───Capítulo 07
Hijos de la persona menos esperada y marcados por circunstancias desafortunadas, Antares e Issadora terminan creciendo bajo el cuidado de los Malfoy.En Hogwarts, sus caminos comienzan a bifurcarse y, con la amenaza del regreso de Voldemort sobre el mundo mágico, los lazos familiares serán puestos a prueba.Se supone que la sangre pesa más que el agua... ¿o no?
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Las vacaciones habían comenzado tal como Issadora había temido, aunque en el fondo también lo esperaba. En la mansión era invisible para todos, excepto para los elfos domésticos y, en contadas ocasiones, para Draco, lo que la dejaba sumida en una rutina de silencios y soledad. Sin embargo, para su sorpresa, aquello no la perturbaba tanto como antes, pues no recibía insultos ni reproches directos, solo miradas frías y llenas de desprecio. Eran más intensas que nunca, aunque ella ya había aprendido a desviar la vista y a no prestarles demasiada atención.
No obstante, había ocasiones, como este día en particular, en que el rechazo se volvía insoportable. Momentos en los que el mutismo de la casa le resultaba demasiado pesado y el deseo de encontrar a alguien en quien apoyarse se hacía casi una necesidad vital.
La tormenta rugía con fuerza aquella noche, y un trueno particularmente estridente arrancó a Issadora del sueño. Abrió los ojos de golpe, con el corazón acelerado, mientras el repiqueteo constante de la lluvia golpeaba los ventanales. Lo primero que encontró fue la fría pared junto a su cama, un recordatorio tangible de la soledad que la rodeaba. Forzándose a ser valiente, cerró los ojos con la esperanza de volver a dormir, pero cada rayo la mantenía en vilo. Giró boca arriba y quedó mirando el techo, dejando que los recuerdos del año la invadieran, con una tristeza amarga por no tener una familia que la contuviera. A pesar de los pocos recuerdos que conservaba, extrañaba profundamente a su madre, aquella que la abrazaba, le sonreía, la consolaba y le repetía que todo estaría bien sin importar el problema. Incluso pensó en Antares, el buen hermano que había sido entonces y que ahora no era más que indiferente.
Suspiró con una gran opresión en el pecho y, tras mirar el edredón, se levantó. Agarró un saco de lana grande, largo hasta los pies, y salió de la habitación como si pudiera, de alguna forma, huir a un rincón menos expuesto a la tormenta. Cruzó los brazos, tapándose un poco mejor con el abrigo, y comenzó a caminar por los fríos y vacíos pasillos, observando cada ventana que dejaba atrás mientras se sobresaltaba con los truenos y relámpagos repentinos. La lluvia parecía reflejar su estado de ánimo y se preguntó, no sin cierta frustración, por qué su mente se activaba justo por las noches, cuando lo único que deseaba era dormir y dejar de lado todo lo que dolía.
Con otro suspiro que ni siquiera notó haber soltado, empujó la gran y algo pesada puerta del comedor y entró, cerrándola con sumo cuidado, como si el simple ruido pudiera romper el frágil silencio de la mansión. Al poner un pie en el interior, dudó si en algún momento los elfos domésticos dormían, porque todo parecía recién aseado. El suelo de baldosas blancas no tenía ni una mota de polvo, y casi sentía que su sola presencia iba a ensuciar el lugar. Aun así, lo ignoró y siguió caminando, notando cómo sus pies se pegaban levemente al avanzar hacia el otro extremo del salón. Cuando llegó, se sentó contra una de las paredes, apoyando la cabeza en ella mientras abrazaba las piernas y dirigía la mirada al gran ventanal. Era como si los pensamientos que la habían desvelado se negaran a soltarla, girando y repitiéndose sin descanso en su cabeza, cada uno más ruidoso que el anterior.
Luego de un rato, uno verdaderamente largo, el sueño apareció de golpe y la alcanzó con la fuerza de un troll. Sin darse cuenta, se fue deslizando por la pared en la que descansaba hasta quedar recostada en el suelo. Terminó acurrucándose sobre sí misma, en una posición casi fetal, y acomodó mejor el saco como si fuera una manta improvisada que pudiera protegerla de algo más que el frío.
