Casa de gatos lectores
Primero fue uno. Un gato gris con mirada sabia. Lo encontré una mañana sobre el muro, oliendo las bugambilias del jardín. Tenía ese aire de visitante que no pregunta si puede quedarse; solo se sentó y comenzamos a compartir hábitat.
A los tres días, debajo de mi cama, apareció un libro. No era mío. No tenía título, solo un olor antiguo. Pensé que era casualidad. Pero al pasar las páginas, el gato ronroneó, lento, aprobando la lectura. Desde entonces le leo en voz baja, porque me da miedo que, si no lo hago, se vaya.
Luego vinieron más. Uno negro, otro atigrado, uno blanco con manchas que nunca parecen estar en el mismo sitio. Llegaban sin ruido, como si supieran que aquí siempre cabe uno más. Y cada uno traía consigo un libro nuevo: novelas mojadas por la lluvia, cuentos con márgenes doblados, poesía con pelusa y hierba gatera entre las páginas.
Pronto mi casa se volvió una biblioteca viva. Los libros dormían junto a los gatos, y los gatos, entre los libros. A veces despertaba de madrugada y los veía leer, sí, leer: movían los ojos despacio sobre las letras y, si alguna palabra les gustaba, ronroneaban plácidamente.
Empecé a notar cosas extrañas. Los finales cambiaban. Las historias parecían continuar donde las había dejado, pero con otro pulso, otro latido. Tal vez los gatos corregían lo que no les gustaba, o agregaban silencios donde el autor se había olvidado de respirar.
No sé cómo explicarlo sin parecer loca, pero desde que ellos llegaron, el tiempo en la casa es más blando. Las horas no pesan. A veces me sorprendo leyendo en la cocina y descubro que el café sigue tibio, aunque ya sea de noche.
He pensado que quizás los libros eligen a sus lectores del mismo modo en que los gatos eligen su casa: por intuición. Uno no adopta un libro ni un gato. Son ellos los que te encuentran, los que deciden si mereces su compañía.
Muchos gatos, muchos libros. Cada uno con su rincón, su página preferida, su forma de mirar el mundo. A veces creo que leen para mantener el universo en equilibrio. O tal vez solo leen para recordarme que la imaginación también necesita ser alimentada, como un animal pequeño y salvaje.
No sé si algún día se irán. Pero si un día despierto y no hay ninguno, sospecho que encontraré un nuevo libro sobre la mesa, con olor a sol, a hierba, a gato. Y volveré a empezar.
















