Manabe callaba. Al cabo de un rato sacó de su bolsillo lo que parecía un papelillo de medicina y puso sobre la sudorosa palma de Tamae un diamante en bruto que relucía amarillento: «Es un diamante que extraje yo mismo. Si vuelves a Japón puedes hacerte un anillo con él».
El diamante brillaba como si estuviera mojado. Sería porque estaban tendidos en la cama, pero a Manabe se le antojaba que las palmas del viajero sobre la hierba aventaban una fresca brisa por la ventana iluminada; todo en la atmósfera matinal de esta región pantanosa parecía saturado del relente nocturno. Sosteniendo el diamante entre sus dedos, Tamae estuvo un rato mirando embelesada su líquido fulgor. En sí mismo, el diamante parecía un objeto inesperadamente banal.
—Los diamantes de Borneo no son de buena calidad, pero éste será perfecto para un anillo.
—¿Cuánto me darían por él? […]
Manabe, titulado por el Departamento de Minería y Metalurgia de la Universidad Imperial de Tokio, había sido enviado con ocasión de la invasión de Borneo del Sur por una compañía minera, como empleado civil del ejército. Hacía aproximadamente dos años que vivía en la pequeña residencia oficial de la mina de Martapura. La primera vez que vio a Tamae fue en un banquete ofrecido por el gobernador civil japonés. A Tamae enseguida le gustó Manabe. Un día caminó los cuatro kilómetros y medio hasta la mina para verlo, disfrazada de mujer indonesia. A Manabe, por su parte, —aunque al principio Tamae le pareció una frívola— poco a poco le fue ganando la pasión que ella le mostraba. Le fastidiaba que sus propios escrúpulos no le permitieran consumar la relación. Usar el cuerpo de Tamae como consuelo de una noche era, en términos del Zen, cebar la angustia suprema del deseo carnal. Una vez que el momentáneo ardor de la lujuria había pasado, el ambiente sereno de la mañana le traía una distendida calma. […]
Y aun así su escarceo con Tamae, bien mirado, distaba de ser una conducta recta. Solo empañaba la luz de su alma. Por alguna razón, precisamente por ser aquella una zona de guerra, se tenían más inhibiciones. La noción de las innumerables miradas japonesas fijas en uno resultaba intimidatoria. Y ante los ojos del estudiante becado por el estado que era Manabe pendía el honor del porvenir. Cómo le reconfortaban, sin embargo, en las noches solitarias en tierra extraña, las dulces palabras del otro sexo, murmuradas sólo para él. En el mismo bungalow donde vivía Manabe residía un joven que, en vez de llevar un diario, le escribía cada día a su mujer. Manabe no podía menos de envidiar la pura añoranza del hogar de un muchacho así.
Mientras el ejército avanzaba gallardamente capturando el territorio no había habido tiempo de pensar en nada más. Pero una vez ocupado el terreno y asentadas las cosas, las honorables normas del ejército se iban tornando timoratas y apocadas en tiempo de paz. El cambio minaba la estabilidad. Cuanto más pacíficas y tranquilas se volvían las circunstancias, más se relajaba la disciplina. Es lo que había ocurrido en el caso de Manabe. Mientras corría de acá para allá estableciendo las operaciones mineras en el territorio recién ocupado sentía que estaba arriesgando su vida por la nación. Pero cuando sus esfuerzos empezaron poco a poco a dar fruto le atormentaron ideas de insuperable tedio. Había comprobado con sonrojo sus bajos deseos al verse enamoriscado del porte sinuoso de la criada de la tribu Daya, tan parecida a una japonesa, o buscando medio ausente los cuerpos bellos entre las cernidoras de arena malayas y javanesas.
Las actividades mineras bajo supervisión militar eran tremendamente atosigadoras. Pero el lustre líquido de los diamantes mismos siempre le recordaban la piel tersa y elástica de una mujer. Más que en el aspecto utilitario de los diamantes —que se usaban en diversas maquinarias— Manabe disfrutaba imaginándoselos como adorno de la belleza femenina. Versicolores diamantes, amarillos, violeta, púrpura, cobalto, rosa, emergían uno a uno entre la arena como astros celestes, fruto del trabajo de incontables decenas de miles de culis nativos. Tales diamantes, que aparecían tan espaciadamente y en tan escasa cantidad, eran lamentablemente reducidos a polvo en las fábricas de armamento de la patria. Su fulgurante belleza romántica, dispersada como vapor inane una vez abandonaban la región minera, constituía el efímero rocío del campo de batalla.
Manabe había enviado a su mujer un gran diamante de un radiante azul cobalto. Unos días después de recibirlo su mujer lo había donado al estado para contribuir al esfuerzo de guerra. Le llegó una carta, completamente fuera de lugar, animándolo a que la alabara por su patriotismo y por haber adivinado lo que esperaba de ella. Se trataba de una piedra magnífica, hasta el punto que dudaba que se hallara nunca otra semejante en aquella región minera. Manabe estaba disgustado y furioso por la zafiedad de su mujer. Su falta de sensibilidad por las gemas, su percepción de los diamantes como otros tantos tipos que montar en una imprenta, le parecía patética. Las japonesas no entendían la auténtica belleza de las piedras preciosas, ni su valor mundano. En el dedo encallecido de una japonesa que giraba cada día en la misma noria de trabajos, el bello resplandor de un diamante podía parecer un desmán aterrador.
En aquellos días de estancado régimen militar, Manabe percibía algo común entre la estupidez que oprimía un territorio ganado a costa de sangre para beneficio de sus ignorantes conquistadores —que despreciaban a la población nativa como a una raza inferior pero no eran capaces de captar su propio descomunal desgobierno— y el corazón de una mujer japonesa que desconocía el valor de un diamante.
Que Tamae le preguntara cuánto podían darle por aquél, después de todo, lo reconfortaba.
Hayashi Fumiko











