#13. No existe la calma!

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#13. No existe la calma!
#12. Un lugar en construcción.
Ilustraciones del pintor español Pablo Gallo.
Hoy voy a hablar de un lugar en construcción. Este lugar es mi biblioteca, mi pequeña biblioteca. Me hacía falta hablar de ella. Ya era hora. Además este texto es un buena introducción para darle vida a un tema del cual empezaré a hablar más frecuentemente en este blog, este tema es la literatura. Así pues, si se quiere hablar de una biblioteca preguntémonos para empezar lo siguiente: ¿Los libros se leen y se guardan o los libros se leen y se comparten? ¿Cuántos libros debería uno tener? ¿Para qué tener tantos libros guardados? ¿Qué es lo que guardas realmente en una biblioteca? ¿Es la biblioteca un espacio para uno o para los demás o para uno y los demás? ¿Es la biblioteca un lujo para una casa? ¿Es la falta de biblioteca una gran ausencia para una casa? ¿Qué es una biblioteca? ¿Qué historias cuenta una biblioteca? ¿Cuántos libros son suficientes para decir que esto es una biblioteca? ¿Para qué tener una biblioteca? ¿Cómo se ordena una biblioteca?. Estas son algunas preguntas que me surgen al escribir el presente texto y podría exponer otra ¿Para que hablar de mi biblioteca?. Responderé a ello inmediatamente: para rendirle un homenaje, para darle sentido al trabajo que me ha implicado conseguir los libros, para darle lugar en un escrito y para que usted al leer esto se anime a empezar a construir una en caso de que no lo haya hecho aún.
Una biblioteca invadida por Tomás González, Carlos Fuentes, Carolina Sanín, Sara Mesa, Dubravka Ugrešić, Franz Kafka, Gabriel García Márquez, José Revueltas, Roberto Bolaño, J.M. Coetzee, Jean Paul Sartre, Albert Camus, Paul Auster, Sándor Márai, pare ahí. Hegel, Marx, Foucault, Bloch, James, Freud, Cioran, Beauvoir, Sartre de nuevo, otra vez pare ahí. Editorial Alfaguara, Literatura Random House, Planeta, Anagrama, Laguna libros, Debolsillo, Losada, Salamandra, Fondo de Cultura Económica, etc, etc, etc.
Se encuentra de todo un poco pero en el fondo no mucho, por ende, lo que falta es bastante. Bastante en un lugar que, apenas en construcción, se encamina al infinito. Y es que mi biblioteca no tiene más de seis años, es decir, ese tiempo a partir del cual empecé a coleccionar libros de manera casi sistemática, y digo casi ya que la cuestión ha sido de llevar un caminar lento, recogiendo aquello (el libro) que me he encontrado tras la búsqueda o la casualidad, tras el encuentro predestinado o el hallazgo fortuito y de choque, tras la construcción que de piso en piso va alcanzando lentamente el cielo.
Me gusta pensar que cuando muera o cuando me dé la gana en vida los libros que poseo, todos ellos - los que tengo y los que tendré -, van pasar a nuevas manos, van a ser entregados a nuevas miradas curiosas, van a ser parte de un nuevo hogar que los cuidará y los leerá con la justa atención que se merecen tal cual como yo lo hice. También me gusta pensar en quienes podrían ser los afortunados que recibirían aquellos libros de narrativa latinoamericana y mundial, de poesía colombiana, de filosofía existencialista, de historia del orden, del desorden y de la locura, de arte en el siglo de Pericles, de cositas varias. No creo que pasarán a un hijo o hija porque no está en mis planes el reproducirme, pero sí pienso en que quizá pasarán a un buen amigo o a una buena amiga, o quizá los donaré a una biblioteca pública o alguna biblioteca comunitaria. También pienso en que algún día los podría vender cuando sea necesario, los podría canjear cuando sea prudente o los podría regalar uno por uno cuando sea justo. ¿Cuánto me darían por La Náusea? ¿Podría canjear alguna vez los dos tomos de la Historia de la locura en la época Clásica por un mercado para quince días o por un tiquete a Cartagena, en el medio de transporte que sea? ¿Qué haría mi vecina si le regalo La muerte de Artemio Cruz, lo leería, lo archivaría junto con los papeles viejos y sin importancia, lo tendría de adorno?
Los libros son pues un buen refugio al cual siempre recurrir en caso de cualquier tipo de pregunta, indagación, curiosidad, incertidumbre, vacío, soledad, hastío de la realidad, etc. Un libro te puede cambiar, te puede sacudir, te puede abrazar, te puede violentar, un libro te puede hacer muchas cosas, pero muy probablemente un libro nunca te dejará, así lo termines de leer o no, así lo entiendas o no, así necesites esperar el momento oportuno para sumergirte en el con todo el hambre. Mi pequeña biblioteca, la cual espera algún día ser tan grande como Shakespeare and Company, es ese pequeño espacio sagrado dentro mi apartamento donde todos los días voy a parar. Mi casa en mi casa son mis libros, mi mayor riqueza son mis libros, mis mejores amigos son mis libros, mi más serio y profundo entretenimiento son mis libros, mi mayor universidad son mis libros, mi mayor terapia son mis libros, mi más grande compañía, mi mayor felicidad, mi eterna curiosidad.
