos reímos, no sin un poso de amargura. Las mujeres de la
limpieza de toda la vida no me aceptan de buenas a primeras. Y además, me cuesta conseguir trabajo en esto, porque soy «instruida». Sé que ahora mismo no puedo buscarme otra cosa. He aprendido a contarles a las señoras desde el principio que mi marido alcohólico acaba de morir y me he quedado sola con mis cuatro hijos. Hasta ahora nunca había trabajado, criando a los niños y demás. 43–SHATTUCK–BERKELEY. Los bancos con carteles de SATURACIÓN PUBLICITARIA están empapados todas las mañanas. Le pedí fuego a un hombre y me dio la caja de cerillas. EVITEMOS EL SUICIDIO. Era de esas que, absurdamente, llevan la banda de fósforo detrás. Más vale prevenir. Al otro lado de la calle, la mujer de la tintorería estaba barriendo la acera. A ambos lados de su puerta revoloteaban hojas y basura. Ahora es otoño, en Oakland. Esa misma tarde, al volver de limpiar en casa de Horwitz, la acera de la tintorería volvía a estar cubierta de hojas y porquería. Tiré mi billete de transbordo. Siempre compro billete de transbordo. A veces los regalo, pero normalmente me los quedo. Ter solía burlarse de esa manía mía de guardarlo siempre todo. —Vamos, Maggie May, en este mundo no te puedes aferrar a nada. Excepto a mí, quizá. Una noche en Telegraph Avenue me desperté al notar que me ponía la anilla de una lata de Coors en la palma de la mano y me cerraba el puño. Abrí los ojos y lo vi sonriendo. Terry era un vaquero joven, de Nebraska. No le gustaba ver películas extranjeras. Ahora sé que era porque no le daba tiempo a leer los subtítulos. Las raras veces que Ter leía un libro, arrancaba las páginas a medida que las pasaba y las iba tirando. Al volver a casa, donde las ventanas siempre estaban abiertas o rotas, me encontraba un remolino de hojas en la habitación, como palomas en un aparcamiento del Safeway. 33–BERKELEY EXPRESS. ¡El autobús se perdió! El conductor se pasó de largo en el desvío de SEARS para tomar la autopista. Todo el mundo empezó a tocar el timbre mientras el hombre, avergonzado, giraba a la izquierda en la calle 27. Acabamos atascados en un callejón sin salida. La gente se asomaba a las ventanas a ver el autobús. Cuatro hombres se bajaron para ayudarle a retroceder entre los coches que había aparcados en la calle estrecha. Una vez en la autopista, empezó a acelerar como un loco. Daba miedo. Hablábamos unos con otros, emocionados por el suceso. Hoy toca la casa de Linda. (Mujeres de la limpieza: como norma general, no trabajéis para las amigas. Tarde o temprano se molestan contigo porque sabes demasiado de su vida. O dejan de caerte bien, por lo mismo). Pero Linda y Bob son buenos amigos, de hace tiempo. Siento su calidez aunque no estén ahí. Esperma y confitura de arándanos en las sábanas. Quinielas del hipódromo y colillas en el cuarto de baño. Notas de Bob a Linda: «Compra tabaco y lleva el coche a… du-duá, du-duá». Dibujos de Andrea con amor para mamá. Cortezas de pizza. Limpio los restos de coca del espejo con Windex. Es el único sitio donde trabajo que no está impecable, para empezar. Más bien está hecho un asco. Cada miércoles subo como Sísifo las escaleras que llevan al salón de su casa, donde siempre parece que estén en mitad de una mudanza. No gano mucho dinero con ellos porque no les cobro por horas, ni el transporte. No me dan la comida, por supuesto. Trabajo duro de verdad. Pero también paso muchos ratos sentada, me quedo hasta muy tarde. Fumo y leo el New York Times, libros porno, Cómo construir una pérgola. Sobre todo miro por la ventana la casa de al lado, donde viví un tiempo. El 2129 ½ de Russell Street. Miro el árbol que da peras de madera, con las que Ter hacía tiro al blanco. En la cerca brillan los perdigones incrustados. El rótulo de BEKINS que iluminaba nuestra cama por la noche. Echo de menos a Ter y fumo. Los trenes no se oyen de día. 40–TELEGRAPH AVENUE–ASILO DE MILLHAVEN. Cuatro ancianas en sillas de ruedas contemplan la calle con mirada vidriosa. Detrás, en el puesto de enfermeras, una chica negra preciosa baila al son de «I Shot the Sheriff». La música está alta, incluso para mí, pero las ancianas ni
siquiera la oyen. Más abajo, tirado en la acera, hay un cartel burdo: INSTITUTO DEL CÁNCER 13:30. El autobús se retrasa. Los coches pasan de largo. La gente rica que va en coche nunca mira a la gente de la calle, para nada. Los pobres siempre lo hacen… De hecho, a veces parece que simplemente vayan en el coche dando vueltas, mirando a la gente de la calle. Yo lo he hecho. La gente pobre está acostumbrada a esperar. La Seguridad Social, la cola del paro, lavanderías, cabinas telefónicas, salas de urgencias, cárceles, etcétera. Mientras esperábamos el 40, nos pusimos a mirar el escaparate de la LAVANDERÍA DE MILL Y ADDIE. Mill había nacido en un molino, en Georgia. Estaba tumbado sobre una hilera de cinco lavadoras, instalando un televisor enorme en la pared. Addie hacía pantomimas para nosotros, simulando que el televisor se iba a caer en cualquier momento. Los transeúntes se paraban también a mirar a Mill. Nos veíamos reflejados en la pantalla, como en un programa de cámara oculta. Calle abajo hay un gran funeral negro en FOUCHÉ. Antes pensaba que el cartel de neón decía «touché», y siempre imaginaba a la muerte enmascarada, apuntándome al corazón con un florete. He reunido ya treinta pastillas, entre los Jessel, los Burn, los McIntyre, los Horwitz y los Blum. En cada una de esas casas donde trabajo hay un arsenal de anfetas o sedantes que bastaría para dejar fuera de circulación a un ángel del infierno durante veinte años. 18–PARK BOULEVARD–MONTCLAIR. Centro de Oakland. Hay un indio borracho que ya me conoce, y siempre me dice: «Qué vueltas da la vida, cielo». En Park Boulevard un furgón azul de la policía del condado, con las ventanas blindadas. Dentro hay una veintena de presos de camino a comparecer ante el juez. Los hombres, encadenados juntos y vestidos con monos naranjas, se mueven casi como un equipo de remo. Con la misma camaradería, a decir verdad. El interior del furgón está oscuro. En la ventanilla se refleja el semáforo. Ámbar DESPACIO DESPACIO. Rojo STOP STOP. Una hora larga de modorra hasta las colinas neblinosas de Montclair, un próspero barrio residencial. Solo van sirvientas en el autobús. Al pie de la Iglesia Luterana de Sion hay un letrero grande en blanco y negro que dice PRECAUCIÓN: TERRENO RESBALADIZO. Cada vez que lo veo, se me escapa la risa. Las otras mujeres y el conductor se vuelven y me miran. A estas alturas ya es un ritual. En otra época me santiguaba automáticamente cuando pasaba delante de una iglesia católica. Tal vez dejé de hacerlo porque en el autobús la gente siempre se daba la vuelta y miraba. Sigo rezando automáticamente un avemaría, en silencio, siempre que oigo una sirena. Es un incordio, porque vivo en Pill Hill, un barrio de Oakland lleno de hospitales; tengo tres a un paso. Al pie de las colinas de Montclair mujeres en Toyotas esperan a que sus sirvientas bajen del autobús. Siempre me las arreglo para subir a Snake Road con Mamie y su señora, que dice: «¡Caramba, Mamie, tú tan preciosa con esa peluca atigrada, y yo con esta facha!». Mamie y yo fumamos. Las señoras siempre suben la voz un par de octavas cuando les hablan a las mujeres de la limpieza o a los gatos. (Mujeres de la limpieza: nunca os hagáis amigas de los gatos, no les dejéis jugar con la mopa, con los trapos. Las señoras se pondrán celosas. Aun así, nunca los ahuyentéis de malos modos de una silla. En cambio, haceos siempre amigas de los perros, pasad cinco o diez minutos rascando a Cherokee o Smiley nada más llegar. Acordaos de bajar la tapa de los inodoros. Pelos, goterones de baba). Los Blum. Este es el sitio más raro en el que trabajo, la única casa realmente bonita. Los dos son psiquiatras. Son consejeros matrimoniales, con dos «preescolares» adoptados. (Nunca trabajéis en una casa con «preescolares». Los bebés son geniales. Puedes pasar horas mirándolos, acunándolos en brazos. Con los críos más mayores… solo sacarás alaridos, Cheerios secos, hacerte inmune a los accidentes y el suelo lleno de huellas del pijama de Snoopy). (Nunca trabajéis para psiquiatras, tampoco. Os volveréis locas. Yo también podría
explicarles a ellos un par de cosas… ¿Zapatos con alzas?). El doctor Blum está en casa, otra vez enfermo. Tiene asma, por el amor de Dios. Va dando vueltas en albornoz, rascándose una pierna peluda y pálida con la alpargata. La, la, la, la, Mrs. Robinson… Tiene un equipo estéreo de más de dos mil dólares y cinco discos. Simon & Garfunkel, Joni Mitchell y tres de los Beatles. Se queda en la puerta de la cocina, rascándose ahora la otra pierna. Me alejo contoneándome con la fregona hacia el office , mientras él me pregunta por qué elegí este tipo de trabajo en particular. —Supongo que por culpabilidad, o por rabia —digo con desgana. —Cuando se seque el suelo, ¿podré prepararme una taza de té? —Mire, vaya a sentarse. Ya se lo preparo yo. ¿Azúcar o miel? —Miel. Si no es mucha molestia. Y limón, si no es… —Vaya a sentarse —le llevo el té. Una vez le traje una blusa negra de lentejuelas a Natasha, que tiene cuatro años, para que se engalanara. La doctora Blum puso el grito en el cielo y dijo que era sexista. Por un momento pensé que me estaba acusando de intentar seducir a Natasha. Tiró la blusa a la basura. Conseguí rescatarla y ahora me la pongo de vez en cuando, para engalanarme. (Mujeres de la limpieza: aprenderéis mucho de las mujeres liberadas. La primera fase es un grupo de toma de conciencia feminista; la segunda fase es una mujer de la limpieza; la tercera, el divorcio). Los Blum tienen un montón de pastillas, una plétora de pastillas. Ella tiene estimulantes, él tiene tranquilizantes. El señor doctor Blum tiene pastillas de belladona. No sé qué efecto hacen, pero me encantaría llamarme así. Una mañana los oí hablando en el office de la cocina y él dijo: «¡Hagamos algo espontáneo hoy, llevemos a los niños a volar una cometa!». Me robó el corazón. Una parte de mí quiso irrumpir en la escena como la sirvienta de la tira cómica del Saturday Evening Post. Se me da muy bien hacer cometas, conozco varios sitios con buen viento en Tilden. En Montclair no hay viento. La otra parte de mí encendió la aspiradora para no oír lo que ella le contestaba. Fuera llovía a cántaros. El cuarto de los juguetes era una leonera. Le pregunté a Natasha si Todd y ella realmente jugaban con todos aquellos juguetes. Me dijo que los lunes al levantarse los tiraban por el suelo, porque era el día que iba yo a limpiar. —Ve a buscar a tu hermano —le dije. Los había puesto a recoger cuando entró la señora Blum. Me sermoneó sobre las interferencias y me dijo que se negaba a «imponer culpabilidad o deberes» a sus hijos. La escuché, malhumorada. Luego, como si se le ocurriera de pronto, me pidió que desenchufara el frigorífico y lo limpiara con amoniaco y vainilla. ¿Amoniaco y vainilla? A partir de ahí dejé de odiarla. Una cosa tan simple. Me di cuenta de que realmente quería vivir en un hogar acogedor, que no quería imponer culpabilidad o deberes a sus hijos. Más tarde me tomé un vaso de leche, y sabía a amoniaco y vainilla. 40–TELEGRAPH AVENUE–BERKELEY. Lavandería de Mill y Addie. Addie está sola dentro, limpiando los cristales del escaparate. Detrás de ella, encima de una lavadora, hay una enorme cabeza de pescado en una bolsa de plástico. Ojos ciegos y perezosos. Un amigo, el señor Walker, les lleva cabezas de pescado para hacer caldo. Addie traza círculos inmensos de espuma blanca en el vidrio. Al otro lado de la calle, en la guardería St. Luke, un niño cree que lo está saludando. La saluda, haciendo los mismos gestos con los brazos. Addie para, sonríe y lo saluda de verdad. Llega mi autobús. Toma Telegraph Avenue hacia Berkeley. En el escaparate del SALÓN DE BELLEZA VARITA MÁGICA hay una estrella de papel de plata pegada a un matamoscas. Al lado, tienda de ortopedia con dos manos suplicantes y una pierna. Ter se negaba a ir en autobús. Ver a la gente ahí sentada lo deprimía. Le gustaban las estaciones de autobuses, en cambio. Íbamos a menudo a las de San Francisco y Oakland. Sobre todo a la de Oakland, en San Pablo Avenue. Una vez me dijo que me amaba porque yo era como San Pablo Avenue. Él era como el vertedero de Berkeley. Ojalá hubiera un
autobús al vertedero. Íbamos allí cuando añorábamos Nuevo México. Es un lugar inhóspito y ventoso, y las gaviotas planean como los chotacabras del desierto al anochecer. Allá donde mires, se ve el cielo. Los camiones de basura retumban por las carreteras entre vaharadas de polvo. Dinosaurios grises. No sé cómo salir adelante ahora que estás muerto, Ter. Aunque eso ya lo sabes. Es como aquella vez en el aeropuerto, cuando estabas a punto de embarcar para Albuquerque. —Mierda, no puedo irme. Nunca vas a encontrar el coche. O aquella otra vez, cuando te ibas a Londres. —¿Qué vas a hacer cuando me vaya, Maggie? —repetías sin parar. —Haré macramé, chaval. —¿Qué vas a hacer cuando me vaya, Maggie? —¿De verdad crees que te necesito tanto? —Sí —contestaste. Sin más, una afirmación rotunda de Nebraska. Mis amigos dicen que me recreo en la autocompasión y el remordimiento. Que ya no veo a nadie. Cuando sonrío, sin querer me tapo la boca con la mano. Voy juntando somníferos. Una vez hicimos un pacto: si para 1976 las cosas no se arreglaban, nos mataríamos a tiros al final del muelle. Tú no te fiabas de mí, decías que te dispararía y echaría a correr, o me mataría yo primero, cualquier cosa. Estoy harta de bregar, Ter. 58–UNIVERSIDAD–ALAMEDA. Las viejecitas de Oakland van todas al centro comercial Hink, en Berkeley. Las viejecitas de Berkeley van al centro comercial Capwell, en Oakland. En este autobús todos son jóvenes y negros, o viejos y blancos, incluidos los conductores. Los conductores viejos blancos son cascarrabias y nerviosos, especialmente en la zona del Politécnico de Oakland. Siempre paran con un frenazo, gritan a los que fuman o van escuchando la radio. Dan bandazos y se detienen en seco, haciendo que las viejecitas se choquen contra las barras. A las viejecitas les salen cardenales en los brazos, instantáneamente. Los conductores jóvenes negros van rápido, surcan Pleasant Valley Road pasándose todos los semáforos en ámbar. Sus autobuses son ruidosos y echan humo, pero no dan bandazos. Hoy me toca la casa de la señora Burke. También tengo que dejarla. Ahí nunca cambia nada. Nunca hay nada sucio. Ni siquiera entiendo para qué voy. Hoy me sentí mejor. Al menos he entendido lo de las treinta botellas de Lancers Rosé. Antes había treinta y una. Por lo visto ayer fue su aniversario de bodas. Encontré dos colillas de cigarrillo en el cenicero del marido (en lugar de la que hay siempre), una copa de vino (ella no bebe) y la botella en cuestión. Los trofeos de petanca estaban ligeramente desplazados. Nuestra vida juntos. Ella me enseñó mucho sobre el gobierno de la casa. Coloca el rollo de papel de váter de manera que salga por abajo. Abre la lengüeta del detergente solo hasta la mitad. Quien guarda halla. Una vez, en un ataque de rebeldía, rasgué la lengüeta de un tirón con tan mala suerte que el detergente se vertió y cayó en los quemadores de la cocina. Un desastre. (Mujeres de la limpieza: que sepan que trabajáis a conciencia. El primer día dejad todos los muebles mal colocados, que sobresalgan un palmo o queden un poco torcidos. Cuando limpiéis el polvo, poned los gatos siameses mirando hacia otro lado, la jarrita de la leche a la izquierda del azucarero. Cambiad el orden de los cepillos de dientes). Mi obra maestra en este sentido fue cuando limpié encima del frigorífico de la señora Burke. A ella no se le escapa nada, pero si yo no hubiera dejado la linterna encendida no se habría dado cuenta de que me había entretenido en rascar y engrasar la plancha, en reparar la figurita de la geisha, y de paso en limpiar la linterna. Hacer mal las cosas no solo les demuestra que trabajas a conciencia, sino que además les permite ser estrictas y mandonas. A la mayoría de las mujeres estadounidenses les incomoda mucho tener sirvientas. No saben qué hacer mientras estás en su casa. A la señora Burke le da por repasar la lista de felicitaciones de Navidad y planchar el papel de regalo del año anterior. En agosto. Procurad trabajar para judíos o negros. Te dan de comer. Pero sobre todo porque las mujeres judías y negras respetan el
