La alegría llegó a mi corazón cuando pude vislumbrar el final de un camino que hube emprendido hace ya bastante tiempo. Que corto fue el intervalo en el que se manifestó el júbilo, que pronto llegó la tristeza. Tristeza, hija de la nostalgia que provoca el decir adiós. ¿Quién se despide de sus días de arduo esfuerzo sin sentir dolor?, ¿quién se marcha de su prisión sin extrañar los trozos de vida que en ella dejó?, ¿cómo me separo de los congéneres que se convirtieron en centinelas de mi sueño?
Intento despabilar mi mente, es claro que se encuentra aletargada por la experiencia previa y cerrada a cualquier cambio. Me tranquilizo y recuerdo que la vida es movimiento, bello peligro de caer, un constante intento de mantenerse en pie. Así como las palabras que llevan poesía deben partir de los labios donde cómodamente reposan, tal como el fruto se desprende del árbol, abandonando el confort para llevar su regalo, así yo debo aceptar los cambios que vienen a mí. Desprenderme para no morir. Desprenderme, mas no olvidar. Hagamos, pues, el recuento de lo vivido, el inventario de lo adquirido. Conocer el contenido permite desechar lo innecesario.
Arrancaremos esta historia en el punto en el que verdaderamente comenzó, en el periodo anterior a este. Después de una corta historia de amistad y decepción, de un descanso con excesos y de un deseo de demostrar nuestra capacidad, se une a nosotros el personaje que vendría a completar el equilibrio a este equipo multifacético. El equipo de cuatro se había convertido en el quinteto que levantaría las expectativas mucho más allá de lo que ellos hubieran podido prevenir. El reacomodo fue difícil y el recelo que generaba el tener que cambiar la rutina se podía ver a leguas, sin embargo, poco a poco las fichas tomaron sus posiciones y la estrategia de juego fue dictada. La defensa y el ataque se equilibraron, la diplomacia comenzó a hacerse notoria. Pronto la vida nos enseñó la lección más valiosa que todo hombre debe aprender en algún momento de su vida, es una labor complicada sintetizarlo así que tomaré prestada una frase de Sigmund Freud que puede enmarcar claramente esta posición. La frase dicta: “Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla.”. En este periodo de trabajo nuestras expectativas, y la de los que nos rodeaban, superaron a nuestros hechos. Fue una manera dura, pero necesaria, de aterrizar nuestras ideas y de reducir nuestros egos, fue el entender que uno debe estar preparado para entregar todo si desea lograr sus sueños.
Con los ánimos destrozados, superficialmente restaurados con la racionalización y la justificación, nos dimos la oportunidad de abrir las alas y levantar un vuelo largo que nos separaría de la realidad. Un viaje que nos daría el cambio de perspectiva necesario para transformarnos en los seres capaces de llevar adelante las campañas más desgastantes, de caminar los caminos más escabrosos. Es decir, seres capaces de cumplir sus metas. El equipo, separado una vez más, logró adquirir una serie de conocimientos que serían fundamentales para aquello que se avecinaba.
Comenzaba el periodo actual y los preparativos con él. La energía del descanso previo nos daba aquella luz de vitalidad que se fue desvaneciendo al paso de los días. Surgieron entonces las primeras disyuntivas referentes al proyecto que se buscaba retomar. Decidimos tomar la revancha que astutamente nos ofreció la vida, esta vez estábamos dispuestos a entregar cuerpo y alma a nuestra convicción. Entrega total, la expresión más pura de amor, si se me pregunta. La experiencia obtenida previamente nos daba mejor sinergia a la hora de proponer, ya no había ofensa sino construcción. Definimos los parámetros de trabajo de manera sencilla, buscamos en las áreas de oportunidad y atacamos a cada una de las flaquezas que surgían. Como fieros guerreros enfrentábamos cada una de las adversidades. La alimentación y el sueño pasaron a segundo término, como locos entregados a la empresa de nuestras vidas, dejábamos atrás cualquier implicación mundana para entregarnos a la creación. El torque, enemigo mortal de nuestra anterior cruzada, fue el primero en ser derrotado. Se realizaron los cálculos adecuados y lo superamos con facilidad. Los sistemas de visión fueron mejorados hasta el punto más alto que pudimos de acuerdo a nuestras capacidades tecnológicas y económicas con Kinect y Processing. El control del dispositivo fue atacado de frente con la lógica y un controlador ATmega1280. La comunicación fue superada con el puerto serie. La traducción del lenguaje de maquina al del hombre fue vencida con Java y NetBeans. El diseño mecánico fue el campo de batalla que dominamos con mayor facilidad. El control numérico computarizado (CNC) y el trabajo físico arduo fueron nuestras armas. Con todo el arsenal desplegado solo era cuestión de ejecutar la ofensiva a tiempo para lograr ganar la guerra que habíamos emprendido.
Seré breve y concluiré. Ha habido ya suficiente espacio para brindar una idea al lector acerca de la situación. Estoy feliz porque en esta ocasión se lograron las metas que se habían planteado al comienzo, estas metas no fueron menos ambiciosas que las anteriores, la diferencia estuvo en el empeño que pusimos en cada acción que realizamos. Aprendí muchas cosas técnicas, de ellas sería engorroso hablar. Sin embargo el aprendizaje más importante que me llevo es uno que no se aprende en ninguna escuela, es un aprendizaje que viene de la experiencia únicamente. Aprendí que si tus metas están en el cielo debes estar listo para dejar atrás todo lo que te ata al suelo. Entendí que yo, solo, puedo hacer un muro, pero en equipo podemos construir un puente. Admití que puedo cometer errores y que es de ellos de los que más aprendo. Acepte que hay otros que son capaces y que no es malo apoyarme en ellos de vez en cuando. Comprendí que los sacrificios personales son necesarios cuando el bien común los exige.
El proyecto, como idea, tiene futuro. Es algo que, si la vida lo permite, debemos madurar por separado para después intentar emprender una nueva campaña. Para intentar algo de esta magnitud, el aprendizaje actual no es suficiente, es necesario que cada uno de nosotros viva experiencias nuevas que nos permitan ampliar la visión más allá de los horizontes que hemos alcanzado hasta el día de hoy. Estoy feliz con los resultados y, más aún, estoy agradecido con todos los que en este camino nos dieron tantas enseñanzas técnicas, a través de la docencia, y prácticas, por medio de interactuar con nosotros. Agradecido con mis compañeros y amigos, podría decir hermanos, con los que he compartido experiencias indescriptibles y con mis padres que me han tenido tantas consideraciones y brindado las facilidades posibles. Finalmente, estoy agradecido con el Universo, única razón, que me permite cada momento que existo.