Si lees esto y me conoces regalame un buen libro algún día, de seguro te lo agradeceré enormemente. Si no me lo quieres regalar te lo cambio por otro libro o por un abrazo, si no lo quieres cambiar te lo puedo comprar, sólo dime qué edición de La Montaña Mágica tienes guardada y te diré cuánto me podrías hacer feliz.
Larga vida a los libros, a las bibliotecas hogareñas y a todo tipo de bibliotecas. Larga vida a la lectura, sin ella seguramente no seríamos nada, sin ella todo sería más frío, todo sería más solo, más vació, sin ella el sinsentido de la cotidianidad tendría aún más significancia y sin ella toda falta de significado no podría tener algún mínimo sentido.
Frío.
#11. Vivir en la incertidumbre.
#10. Carta a Julieta.
#9. ¿De dónde venimos? no importa. ¿Para dónde vamos? tampoco: la incertidumbre como malestar contemporáneo.
Retratos del artista bogotano Carlos Alarcón.
“¿Qué se yo del qué seré yo que no sé lo que soy?. No soy nada. Nunca seré nada. No puedo querer ser nada. Aparte de esto, tengo en mi todos los sueños del mundo.” Fernando Pessoa.
Tres elementos pueden definir la actual época de incertidumbre que cubre la civilización mundial, tres elementos que en sí mismo definen las bases de una modernidad de la cual somos hijos, pero asimismo, de una modernidad de la cual aparentemente ya poco queda para agarrarse según muchos. Estos tres elementos son: la preponderancia del capital como bomba que estalló toda una revolución, revolución que poco a poco nos lleva a desaparecer, la muerte de Dios como proceso que le abrió camino a una supuesta razón beneficiosa y el encuentro con cierta desilusión o cierta confusión en relación a algunas de las más importantes instituciones y creencias que constituyen la sociedad moderna (democracia, libertad, progreso, orden son algunos ejemplos). Este ensayo pretende revisar tal panorama buscando una lectura desde una obra fundamental del legado freudiano como lo es El Malestar en la Cultura, ensayo publicado en 1930.
Una época actual que ha sido catalogada como posmoderna. Pero ¿Qué es la posmodernidad?. Decía el filósofo francés Jean Francois Lyotard que la muerte de los grandes relatos (cristianismo, iluminismo, socialismo y capitalismo) es lo que representa a esa sociedad posmoderna. Estos grandes relatos están liquidados según este filósofo, ahora lo que parece acontecer es la posibilidad de pensar por fuera de toda moldura (Lyotard, 1986). Estos grandes relatos y su pérdida según lo planteado por Lyotard permiten reflexionar sobre un elemento importante: la incertidumbre que dicha muerte genera. Así pues, vivimos en tiempos líquidos como lo expresara magistralmente Bauman. Tiempos en los cuales todo se hace tan efímero, tan relativo que el malestar mismo que connota vivir en cultura aparece atravesado ahora por un nuevo malestar.
Decía Primo Levi el siglo pasado “No existe Dios, existe Auschwitz”. Quizá sea una frase bastante contundente y precisa para una civilización que no es sino muerte y el siglo XX es la muestra perfecta de esto: guerras, exterminios ocasionados por un lado y otro desde aquellas ideologías políticas dominantes y contradictorias, dictaduras, tecnificación para la muerte gracias al plan armamentístico, la bomba atómica, invasiones, privaciones, destrucción ecológica, etc. ¿Hacia dónde va la cultura entonces? ¿Acaso será posible saberlo? ¿Cómo entender el hecho de que habitamos en cultura siendo enemigos de esa cultura, de los otros y hasta de nosotros mismos?
Será que podemos decir que el problema no es ni ha sido el capitalismo, el socialismo, los sistemas monárquicos que existieron previo a estos dos sistemas sociales. No. El problema parecería ser el ser humano mismo, la civilización misma. ¿Qué hacer allí? ¿Qué hacer cuando ciertas figuras regulatorias y estabilizadoras se han ido? ¿Qué hacer cuando aquellas supuestas alternativas caen al suelo? ¿Qué las reemplazará?. Si todo pareciese irse, si lo que se observa es una tendencia a la destrucción ya que decir que al cambio sería ser muy positivos mientras nos quedamos sin aire literalmente y mientras el alcance de cierta racionalidad de la muerte se hace cada vez más real. Si todo parece irse, será acaso que cierta función del padre simbólico, cierta regulación simbólica está perdiendo efecto, o se estará transformando en algo que quizá no sabemos.
