CHAU NÚMERO 5. Escribe con las manos temblorosas: “Una mujer y un hombre se abrazan en el borde de un viejo muelle junto a un río poco caudaloso". Espera unos segundos mientras aparecen los resultados. La primera palabra que se le viene a la cabeza es “mediocres". Todas las imágenes son tan génericas, ninguna se parece en nada a lo que quiere, a lo que aspira ver. Vuelve a intentarlo: “Un hombre llora como un niño mientras abraza a una mujer, se están despidiendo, la tarde comienza a oscurecer, están parados en el borde de un viejo muelle, junto a un río poco caudaloso y sopla mucho viento”. Tampoco, así que se resigna a que las imágenes sigan solo en su cabeza, que se sigan borrando, se sigan poniendo difusas, se sigan deslizando por el agujero negro que se traga la vida a cada instante. No quiere que se evapore el contacto con su piel, con sus labios, el olor en la almohada. Pero si está sentado frente a una computadora escribiendo un prompt en una página de inteligencia artificial, justamente es porque todo está perdido, lo sabe. Mira nuevamente las imágenes. “No, no y definitivamente no”. No son ellos parados junto a un viejo muelle diciéndose adiós por quinta y última vez. Quisiera tener la valentía de llamarla, de escribirle: “¿te acuerdas?”, pero le prometió a ella, se prometió a sí mismo, que la dejaría vivir en paz. “No, no y definitivamente no”. Quiere maldecirlo todo. Maldito futuro de inteligencias artificiales que solo puede crear fakes de dedos largos y amorfos; maldito presente que no lo deja ser y estar con quien quiere; maldito pasado que desaparece en un abrir y cerrar de ojos… malditos todos. Respira profundo y al fin se le ocurre que la mejor forma de desafiar las leyes de la física es con la realidad, buscando el lugar en el que dicho evento sucedió. Así que alista su cámara, mira los horarios de los trenes, busca en sus mails el posible lugar en el que pudo haber estado con ella. El resultado lo abruma: en aquel tiempo estuvo en cinco cabañas, pero no tiene claro cuál de ellas fue. Tendrá que visitarlos todos. Se acuesta a dormir temprano porque mañana será un largo día.
El tren de ida no está muy lleno, mejor. Así podrá pensar tranquilo y no ser interrumpido. Una hora después llega. Camina sin prisa, decidido a buscar una lancha taxi. Cómo le gustaría que el viento le ayudara a formar nubes, solo unas pocas, y que ellas se posaran de tal forma que el paisaje fuera casi idéntico al de su recuerdo. Avanza por el río poco caudaloso hasta que al fin llegan a la primera dirección. Se baja, camina por el viejo muelle, lo mira tratando de buscar recuerdos, algo que le diga que ese fue el lugar, pero es en vano, así que saca la cámara, busca el encuadre de su recuerdo y dispara. Vuelve a la lancha e indica la nueva dirección. El resultado es bastante parecido al anterior y lo será con respecto al siguiente y al siguiente y al siguiente. Cansado, frustrado, vuelve al pueblo, camina a la estación del tren. Esta vez hay más gente. Le parece que es un hospital mental andante, con un sólo médico a cargo, él. ¿O es al revés?. Saca el celular, abre whatsapp, oprime la lupa y escribe el nombre de ella. Le aparece que está online. Saluda, no da espacio a que le responda, pasa de inmediato a las palabras que tenía pensadas decir “¿te acuerdas?”. Se da cuenta de que sus mensajes fueron leídos, sin embargo no aparece el escribiendo. Se impacienta, se come una uña, la otra, hasta que al fin aparece un saludo muy corto y después una aclaración que no aclara nada. No, no se acuerda, porque de hecho, lo que sí se acuerda es que él le propuso ese encuentro, pero ella no quería seguirle diciendo adiós, así que no pasó. Él no dice nada, sabe que sí sucedió, porque recuerda ese abrazo, esas nubes, ese muelle. Intenta cerrar los ojos y dormir. El bullicio no lo deja.
Llega a su casa, deja todo en una silla de su habitación, se quita la ropa y se mete en su cama. No quiere saber nada más del mundo. Pasan las horas, sale el sol, comienza a sonar a lo lejos el progreso de la civilización en forma de taladros y martillos de construcción. Abre los ojos y lo primero que hace es ir por la cámara y la computadora. Copia las fotos a un pendrive, copia las imágenes que había generado con la inteligencia artificial y baja corriendo a imprimir al kiosco que está junto a la entrada del edificio en la maquinita de kodak. Vuelve a subir. Desparrama todo sobre su cama y mira de pie las imágenes como si fuera un detective a punto de encontrar la pista buscada, sin embargo, siente que está lejos, muy lejos de ella. Respira profundo y decide meterse a bañar. Se demora, deja que el agua caiga repetidamente sobre su cabeza, su cuello, sus hombros y su espalda. Cuando sale, se encuentra con su mamá limpiando la habitación, sosteniendo en la mano dos de las fotos impresas. La de la pareja con el hombre llorando y la de uno de los muelles. “Aquí vi por última vez a tu papá”, dice, “estos podríamos haber sido él y yo, sólo que era yo la que lloraba y tú, que nos veías desde tu cochecito sin entender nada”.
Escribe con las manos temblorosas: “Un hombre y una mujer se abrazan mientras ella llora en el borde de un viejo muelle junto a un río poco caudaloso. Un niño los mira llorando desde un cochecito a unos metros de distancia. Hace mucho viento”. Copia.