trabajo, el trabajo que haces, y además no se avergüenzan en absoluto de pasarse el día entero sin hacer nada de nada. Para eso te pagan, ¿no? Las mujeres de la Orden de la Estrella de Oriente son otra historia. Para que no se sientan culpables, intentad siempre hacer algo que ellas no harían nunca. Encaramaos a los fogones para restregar del techo las salpicaduras de una Coca-Cola reventada. Encerraos dentro de la mampara de la ducha. Retirad todos los muebles, incluido el piano, y ponedlos contra la puerta. Ellas nunca harían esas cosas, y además así no pueden entrar. Menos mal que siempre están enganchadas como mínimo a un programa de televisión. Dejo la aspiradora encendida media hora (un sonido relajante) y me tumbo debajo del piano con un trapo de limpiar el polvo en la mano, por si acaso. Simplemente me quedo ahí tumbada, tarareando y pensando. No quise identificar tu cadáver, Ter, aunque eso trajo muchas complicaciones. Temía empezar a pegarte por lo que habías hecho. Morir. El piano de los Burke lo dejo para el final. Lo malo es que la única partitura que hay en el atril es el himno de la Marina. Siempre acabo marchando a la parada del autobús al ritmo de «From the Halls of Montezuma…». 58–UNIVERSIDAD–BERKELEY. Un conductor viejo blanco cascarrabias. Lluvia, retrasos, gente apretujada, frío. Navidad es una mala época para los autobuses. Una hippy joven colocada empezó a gritar «¡Quiero bajarme de este puto autobús!». «¡Espera a la próxima parada!», le gritó el conductor. Una mujer de la limpieza gorda que iba sentada delante de mí vomitó y ensució las galochas de la gente y una de mis botas. El olor era asqueroso y varias personas se bajaron en la siguiente parada, como ella. El conductor paró en la gasolinera Arco de Alcatraz y trajo una manguera para limpiarlo, pero lo único que hizo fue echarlo hacia atrás y encharcar aún más el suelo. Estaba colorado y rabioso, y se saltó un semáforo; nos puso a todos en peligro, dijo el hombre que había a mi lado. En el Politécnico de Oakland una veintena de estudiantes con radios esperaban detrás de un hombre prácticamente impedido. La Seguridad Social está justo al lado del Politécnico. Mientras el hombre subía al autobús, con muchas dificultades, el conductor gritó «¡Ah, por el amor de Dios!», y el hombre pareció sorprendido. Otra vez la casa de los Burke. Ningún cambio. Tienen diez relojes digitales y los diez están en hora, sincronizados. El día que me vaya, los desenchufaré todos. Finalmente dejé a la señora Jessel. Seguía pagándome con un cheque, y en una ocasión me llamó cuatro veces en una sola noche. Llamé a su marido y le dije que tengo mononucleosis. Ella no se acuerda de que me he ido, anoche me llamó para preguntarme si la había visto un poco pálida. La echo de menos. Una señora nueva, hoy. Una señora de verdad. (Nunca me veo como «señora de la limpieza», aunque así es como te llaman: su señora o su chica). La señora Johansen. Es sueca y habla inglés con mucha jerga, como los filipinos. Cuando abrió la puerta, lo primero que me dijo fue: «¡Santo cielo!». —Uy. ¿Llego demasiado pronto? —En absoluto, querida. Invadió el escenario. Una Glenda Jackson de ochenta años. Quedé hechizada. (Mirad, ya estoy hablando como ella). Hechizada en el recibidor. En el recibidor, antes incluso de quitarme el abrigo, el abrigo de Ter, me puso al día sobre su vida. Su marido, John, había muerto hacía seis meses. A ella lo que más le costaba era dormir. Se aficionó a hacer puzles. (Señaló la mesita de la sala de estar, donde el Monticello de Jefferson estaba casi terminado, salvo por un agujero protozoario, arriba a la derecha). Una noche se enfrascó tanto en el puzle que ni siquiera durmió. Se olvidó, ¡se olvidó de dormir! Y hasta de comer, para colmo. Cenó a las ocho de la mañana. Luego se echó una siesta, se despertó a las dos, desayunó a las dos de la tarde y salió y se compró otro puzle. Cuando John vivía era Desayuno a las 6, Almuerzo a las 12, Cena a las 6. Los tiempos han cambiado, ¡a mí me lo van a decir! —Así que no, querida, no llegas demasiado pronto —concluyó—. Solo
que quizá me vaya de cabeza a la cama en cualquier momento. Yo seguía de pie en el recibidor, acalorada, sin apartar la mirada de los ojos radiantes y somnolientos de mi nueva señora, como si los cuervos fueran a hablar. Lo único que tenía que hacer era limpiar las ventanas y aspirar la moqueta; pero antes de aspirar la moqueta, encontrar la pieza que faltaba del puzle. Cielo con unas hojas de arce. Sé que se ha perdido. Disfruté en el balcón, limpiando las ventanas. Aunque hacía frío, el sol me calentaba la espalda. Dentro, ella siguió con su puzle. Absorta, pero sin dejar de posar en ningún momento. Se notaba que había sido muy hermosa. Después de las ventanas vino la tarea de buscar la pieza del puzle. Repasar centímetro a centímetro la alfombra verde, encontrar entre las largas hebras migas de biscotes, gomas elásticas del Chronicle. Estaba encantada, era el mejor trabajo que había tenido nunca. A ella le «importaba un rábano» si fumaba o no, así que seguí gateando por el suelo mientras fumaba, deslizando el cenicero a mi lado. Encontré la pieza lejos de la mesita donde estaba el puzle, al otro lado del salón. Era cielo, con unas hojas de arce. —¡La encontré! —gritó—. ¡Sabía que se había perdido! —¡Yo la he encontrado! —exclamé. Entonces pude pasar la aspiradora, y entretanto ella terminó el puzle con un suspiro. Al irme le pregunté cuándo creía que me necesitaría otra vez. —Ah… ¿qué será, será? —dijo ella. —Lo que tenga que ser… será —dije, y las dos nos reímos. Ter, en realidad no tengo ningunas ganas de morir. 40–TELEGRAPH AVENUE. Parada del autobús delante de la LAVANDERÍA DE MILL Y ADDIE, que está abarrotada de gente haciendo turno para las lavadoras, pero en un clima festivo, como si esperaran una mesa. Charlan de pie al otro lado de la vidriera, tomando latas verdes de Sprite. Mill y Addie alternan como estupendos anfitriones, dando cambio a los clientes. En la televisión, la Orquesta Estatal de Ohio toca el himno nacional. Arrecia la nieve en Michigan. Es un día frío, claro de enero. Cuatro motoristas con patillas aparecen por la esquina de la calle 29 como la cola de una cometa. Una Harley pasa muy despacio por delante de la parada del autobús y varios críos saludan al motorista greñudo desde la caja de una ranchera, una Dodge de los años cincuenta. Lloro, al fin.
«Manual para mujeres de la limpieza», Lucia Berlin.
I Vivir a veces
Siempre me despierto en el apartamento de mi niñez, en un dormitorio negro como el edificio. Terror. Pero, bueno, sólo es cuestión de buscar el interruptor de la lámpara de la mesa de luz. Lo encuentro a tientas: no funciona. Claro que está la otra cama, y la otra mesa de luz. Alargo la mano y encuentro el interruptor: claro, no funciona. Recorro a tientas el cable (demasiados metros de cable porque es una pesadilla) hasta que palpo las dos patitas frías del enchufe. Algo o alguien, lo que está en el dormitorio, lo desenchufó; o está desenchufado porque en casa la dejadez o, mejor dicho, el desorden o, mejor dicho, el caos, era tan natural como el miedo a la oscuridad. Salgo de la cama y avanzo en cuatro patas, para que si alguien quiere romperme la cara con una barra de hierro sólo encuentre el aire negro encima de mi espalda. Estoy decidido a matar a lo que se metió en el dormitorio de mis hermanas. Porque las dos camas, las dos mesas de luz estaban en el dormitorio de mis dos hermanas. Suena el timbre de la puerta. A las tres de la mañana. Es un hombrecito andrajoso que viene a entregar el Diario Imperial . Mamá, vieja, gorda en camisón, me dice que nunca compra el Diario Imperial. Yo, en calzoncillos, voy a echarlo. El hombrecito tiene una barba gris que se espesa debajo de los ojos. Una especie inofensiva de hombre lobo, con un grueso paquete de diarios bajo el brazo flaco y curtido. Le abro la puerta de la cocina, la de servicio. La puerta principal, la del living , es para los invitados; aunque nunca hay invitados; aunque siempre el living está tan reluciente como vacío, porque mis padres no hacen vida social desde que nací. Antes de echar al hombre lobo, mamá se acuerda de que publicó un aviso en el Diario Imperial.
(El caos). La puerta de la heladera está pegada con cinta adhesiva. La cinta adhesiva es un artículo de primerísima necesidad en el apartamento. La dejadez, insisto, el desorden, el caos. Todo lo que se rompía era arreglado con cinta adhesiva. Ya habría tiempo, el año que viene o nunca, para llamar a un operario. Compro el Diario Imperial; era natural que Mi familia («el abolengo de Mi familia») publicara sus avisos en el Diario Imperial. Sospecho que el aviso en el Diario Imperial es para vender algún mueble, o alguna antigüedad, del resplandeciente living vacío. Mamá, no sin elegancia, es decir, en el Diario Imperial, dos por tres vendía alguna de sus «cosas» para pagar la hipoteca o la cuenta de la luz o, sencillamente, para comer.
Ni siquiera odio a mamá, a mamá y su Diario Imperial; la desprecio como se desprecia a la mentira. Tal vez, la odio. No importa si la odio o la desprecio: me cago en la diferencia, como me cago en el Diario Imperial, en el abolengo de Mi familia, en mi padre y en ese edificio de mierda donde vivimos desde que tengo memoria. En ese edificio de locos. Todos los propietarios consideraban una ordinariez imperdonable reírse o hacer la más tímida pregunta personal.
Nos saludamos dignamente, muy dignamente, si tenemos la desgracia de encontrarnos en el ascensor. El ascensor principal.
Si alguna sirvienta nueva o «estúpida» usara el ascensor principal, cosa del todo escandalosa e imposible, pero al fin y al cabo posible, ya el portero se encargaría de ponerla a gritos en su lugar: el ascensor de servicio, el ascensor de las sirvientas y los «proveedores». Claro que a veces los propietarios no usaban ninguno de los dos ascensores: se tiraban del quinto piso y ni siquiera se mataban. Se rompían algunos huesos contra el toldo de un coche de otro propietario, ayudados por una ráfaga de viento que no les permitía librarse de la condena de haber nacido en ese edificio de locos, en ese mausoleo de nueve pisos y mármol y espejos y cadáveres en el ascensor, de pie y bien trajeados, gordos o flacos, pero viejos, pero muertos.
Ya dije que a veces teníamos el «mal gusto», claro que involuntario, de encontrarnos en el ascensor o en la planta baja donde el portero nos besaba el culo (más a los más ricos, menos a los que publicábamos avisos en el Diario Imperial), disfrazado de general y con esa carota roja de borracho incurable; mientras la infeliz de su esposa, esquelética y con un moñito blanco, lustraba el pasamanos dorado de los ocho escalones que subían a la puerta principal.
En la planta baja, en el «hall», había plantas florecientes y sillones cómodos donde los viejos panzudos, los que habían amasado su fortuna a partir de la falta de escrúpulos y de un almacén en Tacuarembó, fumaban un habano en soledad porque sus mujeres no les permitían fumar en los apartamentos que habían comprado robando a destajo.
Los que se tiraban de los balcones, amplios y con sillas y sillones blancos de jardín, eran generalmente solteronas y solterones porque sus padres nunca habían aprobado a los grasas con que habían pretendido casarse. También, se me dijo, alguna de esas damas envejecidas o alguno de esos caballeros envejecidos, vírgenes las unas y los otros, se tiraron un pedo en plena cena, y no pudiendo soportar la muda pero feroz reprobación de la familia, la vergüenza consecuente, no encontraron otra alternativa que subir una pierna y después la otra, tal vez con ayuda de una de las sillas blancas de jardín, y se lanzaron a la oscuridad (los intentos de suicidio eran infaliblemente nocturnos) como quien se libra de una sirvienta demasiado negra, o como quien se lanza en los brazos de aquella sirvienta negra que los había querido y había sido la única persona viva de la casa, además de algún geranio o el gomero, porque no se permitía tener animales vivos en el edificio. Tenían que estar disecados como papá o la abuela Teté, a la que no se le podía decir abuela porque aunque tenía 68 años parecía de 42 si uno la miraba como debía, si uno estaba tan amaestrado que no la confundía con una momia siniestramente resucitada por uno de esos propietarios de ojos saltones y boca corrompida que debían hacer ritos satánicos, y orgías con sacrificios de niños, cuando no se disfrazaban de caballeros para subir o bajar por el ascensor principal; en caso de que no fuera la atmósfera, irrespirable, completamente artificial, tan gris y muerta como un muerto de cáncer de cien años, atmósfera que habían comprado los propietarios junto con el edificio, la que los mantenía entre la vida y la muerte, en esa muerte en vida que todavía hoy, cuarenta años después, me veo obligado a respirar en mis pesadillas más asquerosas.
Si los propietarios eran famosos médicos o abogados o grandes comerciantes, los hijos y las hijas eran pálidos y esqueléticos (y generalmente dementes) y pálidas y esqueléticas (y generalmente dementes) y coleccionaban sellos de Andorra y soldaditos de plomo o muñecas de porcelana y manteles de encaje, además (los dementes) de estudiar la misma profesión de sus padres y (las dementes) de aprender a tocar el piano y recitar de memoria los poemas de Amado Nervo; si no estaban delirando encerrados o encerradas en el cuarto más secreto (inhallable en los planos) del apartamento. Debidamente medicados, pálidos y esqueléticos, pálidas y esqueléticas, bajaban y subían en el ascensor con un extraño temblor en los labios y los ojos completamente muertos y enterrados. En realidad, no me acuerdo de un solo hijo o hija que no estuviera completamente loco o loca. Los padres y madres, en cambio, derrochaban esa terrorífica cordura de los vampiros; nosferatus con orejas de ratas y labios bien apretados para no mostrar los colmillos: los vampiros, por más muertos que estén, saben que viven de la sangre ajena (de los hijos, por ejemplo) y no vacilan a la hora de buscarse el sustento allí donde esté, a diferencia de sus hijos dementes que ignoran sus intereses como todos los locos. La cordura de los vampiros, repito, aunque posiblemente fuera otra clase de locura, porque en el edificio todos estaban locos de atar, era más aterradora que la locura de sus hijos con sus temblores, espasmos, crisis repentinas (el balcón o pasearse en pelotas en el ascensor, los hijos; el balcón o pintarrajearse como putas, las hijas, una muñeca de porcelana en brazos a la que le hablaban y a la que presentaban, ya como hijas legítimas, ya como hijas ilegítimas; en este último caso, con una torcida sonrisa en los labios embadurnados de rojo y con dos manchas de colorete en las mejillas hundidas, si uno las encontraba subiendo o bajando en el ascensor, porque el portero tenía orden estricta de no dejarlas, o dejarlos, salir del ascensor, salir a la calle en ese estado, no fuera cuestión que las vieran los propietarios de enfrente, cosa infinitamente más humillante para la familia, que ya el célebre pedo en medio de la cena, pedo que llevó al suicidio a más de la mitad de los hijos y las hijas de los propietarios. Al menos, eso me decía el portero cuando yo le preguntaba por qué se había suicidado, o intentado suicidarse, el hijo o la hija del doctor o el abogado. —Se tiró un pedo —me decía, grave y solemne como un general. Cuando le dije a mamá que el hijo del médico se había tirado un pedo, explicando el suicidio o el intento de suicidio, se rio de mi «inocencia» y repitió mi estupidez a todos los miembros de Mi familia, al oído, a uno por vez, encantada con mi inocencia, con mi pureza. Así descubrí que el hijo de puta me había mentido; no lo denuncié porque le tenía miedo, todos los hijos le teníamos miedo, porque era un general y porque los propietarios más ricos del edificio siempre lo alababan en las reuniones de consorcio; el hijo de puta era su protegido, a pesar de ser un gordo borrachín y lame culos, uno de los animales más repulsivos que nacieron en el mundo, es decir, en el edificio; en fin, el hijo de puta era poderoso, porque sus protectores eran los propietarios más ricos del edificio, y mis protectores los más pobres o casi, y por otra parte era impensable una discusión en las reuniones de consorcio, porque las discusiones son de pésimo gusto, y el hijo de puta reventó siendo portero del edificio, sin que yo y los otros hijos pudiéramos hacer algo para que lo echaran a patadas en el culo, como él echaba a los «proveedores» y demás canallas, y a las sirvientas negras o gallegas. Mi único consuelo, pálido y esquelético como un hijo o una hija, es que reventó gracias a un cáncer de hígado, que espero que haya sido tan lento como doloroso; espero que haya reventado chillando como un puerco, mientras sus protectores estaban en Punta del Este, bien encerrados en la elegante oscuridad de su mansión aparentemente blanca, pero negra como el edificio era
aparentemente blanco pero era negro debajo de las continuas manos de pintura que la negrada le daba, después de negociar el precio con los propietarios, negociación que la negrada siempre perdía, por muerte, porque lo blanco siempre le gana a lo negro, aunque lo negro sea la realidad, la verdad, escondido debajo de miles de manos de pintura, más blanca que las damas sureñas de Lo que el viento se llevó , esa película de mierda que todos en el edificio habían visto cientos de veces para reafirmar sus convicciones más entrañables, y que habían disfrutado hasta la locura.
Yo estaba en Nueva York, donde estaba papá cuando nací, y había una tormenta en Nueva York: vientos salvajes, olas monstruosas. Y la Estatua de la Libertad se había transformado en un gigante verduzco, antorcha en alto pero jorobado y harapiento, que arrastraba un pie sobre el lecho del puerto, avanzando hacia Nueva York. Esta cosa inmensa, de metal oxidado, avanzaba rengueando hacia Nueva York, la cabeza hundida y casi invisible debajo de la capucha rotosa, el brazo demasiado largo y alto con la antorcha, avanzaba rengueando, como una montaña de hierro oxidado que se hubiera rebelado, para destrozar Nueva York hasta los cimientos. Y yo, en Montevideo, asustado, pero feliz, la veía avanzar hacia el puerto, hacia los barcos, en uno de los cuales estaba papá cuando nací, porque era capitán de marina, feliz y consciente, a pesar de mis pocas horas o días o semanas de nacido, yo estaba feliz como un demonio porque papá no estaba cuando yo nací, estaba donde no debía estar, en el puerto de Nueva York, en uno de esos barquitos que la Estatua de la Libertad pisoteaba, rompía, asesinaba, en su avance hacia Nueva York, desde el que papá me trajo un osito de peluche que todavía guardo, mi único amigo de la niñez en la oscuridad.