A la mañana siguiente, nadie en la mansión Malfoy notó la ausencia de Issadora, aunque no era algo fuera de lo común, por lo que no le dieron mayor importancia y continuaron con sus rutinas. Sin embargo, cuando Lucius, Narcissa y Rodolphus Lestrange ingresaron al salón de reuniones y la encontraron allí, los tres se detuvieron a unos pasos para observarla. Los dos que la conocían mejor fruncieron el ceño al instante, dejando ver claramente su desagrado y profunda desaprobación.
—¿Quién es esa pequeña cucaracha? —preguntó el invitado, levantando una ceja con desdén.
—La hija de Regulus —respondió ella, cuidando que el veneno no se filtrara demasiado en su voz.
Rodolphus la miró con interés, mientras Lucius usaba su bastón para picarle las costillas y despertarla. Ella apartó el brazo que cubría su rostro de la luz del día y abrió los ojos lentamente. Se incorporó apoyando una mano en el suelo y, al ver a las tres personas presentes, supo que estaba atrapada dentro de la fauces del hombre lobo. Las expresiones severas de sus tíos confirmaban el peligro en el que se encontraba, mientras que la otra persona esbozaba una sonrisa ladeada y maliciosa.
—Dobby —llamó el rubio, y el elfo apareció de inmediato—. Llévala a su habitación y asegúrate de que no salga ni vea a nadie hasta que el invitado se haya retirado.
Ante el tono severo que empleó, Issadora se levantó rápido, dejando de lado el cansancio que la invadía, dominada ahora por un miedo creciente. Permitió que el elfo tirara de ella para comenzar a caminar en completo silencio, con la cabeza baja, evitando mirarlos a los ojos mientras la guiaban fuera.
Por uno de los pasillos, Draco y Antares caminaban hablando sin mucho entusiasmo cuando, frente a ellos, vieron a Issadora bostezar mientras se frotaba un ojo.
—Dormir en el suelo me tensó —dijo adormilada—. ¿Sabes de algo para que no duela?
—¡Por supuesto, señorita! ¿Quiere que le haga unos masajes mágicos relajantes? Le aseguro que serán de su agrado —respondió el sirviente, animado, moviendo sus grandes orejas.
—Oh, eso sería perfecto —aseguró, amando enseguida la idea, ignorando cómo sus familiares la miraban desaparecer con su largo abrigo arrastrándose por el piso.
—¿Dormir en el suelo? —repitió Draco en voz alta.
Antares giró la cabeza para mirar por la ventana el cielo gris y cubierto de nubes que amenazaba con descargar en cualquier momento. Comprendió de inmediato el estado de ánimo de su hermana y, con actitud desinteresada, comenzó a caminar.
—No debe ser importante —aseguró, dejando un poco atrás al rubio.
—Iré a verla —respondió con cierto reto en la voz, esperando que él lo siguiera.
Sin obtener más respuesta que la detención de su primo y una mirada fría por encima del hombro, el Malfoy cambió de rumbo haciendo eco con sus zapatos recién lustrados. Llegó frente a la habitación de la joven y tocó la puerta cerrada con educación. No tuvo que esperar mucho para escuchar, desde el interior, la voz de Issadora preguntando quién estaba al otro lado, con un tono entre curioso y cansado.
—¡Soy Draco!
Esperando que ella le abriera, bajó la vista casi hasta las baldosas al encontrarse con Dobby, quien no le dejaba espacio suficiente para ingresar.
—La señorita no puede ver a nadie ni salir, son órdenes de su padre —explicó, notando cómo el muchacho fruncía el ceño.
—¿Está castigada? ¿Hasta cuándo? —preguntó, observando al elfo juntar las manos con nerviosismo.
—Hasta que el señor Rodolphus Lestrange se retire de la mansión.
—¿Él vio a mi hermana? —exigió Antares, firme, apareciendo de sorpresa.
—S-sí —respondió, algo abrumado—, estaba junto al señor y la señora Malfoy cuando la encontraron.
Por esa confirmación, el de ojos azules chasqueó la lengua en señal de desaprobación y dio la vuelta, regresando por donde vino sin ofrecer explicación alguna. Draco lo observó confundido, pero pronto volvió su atención a Dobby y, sin decir nada más, también se marchó.