Ya planteado todo el panorama anterior, dónde situar entonces la estabilidad o la felicidad humanas. Freud habla en el El Malestar en la Cultura de las tres fuentes de las que proviene nuestro penar: la hiperpotencia de la naturaleza, la fragilidad de nuestro cuerpo y la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos recíprocos entre los hombres en la familia, el Estado y la sociedad. Sobre lo anterior nos dice como con las dos primeras fuentes, partiendo de su carácter inevitable, nos vemos constreñidos a aceptarlas y a tratar de llevarlas inventandonos formas de medio contenerlas. Por su parte, con la tercera fuente de sufrimiento, la de índole social, dice Freud nos negamos a aceptarla ya que nos parece inadmisible que lo que hemos creado, esas normas, eso cultural, no nos proteja y nos beneficie, sino todo lo contrario, nos enferme. (Freud, 1976..Pg. 85).
Así pues, si la cultura a partir de operaciones y normas se supone cumple la función de proteger al ser humano frente a la naturaleza y de regular los vínculos recíprocos entre los hombres (Freud 1976. Pg. 88) porqué parece hacernos tanto daño. Está formación social históricamente construida que supuestamente ordena y protege no hace sino reproducir mal (esa muerte de la que se hablaba anteriormente). Allí nos encontraríamos con un doble molestar en la cultura, el malestar que genera que para vivir en ella haya que renunciar a ciertas pulsiones por orden cultural, ese malestar de tener que vivir en ella soportando no solo la neurosis resultante de la anterior renuncia planteada, sino también, otro malestar al intentar soportar el hecho de entender lo brutal de tal cultura para seguir estando allí, por necesidad, porque es lo que hay, porque no se puede echar para atrás. No se pierde placer por ganar seguridad al aceptar la cultura como lo plantea Freud en el ensayo. En una época como estas más bien se pierde placer y se pierde seguridad, pero lo peor es que no hay mucho que hacer con tal situación. Es esa hostilidad de la cultura como lo plantea Freud, una hostilidad donde pareciera que la pulsión de muerte se hace evidente todos los días en las calles y en lo noticieros, en la política y en el hogar, en los actos de la cotidianidad y en el deseo reprimido, en el otro y en el sí mismo. Aparece de nuevo la pregunta ¿Hacia dónde va la cultura entonces?. Pues este ensayo no tiene la respuesta. Quien sabe, ni idea. Quizá sólo algo: para nada bueno.
No existe la libertad, no existe progreso, no existe Dios, no existe certeza alguna a la cual aferrarse. Quizá lo más objetivo que existe sea cierta tendencia a la destrucción, sea un lazo social que funciona a medias y bajo a qué precio, sea un capitalismo que nos enceguece, nos aliena y nos destruye poco a poco. Queda entonces la banalidad del existir y en esa banalidad del existir una banalidad del mal, en tal época vivimos. Una banalidad del mal como lo expresaría la filósofa Hannah Arendt que permite pensar hasta qué punto hacer el mal pasa a ser algo posible, naturalizado, algo normal sin ningún tipo de carga moral (Arendt, 1963). En ese sentido no puede haber progreso cultural, más bien hay una involución, un proceso de descivilización en palabras del historiador alemán Norbert Elias (1988). Un proceso de descivilización y una banalidad del mal donde la ley se pone en entredicho, el sentimiento de culpa y un superyó parecen relativizarse y donde unas instancias psíquicas como lo son el ideal del yo y el yo ideal son ajustadas ya por cierta incertidumbre protagonista
Acaso el gran malestar en la cultura no será entonces haber nacido como lo plantea Cioran, tener que lidiar con nuestra propia existencia sin haberla pedido y sin poder zafarnos de ella al mismo tiempo por temor. Se fue Dios, vino la razón y aún así parece que no hay escapatoria. Dios y razón como productos netamente humanos evidencian que el problema es precisamente de fábrica, el problema es el productor, el problema es el ser humano. Por supuesto, la cultura como creación humana, más allá de la necesidad no escapa del error y la contradicción como ya se demostró. Hasta aquellas actividades psíquicas superiores de las cuales habla Freud en el texto (tareas intelectuales, científicas y artísticas, formaciones religiosas y sistemas filosóficos) (Freud, 1976. Pg. 92-93), parecen perder sentido hoy en día, parecen diluirse o saturarse en lo efímero de la realidad presente o en lo mercantilizado de la sociedad de consumo que nos atraviesa. En conclusión, queda por decir entonces que entre tanto malestar que nos habita la incertidumbre parece ser lo más propio en nuestros días, vamos pues de un Malestar en la cultura freudiano a una incertidumbre posmoderna. La cuestión ahora será intentar comprenderla, intentar sobrellevarla o quizá también caer en su brazos totalmente, sucumbir, dejar de ser cultura para pasar a ser nada más que nada.
Bibliografía:
- Arendt, Hannah. 1963. Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal. Lumen. Barcelona.
- Elias, Norbert. 1988. El Proceso de la Civilización: Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas. Fondo de Cultura Económica. México.