Mi padre, retirado de la marina, donde su padre lo había encarcelado para que la disciplina militar enderezara al «cabeza hueca» de la familia, caminaba muy erguido, ridículamente erguido, como si tuviera una tabla en la espalda, con porte militar, pero nunca se enderezó: hacía uno de sus «fabulosos negocios» unas tres veces al año (que se comían tres veces al año las rentas y propiedades de mamá) e iba al Yacht Club disfrazado de «aristócrata» para que sus amigos «aristócratas» lo invitaran a pasear en sus yates blancos como servilletas; es decir, mi padre era un completo inútil y un completo imbécil que, por otra parte, dedicaba algunas horas mensuales a la genealogía y a la heráldica. No era el único inútil, ni el único imbécil en el edificio que, además de empobrecer y arruinar a su familia con sus «fabulosos negocios» (por lo que mamá tenía que vender sus propiedades en el Diario Imperial), que se dedicaba a la genealogía y a la heráldica. Todos en el edificio buscaban a sus condes y marqueses en alguna rama lateral. Porque la genealogía y la heráldica, además de atraer invariablemente a los mariposones, atrae a los inútiles y a los imbéciles que se consuelan de su completa inutilidad y de su completa imbecilidad pensando que las supuestas glorias de sus antepasados los colocan muy por encima de la gente común y corriente: como si la valentía y la inteligencia se heredaran. Que se heredaban creían los inútiles y los imbéciles del edificio, basándose en teorías genéticas, ya no supuestas como las glorias de sus antepasados, sino directamente falsas, más falsas y repulsivas que la blancura del edificio negro.
Fui, según documentan las fotografías, un «lindo niño»; afeado, claro está, por las ronchas, los mocos, los estornudos, las pústulas, etcétera, de todo «lindo niño» alérgico a todo. A la Vida, en primer lugar. Al Gran Todo. Porque mi locura empezó en la niñez: tristeza constante, apenas interrumpida por inexplicables ataques de furia, «alergia» (mocos y pústulas en las cuatro estaciones, que eran una manifestación física, una así llamada somatización, de mi enfermedad mental incurable), desmayos tan repentinos que nadie atinaba a impedir que me reventara contra el suelo, etcétera, etcétera. Excepto para mi familia, era para todos evidente que mi cuerpo flacucho y encorvado, lleno de manchas y cáscaras en diferente estado de maduración, era un cuerpo loco. Yo quería esconderme de las miradas de los otros. Pero no podía esconder mi cuerpo porque nada puede esconderse, antes o después grita o chilla o canta, como yo estoy cantando ahora, porque nada puede esconderse, como yo no puedo esconder mi locura, o mis ojos, la desesperada tristeza de mis ojos tristes y desesperados que ya no abro, que solamente abro para escribir, porque nadie soporta verlos, ni siquiera yo mismo, yo menos que nadie, como nadie soporta leer lo que escribo, ni siquiera yo mismo y yo menos que nadie, aunque me esté riendo como ahora.
Mamá necesitaba creer que todo el mundo era «bueno», incluidos los chiquilines que me cagaban a patadas todos los días frente a sus narices, y de los que yo no me defendía porque si todo el mundo era «bueno» los chiquilines que me cagaban a patadas todos los días eran buenos, perfectamente buenos como mamá, aunque me cagaran a patadas todos los días, todos eran buenos, desde los propietarios del edificio hasta los chiquilines del parque que me cagaban a patadas todos los días, y de los que no me defendía porque yo también era bueno y los niños buenos no cagan a patadas a otros chiquilines buenos, por decreto materno, que es el mejor y el más indiscutible de los decretos, por más que me cagaran a patadas todos los días, me insultaran y me humillaran, etcétera, etcétera, yo le creía a mamá (hasta que llegó el glorioso día en que no le creí, en que temblando de alegría, feliz por primera vez y para siempre, descubrí mi ferocidad innata y golpe a golpe, como diría Serrat, patada a patada, fui mandando al hospital, aunque naturalmente hubiera preferido matarlo, a uno de los hijos de puta que me cagaban a patadas todos los días, es decir, antes de que Disneylandia, la Disneylandia de mamá, fuera tomada a sangre y fuego por un servidor).
Vivía, vivíamos, en un mundo «bueno»: en la versión materna de Disneylandia, mucho más feliz e inofensiva que la del hijo de puta de Walt Disney, ese nazi congelado, porque todos los hijos de putas rematados son incurablemente sentimentales y lloriquean al recordar la Infancia, y adoran a los niños y a los perros y lloran y lloriquean y lloran y lloran y lloran con Bambi, y sueñan y construyen palacios de cuentos de hadas, ciudades de cuentos de hadas, como Disneylandia, profundamente falsas, porque si fueran verdaderas ellos serían los primeros en tener prohibida la entrada. Claro que también había un mundo «malo», que nunca se nombraba, que no existía, pero donde vivían los ladrones y los asesinos, las sirvientas y los «proveedores», siempre haciendo chanchadas, aunque nadie los viera, en todos los huecos del edificio.
Venía. Venía el Salvaje de unos quince años, robusto y de ojos azules, que ya debe estar muerto o encerrado en un manicomio, que por alguna razón desconocida simpatizaba conmigo, pero no simpatizaba con el Gallego. Venía de otro lugar, un lugar inexistente. Venía, mirando fijo al Gallego, resuelto a destrozarlo con una violencia salvaje, la violencia de ese otro lugar del que venía. Venía con un salvajismo que nos aterraba. Aterraba también a los caballeros que, aterrados por el salvajismo que el Salvaje descargaba sobre las costillas y la cara ensangrentada del Gallego, se alejaban rápidamente. Los viejitos, la última generación batllista, se acercaban a una distancia prudente, para hablar de la paz y la tolerancia. El Salvaje los miraba como si estuvieran locos y enseguida con una mueca de desprecio; esos carcamales no sabían lo que era la verdadera vida: una golpiza que das o te dan hasta cagar sangre y sangre y sangre cada vez más negra. En ese otro lugar, en su lugar, lejos de la comedia de costumbres de la clase media, o directamente de la burguesía, el salvajismo era el único Capital que tenías y tenías que destrozar a alguien una vez al mes para conocer tu Estado de Cuenta. En realidad, el Salvaje no hacía nada distinto a los caballeros y los viejitos: ellos se respaldaban en su Estado de Cuenta al que consultaban una vez al mes y el Salvaje se respaldaba en su salvajismo al que consultaba una vez al mes o todas las semanas o todos los días. Yo lo entendía, por más que también entendiera que no iba a vivir mucho. Al menos venía de otro lugar, no de mi lugar, de un lugar habitado por guerreros que como todos los verdaderos guerreros sabían que había que enloquecerse para matar y morir como un hombre de verdad. En mi barrio no había hombres, sino caballeros y viejitos a los que nunca les habían ensangrentado la cara a rodillazos, protegidos desde el nacimiento por la Cuenta Bancaria de sus padres y sus apartamentos y sus ascensores, cosas que el Salvaje jamás había conocido o soñado porque usaba un traje marrón sucio y harapiento que le había robado a alguien, vivo o muerto, posiblemente muerto (algún amiguito de su madre, si tenía madre) a quien seguramente también le había dado una paliza brutal o mortal. Me acuerdo del Salvaje tal vez porque le simpatizaba, porque veía en mí que yo no era de su lugar y tampoco del mío, porque era de otro lugar como él, y no de mi lugar al que yo odiaba con un salvajismo muy parecido al suyo, demente, salvaje, incomprensible para mí mismo, como su salvajismo era seguramente incomprensible para él: dos locos perdidos definitivamente tanto para mi lugar como para el suyo, aunque simuláramos pertenecer a un lugar para sobrevivir día a día, pero sospechando que terminaríamos muertos o encerrados en un manicomio demasiado pronto, ya que la sobrevivencia depende de la pertenencia a un lugar, el suyo o el mío, y estábamos demasiado locos para ser parte de un lugar, cualquiera, el mío o el suyo, demasiado locos, demasiado rotos, demasiado enfermos, incurablemente enfermos, mejor dicho, para que una vuelta a su lugar o al mío fuera posible todavía. Sólo podíamos huir hacia adelante: él hacia el asesinato, yo hacia el suicidio. Porque ya se sabe que los psicópatas matan y los neuróticos se suicidan, como yo pensaba en suicidarme todos los días, y todos los días, para no hablar de las noches, dedicaba horas al tema: tirarme de la azotea, estricnina, cortarme las venas, ahorcarme, etcétera, etcétera, para no convertirme tarde o temprano en un muerto en vida como los propietarios del edificio, como mi padre o mi madre, o como esos caballeros y esas damas, muertos en vida, muertas en vida, que en la cena llamaban a las sirvientas, uniformadas de sirvientas, con una campana de plata, que también sonaba a muerte, como los cubiertos de plata y las bandejas de plata y los picaportes plateados. Y los picaportes dorados. Que las sirvientas, uniformadas de sirvientas, tenían que frotar durante horas, todos los días, horas encorvadas sobre una cuchara de plata, que siempre me parecía la misma, y
horas en cuatro patas encerando el living y lustrando, siempre lustrando, el tope dorado en forma de S de la puerta del living , y las antigüedades y los caireles de las lámparas y las patas de maderas (nobles) de las sillas, etcétera, etcétera, por lo que naturalmente nos odiaban y nosotros, los hijos, a ellas: negras de mierda, resentidas, enanas, ladronas y vengativas. Una de esas negras me llenó la almohada de agujas hasta que, después de hacerle un juicio sumario en el living , con las agujas definitivamente rescatadas de la almohada, mamá la despidió, aunque esa negra lameculos era una de las protegidas de mamá; la despidió porque aunque yo no fuera un lameculos era su hijo y mi vida había estado en peligro, a menos que haya sido yo el que llenó la almohada de agujas, cosa que dudo, cosa que no creo ni creeré jamás, porque siempre las agujas me aterraron gracias a mamá; las agujas avanzaban, decía mamá, lentamente hacia el corazón, a través de las venas o algo así, hasta que se te clavaban en el corazón y te mataban de golpe, aunque según mamá no había nada que no fuera mortal: los palos, los juegos, el agua, el calor, la lluvia, la falta de calcio, la apendicitis, y todo dolor de estómago era una apendicitis, los lunares y los granos, la leche no lo suficientemente hervida (porque la hervía tres veces), etcétera, etcétera. También ciertas amistades eran mortales: me prohibió jugar con el Pelado, con mi mejor amigo, porque el Pelado había venido de otro lugar, como el Salvaje, y tenía una peladura en medio del cráneo, seguramente contagiosa, tal vez alguna clase de lepra, alguna de esas enfermedades mortales traídas de algún lugar, del otro lugar, aunque el otro lugar no existía o no debería existir, salvo para proveernos de sirvientas y «proveedores» que nos contagiaban sus enfermedades mortales. Porque todo era contagioso y mortal, ésa era una de las chifladuras de mamá, me torturaba y nos torturaba en busca de una tranquilidad siempre precaria, siempre enferma, pero imprescindible para su tranquilidad, siempre precaria, siempre enferma, haciéndome dar, por ejemplo, aunque abundan los ejemplos, inyecciones de calcio todos los días, ya en la nalga derecha, ya en la izquierda, para alegría de las sirvientas, uniformadas de sirvientas, que me odiaban como yo a ellas, como ellas a mamá, aunque le lamieran el culo, hasta ser despedidas y dedicarse a la prostitución en ese otro lugar desde el que venían, desde el que las traían con sus bacilos y sus enfermedades venéreas, por lo que mamá no les permitía hacer la comida, que hacía «una señora de confianza»; como mucho se les permitía a las sirvientas llevar la comida a la mesa con guantes blancos al llamado de la campana de plata.
Yo, a diferencia de mamá, sabía que no era «bueno», y menos todavía perfectamente bueno, lo que, como es natural, produjo una resquebrajadura de 50 metros de largo en mi así llamada identidad, porque mi irreparable desconsuelo por no ser un niño «bueno», es decir, amado por mamá sólo me cortó por la mitad y, claro está, de ningún modo me libró de ser, como todo el mundo, un niño «malo», también malo como todo el mundo, y si no caí en la esquizofrenia lisa y llana, fue porque más o menos inconscientemente, pero tal vez conscientemente, inconsciente y conscientemente, fui también un niño «malo», en la medida de mis posibilidades, escasas, casi nulas, pero heroicas. Soy un héroe. Porque mi carácter heroico, este carácter espontáneamente heroico que me distingue, fue corroyendo el desconsuelo y la culpa, el dolor insoportable que me producía desilusionar a mamá, aunque fuera en secreto, en forma inconsciente, en forma inconsciente y consciente al mismo tiempo, inconsciente y consciente, consciente e inconsciente, aunque fuera de espaldas a mí mismo o de costado y otra vez de espaldas, a mamá y a mí mismo, la «maldad» se abrió paso con una valentía inaudita, propia de mi carácter heroico, y fui «malo» a escondidas, en secreto, pero sabiendo que me estaba preparando para ser «malo» en público, es decir, frente a los ojos de mamá y los propietarios y el mundo entero, «malo» como hoy, como ahora, que estoy escribiendo estas memorias más que «malas», malvadas, repugnantes, asquerosas y verdaderas o, mejor dicho, sinceras en la medida que la sinceridad puede tener alguna relación, siempre dudosa o mejor dicho quimérica, con la realidad. Estas memorias sin amor. Sin piedad, porque a fin de cuentas nadie me la pidió en mi niñez, ni en mi adolescencia, ni en mi juventud, ni en mi madurez, porque si mamá, en algún momento de imperfección, me la hubiera pedido, cosa que nunca hizo porque siempre fue totalmente perfecta y sobre todo perfectamente «buena», yo, tal vez, si ella me la hubiera pedido, no de rodillas, bien sentada en su sillón preferido me la hubiera pedido una sola vez, me hubiera dicho perdón una vez, una sola vez, yo la hubiera perdonado y no estaría escribiendo estas memorias perfectamente «malas» y perfectamente «malvadas», como ella fue perfectamente buena: ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, quemadura por quemadura, herida por herida. Dicen que fumo demasiado, que mi adicción a los psicofármacos (porque estoy loco) es un tiro lento en mi cabeza, que escribir de noche y dormir de día, etcétera, etcétera. Dicen que la vida es sagrada, pero hay que darle tanto espacio, tantas comodidades, a la muerte como a la vida, un sano equilibrio, para que Eros y Tánatos lleven a cabo su lucha, su lucha amorosa, como un hombre y una mujer, como una pareja equilibrada, sanamente equilibrada, porque la salud es tan o más mortal que la enfermedad, la mayoría de la gente se muere por culpa de la salud y no de la enfermedad, por no dejar que la enfermedad, cuanto más grave mejor, pese en el otro platillo de la balanza, porque así como nacimos para vivir y sobre todo para morir, hay que darle todos los días la mitad o más a la muerte; porque la muerte se venga puntual y brutalmente de aquellos que le cierran la puerta; hay que dejarla entrar para que conviva con la vida, como dicen los filósofos, y como decía el tío Willy, mi tío alcohólico, que vivió hasta los 54 años en perfecta armonía con la vida y la muerte, «que coman pasto las vacas», decía el tío Willy que casi no comía, y odiaba las frutas y sobre todo las verduras, sobre todo el pasto, hablando de algunos conocidos que siguen comiendo pasto asistidos por tres enfermeras en una casa de salud entre otros enfermos de Alzheimer, si no los partió un rayo o un accidente de tráfico a los 42 años y allí quedaron, con un vómito verde lechuga a la izquierda o a la derecha de la boca abierta. Se me habla del tabaco, de los psicofármacos, etcétera; pero les aseguro que sin ese espacio que siempre le concedí a la muerte, estaría muerto desde hace veinte o treinta años, por culpa
de la vida: ese castigo, esa otra muerte que tenemos la obligación de apartar y apartamos, si queremos vivir, apartamos 24 horas al día o al menos 16 o al menos 12 horas al día, si queremos sobrevivir a ese castigo, a esa condena, a ese aburrimiento que mata a los sanos y a los saludables a los 40 años o, peor, no los mata y tienen que vivir hasta los 80 años con babero y pañales y andador y creyendo que el camello que entró a su cuartito de la casa de salud, dos (o 20) camas por cuarto, es su hijo, aunque no tengan hijos, que se disfrazó de camello o perro o gorila para entretener a las viejas o viejos, en manos del titiritero, con su camello verde y su perro amarillo y su gorila violeta, como mamá me confundía con un camello o con el tío Willy o con su madre, a los 80 años, cuando su madre había muerto hacía 40 o más, y yo como un títere representaba a un camello o a su madre o al tío Willy o alguna de sus amigas viejas o muertas disfrazado de su hijo, o al revés, qué importa, si ella sólo podía babearse o decir que el médico le hacía «proposiciones indecentes», para no hablar de los negros que todas las noches querían entrar para violarla, a ella que siempre fue una dama, no fumó, no probó el alcohol, etcétera, etcétera, para terminar convertida en un montón de mierda lloriqueante y babeante que no sabía quién era, ni quién era yo, ni dónde estaba, ni qué le dolía, aunque se quejaba a gritos o, mejor dicho, con sonidos guturales como un animal herido de muerte, al que no se le permitía morir, porque las sondas, el oxígeno, el colchón de aire, los masajes, etcétera, etcétera, le salvaban la vida que es sagrada, aunque se cague encima y apeste, el juramento hipocrático la mantenía con vida, lejos de Holanda y la eutanasia, porque la vida es sagrada como gritan esos idiotas que gritan POR LA VIDA y contra el aborto y la eutanasia, qué valiente, qué humano, pero sobre todo qué valiente es protestar contra el aborto y la eutanasia, hubieran protestado contra la dictadura, desde siempre prohibidos en este país de mierda, gritar que se prohíba lo prohibido, porque nunca vieron a un viejo o a una vieja cagándose encima y delirando sobre los negros violadores, con babero y rodeados de viejas locas que caminan de un lado a otro o están atadas a sus sillas, delirando también, o preguntando la hora por centésima vez en una hora, o siendo atacadas por gatos imaginarios cien veces en una hora, a los que hay que espantar, por gatos, leones, manadas de lobos o rinocerontes, en el colmo de la angustia, del terror, caminando de un lado a otro, las manitos tapándose los ojos, gimiendo y lloriqueando porque la vida es sagrada.
