Escribo para nadie porque sé que nadie me lee.
Pensé que escribía como nadie pero es claro que no…
Nadie está atento.
Y aunque sé que yo soy yo y nadie es nadie, también sé que yo no puedo ser yo porque yo soy nadie.
…
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@donphobos
Escribo para nadie porque sé que nadie me lee.
Pensé que escribía como nadie pero es claro que no…
Nadie está atento.
Y aunque sé que yo soy yo y nadie es nadie, también sé que yo no puedo ser yo porque yo soy nadie.
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Partiendo de ceros, lo único posible es ganar
Como profesional de la Comunicación, me toca de un modo curioso la partida de Jacobo Zabludovsky pues, tras haber tenido la oportunidad de presenciar una entrevista realizada a tan importante personaje de los medios de nacionales comunicación, pude conocer un poco a la persona que se encontraba detrás de la leyenda periodística.
Si bien, como mexicanos podemos tener opiniones encontradas sobre su carrera o su ética profesional (teniendo muy en cuenta, y no precisamente a manera de excusa, que él fue forjado a la vieja usanza del imperio Azcárraga y la pasada dictadura priista), es innegable la fuerte influencia que representó para bien o para mal, en los medios de comunicación modernos; convirtiéndolo en un referente obligado dentro de las cátedras universitarias y un icono del periodismo.
Confieso que me aqueja tan lamentable pérdida, pues en fin de cuentas, hoy nos dejó un ser humano que fue, de hecho, clave en la conformación de la noticia televisiva en nuestro país, pues como él mismo explicó durante la entrevista arriba mencionada: cuando la televisión llegó a México, él no tuvo que abrirse paso dentro de ella; él ya estaba ahí, en los medios de comunicación, antes que la tele misma.
A través de este texto, me despido de un hombre a quien sólo vi una vez en persona y que con esa única ocasión, me despertó una gran admiración al ser testigo de su entereza (pese a su ya avanzada edad), su lucidez, su sabiduría, sus ganas de trabajar y, particularmente, su amor por la colonia donde nació: el Centro Histórico de la Ciudad de México; sentimiento que por cierto, tenemos en común.
Si bien es cierto que esta nueva cara que luce el Centro, se la debemos en gran medida a los Jefes de Gobierno de las últimas administraciones, quienes se han abocado a devolverle su antiguo esplendor e incrementar su atractivo turístico; también es un hecho que gran parte de esta lucha por el Primer Cuadro de la Ciudad fue encarada por el Patronato del Centro Histórico, del cual, Jacobo Zabludovsky formó parte con el fin de rescatar y conservar la zona que da sentido e identidad al distrito Federal.
En los próximos días, seguramente los medios nos llenarán de frases y momentos alusivos a la vida de este destacado periodista. Por lo que para cerrar este texto y sin afán de unirme a la ola de falsos sentimentalismo, quisiera compartir esta pequeña enseñanza de vida que indirectamente me transmitió cuando durante la entrevista le preguntaron sobre el por qué querría un programa radiofónico en una frecuencia cuyo raiting en ese momentos se encontraba literalmente, en ceros; a lo que respondió que no podría ser una situación más favorable, pues partiendo de nada, lo único que podía suceder era crear, ganar: generar algo.
¿Tú qué prefieres: vivir con el temor de no saber o saber que vives con él?
Actualmente, casi la totalidad de la población mexicana ha escuchado, cuando menos una vez sobre la existencia del VIH y el riesgo de salud que éste supone. Es un hecho que la información existe y está a la mano de prácticamente cualquier persona que tenga un poco de curiosidad al respecto.
Sin embargo, lo que actualmente debería alarmarnos no es precisamente la pandemia que el VIH representa, sino la forma en cómo la sociedad encara día con día esta situación; y hago énfasis en la educación.
Hoy en día, son más y más comunes los casos de gente que decide, por muy diversas razones, confrontar al azar al teniendo relaciones sexuales sin protección y encarar el riesgo de, no sólo contraer VIH, sino cualquier otro tipo de infección de transmisión sexual (ITS).
Si bien es sabido por muchos que con los medicamentos actuales, dejamos de pensar en el VIH/SIDA como una enfermedad mortal para redefinirlo como una condición crónica; es decir, que con sólo apegarse a la toma correcta del medicamento, cualquier persona que vive con el VIH aspira a tener una calidad y tiempo de vida como el de alguien que no sea portador.
Entonces, partiendo de la premisa anterior, ¿por qué es que mucha gente que sabe ha corrido con el riesgo de una relación sexual desprotegida, opta por continuar su vida, ignorando su estado serológico y, por ende, poniéndose a sí mismo en peligro, al igual que a sus futuras parejas sexuales?
Y entre las curiosas respuestas que podemos encontrar a esta pregunta son: apatía o desinterés, incredulidad, falta de información, miedo al estigma social, escasos recursos económicos (aun cuando en México, el Estado garantiza el abasto del medicamento sin costo a todo aquel que esté inscrito en alguno de sus programas de salud pública) y repulsión a los efectos secundarios del medicamento.
Resulta todavía más interesante darse cuenta que cada vez son más las personas que adquieren esta última respuesta como su nueva filosofía de vida. En efecto, le tienen más miedo a los medicamento que al VIH/SIDA y sus consecuencias.
Ésta sí que es una situación alarmante, pues coloca al individuo en una verdadera carrera contra el tiempo para decidir tomar sus medicamentos, en caso de ser portador, antes de que su sistema inmune se vea tan afectado, que difícilmente se podría pensar en una buena calidad y tiempo de vida como se mencionó con anterioridad.
Éste es un punto esencial en el cual deberían enfocarse gran parte de los actuales proyectos de educación y prevención. Dejemos de lado la cultura de “infundir el miedo a contraer el VIH por el miedo en sí”, para dar paso a la verdadera información, la cual permite al individuo decidir por conocimiento de causa; genera una mayor responsabilidad ante sus actos, lo que nos lleva ante una adecuada respuesta ante situaciones inesperadas y que finalmente derivaría en una mayor cantidad de vidas salvadas (en el más amplio sentido de la expresión) y menos gente refugiada en el obscurantismo de la ignorancia.