Alejandro, Esmeralda y yo, fuimos amigos desde siempre, desde las tardes en bicicleta, desde las tareas a medio terminar (yo si las hacía) desde sus besos bajo el árbol de guindas ( yo era el vigía) desde sus pleititos de pubertad (yo era el recadero) como dije…desde siempre.
Era un amor de niños que se hizo adolescente, yo fui el cómplice y testigo de sus escapadas en noches frías, yo era el que hacía posible sus aventuras.
–Papá voy a casa de Diego–
decía Alejandro.
–Mamá voy a casa de Diego–
decía Esmeralda.
Y así se las arreglaban una vez hoy, otra vez mañana, yo fui ese amigo, ese buen tercero que los acogía, el que les guardaba las espaldas, el que hacía que ese milagro fuera posible.
—Yo era el dueño del silencio.
Y así fue por todo el tiempo que pude tenerlos en las manos. Pero esta historia no se trata de mí, se trata de ellos y del destino que los aguardaba.
El tiempo se hizo eterno en las esquinas,
y los veranos se sucedieron como se suceden las calles sin salidas, y la vuelta donde aguardaba el destino llegó entonces como llegan a escribirse las mañanas frías…
puntuales, sin pedir permiso, sin dejar sangrías.
Hubo reunión familiar en casa de Alejandro. Su padre, don Alejandro, aprovechó la cena para dar la gran noticia a la familia: –Al fin conseguí el trabajo que tanto merecía– afirmó,
[aquello sonó como cuando se le quita el seguro a una pistola]
–nos mudamos este fin de semana a la costa, empaquen lo necesario, sólo llevaremos la ropa– insistió.
El disparo retumbó por toda la casa.
Porque si algo estaba muy bien dicho para Alejandro, era eso de que sólo llevarían la ropa, ahí se estaban quedando sus anhelos, sus esquinas, nuestros sueños, los 40 kilos de dulzura con ojos de rubí, y la sonrisa limpia como brisa de primavera que conformaban la silueta de esa niña que él amaba. Creo que esa noche se le vació el alma, creo que esa noche se quedó sin lágrimas, esa noche, el árbol de guindas donde siempre se besaban, se secó.
Yo volví a casa esa noche, contando una a una las piedras del camino, como quien no quiere llegar a su destino, como deteniendo el tiempo en cada jardín de los vecinos. Recordé toda esa historia aquella noche, la de ellos, la mía…la nuestra. Aquí veía a Ale escribiendo una cartita para Esmeralda,[carta que yo le llevaría] allá veía a Esmeralda robándole el primer beso a Ale [porque ella fue la que lo hizo] más allá, en la pulpería de don Luis; nos veía comprando golosinas, todo un manjar para pasar la tarde en las orillas del río…ellos se besaban…yo me las comía.
Y así fui reconstruyendo las aventuras de los tres, sintiendo su dolor, tratando de imaginar como serían las tardes sin nosotros, como serían las noches sin ellos, como serían posibles sus encuentros viviendo tan lejos, como sería posible su amor sin mí.
Esa noche nadie durmió en su propia cama, Alejandro durmió en la cama de Esmeralda, Esmeralda durmió en la cama de Alejandro…y yo dormí en la de los dos.
Teníamos todos 17 años. Ni Alejandro tenía la edad para rebelarse y robarse a Esmeralda, ni Esmeralda tenía la edad para dejarse robar, ni yo tenía la edad para ser el cómplice de ese atentado. Eramos 3 niños inútiles, sin voz ni voto, sin armas para esa guerra, sin los instrumentos de hoy en día.
No había internet, ni celulares.
Y ya con eso pueden saber que no había una forma mínima posible de mantener nuestros nudos bien atados. Cada quien siguió su camino [o el que lo obligaron]
y así, sin más que agregar, pasaron por nuestras vidas siete años de oscuridad.
Un siglo pasó…y duró siete años.
Y por esas cosas de la vida que nadie entiende, una mañana de un día cualquiera de Enero del 2001,me encontré a Alejandro [1/1/2001]. Teníamos 24 años.
Justo un día antes, un familiar me dijo que Alejandro había regresado a Alajuela,
y supe entonces, que el único motivo por el que él había regresado, era ella.
