No es que me guste jugar con fuego.
Es que, desde que supe que eras llama, me descubriste la piromanΓa.
Ahora no paro de encenderte las cerillas, los mecheros, los fogones.
En cada esquina de cada calle, en cada rincΓ³n, en cada p*ta parte de mi propia historia busco encenderte, otra vez.
Persisto en mi trastorno, porque el problema no reside en que te quemes.
El problema comienza, precisamente,
cuando no te importa empezar a arder.