Mientras tanto mamá y papá eran felices, es decir, infelices a su manera libremente elegida, y por lo tanto felices, o tal vez infelices; cosa que no me importó nunca, ni veo por qué debe importarme ahora que están muertos y enterrados. Lo único seguro es que yo era infeliz y que odiaba su felicidad, o infelicidad libremente elegida, porque yo no había elegido nada, salvo odiarlos, en el caso de que el odio sea una elección, difícil, dolorosa, devastadora, pero elección al fin libremente elegida, cosa que no me importó nunca, ni veo por qué debe importarme ahora que están muertos y enterrados, pero no sin antes dejarnos en la miseria, como siempre me habían dejado huérfano, en manos de las sirvientas a las que odiaba y que también me odiaban.
Mientras yo me paseo, subo y bajo, desnudo, en el ascensor de servicio; mientras mi hermana pasea a su muñeca de porcelana en el ascensor principal, o al revés; mientras papá sube con un salto juvenil a un yate blanco como una servilleta; mientras mamá, disfrazada de Vivian Leigh, está viendo Lo que el viento se llevó ; mientras mi otra hermana se está tirando del balcón; mientras yo bajo, desnudo, en el ascensor principal junto a la familia del cuarto piso: dama, caballero, hijo menor en traje de novia, hija menor vestida e hija mayor, que está tirándose del balcón al mismo tiempo que mi hermana menor, mayor que yo, por lo que teniendo en cuenta las diferentes alturas de los respectivos balcones resulta evidente cuál hermana tocará el suelo en primer lugar, llegará primero a la meta, si ninguna hace trampa, por ejemplo estirando un brazo para tocar primero la baldosa que le tocó en suerte o ayudando a la ley de la gravedad con la maceta y el gomero, cosa que ninguna hace por lo que mi hermana termina montada sobre la otra hermana, como quien monta un caballo desesperado, como un centauro hembra o algo así. Mientras papá timoneaba un barquito de papel, hecho con algunas servilletas blancas, y mamá vivía en Disneylandia, o directamente en el Paraíso, yo jugaba al fútbol en el parque con los hijos de los porteros, los grasas: el Gallego, el Estampilla, Rodríguez, el Lelo, el Pelado, etcétera, etcétera, porque yo era el único hijo del edificio al que le permitían jugar con los grasas, aunque no me lo permitían, simplemente iba a jugar con ellos sin permiso; era la dejadez, el caos, el abandono, mejor dicho, lo que me permitía jugar con los grasas sin que Mi familia se enterara porque nunca se enteraba de nada importante, Mi familia jamás se enteraba de nada importante, o no importante, mamá y papá abandonados a su felicidad, o infelicidad, libremente elegida, nunca se enteraban de que me habían cagado a patadas en el parque, ni de que alguno o varios de los grasas me habían dado una paliza merecida, cosa que reconozco, por ser el hijo de un propietario y no de un portero. Volvía, rotoso y sangrando, pero invisible, a encerrarme en mi cuarto donde vivía Dickens: Oliverio Twist , huérfano como yo. El único hijo del edificio que estaba cuerdo solía pasearse en el «hall» vestido de novia, con el resplandeciente vestido de novia robado a su madre. Un vestido resplandeciente, blanco como el edificio negro, lleno de voladitos y tules vaporosos, que Alejandro lucía desvergonzadamente para avergonzar a su padre (otro inútil y otro imbécil que se dedicaba a la genealogía y a la heráldica con una pasión excesiva, incluso para los parámetros del edificio). Era un muchacho buen mozo y bien humorado, aunque fuera «un homosexual» como decía mamá o un «maricón» como decía papá, aunque fuera más duro y menos afeminado que todos los hombres del edificio, excepto cuando se vestía de novia para mover las caderas sobre los tacos aguja, como una reina del Carnaval. Ni siquiera el portero, ese borrachín enorme y brutal, se animaba a decirle una palabra, por miedo de que Alejandro, alegre y serenamente, le rompiera la narizota roja de una de esas trompadas tan rápidas que les pasaban desapercibidas a quienes las recibían, incluso a todos los «machos» del edificio y alrededores, también al portero, antes de rebotar en los ocho escalones de la entrada del edificio, la única vez que se burló de la novia, porque estaba más borracho e inconsciente que de costumbre, hasta que Alejandro, varios años mayor que yo, se fue del edificio para no volver jamás, cosa que debimos haber hecho todos los hijos de los propietarios, vestidos de novia o no. Como teníamos dos autos, si papá no le había dado el último toque a uno de sus «fabulosos negocios», y solamente recorríamos las avenidas principales si teníamos que alejarnos del barrio, podía decirse que, salvo nuestro barrio, no conocíamos Montevideo en absoluto. Porque nuestro barrio no era un barrio, sino un barrio residencial, es decir, lo opuesto a un barrio, lo totalmente opuesto a un barrio. En los barrios
no residenciales, se nos decía, vivían los grasas: gentuza que se peleaba a gritos en la calle y se sentaba en el cordón de la vereda a bajar los refuerzos de mortadela con un escarbadientes entres los dientes, que no tenían, y hablaban de fútbol con los vecinos hasta que, ya fuera porque estaban borrachos, ya fuera porque eran hinchas de cuadros distintos, se acuchillaban, mientras las mujeres sucias y sobre todo despeinadas chismorreaban haciendo como que barrían la vereda, o algo así. Veraneábamos en Punta del Este, si papá no le había dado el tiro de gracia a uno de sus «fabulosos negocios»; veraneábamos en casas blancas e interminables y rodeadas de jardines verdes e interminables, por los que mamá se paseaba con una sombrilla y sus sirvientas o con una sombrilla y sus amigas, esposas de estancieros y diplomáticos, mientras yo jugaba con un palito en el que trasladaba a las hormigas, perdidas como yo, al hormiguero (o me pasaba horas despegándome, arrancándome, alguna de mis cáscaras) o me hacía la paja en mi dormitorio con vista al mar, a los yates blancos como servilletas, timoneados por papá, al horizonte esmeralda, etcétera, pensando en la sirvienta, joven y blanca, que mamá había contratado por el verano, y con la que pensaba fugarme, y casarme, porque estaba enamorado, aunque me ruborizaba y bajaba la vista cada vez que se me acercaba, uniformada de sirvienta, para decirle al señor, es decir a mí, que era hora del té. Mamá era extraordinariamente elegante y extraordinariamente fea, como papá era extraordinariamente elegante y extraordinariamente buen mozo (estilo: capitán británico). Yo me parezco a él y no a mamá: ese loro obeso, con sus ojitos diminutos y su gran pico curvo, trepado a un globo, vestido por los mejores modistos del país y del extranjero. Fue un casamiento, digámoslo así, de apellidos ilustres, porque tanto mi padre como mi madre se enamoraban de los apellidos y no de hombres o de mujeres como se acostumbra entre los grasas. Papá nunca se hubiera enamorado de una sirvienta apellidada Silva, como se apellidaba la sirvienta joven y blanca y dulce como un pajarito que mamá había contratado por el verano. —Es dulce como un pajarito —pensaba yo, en un arranque lírico cada vez que me la cruzaba—. Como un pajarito. Como un pajarito. Todavía no era el gran poeta que soy, naturalmente, y aquello del pajarito me bastaba y sobraba, hasta que vi cómo uno de los hijos de los estancieros o los diplomáticos la manoseaba en el jardín, cerca de la cocina, como si fuera una lechona y no un pajarito. —Lechona —le decía el hijo de puta, mientras la manoseaba—. Lechoncita. No dije una palabra. Porque yo no había aprendido a pelear en el British School sino en la calle o, mejor dicho, en el parque, con los hijos de los porteros, con los grasas que se habían colado en mi barrio; me acerqué, con pasos seguros, y le di un cabezazo en la nariz. Lo pateé cuando lo tuve en el suelo, mientras la dulce corría hacia la cocina, porque los pobres siempre corren hacia la cocina. Esa misma noche, mamá sentenció: —Rodolfo, no te conozco. —Nunca me conociste, vieja tarada. La vieja tarada se echó a llorar porque yo, a diferencia de ella y todo el mundo, no era perfectamente «bueno», como le gustaba creer, aunque al otro día ya se había olvidado de todo, como siempre, porque lo «malo» no se había hecho para ella o papá. Fue papá el que me preguntó, distraídamente, si estaba arrepentido y, distraídamente, le contesté que no. Echaron a la dulce, que tenía la culpa de todo, como las sirvientas, y la vi irse, llorando con sus ojos azules, con los mechones rubios sobre las orejitas, cargando una valija destartalada. Aunque vivíamos frente al parque más bello de la ciudad, había un acuerdo implícito en que era una ordinariez (una ordinariez imperdonable) sacar sillas a la vereda, o llevarlas al parque mismo, para conversar tranquilamente mientras se hacía de noche. Nos perdíamos: el aire limpio, los árboles, los canteros de flores, el canto de los grillos, etcétera, etcétera. Todavía hoy, cuarenta años después, en las más agradables
noches de verano, las calles y el parque están vacíos; el silencio de los cementerios. Eso de sacar las sillas a la vereda era propio de los grasas, que sacaban las sillas a la vereda o a la placita para tomar mate a la vuelta del trabajo y disfrutar del fresco, no sin comer algunos pan con grasa y otras porquerías. Se dirá que estoy hablando del único privilegio de los grasas. Pero no: a diferencia de los propietarios de los barrios residenciales, los grasas viven. No mucho, tal vez, por culpa de los bacilos y las enfermedades venéreas que aterraban a mamá, para no hablar de las cuchilladas y los balazos. Y no me olvido de la tuberculosis, que era uno de los grandes espantos de mamá y que la obligaba a obligar a las sirvientas a sacarse placas de pecho, «no sea que una de esas parditas asesine a toda la familia».
Pero no estoy siendo justo con mamá, las contradicciones de su «retrato» lo demuestran, ni con papá, lo que no me importa en absoluto porque la injusticia es el corazón de la realidad, el corazón negro, como también lo demuestran las infinitas injusticias que ellos, tanto mamá como papá, tanto papá como mamá, descargaron sobre mi cabeza incurablemente enferma por culpa de alguien, de ellos según los psiquiatras, de mí según otros expertos en el alma y el espíritu humanos. Lo indudable, según los psiquiatras y otros expertos, es que estoy loco. Que soy un loco peligroso, como lo demuestran mis ataques de furia o estas memorias, peor que «malas», malvadas; o mi afición a coleccionar (sinónimos: fabricar, intervenir) «imágenes» espantosas, que parecen salidas de una pesadilla, aunque las «imágenes» de mis pesadillas son infinitamente más espantosas y brutales, todas las noches de mis 56 años atormentado por las pesadillas más espantosas y brutales, pero estéticas, porque soy un esteta, todas las noches de mi vida despertándome media docena de veces con un grito mudo, la boca con olor a podrido, a mierda del infierno, cansado ya de vivir o, mejor dicho, tanto de estar despierto como de estar dormido, si puede decirse que lo que hago en esa cama de clavos es dormir, sudoroso y retorcido como un gusano, torturado por mis pesadillas cada noche más espantosas, más brutales, más salvajes. O más humillantes. Cuando papá se murió, ahogado, cosa del todo previsible porque era un inútil y un imbécil también piloteando un yate, mamá se vistió de negro y a los huérfanos nos vistió de gris y prohibió la radio y la tv por tiempo indeterminado. Era lo que se acostumbraba hacer en nuestra clase social, y mamá siempre hacía lo que se acostumbraba hacer en nuestra clase social. A nadie le fastidiaba el luto más que a ella, pero «nobleza obliga». Peor: su nobleza la obligaba a hacer más que lo que se acostumbraba hacer en nuestra clase social; tenía que representar la susodicha comedia de costumbres hasta el último acto y hasta el último parlamento, no fuera que sus amistades la criticaran y bajara algún punto en el ranking . Entonces, llegó la Virgencita: una estatuilla en una caja de vidrio, traída por una negra zulú y completamente loca, frente a la que todos, incluidos los vecinos, nos veíamos obligados a rezar demasiados rosarios todos los días. Teníamos las rodillas hechas polvo y los nervios destrozados, sin juegos, sin radio, sin tv, balbuceando tonterías día y noche frente a esa caja de vidrio, más o menos conscientes de que todo aquello era una locura, una locura ridícula, de la que nosotros y todos los vecinos y amigos de la familia estaban hartos, incluida mamá y el cura de la parroquia. Si cuento este episodio, ligeramente surrealista, es para ejemplificar que en casa los accesos de locura, y de locura ridícula, eran de lo más comunes; y que muchas veces tenían ese carácter religioso, por no decir místico, que me convirtió en ateo de por vida. Mamá le hacía promesas a la Virgen, porque era tan frívola como supersticiosa, sin reflexionar en las consecuencias; lo que nos obligaba a ir al cementerio, a la tumba de papá, todos los domingos, a rezar y a lloriquear con menor o mayor sinceridad frente al mausoleo de la familia, o ir a la Gruta de Lourdes para que la tuberculosis y las enfermedades venéreas, de las sirvientas, no asesinaran a la familia; y no hablemos de la poliomielitis o la viruela sobre cuyos síntomas mamá tenía opiniones tan siniestras como evidentemente absurdas. Necesitaba, para su tranquilidad, aunque la nuestra quedara hecha añicos con todas esas enfermedades horribles incubándose en nosotros, la protección divina. Contra las agujas y los alfileres, los granos en la nariz, los lunares, la meningitis, los tumores, los derrames cerebrales, las caídas, los golpes, la prostitución, el empacho, la miseria, etcétera, etcétera.
Mamá, ni yo puedo negarlo, tenía sus virtudes: una fuerza de voluntad, por ejemplo, tan inquebrantable como invencible. Cuanta idiotez se le ocurría era llevada a cabo sin la menor consideración hacia los demás, incluidos yo, mis hermanas, papá, aunque se había ahogado, Teté, etcétera. Invariablemente se trataba de idioteces que tenían una estrecha relación con el abolengo de Mi familia y abarcaban desde el «buen gusto» con que nos vestíamos al «buen gusto» con que nos comportábamos. No transigía; no retrocedía un solo milímetro. Por ejemplo, en una noche de Carnaval se le metió en la cabeza que tenía que disfrazarme de escocés. Un disfraz «precioso», traído de Escocia, que naturalmente incluía una pollerita escocesa. Le supliqué que no me obligara a vestirme de «maricón», le expliqué que mis amigos se iban a cagar de risa al verme, y que esa pollerita (por más escocesa que fuera) sería un castigo de por vida en boca de todos mis conocidos presentes y futuros y pasados: no hubo piedad. Tengo mi foto, de pollerita, escondida en el fondo de alguna caja polvorienta. Un documento, tan atroz como definitivo, que prueba a ojos vistas la fuerza de voluntad de mamá. Porque si yo no me vestía con «buen gusto» (lo que podía incluir una pollerita) o no me comportaba con «buen gusto», era tan perfectamente «malo» como ella era perfectamente buena. Y me castigaba, inaccesible y perfectamente vengativa, con una perfecta perfecta perfecta perfecta perfecta perfecta mueca de desprecio. Ya que, ¿lo escribo?, nos despreciaba: a papá, a Teté, a mí, a mis hermanas, porque nunca habíamos sido ni seríamos perfectamente perfectos como ella. Sí. Nos despreciaba (menos que a las sirvientas) porque, a diferencia de ella, no éramos perfectamente perfectos en todo: o porque no éramos perfectamente perfectos en nada.
Aquel que ha permitido que abuses de él, te conoce. William Blake.
Cuando le dije a mamá que no iba a ser doctor… Soy ventrílocuo. Mi muñeco se llama Rodolfo, y es un pingüino vestido de frac y dice: —Estuve un poquito «enamorado» algunas veces, naturalmente.
II Las muchachas de Pocitos
Estuve un poquito «enamorado» algunas veces, naturalmente. La mayoría de ellas me limité a seguir con la vista a la muchacha en cuestión y a pasar, de noche, frente a su casa. Resumiendo, fui honesto conmigo mismo. Sólo una vez cometí la estupidez de seguir a una chica durante algunas cuadras y de pararme frente a su casa. Al rato salió un hermano o un novio para mirarme con mala cara. Volví a Ada con una de las peores jaquecas que recuerdo, y todavía no puedo evocar semejante niñería sin un escalofrío de vergüenza. ¿Escalofrío? Más bien, cuando una de estas viejas humillaciones me asalta, mi cara se tuerce o cierro un puño o una de mis piernas se estira, desplazando una silla con un chirrido. Y suspiro. Ada me pregunta si me duele la cabeza. —Un poco —miento. Nunca le hablo a Ada de las muchachas. Ada opina que las responsabilidades de una familia siempre resultarían excesivas para mis nervios, tan enmarañados y frágiles. Y tiene muchísima razón, la pobre Ada. Sí. Reconozco, sin vacilar, que ya es tarde para pensar en una familia propia. Además de mis achaques invisibles, porque ya tengo 42 años, lo que se puede ver está lejos de resultar agradable. No es que me haya arrugado o encorvado; por el contrario, allá voy (erguido como un pingüino) con mi cara tersa y regordeta y los ojos redondos y asustados de una adolescente virgen. ¿Qué mujer puede mirar con interés a semejante hombre? A veces me pregunto qué dirían las muchachas al verme en bata y con un turbante en la cabeza (las eternas jaquecas), acompañado por los consejos maternales de Ada. No dirían nada; sentirían, no me cabe duda, algo de lástima con una gota de repulsión. Pero esto lo pienso, sobre todo, cuando estoy deprimido. No se me oculta que el mundo está lleno de hombres y mujeres como yo. Hombres condenados a la soledad por una falla, sin culpables, de su temperamento. Mujeres solas porque vivieron experiencias tan tristes y desalentadoras en algún momento de sus vidas que no se atreven, ni se atreverán nunca, a buscar lo que todos debemos tener en nuestro paso por la vida: el amor entre esposa y esposo, y la felicidad de los hijos. Hoy fui hasta la rambla, a eso de las once. William Blake es el poeta de mi corazón, tal vez porque su carácter firme y apasionado está en las antípodas del mío. Sin embargo: al ver a las muchachas en la playa, casi desnudas, cité en silencio al gran inglés: «La desnudez de la mujer es la obra de Dios». Patatín, patatán.