No voy a describir el momento de encontrarnos, sólo diré que fue como volver a ser niño en los brazos de un amigo, reímos, lloramos, y la palabra clave no tardó en aparecer –Esmeralda–
Ese primero de Enero empezó la cacería humana más apasionante que yo haya visto. Ni él ni yo, teníamos una idea de donde podría estar. Fue una jauría.
Preguntamos a mucha gente, visitamos excompañeros de escuela, nos lanzamos a una nueva aventura, como antes, otra vez yo era el tercero, pero esta vez la segunda estaba perdida.
Y de esa manera, un 22 de Enero del 2001, dimos con un número telefónico que puso fin a la cacería.
–Hola
–Hola
–Quien habla?
Alejandro hizo un silencio de esos que se escuchan hasta lo profundo de los abismos, de esos que congelan los huesos, de esos que escucha Dios.
–Soy yo…tu amor…Alejandro.
Cuando Alejandro pronunció esas palabras tuve la sensación de que estaba decidido a bajar hasta el mismo infierno por ella. Me refiero a que no debió hablarle así después de 7 años, no sabíamos si se había casado, si tendría hijos… [yo dudaba de que aún lo amara]
pero de alguna forma para Alejandro no había otra opción, él la amaba y no le cabía la menor duda de que ella también lo hacía.
Acordaron encontrarse a las 3 de la tarde del siguiente día, después del trabajo.
Yo nuevamente asumí mi rol en esa historia, yo era el escudero, el que lo llevaba abrazado [porque temblaba] el que lo apuraba, porque aunque íbamos temprano, sé de pasteles que se queman en la puerta del horno y de historias que nadan tanto, que se mueren al alcanzar la orilla
Era la tarde del 23 de Enero del 2001.
Era la esquina de la corte, había una brisa de 54 de Diciembre acariciando la ansiedad. Llegamos temprano, pero ahí, diagonal a la casa del pollo, en las gradas del edificio alto y de enormes vidrieras…estaba ella.
Hasta ahí llegue yo.
Le dí un abrazo de esos que abarcan ciudades. Le acomodé la mirada con un par de golpes en la quijada y le dije: Ve…ahí está tu niña, no puedo cruzar la calle contigo…
“Ésta es la historia de tu vida”
Alejandro cruzó la calle de la agonía.
Fueron 21 pasos muy bien dados y contados con la exactitud de un reloj de arena, cada paso un granito, cada granito un latido, cada latido una huella.
No puedo ya escribir de lo que él sentía.
Desde mi esquina, era mi historia.
Se me erizan los vellos del cuerpo cuando los veo fundirse en ese abrazo, de esos instantes que el corazón atesora de una manera tal, que se vuelven inalcanzables para el olvido. Desde mi esquina escuché sus miradas, sus latidos como disparos en lo profundo de la montaña. Sus lágrimas, ríos de emociones reprimidas que se mezclaban con las del otro. Esmeralda le robó el primer beso [de nuevo] y la historia que quedó inconclusa se siguió escribiendo.
“El libro se abrió y la tinta se derramó”
Ahí, les decía, me robé la historia, ahí la hice canción, ahí me quedé, a 21 pasos del epicentro, pero con ese temblor en los labios, así como los 21 gramos que pesa el alma,así como los 7 años que no nos vimos multiplicados por nosotros 3.
Ahí, al parecer, nos burlamos los tres de ese destino.
Entonces me fui, ya mi papel en ese guión había terminado, y dejé que el sol se detuviera en la ventana de algún motel a sonrojarse por ellos.
Se amaron 10 años más en ésta tierra, no tuvieron hijos, pero el destino tiene esas cosas que sólo él sabe como funcionan, porque a veces se aparta pero vuelve a entrometerse en los caminos, y una noche cualquiera del invierno del 2011 volvieron a estrellarse con su destino, justo en la baranda de ingreso al puente sobre el río Tempisque, cómo si aquel amor fuera imposible.
Post data: Nadie los ha visto desde entonces, pero vienen cada 23 de Enero a reírse conmigo en ésta historia…también para eso somos los amigos.