Sus manos recorrieron sus piernas con lentitud, asegurándose que que cada centímetro de su cuerpo fuera tocado por él. Era suya, aquella chica que tanto lo sacaba de sus casillas era suya e inevitablemente él era de ella. Todas las chicas que en un pasado habían estado en la misma posición - literalmente - que Dylan no le habían importado nada a Gustav. Las buscaba para que le dieran placer solo a él, no le interesaba si ellas no disfrutaban el sexo (cosa que nunca pasaba, pues a pesar de ser desinteresado Gus era naturalmente bueno en la cama), mientras él estuviera complacido. Con Dylan había sido distinto desde el primer día, su principal objetivo había sido hacerla temblar de placer, escuchar sus gemidos retumbando por la habitación, complacerla como a nadie; así fue como supo que con ella todo sería diferente, como con ella sería para siempre. Sus ojos que se hallaban cerrados por el placer, se abrieron de golpe, su corazón encogiéndose por una milésima de segundo pero inmediatamente volviendo a latir, con enojo – ¿Wes, eh? Maldita sea Dylan – gruñó entre dientes. Soltó el agarre de sus piernas y la bajó al suelo, el agua aún caía sobre sus cuerpos desnudos, la tomó del cabello e hizo que lo mirara fijamente, su mandíbula tensa y los ojos oscurecidos por el enojo y la lujuria – No voy a dejar de follarte hasta que escuche mi nombre salir de tus lindos labios – musitó, pasando su pulgar por el labio inferior de la chica – aunque eso signifique que no puedas sentarte toda una semana – acto seguido la tomó de los hombros e hizo que se volteara y le diera la espalda. Hizo que se agachara delante de él y tortuosamente inserto su miembro en su feminidad, con ambas manos aferradas en las caderas de la chica y comenzaba a moverse dentro de ella.
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Sus manos parecían desprender fuego, cada toque sobre su piel encendía cada milímetro de su anatomía. Cualquiera que los viera diría que aquella era una relación enfermiza, pero nadie entendería la locura y pasión que ambos tenían. Ambos tenían sus demonios oscuros, que entre ellos se complementaban. Más allá de los arrebatos, de los celos y discusiones, Dylan no podría imaginar un sólo día sin el ojiverde. Relamió sus labios, y de repente estos cometieron una traición: un gimoteo escapó de los mismos. Gustav estaba cumpliendo su cometido. A la mierda el orgullo, pensó. Le era imposible seguir reteniendo aquella cadena de gemidos, uno tras otro luchaban por liberarse de aquella prisión llamada garganta. –¿Qué pasa, cariño? ¿Te enojaste? –preguntó socarronamente, con una arrogante y perfecta sonrisa. Protestó cuando la tomó del cabello, no obstante, sus orbes se posaron en él con burla y también la lujuria acompañaba los mismos. Maldita sea, amaba llevarlo a otros extremos, probar cada punto débil del rizado. Se tomó unos segundos para admirar sus facciones, con el agua cayendo por las mismas, a pesar de que el enojo predominaba en las mismas, no dejaba de ser perfecto. –¿Por qué no haces otra cosa con mis labios, mhm? –tras aquellas palabras, lo besó con furia, con pasión, demostrando todos sus sentimientos en aquel beso. –¿Me recuerdas tu nombre? ¿Como era...? ¿Luke, Fletcher, Jessey? –alzó una ceja, nombrando a sus antiguos ‘’novios’’. ¿Qué tan mal estaba disfrutar de aquello?, se preguntó. Mordió con fuerza su labio inferior, su cuerpo ya había comenzado a temblar ante el placer recibido. De modo inconsciente, ella misma ayudó con algunos movimientos.