Mi hermana, mi querida Ada, está preocupada por mi salud. Siempre la preocupa, la «desespera», que se enferme algún miembro de la familia. Un quinto de fiebre. Tos. Un simple grano en la nariz. —Es el triángulo de la muerte —dice, señalando la nariz del moribundo. Vuela de la cocina a mi dormitorio con toda clase de medicamentos científicos y caseros. Cuando me cure el resfrío sentirá que venció a la muerte o, mejor dicho, que la muerte no existe. Nuestros padres murieron en un accidente automovilístico cuando ella tenía nueve años, pobrecita. (En el fondo del escenario, a espaldas de Rodolfo, el doble de Rodolfo estrangula a una sirvienta. Viola al cadáver. Se lleva la cofia y una gruesa liga negra. Un perro, flaco y sarnoso, orina en la boca abierta de la sirvienta. Se trata, naturalmente, de un actor disfrazado de perro amarillo. Pasan un heladero, un ciclista y un capitán de fragata).
Como no tenemos niños en la casa (si no contamos a Ada y a mí, claro), siempre recibimos con alegría a los tres hijos del tercer hermano. Andrés, el mayor, parece concentrar la energía y la decisión que debió haber sido repartida entre los tres. Es un hombre muy alegre; no ve la distancia entre lo que quisiera hacer y lo que hace. Si hay distancia (en mi caso, hay océanos y continentes), Andrés la recorre con un solo paso. Se entrega, se abandona a la vida como un gitano. Si quiere bailar, baila; salta de la silla y empieza a dar vueltas con Ada alrededor de la mesa de la cocina. Ada lo admira, tanto o más que yo. Andrés tiene la virtud de sacarnos de nuestra rutina o, para decirlo con palabras más duras, de nuestra apatía. Siempre lleva consigo, allí donde va, un aire de fiesta que contagia a todo el mundo. Yo suelo pensar que sin esa virtud, esa gran virtud, la vida más rica en frutos (o poemas) casi no vale la pena para ser vivida. Poder entusiasmarse con un vaso de agua es la mayor bendición que los mortales podemos recibir en este mundo. ¿Come demasiado? Está celebrando una de las cosas buenas de la vida. ¿Es «mujeriego»? Sí. Pero hace feliz a su mujer, y a otras muchas. ¿Tiene debilidad por el alcohol? Ni siquiera Ada se lo reprocha; sus debilidades (a fin de cuentas, tan menores) son la otra cara de su contagiosa alegría de vivir. Lo amamos sin reservas, sin medida. Como amamos a Marta, su esposa, y a sus tres hijos: Pedrito, Estrella y Susana. Susana es, por desgracia, la más parecida a Ada y a mí. La más silenciosa. La más débil. Se enferma, real o imaginariamente, a menudo: allí donde Andrés no puede levantarla (mi hermano cree que la salud es una elección tan simple como la alegría) aparece nuestra Ada con su interminable colección de píldoras y yuyos. Tiene montones de cajas de zapatos llenas de remedios, y en la cocina siempre hay infinidad de bolsitas de papel manila con etiquetas escritas a mano: marcela, guaco, tilo, malva, etcétera.
La Prudencia es una vieja solterona rica y fea cortejada por la Incapacidad. W. Blake
Ada es soltera. Yo, dado mi carácter, tampoco pude conquistar a una muchacha y fundar un hogar propio. Soy muy sensible; cualquier insignificancia me hunde en una pena tan abrumadora que, la verdad sea dicha, a menudo no me permite abandonar la cama. Un acto de violencia o crueldad entrevisto en la calle o el saludo frío de un vecino me desequilibra completamente; a continuación, no me queda otra alternativa que resignarme a la jaqueca: con un paño frío en la cabeza paso horas maquinando ideas vagas y horribles. Si no fuera por los cuidados de Ada, no sé qué hubiera sido de mí. Me hubiera vuelto loco, posiblemente.
El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría. W. Blake
El doctor Arnoletti, un viejo amigo de la familia, el otro día comentó en la mesa que sus hijos lo ayudaban a envejecer. Tiene 62 años y dos hijos casados. Lo dijo como una bagatela, para llenar un silencio, y Ada siguió perorando sobre remedios y enfermedades. Yo creo que no dijo ninguna insignificancia, sino una de las grandes verdades que me ha sido dado escuchar en la casa. Ada y yo no podemos envejecer. —Nunca envejeceremos —interrumpí, mirando a Ada—. No tenemos hijos. El doctor sonrió, confundido. Ada me palmeó la mano y, reconfortante como siempre, dijo: —Envejeceremos. Envejeceremos, naturalmente; pero nuestras arrugas serán diferentes porque nuestros dolores fueron, son y serán tan particulares, tan ajenos a los necesarios y verdaderos, causados por los hijos y solamente por los hijos, que nos transformaremos en monstruos. Durante la cena, repito, tuve esta idea: cuatro horas más tarde, sigue atormentándome. Hace rato me acosté (la cabeza envuelta en una toalla) con un dolor tan espantoso que sólo atinaba a repetirme que tengo jaquecas porque no tengo hijos y que toda mi vida no es más que una burla, una caricatura, de la «vida verdadera». Ada ya me alcanzó una taza de tilo; pensé que también esa infusión (y todas las infusiones de Ada) era otro instrumento de nuestra presente diferencia y futura monstruosidad. Envidio a los hombres, con vozarrones de trueno, que jamás lloriquean en privado o en público. Cuando Ada me oyó gimotear (estaba desvelada y bajó a tomar un vaso de leche) le dije: —Pensaba en mamá, querida. A nuestra edad podemos tener dolores musculares o reumáticos. No se considera apropiado, en cambio, que un hombre maduro llore a las tres de la mañana porque le duele su vida inútil, triste, perdida. Siempre fui tan inútil… Bueno, la verdad es que tengo una memoria asombrosa para mis torpezas y consiguientes humillaciones, reales o imaginarias, que sufrí desde los cuatro años de edad; ciertos días o noches difíciles me acuerdo de alguna de esas «cachetadas» (tal compañero de escuela me zamarreó; tal chica me rechazó; tal editor no me recibió; etcétera): entonces me recorre un escalofrío de vergüenza y, bueno, lloro como un niño.
La abeja laboriosa no tiene tiempo para la tristeza. W. Blake
Hoy encontré a Ada llorando en el jardín trasero. Su afilada y roja nariz se clavaba en un pañuelo bordado. —No llores, hermanita —pedí. Resulta que un intruso mató al gato de Ada. —¡Lo aplastaron con una piedra! —gritó, antes de perderse entre los árboles. Me parece horrible que el dolor, en ciertas personas, sea fatalmente ridículo. La nariz de mi hermana no fue hecha para el llanto; el Dolor con mayúscula, el Dolor más alto y respetable, rápida e inesperadamente, se vuelve contra ella y le muerde la nariz. —¡Mi gatito! —decía— ¡Mi amorcito!
(El doble de Rodolfo aplasta al gato de Ada con una Gran Piedra. Batman cae de rodillas y se lleva las manos a la cara, a la máscara o, mejor dicho, a los ojos cerrados)
Estoy en el sótano. Una vela me permite descubrir, de tanto en tanto, la silueta de una arcada. Tengo mucho frío, y por allí hay un insecto rascando algo. Hace un ruido espantoso y la humedad gotea sobre una caja de cartón con golpes de redoble… ¡El sótano! Allí escondía las cortaduras y machucones a papá y rogaba que una muralla infinita aislara nuestra casa para que nadie le dijera que yo era un cobarde. Algún día, casual o deliberadamente, alguien haría estallar la verdad frente a él: mi vergüenza se arrastraría, desnuda, hasta el sótano, para no mostrarse nunca más. No supe quién se lo dijo a ella; pero mamá susurró que los otros niños me insultaban y pegaban… Yo, en el corredor, me retorcía tapándome los oídos. Al fin, la muralla se había derrumbado: todas las precauciones, todas las mentiras, habían sido inútiles. Corrí a esconderme al sótano y recé para que me dieran un escondrijo —más profundo e inaccesible que el sótano— donde pudiera temblar a solas, lejos de papá. Fue papá quien me encontró en el sótano. Me abrazó, me besó y dijo: —¡Desde mañana, clases de lucha libre y tiro al blanco! —Sí, papá —dije, llorando de alegría. Papá falleció catorce días después y mamá (también destrozada por el accidente) sólo vivió un día más. Se amaban y amaban a sus hijos y eran amados por éstos; ojalá nos fuera dada a todos una vida tan hermosa como la suya.
Los tigres de la cólera son más sabios que los caballos del saber. W. Blake.
Hoy vi a una muchacha bellísima. La dejé ir. Ciertamente, hay instantes decisivos en la vida; pero los nuestros hace décadas que se perdieron en un tic o en un tac. Nuestro reloj ya no avanza hacia los actos heroicos e inmortales; es un reloj antiguo que prefiere marcar los tiempos cotidianos de un par de hermanos de mediana edad que se aman y se amarán, condena o bendición, hasta el final. Ninguna traición, ni siquiera el asesinato, evitará que Ada y yo estemos unidos hasta la muerte. Naturalmente, yo pienso que es una enorme bendición sentirse atado a otro ser humano. Compadezco a quienes no han podido, en toda una vida, ni siquiera hacerse cómplices de un asesinato; yo soñé que mataba al gato de Ada sin ayuda alguna y fue la soledad del acto lo que, al abrir los ojos, me pareció antinatural y, sobre todo, culpable. Nacimos para ser condenados a la bendición del amor, o la vida no es otra cosa que un asesinato sin cómplices donde somos la única víctima.
Lubricidad del chivo, generosidad de Dios. W. Blake
Hay cambios inevitables, seguramente. Pero uno no puede dejar de añorar la amabilidad de los viejos tiempos. Si el mundo está cambiando, yo prefiero quedarme rezagado junto a los ancianos de mi barrio. El otro día, nos pusimos a hablar con Ada del viejo almacén que estaba en la esquina de casa. Globos de cristal con golosinas. Mostrador de buena madera, lo mismo que los cajones… ¡La balanza! De metal. Resplandeciente. Los dos platillos. Las pesas de tamaño diferente. Las cajas de galletitas con ventana. Las grandes bolsas de arpillera llenas de granos de café, del mejor café. —La balanza era dorada —insistía yo. —Plateada —sonreía Ada.
Íbamos a las matinés de los cines Casablanca y Biarritz. Entre la segunda y tercera película saltábamos al bar de enfrente a comprar una tortuga de jamón y queso y una Coca Cola y volvíamos a instalarnos en nuestros asientos (alguien se había quedado a cuidar las bufandas y camperas) y allí estaba John Wayne golpeando a un negro con un palo o matando a cinco o seis indios perversos. El Casablanca tenía platea alta; allí se instalaban los más revoltosos con el solo fin de escupir a lo grande sobre la platea baja. Nos tiraban chorros de orina e, incluso, cosas peores (transportaban el armamento en bolsas de plástico); una vez lanzaron un gato vivo que cayó arañando a una muchacha. Hubo insultos y expulsados, si mal no recuerdo. También veo a una muchacha rubia (de la que yo estaba perdidamente enamorado) besándose con su novio en plena calle; como Ada y yo no estábamos seguros de que aquella escena fuera decente y tampoco estábamos seguros de que fuera indecente, nos levantamos con gran pesar y volvimos a casa diciendo que la última película era «aburrida». Unos días más tarde, papá y mamá la vieron y les pareció «encantadora». Ada y yo nos miramos como nos miramos ahora cuando dejamos ir otra oportunidad por ser incapaces de tomar una decisión peligrosa: como ver un par de besos en el cine, o trasladarnos a Buenos Aires y comprar un libro para mí y un vestido para ella. O alquilar una casa de veraneo. Todo nos parece demasiado complicado, agotador. En mi niñez quería ser farero. Papá y mamá se reían de mi «temprana vocación»; no entendían que sólo buscaba un lugar donde nadie pudiera alcanzarme. Allí estaba el faro de Punta Carretas, siempre a la vista, tentándome y tentándome; yo me imaginaba, completamente solo y feliz, allá en lo alto, a salvo de todo y salvando a los navíos de las tormentas y los piratas. Jamás bajaría de la punta del faro; viviría tomando ron como un marino y con varias armas de papá a mano. Los asesinos tendrían que subir la estrecha y larga y retumbante escalera de caracol para llegar hasta mi casa, donde yo los estaría esperando con un cuchillo entre los dientes. También había una muchacha en mis fantasías, pero no consigo explicarme cómo había llegado a acercarse sin que la matara por error con uno de mis trabucos.
La zorra se provee; pero Dios provee al león. W. Blake
—Encontraron a otra muchacha muerta —dijo Andrés. —… el colmo de un animal que nada, tío? —dijo Pedrito. —No sé. —Tiene cuatro patas. Hace grrr. Tiene un pescuezo largo. Es como un pulpo. Como en las películas. —Difícil —se quejó Ada, por encima de su tejido—. A ver: ¿es un pulpo? —¡No! ¡Un pulpo gigantesco! —Nos ganaste —dije. —¿Cuál es el colmo de un animal que nada? Que tiene patas. Una cola, pero no tan grande. Vive en el agua. —No sé —dije—. Me rindo, caballero. —No tiene pelo. —¿Qué es, mi amor? —¡Es un insecto gigante y un cocodrilo! —Nos ganaste —dije, mirando el suelo. —¡Siempre gano! —festejó. —Siempre —dijo Ada. —¡Papá, les gano siempre! —anunció entrando a la cocina. Andrés, sin aviso, en uno de sus arrebatos de oso, llega con toda la familia y desaloja a Ada de la cocina y se lanza a preparar (cantando y golpeando ollas) alguno de sus platos preferidos. Generalmente, se trata de comida muy picante. Yo, por algún motivo que desconozco, hoy estaba muy nervioso. Sentía, vaya usted a saber por qué, miedo: ese «colmo» que hace grrr y tiene cola de cocodrilo (pero no tan grande) y un pescuezo largo y cuerdas… Hace años tuve oportunidad de hablar, muy francamente, con un novelista célebre. Un hombre sencillo y veraz que le hubiera gustado a papá. También un hombre de reconocida valentía física y moral. No diré quién es; pero, charlando de alguna nimiedad, me confesó que era un «cobarde». Le dije que toda su vida probaba lo contrario, y él contestó que yo tenía razón. Pero también él. Desorientado, cambié de tema. Ahora entiendo lo que dijo. Teniendo un carácter tan frágil como el mío, se plantó frente al mundo como un hombre normal. Luchó, se casó dos veces, tuvo hijos, publicó novelas famosas y viajó y peleó en una guerra (donde fue condecorado). Aunque solamente hubiera realizado la quinta parte de sus hazañas o, mejor dicho, aunque sólo hubiera llevado la vida normal de un padre de familia, dada la fragilidad de su carácter, sólo podría hablarse en su caso de una extraordinaria valentía. Si yo me hubiera casado y tenido hijos, podría hablarse solamente de una valentía superior. Pero no hice nada. Es cierto que luché, luché hasta el agotamiento, con las palabras. Si en lugar de hombres me rodearan palabras, todos dirían que soy extraordinariamente valiente (y me condecorarían). Por Dios, basta de tonterías… En realidad, nunca ambicioné (¿cómo hubiera podido hacerlo?) ser un hombre valiente, sino tal vez un hombre bueno. Que no lo sea, por carecer de esa dosis de valentía que también exige la bondad, es otra cosa que habrán de perdonarme.
Piensa por la mañana, obra al mediodía, come por la tarde y duerme por la noche. W. Blake
Me gustaría saber a qué se debe mi inutilidad. ¿Es congénita? Nací, digamos, incapaz de hacerme una taza de té. ¿O es un virus contraído en la infancia? Según mis recuerdos, jamás serví para nada de nada; papá y mamá pensaron que una buena herencia suple cualquier virtud (la fuerza de carácter, por ejemplo) y no se preocuparon ni cinco minutos; la vitalidad de Andrés era, a juicio de ambos, tan admirable como superflua. Ya nuestros ascendientes, sobre todo papá, se habían ocupado de tener carácter y hacerlo valer en numerosas empresas grandes y exitosas. Sospecho que, incluso, les parecía natural que yo fuera un imbécil. Ser un imbécil fue un lujo que papá, a fin de cuentas, no pudo darse; en cambio, tener un hijo imbécil estaba completamente dentro de sus posibilidades financieras. Estoy siendo cruel, cruel inútilmente. Porque ellos no pensaban que yo fuera un imbécil, sino un muchacho «inteligente y bueno». Con poco temperamento, tal vez. Pero «inteligente», «bueno», «talentoso» y «dócil».
