I. Verano: “Lo siento, eres tú, no soy yo”
Los duelos amorosos son muy curiosos, he llegado a pensar que reflejan más de nosotros mismos que del proceso vivido, y de él resultamos nosotros, cambiados, mutados. Del primero no tuve. Del segundo apenas me acuerdo. Con el tercero me volví loca. El cuarto fue volver a la vida. El quinto fue volver a ser yo.
Partamos desde el último.
El día 1 es un eterno que empieza cuando tu corazón inicia el proceso de intuir que se viene el final. El mío comenzó el día 8 en la tarde. No supe nada de él en todo el día, se saltó dos días especiales como si no hubiesen existido. Ahí tuve la certeza de que él y yo estábamos en cuenta regresiva. Y fue breve, después de una de esas peleas, parecida a las cientos que tuvimos, en que intuí en que esta no era una más. Porque yo ya no quería que fuera una más, o al menos eso tanteaba.
Antes de ser honestos el uno con el otro, ya mi cabeza abrazaba la idea de darle fin, pero la soltaba inmediatamente. ¿Por qué? Amor.
Cuando vino ese día, escuché de su boca las palabras más terroríficas que un corazón puede escuchar, “ya no te puedo mirar como antes, ya no puedo, ya no te quiero”. Cada célula del cuerpo intenta alinearse para evitar saltar al abismo. Conversamos muy honestamente, con mucho cariño y pena de por medio, y así, como fueron estos dos años, nos dijimos adiós.
Y ahí quedé parada en los pies de la montaña que tocaba escalar.
Ahí se quedó él, durmiendo en el sillón que lo albergó el año entero en que vivimos juntos, porque parecía que era su hábitat natural. Yo no pude casi dormir, el llanto convulsivo me llevó al vómito, y decidí que necesitaba un cigarro. Bajé las escaleras del departamento y me fui al auto a buscar mi cajetilla. Absurdamente llovía como si no hubiese un mañana ¿cuáles son las probabilidades de que llueva en pleno diciembre? Parecía de verdad un puto cuento de mal gusto. Me encerré ahí, a llorar, encendiendo un cigarro tras otro, tratando de encajar la situación que había ocurrido recientemente, tratando de figurar cuánto de falsedad hubo en cada último gesto, y cuántos rastros de un amor que fue mutando quedaba.
Subí, intenté dormir y a las 7 am, solo con un par de horas de sueño en el cuerpo, exceso de nicotina y nada en el estómago desde hacía ya más de 20 horas, tomé mi bolso, las llaves del auto, y me dirigí a la puerta. Ahí estaba él, durmiendo, con esa cara tranquila que me encantaba mirar en las mañanas, con la respiración tranquila. Ahí le di mi despedida, le di las gracias por los momentos bonitos y le dije cuánto lo amaba. Porque ese amor tenía que quedarse ahí con él, no podía cruzar esa puerta conmigo.
Tome el auto, un café y a la casa segura de los papás. Llorar en los brazos de mi hermana y entre los abrazos y besos de mi sobrino. Ahí me desmoroné, ahí quise quedarme. Otras 20 horas sin comer. El cigarro 10 del día que se suma a los 10 del día anterior.
Quiero volver al departamento. Esa es mi casa. Cambio de planes. Sacar sus cosas. Una a una. Las amigas ayudan. Los amigos han mandado mensajes de apoyo todo el día. Me siento querida, son muy buenos conmigo.
Dos mensajes. No entiendo el cambio de opinión, me dice. Perdóname, no tenia a dónde ir, le digo. Dejo sus cosas con su mamá. Casa de amigos. 40 horas sin comer. 40 cigarros. 2 horas de sueño. Los amigos me arropan en el sillón. Me acarician mientras lloro y trato de entender. Estoy muy cansada. Por fin caigo.
Al día dos se se comienzan a sentir estragos más dolorosos que los anteriores. Desperté en un sillón sola y más tranquila, pero las horas no hacían más que aumentar la angustia. No hice más que pensar en él todo el día y en todos los escenarios posibles. Dormí 12 horas, creo que el cansancio del primer eterno día empezó a hacer estragos. Pero aún no lograba recuperar el apetito, ni las ganas de salir, ni las ganas de solamente quedarme quieta e inmóvil, como si algo fuese a pasar. Creo que siguía en shock, pero de a poco la situación se fue haciendo evidente, y empezó a embriagar la angustia, el sentimiento más macabro imaginable.
Estuve toda esa mañana en casa de mi amiga, me subieron el ánimo lo mejor posible, pero me costaba recomponerme. Pensaba en él a cada momento, y al hacerlo, sólo venían ganas de llorar. Almorcé lo que pude con mis papás. Los ví preocupados. Traté de calmarlos pero les costó entender. En eso estaba cuando recibí su mensaje. Agridulce. “Gracias por siempre cuidarme, por amarme cada segundo hasta el final de nuestra relación como lo hiciste…gracias por ser una excelente mujer y persona”… pero no cambió nada.
Logré trazar líneas para hacer. Empezaba por fin a tratar de vislumbrar mi vida de ahí en adelante. Dos meses para rearmar una vida nueva. Vender el auto, vender los muebles, cambiarme de casa, buscar un lugar nuevo.
Al tercer día desperté entre cenizas, colillas de cigarro, pañuelos usados y con la ropa del día anterior puesta, pero descansada. El raro fenómeno de lluvia de verano cesó, y pareció llevarse lo nublado del día. Me moví como un zombie hacia la sala, me senté en la alfombra y encendí otro cigarro. Pienso con un poco más de claridad que el día anterior y logro mover mi cuerpo de ahí. Decisiones.