- Freud, Sigmund. 1976. El malestar en la Cultura. Amorrortu
- Lyotard, Jean Francois. 1986. La Posmodernidad explicada a los niños. Gedisa. Barcelona
#8. La ciudad, los teatros y la música en vivo: una mirada al centro de Bogotá.
Siempre he sido un enamorado de todos aquellos espacios dedicados a la escenificacion de las artes, particularmente de la música. Quizá mi gran sueño en esta vida sea ser propietario o administrador de un buen teatro o auditorio para así poder llenarlo de bandas de todo tipo, de recitales nacionales e internacionales, de festivales y de escena local. Y es que los teatros son espacios del arte, de la música, del teatro, del cine, de la noche, de la felicidad, de la celebración, de la memoria, de la vida. Los teatros son espacios para el encuentro. Los teatros llenan de atracción y de valor a las ciudades. Los teatros embellecen por su arquitectura. Los teatros nos permiten amar de cerca al arte. Eso son los teatros y eso siempre han sido.
Toda ciudad necesita de estos recintos y es por eso que podemos encontrar por todo el mundo teatros y auditorios famosos tanto por su arquitectura como por quienes han pasado por allí. Para ilustrar podemos mencionar los siguientes: el The Fonda Theatre (1926) o el Hollywood Palladium (1940) en Los Angeles (dos recintos entre muchos otros que guarda esta ciudad), el Plaza Condesa (1973) o el Teatro Metropólitan (años 40’s) en Ciudad de México, el Gran Rex (1937) en Buenos Aires o el Teatro Caupolicán (1936) en Santiago de Chile.
Pero ahora centrémonos en Bogotá y más exactamente en el centro de Bogotá. Esta ciudad y su centro guardan entre sus calles varias joyas arquitectónicas para visitar. De hecho es interesante anotar que entre las calles 10 y 26 del centro hay aproximadamente 10 teatros y auditorios bien significativos y provechosos para todo tipo de eventos. Así pues, en el centro de la ciudad se encuentran localizados los siguientes a destacar: el Teatro Faenza (1924), el Teatro Jorge Eliécer Gaitán (1940), el Auditorio Mayor (años 40’s) antes conocido como Teatro Morador y luego como Downtown Majestic y el Teatro Ecci (1947).
Vale la pena exponer otros teatros como: el Teatro Metropol (1972) hoy en día cerrado a conciertos debido a que una iglesia cristiana lo alquiló hace dos años, el Teatro México (años 50´s) y el Teatro de Bogotá (1969) (ambos teatros le pertenecen actualmente a la Universidad Central al igual que el Faenza), la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango (1966), el auditorio de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño. Por último, no podría faltar el Teatro Colón (1892), lugar emblemático de la arquitectura y de las artes en el país, y lugar en donde últimamente se vienen desarrollando temporadas de conciertos bien interesantes con todo tipo de artistas locales, nacionales e internacionales.
Ahora también es importante reconocer los problemas que aún existen en relación a los teatros/auditorios y la movida de conciertos de la ciudad. Mencionar los problemas de equipamiento, acústica y de servicios, que aunque han sido mejorados con el paso de los años, aún persisten en algunos sitios. Mencionar el abandono que han sufrido varios teatros históricos como el teatro Metro en Teusaquillo, lo cual es realmente triste. Mencionar la perdida de espacios para la música en vivo como pasa con el Metropol actualmente. Mencionar la difícil accesibilidad de estos espacios para la escena local y la poca asistencia de público a eventos de esta índole. Estos problemas y otros que lo más seguro se me escapan se espera puedan ser solucionados prontamente por aquellos a quienes les corresponda solucionarlos, por el momento queda visitar los teatros y auditorios que hoy en día nos ofrecen agenda de conciertos, asistir a los shows, darle vida a la ciudad y darse vida a uno mismo contemplando la música latir on live.
Que sea el momento pues para recordar algunos de los conciertos que han tenido lugar en estos espacios mágicos que tiene el centro de la capital:
Air en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán en octubre del 2010
Warpaint en el Teatro ECCI en octubre del 2011
Kings of Convenience en el Teatro Faenza en noviembre del 2011
Philip Glass en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán en noviembre del 2013
Devendra Banhart en el Teatro Ecci en noviembre del 2013
El festival Centro en el auditorio de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño
Gogol Bordello en el Teatro Metropol en octubre del 2015
Zaz en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán en octubre del 2016
Jorge Drexler en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán en abril del 2018
Y muchos más...
Larga vida a los teatros y a la música en vivo de la ciudad.
#6. ¿Dónde estaré?
#5. Un Viaje Urbano.