Un rato después, cuando los asuntos se resolvieron y el invitado abandonó la mansión, Narcissa se dirigió directamente hacia Issadora. Sin siquiera tocar la puerta, entró y la encontró dormida, por lo que la agarró del brazo y la zarandeó hasta despertar. De nuevo, la menor volvió abruptamente a la realidad, y palideció al comprender lo que se avecinaba.
—¿¡Qué rayos crees que estabas haciendo ahí!? —preguntó, soltándola bruscamente cuando la joven se sentó en el borde de la cama tras haber sido arrastrada hasta allí.
—Descansaba… —respondió en voz baja, evitando su mirada.
—¿¡Descansabas!? ¿¡Qué clase de respuesta es esa!?
El susto le había dejado la mente en blanco, y aunque sabía que no existía una respuesta correcta para las preguntas de Narcissa, tampoco encontraba una forma de zafarse. Todo lo que pensaba eran callejones sin salida, y la manera en que estaba siendo reprendida no hacía más que nublarle el juicio.
—¡Avergonzándonos frente al esposo de mi hermana! ¿¡Nunca te cansas de hacernos quedar en ridículo!? ¡Nosotros, que hicimos lo mejor por criarte desde pequeña! —gruñó, llevándose una mano al pecho mientras se inclinaba sobre ella.
—Lo lamento —susurró mientras se mordía el labio inferior, incapaz de sostenerle la vista ante esa furia que, hasta entonces, le era completamente desconocida.
—Realmente increíble… ¡Durmiendo en el suelo como si fueras un pobre y mugriento Weasley!
Escuchar el apellido de uno de sus mejores amigos en una frase tan despectiva apagó de inmediato cualquier instinto de supervivencia. Issadora se quedó inmóvil, con la expresión completamente desencajada, sintiendo cómo la sangre hervía y la recorría como un torrente desbocado. Sin vacilar, se puso de pie de un solo movimiento, quedando tan cerca de Narcissa que esta se vio obligada a retroceder, desconcertada ante el repentino y rotundo cambio de actitud.
—No tienes ningún derecho a hablar de ellos —gruñó, marcando cada palabra con una ira apenas contenida—. Esa familia que tanto subestimas son las personas más increíbles que he conocido. Puede que no tengan mucho dinero, pero, a diferencia de ustedes, tienen honor. Son buenos, amables y bondadosos, y su felicidad no depende del estatus social ni de degradar a los demás. ¡Una serpiente sucia, rastrera y despreciable como tú no puede hablar mal de ellos, ni de ningún mago, sin antes lavarse la boca!
Narcissa frunció cada músculo del rostro mientras el color le subía rápidamente a las mejillas. Alzó la mano con furia, y aunque Issadora cerró los ojos esperando un golpe brutal, solo sintió el roce de unas uñas afiladas en su mejilla.
—¡No!
La inconfundible voz chillona de Dobby resonó por toda la habitación y, al mirar, lo vio colgado del brazo de su ama en un débil pero efectivo intento de detenerla.
—¡Asqueroso trapo sucio, suéltame! —exclamó, sacudiéndose con fuerza.
El elfo cayó al suelo dando una voltereta, pero se levantó enseguida y desapareció utilizando su escasa magia. Issadora quedó boquiabierta ante la inesperada intervención, aunque no tardó en volver a centrarse en Narcissa, por si decidía atacarla de nuevo.
—Ya verá ese insecto cuando vuelva a aparecer… —murmuró, mirando el espacio vacío antes de fijarse en la joven—. No quiero verte en las próximas semanas. Comerás aquí y será mejor que no te cruces en mi camino, porque, comparado con lo que te haré, un Crucio parecerá una caricia —advirtió, aún encendida de rabia, aunque finalmente se marchó sin hacer nada más.
Sola, por fin se permitió liberar el aire contenido y miró hacia la entrada, que había quedado abierta. Fue entonces cuando descubrió a su hermano y primo observándola, prácticamente sin saber qué hacer. Ignoraba en qué momento habían llegado o cuánto lograron presenciar, pero, aún con alguna chispa de furia ardiendo entre las cenizas de su pecho, azotó la puerta, dolida de que ninguno hubiera intentado detener la situación.
