Siempre he pensado que sentir es un lujo extraño. Cada quien encerrado en su cabeza, atrapado en su propio ruido.
Cada emoción ocurre dentro de un cerebro único, Yo no puedo darte lo que siento, ni tú puedes darme lo tuyo. No existe forma de transferirlo… no exactamente.
Pero… cuando la música empieza a subir, cuando algo en nuestro pecho late al mismo ritmo, cuando todos respiramos igual por un segundo… no importa de dónde vengas, ni qué te duela, ni qué te falte.
En ese instante, todos sentimos lo mismo. Y ese pequeño pulsar compartido, ese segundo de coincidencia…
es la prueba. La prueba de que no estamos solos.