Dormir, despertar, anhelar, comer, caminar, afanarse, trabajar, jugar, estudiar, cansarse, odiar, amar y volver a dormir. Eso es la vida y esa es la vida en una ciudad, al menos eso hacemos en ella. Estamos ahí, habitándola y viviendola para hacer de cada día un fragmento más en una historia personal. Cada día en la vida de un citadino es un cada día en una ciudad, en este caso, una con el nombre de Bogotá. La vida de Bogotá es la vida de millones de personas, quienes la habitan y quienes le imprimen a esta sus colores, sus formas, su estilo, sus movimientos, sus conflictos, sus miedos, sus esperanzas, sus deseos. Pero, si así es el asunto ¿Cómo es Bogotá en un día? al menos ¿Cómo es Bogotá, a mi parecer, en una fracción del día?. Precisamente ¿Cómo se configura un día normal en un momento normal, uno de esos donde el deseo y el conflicto aparecen como elementos inseparables de la vida misma y de la vida en la ciudad?. Intentaré plasmarlo a continuación.
Todo empieza por el amanecer. Un día en la ciudad, un día en mi vida. La mañana se presenta como el momento donde el movimiento se intensifica. Allí, parto hacía la principal institución que acoge mis horas, parto a la Universidad Nacional donde la ciudad real caótica se vuelve ciudad calma. Este espacio al ser espacio protagonista en mi vida y al ser una ciudad dentro de la ciudad no puede pasar desapercibido, es en esta universidad donde en cierto sentido Bogotá se vuelve presencia y ausencia.
Pero, por supuesto, la Nacional no es Bogotá. Esta ciudad, o bueno, la porción de ciudad que suelo recorrer diariamente, la cual no pasa de la calle 53 al norte, de la 68 al oriente, de los cerros al occidente y de la primera de mayo al sur, es una ciudad donde todo puede pasar. Muchos salen a trabajar y a estudiar a sus sitios de siempre, a sus recipientes de oficios. Señoras, señores, niños y niñas, jóvenes; inician el día con más que una ilusión encima, impulsando sus existencias con proyectos en relación a un querer llegar a ser, algunos atravesados por la necesidad, otros, mediados por la capacidad, otros por todo esto junto, algunos por nada.
Caminar por la ciudad intentando llevar la suciedad, la contaminación, el ruido, el estrés, el miedo, las desigualdades, las violencias, es plantearse el vivir la ciudad como un vivir conflictivo. La ciudad es ese lugar donde se han exacerbado las más profundas pulsiones del ser humano, la ciudad es la pregunta del presente y es la esperanza del mañana, es lo que somos, lo peor que somos y lo que queremos o no llegar a ser. La ciudad es un inconsciente humano o es el reflejo de este, es la escena de este y es la materialización de este. Somos lo que como ciudad queremos y lo que de ella guardamos, reprimimos.
La ciudad es ese hogar que hemos creado para asentarnos, para resguardarnos, para ordenarnos, para entretenernos, para dividirnos, para comunicarnos, para violentarnos. Ella es la mejor representación de la acción del hombre y de la dominación de este sobre la naturaleza. La ciudad es satisfacción de necesidades y negación de estas mismas, es la materialización de nuestras ilusiones de desarrollo y es el problema más grande en el que nos hemos metido.
Un problema del cual somos adictos. Casi ocho millones de habitantes masoquistas intentando construir sus sueños en ese espacio donde algunos viven y muchos sobreviven; lo interesante es que todos creemos vivir, o al menos, así lo queremos. Bogotá y las 24 horas del día son una historia de alegrías y tristezas, de amores y desamores, de belleza y fealdad, de atracción y repugnancia, de logros y fracasos. Bogotá es una historia de desigualdades sociales, de alcaldes gerentes y políticas nefastas, es una historia del olvido, del desorden y de la incertidumbre, pero sobre todo, es una historia de la esperanza y de los árboles del parque Simón Bolívar. Bogotá es lo más lejano que hay de Colombia y es el mejor ejemplo que hay de ella al mismo tiempo. Bogotá es la ciudad donde la idea de lo urbano se vuelve realidad para aquellos que en ella buscan el sentido de sus existencias.
Pasa la mañana y lo más probable es que de acá al medio día ya habrán pasado tres climas distintos, para ese entonces ya me habré puesto el saco y la bufanda, me los habré quitado, me los habré puesto. La vida pasa mientras pasan los buses y los carros por la avenida NQS. Cuando uno se dirige a su lugar que en mi caso es la Universidad Nacional en el SITP, Bogotá es la Bogotá de un pasajero de transporte público y, por lo tanto, es la vida de alguien expuesto a todo tipo de incertidumbres, entre ellas la quietud torturante de la movilidad, lo interesante es cuando algunos hacemos de la espera y el encierro del trafico una oportunidad de pensarnos la existencia, la vida, las trece sillas del bus, las ocho personas que lo habitan y de pensarnos la ciudad. De esta manera, en medio del trancon, queda pensar ¿Qué es Bogotá?