Pasó el primer septenario y el castigo impuesto se transformó en una celda sin barrotes, un encierro silencioso que la mantenía apartada del resto de la mansión. Aislada en aquella habitación, con la única compañía de los elfos que le dejaban la comida sin emitir palabra, Issadora empezó a notar cómo el ánimo se le deshacía entre los dedos. Por primera vez desde que había llegado, deseó con todas sus fuerzas no estar allí, no depender de esa familia que le recordaba a diario que no era bienvenida. Si al menos Antares hubiera estado de su lado, todo habría sido distinto, pero sabía que no estaba en su naturaleza enfrentarse a lo establecido y comprendía que apoyarla solo significaba renunciar a los privilegios que disfrutaba. Además, reconocía que Draco estaba en una posición más complicada, pues esos eran los padres que siempre lo colmaron de afecto y protección, mostrándole una faceta llena de cariño y amor. Aunque no deseaba arrastrarlos a su propia infelicidad, dolía que ninguno se ofreciera a ayudarla.
El insomnio se volvió habitual, especialmente porque su único entretenimiento era estudiar, incapaz de realizar cualquier actividad física sin correr el riesgo de que Narcissa la viera. Bostezó, aburrida y cansada, pero el sueño no llegaba, hasta que un rayo que cayó en el bosque que rodeaba la mansión la sobresaltó. Miró la ventana con miedo, amagando a taparse los oídos, aunque solo lo hizo cuando el trueno que siguió provocó temblor en los vidrios. Asustada, salió casi volando de la cama y abandonó la habitación sin pensar en la reprimenda que podría caerle si la descubrían.
Vagó sin rumbo hasta que encontró la biblioteca, un lugar que le brindaba cierta seguridad gracias a los estantes que actuaban como barreras contra los traumas que despertaban en las noches de tormenta. Odiaba el ruido y, especialmente, los relámpagos, que le recordaban aquel horrible destello verde que, años atrás, acabó con la vida de su familia.
Trotó por los pasillos hasta detenerse junto a una pared y se dejó caer sobre una alfombra que la protegía del frío suelo. Intentó controlar la respiración, pero estaba completamente abrumada y las horribles vivencias en aquella casa solo lograron que estallara en llanto. Escondió el rostro entre las piernas y luego se abrazó, quebrándose como casi nunca lo hacía.
—Hey.
Con un respingo, Issadora levantó la cabeza y encontró a su hermano de pie, mirándola impasible. Era difícil para ella leerlo, pero el simple hecho de que estuviera ahí la hizo secarse las lágrimas y fruncir el ceño. Sin decir palabra, él se agachó y sostuvo su mentón un momento antes de acunarle la mejilla en un gesto afectuoso que ella no esperaba, por lo que apartó el rostro con rapidez.
—¿Qué sucede? —preguntó Antares, ligeramente confundido, mientras retiraba la mano.
—Como si necesitaras preguntar —contestó fría, girando el rostro y volviéndolo a apoyar sobre sus piernas flexionadas.
Issadora esperaba que se marchara, porque estaba a un paso de volver a romperse y, si él la tocaba otra vez con esa ternura inesperada, no iba a poder evitarlo. Sin embargo, su hermano no pareció captar la indirecta y le tomó las manos, justo cuando unas lágrimas empezaban a rodar. Ella intentó soltarse, pero él frunció el ceño y aplicó una leve presión, apenas suficiente para que dejara de resistirse.
—Basta, déjate consolar aunque sea un poco.
Sentándose a su lado contra la pared, Antares tiró de ella con suavidad hasta hacer que se acomodara entre sus piernas y lo usara como apoyo. Ante ese gesto y la cercanía, la chica se dejó vencer y se acurrucó todo lo que pudo mientras caía en llanto. Apretó la remera del pijama del muchacho y enseguida la empapó con sus lágrimas, aunque eso no hizo que el mellizo se apartara. Al contrario, la rodeó con ambos brazos, sosteniéndola con fuerza mientras dejaba que se desahogara sin decir nada.