Decido que tengo energías suficientes para poner en orden todo y limpiar. Enciendo la música fuerte y dejo que Passion Pit suene a todo volumen. La limpieza del día anterior parece un intento muy pobre. Lavo los platos, recojo los restos de almuerzo que seguían allí desde el día de la pelea, me causa gracia ver un bocado enterrado en el tenedor, como si la vida se hubiese interrumpido en ese instante. Recojo la basura, los vasos, la ropa tirada. Veo en la cerámica de la cocina el escrito que lleva ahí aproximadamente un año, desde que nos cambiamos a vivir juntos “Te amo, 06/09/2014″. Trato de no darle muchas vueltas y la restriego hasta que ya no queda nada, como si nunca hubiese existido.
Decido que es tiempo de lavar ropa, y separo mi ropa sucia de la que queda de él…y decido que es tiempo de juntar todas las cosas suyas que quedan. Termina mi limpieza, decido limpiarme yo, la ducha me deja tomar decisiones más claras aún.
Decido que debo dejar todas esas cosas con su dueño, y le escribo un mensaje. Me visto, los lentes de sol para cubrir los ojos hinchados por el llanto, la falta de sueño y la pena incesante, y salgo. Con su bicicleta amarrada al auto y las bolsas con su ropa sucia, me imagino mil escenarios al momento de vernos las caras nuevamente. Responde mi mensaje y dice que me espera. Llego a casa de su mamá en menos de 10 minutos.
Sale toda la familia a ayudar, hasta que nos dejan solos. Bajo la sombra de la puerta, nos miramos y tratamos de hacer fluir un poco la conversación. Hablamos de dinero, de las cosas que faltan por coordinar. Y luego hablamos de nosotros. Veo en su cara la misma pena que invade la mía, tiene los ojos llorosos y evita mirarme. Nos tomamos de la mano y decidimos que la decisión fue la correcta, que ambos estábamos siendo infelices, por lo que ahora debemos mirar hacia adelante. Nos prometemos que estaremos bien, que nos queremos mucho y nos deseamos felicidad, pero que eso nos hace más duro el camino que nos queda separados. Nos despedimos, nos abrazamos muy fuerte y lo siento llorar en mi hombro, me aguanto cada lágrima en ese momento. Le beso la mejilla un largo rato y el me mira de frente: “Cuídate mucho mi chiquitita”. Nos abrazamos nuevamente y decido que es tiempo de partir.
Entro al auto y sólo siento las lágrimas por la cara, la garganta apretada y una inexplicable tranquilidad. Subo la música del auto, vuelta a la casa de los padres. Me pongo a ordenar los pendientes que dejé de los días parados. Empiezo a tratar de vivir con la pena. Siento que la parálisis en la que estaba cede un poco, que ya al menos soy funcional. Empiezo a tratar de vivir de nuevo, con esta pena de compañera de viaje. Empiezo a ver qué hacer con todo este amor que sigue aquí. Empieza lo más duro del viaje.
Lunes. Tener que retomar la rutina me parece un desafío titánico. Volver a trabajar, a las responsabilidades, a las tareas pendientes…todo parece mil veces más difícil que hace unos días atrás. Tener la tendencia a cargar mucha responsabilidad y carga es algo que he hecho siempre, pero en este contexto me parece una sobre exigencia insoportable. Los veo a todos completamente recargados de energía para asumir sus roles, yo sólo quiero irme a dormir. El dolor de cabeza no ha cesado, y a pesar de que me he esforzado por volver a comer, ha sido demasiado difícil digerir un solo bocado. En esos momentos realmente quiero desaparecer.
De ahí en adelante los días mejoran de a poco, a medida de que aparecen más indicios de comprensión.
Vuelven personajes del pasado, cuando la vida tenía un sabor distinto, antes de él, antes de muchos otros. Hablamos de las cosas que solíamos hacer, de las ocasiones en que vivir el momento parecía sumamente entretenido, en tanto se abandonaban las necesidades primeras de no estar sola y evitar el dolor de mirar los días sin compañía. Más que nostalgia, surgió ese sentimiento de que alguna vez la vida fue distinta a hoy, que las personas mutan, cambian de parecer, cambian de necesidades y de piel. Me recordó a mí en búsqueda incesante.
Y llegué a la conclusión más importante de todas, esa que hace sentido a las decisiones drásticas que se toman: mi cuerpo y mis pensamientos día a día sentían que se alejaban de los sueños que me han movilizado. Las ganas de viajar, de conocer el mundo, de experimentar, de saber, de crear, de mirar el mundo de cerca, se alejaban en una realidad que más se parecía a sus sueños que a los míos. Había vendido mis propios sueños por la compañía y cariño de otro, poniendo mi energía al servicio de los suyos. Había rematado al postor más cariñoso mis ganas de crecer y de ir cada día más allá, hipotecando cada ilusión por las ganas de que otra persona fuese feliz. No digo que haya sido infeliz, y que no haya sacado nada en limpio de lo que pasó.
Aprendí mucho el tiempo en que estuvimos juntos, aprendí a mirarme diferente, asumir los dolores y hacerme cargo de ellos. Entendí que no hay reglas respecto de las relaciones, que no hay personas perfectas, que no hay medias naranjas y que los humanos somos demasiado complejos y cambiantes para pensar en situaciones eternas. Porque nuestros deseos cambian, los modos en que deseamos vivir cambian, las necesidades mutan y la mirada sobre los demás nunca permanece estática.