El orgullo del pavo real es la gloria de Dios. W. Blake
Me hicieron tres encefalogramas y otros análisis más dolorosos o más humillantes, pero sin ningún resultado; ninguno de los sabios descubrió que mi enfermedad estaba «en los nervios». Sea como fuere, lo cierto es que a los catorce años tuve que abandonar el liceo. El profesor, un hombre severo pero justo, me hizo pasar al frente y levantar una tiza roja… De espaldas a la clase, estuve cosa de un minuto absolutamente paralizado. Debo agregar que yo era uno de los alumnos más queridos de todos los profesores, incluido el de matemáticas. Esperaba que me luciera con los números, sirviendo de ejemplo al resto de los muchachos. Algunas risas empezaron a rebotar en mi espalda, cada vez más bulbosa y contrahecha. Parece que me desmayé y, luego, vomité en la enfermería del liceo. Hace años el psicoanálisis no era, como hoy, un deporte internacional; se resolvió que no volviera por un tiempo al liceo y, cuando alguien sugirió que era hora de levantar una tiza, rápidamente sufrí un ataque de asma (lo que hoy llaman una típica enfermedad psicosomática) que me liberó del polvo de los salones de clase, ya definitivamente. Ada, en cambio, fue una alumna exitosa (y condecorada); aunque no popular. Ada ni a los quince años resultó atractiva desde ningún punto de vista. Sus innegables virtudes son de las que pasan desapercibidas; yo estoy seguro de que hubiera sido una maravillosa esposa y madre, una de esas ejemplares «amas de casa» que sacan adelante el hogar del esposo más tarambana. Pero nadie, ni yo mismo, piensa en casarse con una abnegada «ama de casa»; pensamos en curvas pronunciadas y ligas negras y demás tonterías, antes que en lo que debe pensarse: la Familia. Papá siempre hablaba de la Familia con mayúscula. La generación de mis padres creía que los deberes familiares (y, por extensión, los sociales) no eran esa cosa aburrida y patética de la que se burla la televisión hoy en día, sino la verdadera sustancia de la vida. —La Familia —decía. Uno era padre, ciudadano y hombre de negocios y eso conllevaba una serie de responsabilidades muchas veces abrumadoras, sin duda, pero que enaltecían al hombre que las enfrentaba e incluso lo hacían superior al militar y al poeta. Yo también considero que no hay sitial más importante que el del padre; cambiaría gustoso mi pluma por haber podido llevar a una muchacha al altar. Andrés, tan distinto a papá en muchos aspectos, es el único que supo heredar algo de esa concepción (a la que no creo deslucir, sino todo lo contrario, llamándola «patriarcal») de la vida. Es el hombre que caza al venado para su Familia y lo trae en hombros al hogar, aunque en el camino se haya desviado para visitar a una amiga dudosa o para tomarse unas copitas de más. Un solterón de mediana edad es el sujeto menos indicado del Universo para disertar con respecto a la Familia, no hay duda; pero ¿quién le reprochará a un solterón de mediana edad que suelte dos o tres ideas, invalidadas por su misma inexperiencia, sobre el sueño de un sueño? Porque mi Familia, en el halo de la nostalgia, no es más que un sueño tierno. El sueño de un sueño tierno y conmovedor que, a veces, me despierta con una sonrisa… hasta que abro los ojos y papá y mamá y nosotros tres volvemos a la noche y a la nada. Andrés sostiene que, de haber vivido papá y mamá hasta la vejez, nos hubiéramos rebelado contra ellos y «sus dinosaurios». Él cree haberse rebelado, para empezar; seguramente tiene razón como de costumbre. Lo único que sé: mi vida, educado por mis padres y los «dinosaurios», hubiera sido diferente y más feliz. Su pérdida, cuando más los necesitaba, más que Andrés, más que Ada incluso, me dejó tullido… como si yo también hubiera estado en el automóvil que los embistió. Nuestro principal abogado (hay otros dos) nos visita cada tres meses: Ada se encarga de nuestra herencia, así como de nuestra economía doméstica. En realidad, opina que no hay la menor diferencia entre una y otra cosa. —Hay más ceros en una cosa que en la otra —digo yo, antes de olvidarme del asunto. El doctor Fuentes, ya sexagenario, es un caballero de baja estatura y sin
hombros; usa sombrero, gafas y es tan discreto que prácticamente no habla. Ada le sirve una taza de té y se lanza a perorar sobre nuestros bienes y a manosear libracos, como si fueran la libreta del exalmacén de la esquina. El doctor Fuentes tose dos veces y se retira hasta la puerta y se quita el sombrero y se inclina dignamente; yo me pregunto cuándo se resolverá (en beneficio de su papel) a llevar bastón; Ada sube a contarme que todo está en orden por los siglos de los siglos. No quiero saber de qué miserias se alimenta la poesía. Dos por tres, me juro a mí mismo dedicar mi próximo libro a quienes lo hicieron posible: «Al incierto montón de trabajadores que pagan mis cuentas». No me atreveré, seguramente. Ya es una costumbre que le dedique mis pequeños volúmenes a Ada. Un pintor, amigo de Tía Mercedes, al que oí una sola vez, dijo que se podía odiar la propia niñez. —Pero solamente despierto —corrigió, levantando un dedo magistral. Agregó que, a medida que envejecía, soñaba cada vez más a menudo con esos rincones encantados de la casa paterna, con esos rincones mágicos del primer barrio; últimamente, lo único que pretendía recuperar en su trabajo eran esos rincones bañados por la luz (doblemente fuerte y alegre) de la infancia. Yo que he odiado tantas veces mi vida ridícula de solterón, anoche soñé que, con Ada del brazo, recorría el jardín. No es posible describir la infinita paz que nos envolvía; el jardín, ya bastante extenso, parecía infinito, y los colores tenían una intensidad (y un aroma) que sólo dormidos podemos apreciar. En la vigilia siempre estamos tan perdidos en nuestros temores que somos incapaces de abandonarnos a la dulzura de vivir. Tía Mercedes, mi tía pintora, agoniza.
Hoy falleció Tía Mercedes, a los 83 años. Pintó (y manejó con terrorífica imprudencia) hasta su hospitalización; continuó pintando en la agonía, sin pincel y sin lienzos, en compañía de su hija Silvia. —Más amarillo —decía. ¿Buscaba, tal vez, la luz de la infancia? Le dijo a su hija, a mi querida prima Silvia, que su esposo (muerto de cáncer hace 50 años, poco antes de nacer mi prima) estaba de pie en el corredor. Le dijo que saliera al corredor y viera, por fin, a su padre. Mi prima, naturalmente, encontró un corredor en penumbras y sin nadie y volvió a entrar; Tía le aseguró que él estaba en el corredor, viejo como ella, pero con los ojos de siempre, y que fuera a conocerlo. Mi prima la obedeció… Poco antes de expirar, miró fijamente a mi prima y le dijo que tenía un hexágono en la frente. —¿Yo? —dijo mi prima. —Sí. —¿Un «tercer ojo», mamá? —No. Un hexágono. Y brilla —dijo mi Tía, tocándolo con la palma de la mano. Mi prima, en el velatorio, comentó que sus padres (luego de cincuenta años) tendrían mucho que decirse y que, sin duda, estaban hablando en ese mismo momento. Una muerte tan hermosa debe contarse; pero, además, quiero insistir en mi idea: solamente en ciertos estados, el sueño o una dulce agonía, podemos ver al mundo tal cual es, es decir, bello y conmovedor. Se me dirá que al soñar volvemos a la alegría de la infancia o que en la agonía tenemos «sueños compensatorios» frente a una muy triste situación, y se me dirá que un poetastro que vive recluido no tiene derecho a opinar sobre esto ni sobre ninguna cosa; pero yo sostengo que sólo nuestra obstinada ceguera (proveniente, tal vez, de nuestra obstinada maldad) nos impide ver al sol en toda su gloria. No pretendo, claro, ser el dueño de una idea tan vieja como el mundo; quiero dejar claro apenas que soy otro defensor (el defensor seguramente más indefenso) de la misma. ¡Ah, si pudiéramos olvidarnos por un instante de nuestras despreciables tristezas y entregarnos a la magnífica belleza de la vida!
El necio no ve el mismo árbol que el sabio. W. Blake
Hoy sorprendí a Ada mirando y acariciando el retrato de la abuela Clara. Patético, me dije. No está mirando la fotografía de un novio (o, al menos, un exnovio), por más imaginario que haya sido, sino el retrato de una vieja chiflada. Yo nunca simpaticé con la abuela Clara (le gustaban las excentricidades y los escándalos, tanto de joven como de vieja), pero siempre fue la admiración de Ada. Admiraba, por sobre todas las cosas, la vitalidad de esa vieja bruja. —Llegó el pingüino —decía, porque ella fue la primera en encontrar la semejanza—. ¿Cómo estás del reuma? Esto me lo decía cuando yo sólo tenía veintipocos años. Sostenía que yo había nacido viejo. Que era un viejo, viejo, viejo pingüinito. Ella, en cambio, se había casado dos veces (y llegaría a casarse una tercera), había viajado por todo el mundo y, a los 60 y pico, disfrutaba con los «chistes verdes» y se reía como una loca de atar. También se vestía como una loca de atar: carpas a rayas fosforescentes, zapatos rojos, amuletos enormes, etcétera. Dos por tres, se teñía el pelo de violeta o azul. Tenía una voz muy gruesa (el alcohol) y sus risotadas hacían temblar el apartamento; esa tienda de horrores «orientales» (me acuerdo de un cuadro con odaliscas) que llamaba su «nido de amor». —¿Cómo estás, abuela Clara? —saludaba yo, respetuosamente. —Se olvidó de la bufanda —le decía a Ada, mirándome de soslayo. —La trajo —decía Ada, seria. —¿Ahora viaja por el mundo con una, una, una sola, bufanda? —se colmaba de asombro, mirándome con sus ojos de búho—. ¿Y el pechito? Estamos en verano, pero no hay que olvidarse de las pulmonías… ¿Cómo estás, Rodolfo? —Muy bien. ¿Y tú, abuela? —Así, así. El doctor me dijo que no estoy en edad de cruzar a nado el Canal de la Mancha —se reía, dando palmadas como truenos en el brazo del sofá—. ¡Pero me divierto! —A mi costa. —El pingüinito no tiene sentido del humor. Es un pingüinito viejo —fingía apiadarse. —Sólo vine a buscarte, Ada. —¿A quién habrá salido tan insulso? —No todos podemos ser iguales, abuela —me defendía yo. —¡Lo que no podemos es ser tan distintos, Rodolfo! —sentenciaba—. ¿Será de la familia? ¿No habrá rodado de otro nido? ¡Dios me libre! —Basta, abuela —protestaba Ada. —Tenés razón, querida. ¡Besos para la abuela, aquí y aquí! —gritaba, refregando a Ada contra sus potingues—. ¡Chau, Rodolfo! Y ojo con las pulmonías. —Hasta pronto, abuela —decía yo, pensando que (de haber justicia poética) la mataría una pulmonía. No hay poesía. Ni justicia. Se murió de un ataque cardíaco mientras dormía; mientras soñaba que dormía en los brazos de un pirata malayo o algo por el estilo.
Después de todas las vergonzosas intimidades que confesé aquí, ya no importa decir que soy lo que se llama «un hombre de izquierdas». Ada, fiel a la memoria paterna, es colorada. Isabel, mi novia, cuyo padre es un hacendado a la antigua, vota a los blancos. Por último, Andrés es un fanático que (más allá de la caída del Socialismo Real) insiste en volar el sistema capitalista y en gritar que yo no soy otra cosa que «un-socialdemócratapequeñoburgués». Por supuesto, nadie se ofende realmente porque todos gozamos de una sólida posición económica y social. No se puede inventar la ira que produce un traje harapiento o la suba del precio de las papas. A fin de cuentas, el llanto de un hijo que tiene hambre no es teórico y en nuestro barrio todos los problemas sociales son más teóricos, más lejanos, que los propios cantegriles. Ada teje y junta ropa para los niños pobres y lleva, con otra media docena de señoras, los paquetes hasta el umbral de la Parroquia. Su anticlericalismo (y ateísmo), heredado de papá, es uno de los rasgos que la salvan de convertirse en una auténtica solterona. Isabel, Andrés y yo no hacemos nada porque no sabemos tejer y porque, hablando en serio, la sola idea de la miseria nos angustia y deprime. Preferimos (como preferirían los habitantes de los cantegriles) vivir en una campana de cristal. El sábado, defendimos nuestras barricadas políticas. Yo reconocí que mi monstruoso egoísmo me avergüenza, pero ¿qué hacer? Isabel dijo fríamente que los pobres no querían una sociedad justa porque la necesidad de humillar a los demás forma parte esencial de la condición humana. Ada, completamente desorientada, miraba un punto invisible. Andrés (fundador y propietario de algunas fábricas y, seguramente, carácter muy capaz de humillar a sus empleados) bufaba y daba patadas en el suelo. Alguien preguntó si había llegado el momento de tomar el café, y se cerró el Parlamento sin más dibujos. Yo creo, en resumen, que no fuimos educados para entender los problemas sociales. Nacimos para cuidar y mantener uno de los barrios más hermosos de la ciudad. Para mantener el clima amable y provinciano (amplios jardines, piedra venerable) que nos legaron nuestros antepasados. Cuando toda la ciudad se haya convertido en un batiburrillo de cajas de zapatos (color cemento), todos vendrán a admirar con nostalgia el tiempo en que la vida era tranquila y agradable. Esta tontería no la pienso solamente yo; cuando los nietos de un vecino vendieron su casa (a pocas cuadras de la nuestra) para construir una de esas espantosas torres modernas… todo el barrio los maldijo hasta la última generación. Barbarie, fue la sentencia. Andrés, con botellas de champaña y un lechón entero y fuentes de ensaladas extravagantes (y, seguramente, incomibles), trajo un cadáver al hombro. El cadáver de una muchacha. —Es un Judas —explicó, tirándolo en el jardín. Tenía piernas de mujer (serruchadas a un maniquí, supongo), una gran panza, nariz de zanahoria y un puntiagudo sombrero de bruja. Grandes mostachos de pistolero mexicano. Lo colgó entre dos árboles, subiendo y bajando de la escalera amarilla (la de podar), gritando que había llenado al monigote de «granadas y misiles». El cuerpo bamboleándose, en la oscuridad, con esas largas piernas de mujer, no me pareció divertido: era como si Ada o Isabel, o alguien de la familia, se hubiera suicidado en el jardín. —Ahora sólo faltan dos o tres lamparitas. ¡Traje un alargue! —gritó. A medianoche, con el estómago revuelto, tuve que contemplar la tronante y espantosa destrucción; si no misiles y granadas, había colocado entre la paja todo lo que se puede comprar en una fábrica de fuegos artificiales. Por último, el cadáver ardió un tiempo en silencio (mientras yo cabeceaba de sueño) y se desplomó sobre mí. Me desperté, bruscamente, y lo vi apagarse entre los árboles. Feliz año nuevo, pensé. Claro que, por otro lado, me gustó la bienvenida a la familia que Marta (la esposa de Andrés, tan exuberante y robusta como él) le brindó a Isabel. Y también me gustó la felicidad (que tal vez sólo produce una buena película de
terror antigua) que se reflejó en las caritas de los niños a cada nueva explosión, mutilación, del Judas. Como broche de oro, Andrés de pie y lagrimeando brindó por la belleza de la vida. —Rodolfo piensa demasiado —acotó. Pero la vida, ah, la vida era una fiesta interminable, etcétera; terminó el discurso y corrió a la cocina a buscar más alcohol y a servirse el último plato de la noche; más lechón, más ensalada, más y más y más. ¿Cómo no admirarlo?, pregunto.
Aquel que desea pero no obra, engendra peste. W. Blake
Evidentemente, no apruebo la forma en que está organizada la sociedad. Ni esta, ni ninguna otra. Aunque lo más seguro es que no apruebe cómo está organizado el Hombre. Demasiada crueldad en todos nosotros, opino. También en mí, si tuviera el coraje suficiente para ejercerla. Hace días encontraron a otra muchacha muerta en el parque. La policía está desorientada. ¿No vivimos en un mundo enfermo? ¡Dios mío! Estoy desesperado. Lo que los malos se olvidan de romper, lo destruyen los tontos; en tercer lugar, y entre los escombros, vienen los santos gritando que debemos amarnos los unos a los otros. En cuarto lugar, aparecen los verdugos; la maldad y la tontería se morirían de aburrimiento si los verdugos no despellejaran a los santos en público una o dos veces por día, por hora, por segundo. Lo único que se puede hacer es, como un monje, recluirse en una vieja casa gris. Y acostarse. Una toalla húmeda en la cabeza. Me duele, horriblemente.
Isabel está resfriada. Una magnífica noche para encerrarse y leer una novela junto al fuego, reconocí. Le deseé una rápida mejoría y le pasé el teléfono a Ada para que le recomendara alguno de sus yuyos y potajes. Puse tres leños en la estufa y me abandoné a la felicidad de leer una novela policial. Inglesa, naturalmente. Me decidí por la querida Anthony Gilbert… ¡Qué no le debemos a esa dama! Allí también los personajes leen junto al fuego, mientras en la calle (y en la fría niebla de Londres) los asesinos estornudan… Pensé un instante en el resfrío de Isabel, bebí otra copita de jerez y seguí leyendo hasta que la cabeza se inclinó y el libro cayó en la alfombra con la prudencia de un gato bien educado. Soñé que Isabel estaba con otro hombre y, al despertarme, pensé que Isabel estaba con otro hombre. —Dormiste un buen rato —comentó Ada, por encima de su tejido. —Ustedes, las damas, son muy distintas a nosotros —dije—. ¡Y muy parecidas entre sí! —¿Te duele la cabeza, querido? —Sí, un poco —dije. —¿Una toalla mojada? Hoy, a eso de las cuatro de la tarde, encontré a Ada colgada del álamo. Ese álamo, en el que no había reparado en las últimas décadas, creció de una forma absolutamente monstruosa. Cuando éramos niños, podíamos subir a las ramas más bajas y desde allí trepar hasta la copa; hoy, como si una especie de enfermedad hubiera atacado al jardín, las ramas más bajas amanecieron gruesas como mi brazo y estaban a tres metros del suelo. Ada apoyó la escalera amarilla (la de podar) en el tronco y se ahorcó de una de esas ramas cancerosas… Ahora son las doce pasadas y, aunque el doctor Arnoletti me dio un fuerte sedante, no puedo conciliar el sueño. Andrés e Isabel fueron a ocuparse de todo lo referente al sepelio… Yo, aunque en mi estado pudiera ocuparme de alguna cosa, no creo ser digno. Tal vez no heredamos nada que cuidar y mantener… Tal vez los pobres no vendrán a disfrutar de la tranquilidad provinciana de nuestro barrio, sino a vernos colgados de los árboles. Ada hubiera querido ser extravagante, tan loca y agresiva como su querida abuela Clara. Pero nuestra generación nació débil e impotente, y suicida.
