Colores de Londres II: Rojo Vino
Se había conformado con un amor de segunda mano. Con las migajas de una vida que no era la suya. Sí, lo había hecho inconscientemente y nadie se lo había mencionado antes, nadie que la conociese hubiese tenido el valor ¿Quién habría sido capaz de decirle que había pasado los últimos siete años de su vida viendo a un hombre casado? Tirando sus tardes y sus noches a cambio de nada, ni si quiera de una promesa de exclusividad.
Por eso hoy no había acudido a su cita de los sábados por la tarde en esa tetería japonesa del centro. No. No pensaba volver. Su orgullo había salido de ese oscuro y recóndito lugar donde llevaba escondido siete años. No pensaba volver a verle. No pensaba escoger nunca más el papel de "la otra".
No era una decisión precipitada. Lo había pensado durante toda esa semana. Desde que se había separado de él ese sábado por la tarde no había dejado de pensar. Nada había salido mal, había sido una cita normal, como otra cualquiera. Se habían sentado a tomar té y ha hacerse carantoñas durante tres horas en la planta de arriba de la tienda, habían hablado y se habían sonreído. Se habían desnudado en ese Airbnb que ya era casi como su segundo hogar.
El elemento perturbador había sido externo e inocente. Esa chica que siempre atendía en la tienda, la misma con la que tenía suficiente confianza como para parlotear durante horas. Ese sábado después de la conversación vacía rigor, mientras que cogía algo de azúcar de encimera, había comentado con tono jocoso: "tu amante te espera arriba como siempre" y se había echado a reír. No había sido intencionado pero la había desarmado. La había hecho sentir avergonzada, sabía que había sido una broma
Había pensado en llamarle para avisarle, decirle que no asistiría a su cita, que a partir de ese día se quedaría en casa los sábados por la tarde. Pero no lo hizo, tenía prohibido llamarle por teléfono si no era una emergencia, así que lo dejó estar.
Le sorprendió que el móvil sonase a media tarde, que el nombre en la pantalla fuese el de él y no el de cualquier otra persona. Era imposible que la vibración del teléfono encima de la mesa hubiese derramado la copa que ella mantenía en la mano y que ahora estaba tiñendo la alfombra de rojo vino.
No cogió la llamada. Tomo una copa de vino nueva y la rellenó. Era el momento perfecto para pasar página.