Es la ciudad capital, la ciudad de todos, la ciudad de los cerros, la ciudad del Transmilenio, la ciudad de las bibliotecas, la ciudad del norte y el sur, la ciudad de la bicicleta, la ciudad de las panaderías, de los parques, la ciudad de los doctores, de los cachacos, la ciudad de los habitantes de calle, la ciudad de la esquina de la Jiménez con cuarta, la ciudad de las basuras, la ciudad de los gomelos, la Atenas sudamericana, la ciudad de los ñeros, la ciudad del frío, del calor cansón, de la lluvia incesante, del sol picante, la ciudad sin metro, la ciudad del Park Way, del Bronx, de Chapinero, del Chorro, del barrio Santa Fe y del Santa Fe, la ciudad a 2600 metros de altura, la ciudad de Monserrate y de La Piscina y del Divino Niño del 20 de julio, la ciudad de los arboles, de los uniandinos, de la calle 19 con séptima, la ciudad de la nacho, de City Tv, la ciudad de Corferias y de la feria del libro, y sigue.
La ciudad de Andrea Echeverri, la ciudad de la surtidora de aves, la ciudad del Congreso, de la Casa de Nariño, del nobel de paz, del presidente, del alcalde y del señor de la tienda de la esquina, la ciudad de la 26, la ciudad de la plaza España, del San Juan de Dios, de Rock al parque, de la décima con sexta, la ciudad de Suba, la ciudad de la ciclovía, del Parque Nacional, del cementerio Central, la ciudad de la papa, de Hornitos, la ciudad de las aceras grandes, de los semáforos viejos, del Colpatria, del BD Bacata, la ciudad de La Candelaria, del mercado de las pulgas, de la horripilante changua y del bendito ajiaco, la ciudad del teatro Faenza, de Corabastos, del Virrey, de Kennedy, la ciudad de los humedales y de los edificios ladeados, la ciudad del color ladrillo, la ciudad de los buses azules y del sumercé, del barrio La Merced con sus casas, la ciudad de los murales, la ciudad gris y la ciudad supuestamente "mejor para todos". Tan grande, tan compleja y tan desconocida. Esa es Bogotá, la bella Bacatá, la ciudad problema.
Pero por el momento, Bogotá es para mi persona un bus azul con ventanas por donde se ven edificios de todo tipo. Cuando paso la NQS con 26 todo cambia en la vida, es la señal de que se acerca el momento, de que se avecina mi lugar de llegada. Y así es, bajo del bus azul y la mañana se vuelve gigante con ese sol que molesta a más de uno y que abraza a todos, ese sol es como el amor. La calle es inquieta, pasan ciclistas y pasan mascotas felices de la vida. Yo trato de adquirir esa alegría aunque se que no falta mucho para estar en el espacio más cercano a la alegría que tenga la ciudad, es más lo tengo al frente, me divide solo la avenida por la cual llegue y por la cual partiré más tarde, pero esta división, esta cercana lejanía un puente va a volver a unir ya que estos amantes han sido separados por el despelote de unos cuantos motores ruidosos.
Los puentes peatonales son la expresión más radical de la ciudad contemporánea. Nos hemos convertido en simples habitantes de ciudades protagonizadas por el automóvil, de ciudades para el automóvil. Nos hemos dejado gobernar por nuestra propia creación, como con Dios y los dioses hemos hecho de nuestras invenciones nuestra más temible imposibilidad. Desde los puentes observamos la furia de la ciudad. Allí arriba somos nada. Todo pasa por debajo, pasan los carros, pasa la movilidad, pasa la funcionalidad de una ciudad, pasa el tiempo, pasa la economía, pasa el presente y el futuro. En un puente se puede entender la ciudad en la cual vivimos, todo parte del movimiento que no puede ser obstaculizado, que no puede ser frenado, y todo se dirige hacia un fin, lo que llaman desarrollo, lo que llaman progreso.
Al entrar a la Universidad Nacional todo en la ciudad se transforma, incluso la vida misma. La entrada por la calle 45 de la universidad con su camino de árboles a lado y lado es quizá una de las entradas más bellas que pueda tener esta ciudad, por ella entran cada día miles de personas en búsqueda de alguna que otra historia. Ya no se si estoy en Bogotá o no, mis pasos se vuelven menos afanosos, la respiración se vuelve más profunda y tranquila y en mi mirada se enmarca una especie de luz extraña parecida a la luz de la alegría.
Este lugar es grande, por el ha pasado mucho país. Bogotá queda atrás, lejos quedan sus conflictos y su belleza. Ahora me enfrento a la ciudad dentro de la ciudad que acoge mis más profundas esperanzas académicas, una ciudad del conocimiento. En esta ciudad universitaria acaba todo porque en ella otra ciudad comienza, en el fondo puede ser lo mismo: la misma funcionalidad y la misma vaina que afuera, pero el espíritu del lugar es el que cuenta, ese aspecto es lo que le da su particularidad, su magia. Me voy a humanas, me voy a clase, me voy a otro mundo y no siendo más por estos lados, no siendo más por estas páginas, me voy de acá.
#4. Meg Myers para el frío bogotano.