—Quiero irme de aquí… —murmuró, y él inclinó un poco la cabeza para escucharla mejor—. Odio esta casa, a mi tía y a Lucius. No quiero quedarme más, pero aun así no quiero alejarme de ti ni de Draco. Son la única familia que tengo desde que mamá murió… al menos, la única que quiero —dijo, haciendo una pausa para intentar calmarse—. Anhelo tener un hogar. Una casa que me haga feliz, que me haga sentir cómoda y protegida, no rechazada e inadaptada. Desconozco cuánto más pueda aguantar.
Después de esa confesión, la chica cerró con fuerza los ojos y volvió al silencio, escondiendo el rostro en el pecho de su hermano para llorar hasta quedarse dormida. Con solo el sonido sordo de la tormenta afuera, Antares la dejó entre sus brazos, estrechándola con un poco más de fuerza y hundiendo el rostro en su cabello mientras pensaba en el dolor que ella cargaba. Pero, sabiendo que necesitaba descansar, los acomodó a ambos en el suelo para que pudieran dormir placenteramente dentro del lugar en el que estaban.
A la mañana siguiente, Issadora se despertó sola en el suelo de la biblioteca, con el sol filtrándose por las ventanas. La luz dejaba atrás la tormenta de la noche anterior, al igual que ese extraño e inesperado momento entre hermanos. Con el recuerdo aún vago por haber abierto los ojos recién, permaneció allí cerca de un minuto antes de incorporarse, algo agarrotada, y salir asegurándose de no cruzarse con ninguno de los adultos. Sin embargo, se topó de sorpresa con Antares, que salía de su habitación completamente vestido mientras ella aún llevaba puesto el pijama.
Los dos se miraron y él amagó con desviar la atención, pero terminó por darle un leve asentimiento antes de alejarse como si nada hubiera pasado. Ante el regreso de su indiferencia habitual, la joven suspiró, decepcionada de que el acercamiento de la noche anterior no hubiera significado ningún cambio en su relación. Le dolía pensar que, después de consolarla y estar a su lado, con la llegada del día pareciera haber recapacitado y elegido volver al bando de Lucius y Narcissa.
Desde entonces, no volvieron a intercambiar más que palabras sueltas, forzadas por la convivencia. Cada uno se encerró en su propio espacio y ella volvió a caminar por la casa como una sombra, sin ser vista ni tenida en cuenta. El tiempo se estiró en una secuencia de días grises y distantes, hasta que finalmente llegó la salida familiar para adquirir los materiales del segundo año en Hogwarts. Ya habían hecho la mayoría de las compras y solo quedaba un último destino, Flourish y Blotts, que se encontraba extremadamente abarrotada de gente.
Los Malfoy y los Black caminaron entre la multitud sin que nadie se atreviera a interponerse. Las personas los evitaban con rapidez, permitiéndoles llegar hasta el frente casi sin darse cuenta. Allí descubrieron que el alboroto se debía a la presentación del nuevo libro de Gilderoy Lockhart, quien hablaba con entusiasmo ante el público.
Issadora gruñó por lo bajo, rodando los ojos, y dio la vuelta para subir por las escaleras laterales que la mantenían por encima de ese mar de gente. Desde allí, observó todo con mayor claridad y no tardó en distinguir a los Weasley, Harry y Hermione. Sonrió sin darse cuenta, pero la mueca desapareció al notar a su hermano junto a ella, mirándola con advertencia. El mensaje era claro y directo, indicándole que no debía cometer ninguna estupidez frente a sus tutores.
A lo lejos, escuchó cómo Harry era llamado por el célebre escritor, quien le obsequiaba todo el material escolar para el próximo ciclo. Los presentes aplaudieron, y el chico, visiblemente incómodo, se escabulló en cuanto pudo, deseando que todo terminara, pero Draco lo interceptó.
—Potter, adoras que todos te atiendan en cada lugar, ¿verdad? —preguntó con veneno en la voz, observando cómo Ginny se acercaba para defenderlo—. Vaya, ¿ya conseguiste novia? Una sucia y pob… —empezó a decir, pero fue interrumpido bruscamente por el firme apretón de Lucius en su hombro.