Mientras yo estaba comprando fruslerías para Isabel, mi hermana entró al jardín… ¡Dios mío! ¿Alguien puede saber cómo quería yo a mi hermana? La mejor parte de mi infancia (y, por lo tanto, de mi vida entera) se fue con Ada. Todos la dejamos sola: nuestros padres, Andrés y finalmente yo mismo. Todos, empezando por nuestros padres, la engañamos. Le dijimos que si era dulce y abnegada y, en una palabra, buena (virtudes que, dicho sea al pasar, nos eran muy convenientes) sería una mujer feliz. Ella dijo una vez que bastaba un instante para convertirse en un hada de cuento. Su nariz se puso roja y bajó la vista. Quiso decir, seguramente, que bastaba un instante para que un hada convirtiera a una simple mujer como ella en una princesa. Soñó con casarse con el hijo de algún rey o de un simple campesino. Pero no. Pero no se lo permitimos: nos aprovechamos de ella, antes de dejarla colgarse de un palo como un trapo viejo. Estoy seguro de que no supo culparnos de nada, de que también le negamos la posibilidad de saber que estaba rebelándose, vengándose de la serie infinita de abusos y postergaciones que fue su vida entera. Estoy seguro de que ella se creyó la única culpable de un suicidio que, como siempre, fue el más cobarde de los asesinatos. Si Dios existe, como ella no creía, sólo espero que jamás nos perdone. (Esta fue mi plegaria, Ada. No me retractaré de ella, ni diré otra). Amén.
Soñé que habían llenado la Playa Pocitos con viejas butacas de cine; me acerqué a unas personas sentadas que charlaban y contemplaban el mar. Dije que yo era de una época anterior; la gente no iba a la playa como si el mar fuera una pantalla cinematográfica. —¿No? —dijo una espalda. —¡Veníamos a bañarnos! —grité, sorprendido. Había un fuerte viento y hacía frío; la mayoría de los espectadores estaban de traje y con las solapas levantadas. Alguien pasó una botella de vino… El mar estaba embravecido, pero muy hermoso: olas muy plateadas, muy altas y muy lentas. A la derecha, un hombre de traje marrón sacaba un enorme pez de un hoyo en las rocas. Volví a casa porque, en mi sueño, nuestro jardín incluía una escalera de madera que desembocaba en la arena, en la playa misma. Subí por los gastados y queridos escalones y entré a nuestra casa. El tiempo había cambiado: ahora estábamos en una mañana luminosa de sol (era pleno verano) y todas las cosas brillaban y había un niño mirando una bola de cristal. Nos encontramos… —Permiso —dije. —Mucho gusto —dijo el padre. Se trataba de una familia grande: el padre era robusto y la madre delgada y elegante y había siete u ocho hijos rodeándolos y mirándome con los ojos desorbitados. —Antes —dije— fue mi casa. ¡Y espero que sean ustedes tan felices en ella como lo fui yo! —¡Gracias! Repetí que tendrían una vida maravillosa, en esa casa. Y me fui, acompañado por las miradas sonrientes y maravilladas de todos. Un sueño delicioso, en una palabra. Hoy fuimos con Isabel al jardín y paseamos del brazo como si Ada estuviera viva. No. No. Debo confesar que Isabel, esa novia de la que alardeé tanto, no existe. Hace años que para aliviar mi soledad, una vez al año por lo menos, me regalo una muchacha. No ignoro que es patético; pero sobre todo es triste e, incluso, conmovedor. ¡Un hombre de mi edad cortejando a una muchacha imaginaria! ¡Estoy tan solo! A veces, la casa se transforma en una cárcel y huyo. Recorro las calles como un fugitivo y, a menudo, termino en el parque con el solo propósito de escuchar las voces de los otros.
Nunca perdió más tiempo el águila que cuando escuchó las lecciones del cuervo. W. Blake
III Vivir a veces
Cuando a los 14 años le dije a mamá que no iba a ser doctor, que las muñecas de las solteronas dementes me habían cuchicheado miles de veces que mi destino era la ventriloquia, sino ventrílocuo, el «abolengo de mi Familia» gritó que lo había traicionado y mamá gritó que estaba loco y que era una vergüenza para «el abolengo de mi Familia» y la memoria de mi padre, ahogado en el cumplimiento del deber, deber que yo me negaba a cumplir en memoria de mi padre, en honor de mi apellido y para la mayor grandeza de la Historia, aunque mi apellido no estaba en los libros de Historia, pero debería estar o casi estaba. Mis dos hermanas se pusieron del lado de mamá, como siempre. Otra vez. Mis hermanas se pusieron a cada lado de mamá, es decir, contra la ventriloquia o, mejor dicho, contra mí: el idiota, el inmundo, el loco, el mierda, el Traicionado. —¡Quiere avergonzarnos! ¡Arrastrarnos por el fango! —gritaba mamá y gritaban esas dos futuras solteronas, aunque la menor se casó o casó a su apellido con otro apellido, y la otra se tiró del balcón y quedó cuadripléjica y sólo puede mover la cabeza, como el muñeco de un ventrílocuo, como el pingüino de un ventrílocuo, aunque las dos parecen solteronas, la que casó a su apellido, sin hijos, y la otra, con gatos; las dos parecen solteronas, una sin hijos y la otra con gatos, y también sin hijos, frías y estériles como sus muñecas, esas muñecas pintarrajeadas que las llevaban a pasear en el ascensor del edificio negro o al revés, una vez ellas a sus muñecas, otra vez sus muñecas a ellas, ya como hijas legítimas, ya como hijas ilegítimas, o algo así, porque si la verdad es oscura la realidad es negra como el edificio blanco, profundamente negro, con el que sueño todas las noches y todos los días, es decir, el día entero, durante semanas y meses hasta que me despierto y escribo estas memorias, más que malas, malvadas. Mis hermanas se habían puesto del lado de mamá; otra vez, como siempre, me habían traicionado. No entendía por qué siempre me traicionaban (porque no entendía el poder del Poder) y lloraba a escondidas, diciéndome que era la última vez que esas dos traidoras me traicionaban, que era la última vez que iba a ver a toda la familia (mamá, papá ahogado, mis dos hermanas, Teté, etcétera) unida contra mí: el idiota, el inmundo, el loco, la mierda, el Traicionado. Lloraba. Porque, sencillamente, nadie y nadie y nadie me quería de verdad y lloraba porque, cuando alguien me quisiera, mis hermanas me traicionarían otra vez, como siempre, otra vez se pondrían del lado de mamá para echarla, a esa grasa, a esa «pardita» que sólo quería ensuciar con sus patas «el abolengo de mi Familia», a esa «negra», a esa sirvienta, tan inmunda como yo, tan inocente como yo, traicionada, herida, ofendida por mis hermanas, una y otra vez, como siempre, hasta que se vengara y hasta que nos vengáramos. Y nos vengamos, sin piedad, una y otra vez. Como siempre. Sin amor. Sin piedad, como estas memorias, peor que «malas», malvadas. Aunque las haya perdonado, como ellas fingían que me habían perdonado, al menos hasta la próxima traición, ya que nadie perdona a nadie y tiene que pagarse la deuda hasta el último centavo, porque así estamos hechos como se hacen los cuchillos como se hacen las balanzas como se hace la justicia, aunque al final les haya perdonado esos treinta dineros que creyeron ganar. Y que perdieron, porque yo gané. Otra vez y como siempre. Visito a mi hermana mayor, la cuadripléjica, una o dos y hasta tres veces por semana, junto con mi esposa, la «pardita» y alguno de mis siete hijos, entre los propios y los adoptados. Mi otra hermana, la menor, no la visita nunca porque es depresiva, depresión crónica, y se deprime al ver a un muñeco de ventrílocuo convertido en su hermana, cada día más loca por culpa del edificio negro y de su inmovilidad y de los gatos, una docena de gatos que tomaron el lugar de sus muñecas, con los que habla cuando no habla conmigo o con la «pardita» o con la sirvienta que la atiende y atiende a los 12 o 14 gatos con nombres y apellidos ilustres, como el de Mi Familia,
para que nadie diga que traicionó al «abolengo de Mi familia», pobrecita. Las arrastré por el «fango», como dijo mamá. Pero también las perdoné. Me casé con una «pardita», pero también las perdoné. Estoy loco y soy una mierda, pero también las perdoné. Lloré a escondidas, pero también las perdoné. Me gano la vida con un muñeco, pero también las perdoné. Me cago en «el abolengo de mi familia», pero también las perdoné. Vivo en un barrio no residencial, pero también las perdoné. Soy un grasa, pero también las perdoné. Como refuerzos de mortadela, pero también las perdoné. No soy doctor, pero también las perdoné. Tomo el fresco en la vereda, pero también las perdoné. Tengo hijos «parditos», pero también las perdoné. Mi esposa es cajera en una tienda, pero también las perdoné. Mis amigos son ventrílocuos o cosas peores, pero también las perdoné. No perdono a nadie, pero también las perdoné. Soy un «pobretón», como dijo mamá, pero también las perdoné. No me baño todos los días, pero también las perdoné. Fumo demasiado, pero también las perdoné. Mis hijos van a la educación pública, pero también las perdoné. No puedo pagarles la sociedad médica, pero también las perdoné. Van al hospital, como sus padres, pero también las perdoné. Voy a morirme en un hospital, rodeado de grasas como yo, pero también las perdoné. La «pardita», mi esposa, también las perdonó: gracias a mamá. Nadie, ni siquiera una «pardita», tuberculosa y con enfermedades venéreas, que hubiera conocido a mamá, podía dejar de entender y perdonar a quien había estado bajo la pata diabólica de mamá. Gracias a mamá, aunque estuviera muerta y enterrada, lo que no es seguro ya que puede aparecer en cualquier momento para desatar el Infierno y todos la esperamos con mayor o menor disimulo, la familia volvió a reunirse. Nos reunimos una vez al año, a fin de año generalmente, esperando a mamá con menor o mayor disimulo, y mi cuñado, un arquitecto exitoso en su profesión, vivaracho y bromista, trata de mantener en alto el espíritu festivo, mientras mi hermana menor y su depresión crónica, que la obliga a tomar demasiados medicamentos, cabecea en su lugar y mi hermana mayor, instalada en su silla de ruedas, se pregunta dónde están sus gatos, que no están porque estamos en mi casa, y cree verlos debajo de los muebles, a veces debajo del sofá, a veces en un rincón oscuro, por lo que mueve la cabeza como el muñeco de un ventrílocuo en busca de uno, aunque sea uno de sus gatos, mientras la «pardita», como una sirvienta, pero no uniformada de sirvienta, sirve la comida, mientras yo busco y veo a mamá y, con mayor o menor disimulo, disimulo que está a mis espaldas y hasta sonrío a la hora de brindar. Feliz año nuevo. Mi hermana menor o, mejor dicho, su esposo, mantiene a mi hermana mayor y a sus gatos. Mi hermana menor la mantendría y no su esposo, pero mi hermana menor no puede mantenerla porque no puede mantenerse, ni siquiera puede mantenerse en pie y duerme todo el día, lo que no le reprocho porque hay que vivir a veces o nunca, preferiblemente nunca, aunque algunos aceptemos vivir unas pocas horas al día, las menos posibles, seis como máximo, por amor a nuestras «parditas» y «parditos» y la «pardita» que los parió o adoptó, y por amor al arte de la ventriloquia y otros amores y otros odios de los que también hay que ocuparse si uno, como los grasas, quiere vivir o, mejor dicho, vivir a veces. Mi hermana menor, tirada en un sofá o en su cama, por culpa de los antidepresivos, me repite, con los ojos entornados y su voz de sonámbula o de médium, que soy inocente, que no soy cruel, que sólo tengo los ojos abiertos y no como los de ella siempre entornados para no ver la crueldad, para no verla como yo la veo, siempre, con una exactitud de una crueldad exacta, me dice con su voz de sonámbula o de médium, como si la crueldad me hablara o, mejor dicho, hablara a través mío como si yo fuera un médium o un sonámbulo. Y tal vez mi única crueldad, o perversidad negra como el edificio, es mi fascinación por la crueldad, a la que estudio desde que nací, y a la que aliento en mis
prójimos para que la ejerzan en mi contra, para estudiar hasta dónde son capaces de llegar, y siempre llegan demasiado lejos, si uno los alienta para estudiarlos o, mejor dicho, para tener su corazón en la palma de la mano y estudiarlo como se estudia a un sapo o a una rata en una mesa de disección, porque, ¿no es bajo el precio (una o dos crueldades en mi contra) que pago a cambio de tener un corazón desnudo bajo la lámpara y la lupa en la palma de la mano y mesa de disección, con un bisturí hundido en el centro? No sólo yo, Rodolfo, sino también mi muñeco, Rodolfo, participa de la operación, porque somos uno y dos al mismo tiempo los que nos horrorizamos al ver «lo que encierra un corazón humano», y también nos reímos a carcajadas porque la crueldad presenta a veces extremos asombrosos que despiertan la así llamada carcajada de asombro o carcajada sorprendida, según el autor, como cuando se ve una pila de cadáveres de treinta metros de altura o una cabeza o un corazón (o una mano o un pie) en un plato o fuente de mesa. Mi hermana, la menor, abre los ojos por un instante y me mira a los ojos y sonríe un instante y cierra los ojos y se duerme, porque la realidad o, lo que es lo mismo, la crueldad de su casa blanca, pero negra, y de su barrio residencial, es demasiado para ella, lo que no le reprocho porque la vida la traicionó, como mamá y el «Abolengo de mi familia», como ella a mí cuando vivíamos en el edificio negro, y la pobre sólo quisiera no haber nacido o, lo que es lo mismo, sólo quisiera haber nacido en un vientre cálido o tibio al que busca, y a veces encuentra, durmiendo en un sofá o en su cama, en su casa o casona, mejor dicho, con losa radiante, en Pocitos. Y la beso en la frente y me pregunto si no fui excesivamente duro con ella, porque la quiero y quiero a mi hermana cuadripléjica, excesivamente duro, excesivamente lúcido, impiadoso, cruel y desalmado como mamá, pero como mamá no, como mamá nadie, así que me voy, la conciencia intranquila, porque sólo mamá tenía la conciencia tranquila, mamá y Hitler, me digo, antes de que la última sirvienta me abra la última puerta y me odie, como un nazi a un judío, porque ¿qué clase de mierda no es capaz de abrir una puerta por sí solo?, ¿qué clase de mamá necesita a una sirvienta o a un judío para que le abra la puerta, si no quedó bimanco en la Segunda Guerra Mundial como un soldado nazi?, hasta que salgo al jardín donde me ladran un par de dóberman encadenados, a los que sueltan de noche para que los grasas, es decir, los ladrones, no violen la casa o casona por la noche y violen y asesinen a las sirvientas y a mi hermana menor, mientras el arquitecto le está poniendo los cuernos con una secretaria o un secretario en el otro extremo de la ciudad negra. Hitler y mamá o mamá y Hitler estaban tomando un té con masitas en la Guarida del Lobo, que en la pesadilla era una fortaleza en lo alto de una montaña, rodeada de montañas, muy parecidas entre sí, si no idénticas; mamá y Hitler tomaban el té en una especie de balcón amplio con una mesa germana y sillas de jardín como las de los balcones del edificio negro, y Hitler hablaba de los judíos y mamá de las sirvientas y estaban completamente de acuerdo, incluidos los pan con grasa, porque ellos sólo comían masitas germanas, con un perro germano a los pies o, mejor dicho, a las botas de Hitler, que hablaba con un aire mundano y mostraba una cortesía germana y exquisita al mismo tiempo, lo cortés no quita lo germano, bromeaba Hitler, mientras una sirvienta germana, es decir, con un moño rubio, los servía y adoraba porque había llegado a la cúspide de su carrera de sirvienta, es decir, sirviendo al Fhurer y a mamá, a mamá y al Fiuhrer, que hablaban de la Solución Final para liquidar a los grasas, a los gitanos, a los maricas, a los judíos y a las sirvientas insolentadas que se multiplicaban como piojos, según mamá, como los judíos o el judeobolchevismo o algo así, por lo que había que exterminarlos sin piedad. Sin amor. Sin amor, como estas memorias, peor que «malas», malvadas. De pronto: la sirvienta, a pesar de su moño
rubio típicamente germano, con ayuda de una silla blanca de jardín, se trepó a la baranda y saltó al vacío, porque se le había quemado una torta germana o había descubierto que tenía un tatarabuelo judío por parte de su tatarabuelo o porque estaba enamorada del Fuhjrer (y no era digna de Él), y ni siquiera era digna de Goebbels que, cojeando, a pesar de su zapato de cojo, esquelético y siniestro como un cuervo, había entrado al balcón y había tirado su zapato de cojo con el pie cojo adentro debajo de la mesa y había tirado el resto en una silla de jardín para tomar un té con el Fiurer y, naturalmente, con mamá que, a pesar de venir de otro país y no ser germana por parte de padre, entendía a la perfección y compartía hasta el último detalle la teoría y práctica del nacional socialismo, filosofía grande, según mamá, porque volvía a poner el mundo en orden y «le bajaba el copete» a las sirvientas, a los grasas, a los judíos, y a los judeocomunistas que también en su país estaban corrompiendo a la juventud con sus mentiras dialécticas sobre la clase alta, hasta que un Hitler, pero claro que Hitler había uno solo, volviera a poner las cosas en su sitio, aunque ella conocía a más de un estadista y a más de un general que estaban de acuerdo en que estaba llegando la hora de exterminar a los piojos y sólo faltaba ponerse de acuerdo en el día y en la hora, porque en el Parlamento no hacían otra cosa que hablar y había llegado el momento de actuar, como había actuado y actuaba el Fhuirer, hombre de acción y no de palabras como un ventrílocuo. Entonces: algo, tal vez yo, porque ronco, despertó a mi muñeco que vio desaparecer a Hitler y a mi mamá, a Goebbels y a las masitas, a la Guarida del Lobo y a las montañas, más que parecidas entre sí, idénticas como Hitler y mamá o mamá y Hitler o mi muñeco y yo o yo y mi muñeco, aunque él parece un pingüino y yo parezco un ventrílocuo. (En realidad, tengo docenas de muñecos: el Pingüino, el Cuervo, Hitler, mamá, etcétera). Cuando salgo de visitar a mi hermana y a su depresión crónica, hago un rodeo y aprovecho para mirar la blancura del edificio negro. A veces, un vampiro hinchado (¿hijo de un propietario?) estaciona su coche frente al edificio blanco y saca del coche un portafolios tan elegante como el coche, y da tres pasos y, claro, lo reconozco: y me digo que ahora será un vampiro hinchado, resollante, asqueroso; pero hace cientos de años fue un niño, un «lindo niño» como yo, y mi amigo, hace miles de años, me digo, fue como yo, antes de que Pocitos lo transformara en esa cosa repulsiva al que los mejores sastres le lanzan los mejores trajes con la esperanza, desesperada, de que no asuste a los niños, al menos a los niños como yo, a las mujeres y a los viejitos, ya que es su trabajo asustar a todos los demás, porque es un hombre «importante», aunque a mí no me asusta por «importante» que sea el vampiro, y hasta me vienen ganas de bajarle los colmillos de una trompada y gritarle que se rindió, que es un cobarde, un pedazo de mierda, un traidor que traicionó a su niñez y a la mía, etcétera, etcétera, hasta que lo veo como lo ven los demás, un caballero elegante, y veo a su guardaespaldas que también me ve. Y nos miramos a los ojos de grasa a grasa, de loco a asesino, sin pestañear. Hasta que el edificio negro se los traga, hasta que el vampiro se los traga, al edificio y al guardaespaldas, y me encojo de hombros y escupo el suelo, el barrio, y me voy, caminando, entre los muertos, en busca de la vida porque fuera de Pocitos me gusta, a veces, vivir, aunque haya nacido.