Llevo toda la semana escuchando un disco que me tiene atrapado. Desde ya podría decir que Take Me To The Disco podría ser tranquilamente mi disco del año. Que señora voz tiene Meg Myers y que fuerza hay detrás de esta, que letras, que producción, que pianos, que guitarras, que arreglos, que caricias a lo electrónico, que estribillos. Un disco que enamora inmediatamente y que se escucha de principio a fin con el mayor de los gustos. Un disco oscuro y violento, un disco desgarrador e intimo, un disco profundo y caluroso, al menos así lo siento. Un disco maravilloso que me lleva a los noventas, que me lleva a NIN, que me lleva a recordar a algunas personas, a algunos rostros, a varias películas, a varias escenas. Un disco que me abrazo como pocos lo han logrado.
Pero bueno, con este disco no quiero aparentar de reseñador ni nada por el estilo, me aburre tal tarea por el momento. Take Me To The Disco es simplemente una obra de arte, de esas que ya poco se hacen, un disco donde no hay canción mala. Me gusta realmente este disco porque es como un refugio para sumergirse cuando el frió es severo o cuando los días con sus horas vacías se vuelven insoportables. Meg Myers tiene una voz bellisima e inolvidable, una voz que te penetra, que te cubre y que te sigue. Este fue un gran descubrimiento, doce canciones que van directo al alma.
Tear me to pieces es la canción que abre el disco y es quizá la mejor manera de mostrar que todo lo que viene a continuación es interesante, es bien grande, es voltaje puro, pues de verdad lo es. Meg Myers reside en Los Angeles, de esta ciudad emerge todo su trabajo musical. Me sueño viendo y escuchando a esta mujer en vivo en L.A, me sueño viéndola en el Rey Theatre donde estará de concierto en octubre próximo. Pero bueno, como el anterior sueño quizá no sea posible de cumplir, me sueño teniéndola de concierto acá en Bogotá, por ahí en algún auditorio o teatro, o bueno, tal vez en algún festival que se animara a traerla.
Ojalá se conozca bastante este disco, ojalá lo escuchen todos aquellos y todas aquellas quienes encuentran en la música y en los buenos viajes sonoros una experiencia única, personal, existencial, inspiradora. Take Me To The Disco es ese lugar ideal para irse a vivir por un rato, es ese lugar ideal para perderse una tarde o una noche, para calmar o para acompañar también la indiferencia y la frialdad que habitan en una ciudad gigante como Bogotá.
Seguiré escuchando el disco una y otra vez, por supuesto, seguiré abrigándome con él.
#3. Stadium Arcadium.
Ayer fue un día de coincidencias interesantes. En la tarde salí al centro de Bogotá porqué quería reencontrarme con una vieja tradición que había olvidado. Me fui a recorrer varias tiendas de discos recordando la alegría que años atrás me producía visitar estos lugares, lugares que poco a poco han ido lastimosamente desapareciendo. Así pues, en una de esas pocas tiendas que aún sobreviven en la calle diecinueve y en la carrera séptima de la capital logre conseguir un disco que tanto quería y que curiosamente me faltaba en mi colección, digo curiosamente porque se trata de un disco de mi banda favorita, si, un disco de los Red Hot Chili Peppers, más exactamente el Stadium Arcadium, disco publicado en el año 2006.
Hablo de coincidencias debido a que luego de recorrer estas tiendas en la tarde y de comprar el Stadium Arcadium, regrese a mi casa y al hacer la revisión cotidiana de noticias de todo tipo en la web me entero de una en la cual se informaba de una foto en la cual John Frusciante y Michael “Flea” Balzary aparecían juntos 11 años después de no haber ningún registro fotográfico y de ningún otro tipo de algún encuentro entre el exguitarrista y uno de los miembros de los Chili Peppers. La foto que fue tomada en el Staples Center de Los Angeles el pasado fin de semana mientras Frusciante y Flea observaban una pelea de boxeo, debo aceptarlo, me emocionó bastante. Y es que ver a estos dos grandes músicos juntos de nuevo, sonriendo, quizá planeando nueva música, hace que a cualquier seguidor de la música de los Chili Peppers y de la música de Frusciante se le alegre el corazón, hace que se reviva la ilusión de tener a John de nuevo desprendiendo esa magia que sólo se encuentra en esos viejos buenos discos como Blood Sugar Sex Magic, Californication, By the Way o precisamente el Stadium Arcadium.
¿Cómo es posible que el mismo día en el cual consigo el noveno disco de la banda aparezca una nueva foto de John Frusciante, quien además siempre ha sido mi guitarrista favorito, con Flea, bajista magistral?. ¿Cómo es posible que años después de estar alejado de mi melomanía, de mi vieja tradición de visitar tiendas de discos, de comprar discos y de escuchar a los Red Hot Chili Peppers, me reencuentre con todo lo anterior y ese mismo día aparezca una foto de estos dos personajes juntos?. ¿Cómo es posible que sea precisamente Stadium Arcadium el disco que compré sabiendo que es este el último disco en el cual participo Frusciante antes de dejar la banda en el 2009?. La verdad no lo sé, son coincidencias de la vida y son esos bellos regalos que te da la música.
