De sus labios escapó un resoplido, los ojos expresivos en el techo, como si la idea horrorizara. “Lo mejor para mí…” Arremedó a la chica con voz aterciopelada, incitando a pensar que consideraba retractarse. No obstante, al girarse a verla, esbozó una sonrisa de media luna. Desde que tenía memoria, el de cabellera castaña actuó por y para sí mismo, con breves excepciones como sus hermanos, Noah, Reiko o cualquier otra amistad cercana. Pero siempre se trató de él y dicha actitud lo hizo caminar por senderos oscuros, de la mano de su temperamento e impulsos. Y si bien, no todo podía caer sobre sus hombros porque mucha culpa tenían sus progenitores, Tobias entró a una edad en la que no podía seguir comportándose como un niño, debía asumir responsabilidades, por mucho que le costara. Ya había hecho mucho daño. Ya se había hecho mucho daño. Escudarse en lo que antes funcionó en años mozos no prometía nada en el presente, claramente. Aunque era complicado, ¡muy complicado! A diferencia de otros, parecía que tenía todo en contra para hacer las cosas bien, como si dentro tuviera un imán para esa mierda. Con Cassandra por ejemplo: lo correcto era continuar con el plan y ponerla a salvo y por el otro lado, estaba parado en terreno peligroso, cerca del viejo interés romántico de su mejor amigo, otra vez. En acto reflejo, suspiró con frustración, encorvándose mientras sus dígitos paseaban entre sus hebras. “Entre tú y Noah, ¿ya nada, verdad? ¿Nada de nada?” Su atención regresó en la chica, viendo expectante. Necesitaba una garantía, algo que tranquilizara su conciencia y ya si los rumores se tornaban ruidosos, tener con qué defenderse.
Tragó saliva, parpadeando en repetidas ocasiones, ¿para qué había preguntado? Su amabilidad de los últimos cinco minutos se esfumaría, volvería a estar a su suerte. Tal vez solo pediría que la llevara a casa en ese caso, lidiaría con sus padres, eran ellos o la multitud que no dudaría en aprovecharse de la situación porque en definitiva no se sentía mejor, era todo lo contrario y sus pensamientos cada vez eran más difusos. “Dilo.” Animó al castaño en voz baja, quería escucharlo, porque en el pueblo eran contadas las personas que se preocupaban realmente por ella, el resto solo quería verla arder por sus pecados. Suspiró y giró el rostro hacia otro lado, abriendo los ojos para mirar por la ventanilla de lo que se arrepintió de inmediato. Bajó la mirada hacia su siniestra que descansaba sobre el asiento trasero y se encogió de hombros. “Entre Noah y yo no hay nada desde hace mucho tiempo. Tal vez, nunca lo hubo.” Sonrió ladina. Odiaba sentir en el pecho lo que sentía, mirarle y sentirse pequeña, querer marcarle porque aun conservaba su número entre sus contactos, pero a ciencia cierta no sabía que era lo que sentía, ¿nostalgia? ¿amor? ¿qué carajos? Creía que querer a alguien que no le correspondía era su penitencia y de todos los mandamientos que su madre le hizo aprenderse más joven, recordaba al noveno: no codiciarás los bienes ajenos. Noah siempre había sido de Esther. “¿Crees que esto le importará?” Quería escuchar que así era. Frunció el ceño y entonces se echó a reír, sacudiendo la cabeza. “No, eso sería increíble de creer.”