«La inocencia», Felipe Polleri
Vienen días más duros. El tiempo postergado hasta nuevo aviso asoma por el horizonte. Pronto tendrás que atarte los zapatos y correr los perros de vuelta a las granjas. Las vísceras de los peces se han enfriado al viento. Arde pobre la luz de los altramuces. Tu mirada rastrea la niebla: el tiempo postergado hasta nuevo aviso asoma por el horizonte.
Allí se te hunde la amada en la arena, sube por su cabello ondeante, le quita la palabra, le ordena callarse, le parece mortal y dispuesta a la despedida tras cada abrazo.
No mires hacia atrás. Átate los zapatos. Corre los perros de vuelta. Tira los peces al mar. Apaga los altramuces
Vienen días más duros.
«El tiempo postergado», Ingeborg Bachmann.
había un niño con seis dedos y también
una montaña de colillas y unas revistas picantes
que mi madre encontró y destrozó
mientras lloraba
había unas gafas para jugar al baloncesto
su plástico transparente pero rígido
oprimía la carne alrededor del párpado
había unas pastillas para la depresión
que podría haber robado de la encimera de la cocina
pero que preferí contemplar como si fueran
chuches caducadas en el tarro de un ultramarinos
había suciedad entre las uñas de mis dedos y había
suciedad entre los pliegues del prepucio
que un día mi padre me enseñó a limpiar
y cuyo nombre médico descubrí más tarde
cuando busqué en internet cómo lavar el glande
de mi hijo con delicadeza vi que a aquellos
grumos se les llamaba esmegma
había un cartón de vino blanco en la nevera blanca
de la abuela y había un patio con un árbol y un
peluche amarillo y también la cuchara de la sopa
que abrasaba el paladar
había carreteras a las cinco de la madrugada
había una chica que me metía la mano por debajo
del pantalón de chándal había una malla de hachís
unos jerséis de lana unos manuales financieros
había una libreta donde anoté
todas las veces en las que mi madre tropezaba
todas las veces en las que mi padre enmudecía
todas las veces en las que dije yo no seré así
«Se llama esmegma», Luna Miguel.
Mutación, Escritura y Estafa
Por las características propias de mi nacimiento, el noventa y nueve por ciento de las actividades humanas, sobre todo las productivas, me estuvieron vedadas desde un comienzo. Era yo una criatura destinada a un no-futuro evidente. Alguien incapaz de desempeñarse como los demás, de buscar por sí mismo el sustento básico que todo ser requiere. Alguien designado a mantenerme en un estado marginal. Esto ocurrió porque soy resultado de una de las más grandes equivocaciones de la ciencia, producto de un experimento organizado por el sistema de investigación del régimen nazi, que desarrolló una droga diseñada, en un principio, para contrarrestar los efectos de un arma biológica creada por ellos mismos poco antes. Nací de ese modo, como un ser mutante, pues esa droga, se utilizó luego de finalizada la segunda guerra mundial, para otros fines, produciendo de ese modo decenas, centenas de criaturas deformes durante los años de mi nacimiento. Se trató de un caso tan escandaloso y alarmante que atrajo, en su momento, la atención mundial. Se iniciaron grandes juicios colectivos, que se llevaron a cabo principalmente en algunos países de Europa. Los afectados del resto del mundo quedamos fuera de cualquier amparo, excluidos, llamados a formar parte, como ser deseo actualmente considerado, un autor fuera de todo orden, no un escritor mexicano o latinoamericano más, sino alguien que conforma parte de una serie de autores que se empecinan, a pesar de las circunstancias con las que se han enfrentado y lo siguen haciendo, la mayoría desde su nacimiento, en llevar adelante sus escrituras. Incluso los afectados que participaron en los escabrosos juicios contra las farmacéuticas fueron engañados, una y otra vez, por medio de una serie de argucias jurídicas. Los detalles de lo ocurrido durante esos años son espeluznantes. Me interesa nombrar a los nacidos, bajo aquellas circunstancias, no como víctimas sino como individuos portadores de una mutación artificial. Muchos de ellos, la mayoría, están ahora muertos. Un gran porcentaje fue eliminado, de oficio, en las salas de maternidad de un sinúmero de hospitales. Otros, por las características que presentaban sus mutaciones tuvieron una reducida esperanza de vida. Hubo también algunas muertes inducidas de manera secreta por madres o familiares desesperados ante la situación pero, como es lógico, no existe una cifra oficial de estos decesos. Sirva la escritura para rendir homenaje a estas víctimas anónimas. Para estos seres que, como muchos autores en la actualidad, están sometidos a regímenes donde se ha establecido un genocidio constante y silencioso a su alrededor. Estos mutantes pasaron por una doble afrenta. La biológica y la judicial, en la que estuvimos involucrados todas los niños contaminados del mundo. Fueron perjudicados por jugadas sucias de los laboratorios, quienes no estuvieron dispuestos a asumir su responsabilidad o, como en mi caso, ni siquiera fui considerado sujeto de reclamo, por no haberse ingerido la sustancia en los territorios donde se realizaron los juicios. Como ya mencioné, ninguno de nosotros pudo participar en las dinámicas con las que cuenta la sociedad para sus integrantes. Fuimos unos desadaptados antes de nacer. Los Paradigmas de Kuhn, aquel filósofo de la ciencia que estudió la manera de comunicación casi inmediata con la que cuenta el conocimiento normado para comunicar sus avances quedaban en entredicho. Según lo que trató de demostrar Kuhn, están estudiadas perfectamente las formas de operación de los mecanismos internacionales ante los descubrimientos que se logran en bien de la humanidad pero, por lo visto, quedan fuera de sus estudios las maneras en que estos mismos métodos funcionan ante una gravísima equivocación. ¿Cuáles son las maneras de retroceder cuando se constata una tragedia, de inmensas dimensiones, originada en un laboratorio comandado por un régimen político encaminado al genocidio? ¿El engaño colectivo, ocultar los hechos, apelar al olvido generalizado como método de evasión fueron la formas que exitosamente se adoptaron? Parece que sí,
pero siento informarles que aquí está mi escritura para dar fe de los sucesos. Y para dar cuenta, además, de que existen una serie de estrategias, a veces mínimas, muchas casi imperceptibles, con las que cuentan los llamados excluidos para lograr su empeño, sus búsquedas, sus deseos. Preceden entonces a mi nacimiento dos hechos fundamentales: la mutación inducida y la estafa, características que no parecen haberme abandonado sesenta años después de ocurridos los hechos. Y quizá por estos escándalos que anteceden a mi nacimiento, una suerte de ethos constante parece estar presente en el transfondo de la única acción persistente que he realizado desde mi infancia: la escritura. Puede ser que los fantasmas de los horrores presentes antes de mi llegada al mundo, sea el origen de esa terquedad por dejar una huella escrita, en este caso una letra insistente e insobornable que define mi existencia, mi identidad. Una desesperación por escribir que se presentó, de manera espontánea, cuando de pequeño comencé a utilizar, con un solo dedo, sin descanso una vieja máquina de escribir. Recuerdo ese instante como un nuevo nacimiento. No. No se trató de uno nuevo, fue en realidad mi verdadero nacimiento. Recuerdo que al observar una línea mecanografiada por mí, tomé conciencia recién de mi valor en el mundo. Yo era un cuerpo mutante destinado al desecho, pero no así la letra escrita, esa frase reproducida por mi único dedo funcional, de manera impecable, por intermedio de las teclas de una Underwood Portátil modelo 1915 que es el único objeto que hasta ahora conservo, intacto, listo para continuar con su labor. Como si ser testigo de mi letra impresa me salvara de ser una victima más de la eugenesia por la que habían tenido que transitar el resto de los afectados. Por fin encontraba una razón para ser, reconocer y ser reconocido. Con el pasar del tiempo logré crear ya no sólo letras o frases, sino infinidad de libros -he perdido ya la cuenta de las centenas de publicaciones en la que está impresa la trayectoria del accionar de ese dedo-, así como tampoco llevo la cuenta del número exacto de los más de veinte idiomas a los que esa letra ha sido traducida. Cuando recibo copias de mis libros traducidos al hebreo, al bangla, al mayalaman, por citar las lenguas más lejanas, me pregunto las maneras, las estratagemas que aquel único dedo, que una mañana del año de 1970 descubrió una máquina de escribir, fue capaz de plantear en contra de las circunstancias. Me parece que ahora, cuando corremos el riesgo como especie de ser devorados de forma global por sistemas asesinos de distinta índole, es el momento de revelar las estrategias de triunfo del llamado débil, subalterno, minusválido, pobre, oprimido, carente, del que está convencido de que nacimiento es destino. De expresar tal cual fueron los sucesos. De expresar en voz alta, lo repito, que fui una criatura que fue dada a luz con todas las posibilidades en contra y que, sin embargo, halló una manera de ser escuchado, como lo están haciendo ahora ustedes. Sin embargo, no es ésta una reflexión sobre superación personal ni mucho menos. Desde que la leí nunca dejó de llamarme la atención una frase del autor japonés Rinosuke Akutagawa. “Cuando hallamos una persona en desgracia surge una natural conmiseración hacia ella, pero basta que ese mismo individuo no sólo logre superar sus limitaciones, sino que se coloque en un lugar que el resto considere superior para desatar sobre su persona el odio más atroz”. Llamó tanto mi atención que la utilicé como epígrafe para mi libro Shiki Nagaoka: una nariz de ficción. Y, en efecto, a lo largo de mi vida he constatado un fenómeno curioso. Que mientras la palabra escrita iba prosperando, por decirlo de alguna manera, he sido testigo también de cómo estas mismas palabras han sido sometida a una serie de abusos, engaños, exclusiones, estafas, llevadas a cabo de manera sistemática sin que tenga una explicación consciente para justificar estas conductas. Un mecanismo extraño, que hace que mientras más evidente se vuelva la escritura se convierte al mismo
tiempo en una presa cuyo valor va en aumento, en un asunto que debe destruirse u ocultarse a como de lugar, de la misma manera cómo ocurrió con el medicamento frente a la no respuesta de los Paradigmas de Kuhn. Repito, no estoy enunciando una queja. La escritura está allí, intacta, presente. Los libros siguen apareciendo tanto en castellano como en otros idiomas. Sin embargo, siento que esa palabra está teñida, de alguna manera, por un sino que es imposible entender de manera racional. De una naturaleza similar a la que da origen a la propia escritura. Envueltas, la mutación, la escritura y la estafa por un soplo, por un pecado original. De allí tal vez la culpa que me causa tanto escribir como no hacerlo. La culpa y trastorno que me produce apreciar verla ser abusada sin descanso. Sin embargo, se trata de una situación dual. Pues ese sufrimiento, repetido una y otra vez, es lo que permite que se siga desarrollando. Soy un testigo asombrado, ahora, en esta etapa de mi vida, de la gran cantidad de ejemplares, reseñas, material crítico, premios internacionales, que ha producido una obra llevada a cabo por un dedo que. en un principio, como señalé, estaba destinado a la nada. Una escritura que surge de un Engaño Original, de una tragedia en particular, fraguada como dije en un laboratorio del régimen nazi. Un engaño que precede mi nacimiento. Cada vez que me encuentro ante un nuevo fraude surge de inmediato el recuerdo de las fotos de los diarios, que mi madre me mostraba en la infancia, que daban cuenta de los confusos vaivenes, apelaciones, cosas juzgadas, avances y retrocesos jurídicos, indignación colectiva, que generaba en la prensa los juicios que se iban llevando a cabo contra los laboratorios durante los años sesenta. ¿Existe acaso un tributo que el inconsciente me obliga a pagar como derecho para que sigan fluyendo las palabras? Quizá así sea. Y de esta índole me parece que es también el tributo que deben pagar los autores con los que me siento identificado. Aquellos que nunca se han dejado apabullar por las circunstancias, por regímenes totalitarios, por la situación de extrema pobreza y vulnerabilidad de todo tipo en el que se hallan inmersos. Estoy seguro de que formo, de alguna manera, parte de esa grey de autores. De los que escriben en contra y no a favor de los órdenes. Aquellos que cumplen con la escritura como si ésta fuera un llamado de otra índole. Por eso no estoy seguro de pertenecer a eso que llaman Literatura Latinoamericana, pienso más bien en los que imprimen su palabra como un símbolo de alerta, un grito silencioso, un señalar lo que se pretende ocultar. Nunca me han abandonado estos tres elementos. Mutación, Escritura y Estafa. Pero no sólo a mi, sino a la mayor parte de habitantes de este planeta. Una Escritura que de cuenta del estado general de las cosas. Del genocidio a nivel mundial puesto en marcha bajo distintas banderas e intereses. Del gran negocio que significa la desaparición y muerte de los sujetos que no son útiles al sistema de depredación constante en el que estamos inmersos. Es mucho más difícil lograr nuestros objetivos desde un lugar de excepción. Nuestras escrituras no normadas casi no tienen cabida dentro del marco en que las leyes operativas de los sistemas quieren situarlas. Deseo ofrendar los libros que he publicado y que son traducidos a las víctimas de aquella barbarie propia de nuestros tiempos. A los silenciados mutantes genéticos, que aparecieron y desaparecieron en los años 60. A los autores que siguen escribiendo a pesar de las matanzas que los rodean. A pesar de las sentencias que penden sobre sus cabezas. A pesar de la censura de la que son víctimas sus libros. Me parece que sólo una palabra cortada, de tajo, por la mutación y la estafa puede ser capaz de entender el dolor, la angustia, que significa imprimir una palabra en un lugar prohibido. Mario Bellatin
«Just say NO to los valores familiares», John Giorno.
En un día
en el que paseando
por la calle
veas
un coche fúnebre
con un ataúd,
seguido de
otros vehículos con flores
y limusinas,
ten por seguro que el día
será bueno,
tus planes han de tener
éxito;
mas en el día en que
veas una novia y un novio
en una ceremonia matrimonial,
estate alerta,
cuídate,
puede ser un mal presagio.
Simplemente di NO
a los valores familiares,
y no renuncies
a tu trabajo diurno.
Las drogas
son sustancias
sacras,
y algunas drogas
son sustancias muy sagradas,
por favor ríndeles pleitesía
por, en cierta manera,
liberar la mente.
El tabaco
es una sustancia sagrada
para unos,
y aún cuando tú has
dejado de fumar,
muestra un poco de respeto.
Beber
es total y genial,
celebremos
las cualidades gloriosas
del alcohol,
yo pasé
un rato estupendo
contigo.
Simplemente
hazlo,
simplemente hazlo,
simplemente no
dejes de hacerlo,
hazlo.
Los fundamentalistas
cristianos,
y los fundamentalistas
en general,
son un virus
y nos están matando,
multiplicándose
y mutando,
y destruyéndonos,
ahora, tú lo sabes,
hay que dar
una medicina potente
para combatir
un virus.
¿Quién va a comprar?
Buen ácido,
estoy volando,
deslizándome
y resbalando,
sorbiendo aparatosamente
y cayendo de golpe,
me estoy hundiendo,
goteando
y escurriendo,
saliendo a chorros
en tu interior
nunca
adelantes con prisa
una dosis de eyaculación,
leche, leche,
limonada,
a la vuelta de la esquina
donde preparan chocolate;
me encanta ver
el sufrimiento
de tu cara.
Hazlo
con quienquiera
que quieras,
lo que sea
que quieras,
por el tiempo que quieras,
en cualquier lugar,
en cualquier lugar,
cuando sea posible,
y trata de estar
seguro;
en una situación en la que
te debes abandonar
por completo
a ti mismo
lejos de cualquier sentido.
Simplemente di NO
a los valores
familiares.
No tenemos que decir No
a los valores familiares,
pues nunca
pensaremos en ellos;
simplemente
hazlo;
simplemente crea:
amor y compasión.
Garganta de coño
y rocío de cigarro,
ese suelo
arruinaría
una mopa con esponja,
ella es la reina
de la gran alegría,
luz
en tu corazón,
fluyendo
un canal de cristal
dentro de tus ojos
y fuera
enganchando
al mundo
con compasión.
Simplemente
di
NO
a los valores
familiares.
No tenemos que decir No
a los valores familiares,
porque nunca
pensamos en ellos;
simplemente
hazlo,
simplemente crea:
amor
y compasión. Autor: John Giorno