Issadora observó todo con atención y, de no ser por la intervención del adulto y el firme agarre que Antares ejercía en su cintura, ya habría salido a enfrentar al platinado casi a gritos.
—Basta, Draco —dijo mientras tomaba los libros de Ginny del caldero para examinarlos—. Segunda mano, justo lo que esperaba —comentó con sorna, dejando confundidos a varios que no entendían por qué había detenido a su hijo si él mismo iba a hacer ese comentario tan despectivo.
Mientras devolvía los objetos a su lugar, Arthur apareció, desatando una guerra de miradas y comentarios agudos. Entonces, con evidente sorpresa, Hermione llamó a Issadora por su nombre al darse cuenta de que estaba allí. Al oírla, todas las miradas se posaron en la Black, quien solo pudo responder con una sonrisa tímida, mientras sentía cómo el agarre de su hermano se tensaba, advirtiéndole que tuviera cuidado.
—Hola, chicos.
El amable saludo provocó que Antares la pellizcara, haciéndola saltar y ahogar una exclamación. Se removió incómoda y bajó la mirada al suelo justo cuando Lucius parecía estar a punto de lanzarle un silencioso Crucio.
—Vámonos —dijo con firmeza, mientras su cabello platinado ondeaba al darse la vuelta para salir.
Issadora bajó rápidamente para saludar a sus amigos, pero su hermano la sujetó del brazo y, con un tirón, le hizo cambiar de dirección.
—¡Antares! —exclamó al salir, pero él la empujó contra el marco de la puerta por su queja.
—Calla y deja de meterte en problemas, solo lo empeoras.
La sorpresa se reflejó en sus ojos y retrocedió apenas ante el gesto brusco y la dureza de la orden. Sin oponer resistencia, dejó que él la arrastrara mientras intentaba asimilar sus palabras, consciente de las miradas confundidas que la seguían.
Aunque no había podido hablar con sus compañeros, Hogwarts estaba a solo unos días de recibirla otra vez, y no podía sentirse más feliz por ello. Esa emoción había hecho que ya tuviera todo empacado en el baúl, el cual miraba con ilusión cada tanto. Justo en uno de esos momentos, observaba el equipaje preguntándose si no olvidaba algo más, cuando un repentino escándalo en el comedor la sacó de su ensueño con el inminente regreso a clases.
Algo insegura, se levantó de la cama y dio unos pasos fuera de la habitación, deteniéndose a escuchar mejor. Sin embargo, más allá de algunas voces elevadas, no lograba reconocer nada con claridad, por lo que se acercó con cautela hacia la zona del alboroto. A medida que se aproximaba, los gritos y los ruegos de una voz aguda se hicieron más nítidos, y no tardó en reconocer que se trataba de Dobby. Con el corazón acelerado, se asomó por la puerta del comedor y vio a Lucius golpearlo con violencia mientras le gritaba cosas que ella prefería no repetir.
Angustiada y exaltada por la escena, vio cómo Draco y Antares aparecían por la otra entrada del comedor, igual de alarmados por el repentino alboroto. Ambos quedaron paralizados, sin saber qué hacer ni por qué Lucius estaba castigando al elfo de esa forma.
Los dos jóvenes apartaron la vista de la escena al notar que Narcissa e Issadora también estaban en el comedor. Sin embargo, observaron con pánico cómo esta última irrumpía de pronto, corriendo hacia el centro del conflicto y colocándose entre ambos con los brazos en alto, intentando detener al hombre.
Sabiendo que eso no podía terminar bien, atestiguaron con la boca seca cómo Lucius le tomó una de las muñecas para apartarla bruscamente, alzando luego la mano libre y golpeándola en la mejilla. El sonido del impacto retumbó, cortando el aire ante el silencio de la impresión general, aunque el lloriqueo de Dobby seguía escuchándose de fondo.
Contrario a lo que el resto pudo imaginar, otro sonido similar al anterior resonó en la sala. Issadora, pálida, abrió los ojos con espanto y miró su propia mano como si no le perteneciera, incapaz de creer lo que acababa de hacer. Porque todos sabían que, efectivamente, acababa de abofetear a Lucius Malfoy.



