28 canciones trae el Stadium Arcadium, un disco doble que a mi parecer reúne lo más interesante de los anteriores discos, lo más interesante de los Chili Peppers en una misma grabación y con una gran madurez como banda.
“Bells around St. Petersburg when I saw you...” Así empieza la letra de Stadium Arcadium, mi canción favorita del disco y quizá una de mis favoritas de toda la banda.
Larga vida a la música, larga vida a los RHCP y larga vida a los discos.
#2. Una foto de Ciudad de México.
Antes de que se acabe julio necesito escribir lo siguiente:
El mes pasado tuve la oportunidad de visitar México, un buen viaje y un bello país. Voy a ser sincero, estando allí no hice sino pensar en tres cosas: cine, literatura y música. Es probable que para muchxs pueda parecer un mal turista, para otrxs un tipo raro, para otrxs un bohemio pop o un intelectualoide y para otrxs quizá un simple aficionado. Pero es que no fue la comida tradicional, la profunda historia indígena del país, las zonas arqueológicas que casi no visité, los abundantes museos, el Mezcal, las rancheras que no escuche o los amigxs que no hice los que se robaron el protagonismo de mi viaje, Fueron más bien Arturo Belano, Auxilio Lacouture, Gael García Bernal, Ximena Sariñana y Teri Gender Bender aquellos en los que pensé constantemente y fueron la Cineteca Nacional, el Centro Histórico y la Colonia Roma aquellos lugares en los que fui feliz, lugares que realmente me fascinaron. Eso fue México para mi, nada más, aunque puede que hayan sido muchas cosas más.
La foto que puedes ver al abrir la página de De Bogotá a California es una foto tomada al atardecer en la calle Madero en pleno centro histórico de la Ciudad de México. Al fondo puedes ver la Torre Latinoamericana, edificio insignia de la ciudad. Del lugar en donde se tomo la foto queda muy cerca el Palacio de Bellas Artes y justo al lado de este la Alameda Central, son unas pocas cuadras, quedan exactamente diagonal a la torre. Ahora bien, lo importante de la foto es que permite expresar lo siguiente. Ahí en esa ciudad, en esa calle, en ese atardecer sentí cerca a Arturo, a Auxilio, a Gael, a Ximena y a Teri. Me los imaginaba caminando por esa misma calle que yo caminaba como de seguro tantas veces lo han hecho, me los imaginaba viendo la misma arquitectura y el mismo cielo que veía, me los imaginaba pensando en su nuevo poema, en su nuevo amorío, en su nueva película y en su nueva canción. Me los imaginaba, no los encontré pero los pude ver, me los imaginé, los tuve cerca.
Y sí, allí también me sentí más cerca de California, pues en verdad lo estaba.
Listo, eso era todo.
#1. Dani California o Dani Bogotá.
Debo decir que no nací en el estado de Misisipi. También diré que mi papa no es policía y mi mama no es hippie. Debo decir que no soy Dani California, la chica de la canción de los Red Hot Chili Peppers, bueno, para ser más exacto tendría que decir que la chica de las canciones de los Red Hot Chili Peppers (Californication, By the Way y Dani California) historias en las que aparece. Pero, un momento, si no soy la chica que aparece en las letras de estas canciones de esta banda californiana qué además ha sido siempre mi banda favorita, entonces ¿Quién soy?. Puedo decir que nací unos cuantos miles de kilómetros más abajo que Dani la chica de quien sabemos “rest in peace”, ¿Dónde exactamente nací? no quiero decirlo, no me agrada haber nacido en ese lugar y es poco lo que guardo de este, no lo diré, no importa. Lo interesante acá es que Soy Daniel, Daniel de Bogotá, ciudad que amo, ciudad que me adoptó, ciudad en la que vivo hace más de seis años. Así pues, Soy una especie de Dani Bogotá dándole vida a este blog cuyo nombre es De Bogotá a California.
De Bogotá a California es un nombre que para empezar expresa y expresará dos cosas: mi amor por Bogotá y mi amor por California. La primera, ciudad que como se menciono anteriormente es la base principal de mis andanzas; la segunda, un lugar que aún no conozco aunque curiosamente conozco muy bien, un lugar que anhelo visitar algún día para así poder recorrer la Ruta estatal 1 o Pacific Coast Highway, abrazar el viento en Big Sur o caminar todo Sunset Boulevard en Los Angeles. Así pues, he ahí un poco del porqué del nombre del blog.
En De Bogotá a California se hablará quizá de todo un poco: de Bogotá y de otras ciudades, de música, de arte, de cine, de literatura, de filosofía, de política incluso, se hablará de todo aquello que este muchacho tiene en su cabeza, muchacho con 24 años, estudiante actual de Trabajo Social y quien además tiempo atrás estudió tres semestres de Filosofía y uno de Música. En conclusión, algunos escritos, pensamientos, relatos, opiniones, reseñas, imágenes y hasta incluso sonidos pasarán por acá de ahora en adelante. Arrancamos en Bogotá, llegaremos a California. Acomódese, el viaje es largo y atractivo.