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Sus manos temblorosas empujaron la puerta del edificio donde vivía. Su mirada se hallaba borrosa, sentía nauseas y la cabeza lo mataba, sus oídos zumbaban. Sentía que estaba enloqueciendo. Avanzó unos cuantos pasos dentro de los pasillos mientras las arcadas atacaban su cuerpo hasta el punto en el que tuvo que detenerse cerca de una maceta para poder vomitar. Levantó un brazo para poder limpiar su boca, su piel estaba manchada de sangre que no era suya. Se incorporó lentamente y continuó caminando hasta la puerta por la que tantas veces había entrado. Sabía que ella estaba adentro, esperaba que lo estuviera porque ese momento no necesitaba a nadie más que a ella. El miedo lo invadía como nunca antes, causando un nudo en su garganta que le dificultaba el respirar. Sus ojos se aguaron mientras el llanto comenzaba a sacudir su cuerpo, Gustav recostó su cabeza contra la puerta de madera mientras luchaba por abrirla, haciendo más ruido del necesario, pero todo en vano, la puerta no cedió. ¿Por qué había pasado eso? ¿Cómo había llegado a ese punto? ¿Por qué tenía que arrastrar a Dylan con él a ese infierno? Ella no merecía eso, ella no merecía a un chico tan dañado como él. Él no la merecía a ella.
Sería una blasfemia decir que el cuerpo de la castaña no estaba a su merced, a pesar de que el orgullo de la fémina quería demostrar completamente lo contrario. No lo lograría nunca, estaba segura. A pesar de lo tóxica que era la relación de ambos jóvenes, del carácter que portaban ambos, Dylan no pretendía estar en brazos de nadie más. No pudo encontrar más manera de callar los gemidos que luchaban por liberarse de su garganta, y uno logró dejar de ser un prisionero de sus labios carmesí. Sus orbes, parecidos a una piedra brillante azul, resplandecieron maliciosamente ante una idea que cruzó por su mente. –West… –gimió, echando su cabeza hacía atrás. Claramente, aquello había sido apropósito, sabiendo el efecto que seguramente tendría en el ojiverde. Una serie de gemidos le siguieron al último, él era un experto en saber como llevarla a la máxima locura y placer. –Cuando tú dejes de ser un maldito idiota –se limitó a decir, su respiración se oía agitada al igual que su voz. –Mierda, me lo estás haciendo difícil –era todo un desafío mantener su orgullo intacto ante tal placer, sin embargo, se las arregló para no gemir su nombre tal como deseaba hacerlo.
Sus manos recorrieron sus piernas con lentitud, asegurándose que que cada centímetro de su cuerpo fuera tocado por él. Era suya, aquella chica que tanto lo sacaba de sus casillas era suya e inevitablemente él era de ella. Todas las chicas que en un pasado habían estado en la misma posición - literalmente - que Dylan no le habían importado nada a Gustav. Las buscaba para que le dieran placer solo a él, no le interesaba si ellas no disfrutaban el sexo (cosa que nunca pasaba, pues a pesar de ser desinteresado Gus era naturalmente bueno en la cama), mientras él estuviera complacido. Con Dylan había sido distinto desde el primer día, su principal objetivo había sido hacerla temblar de placer, escuchar sus gemidos retumbando por la habitación, complacerla como a nadie; así fue como supo que con ella todo sería diferente, como con ella sería para siempre. Sus ojos que se hallaban cerrados por el placer, se abrieron de golpe, su corazón encogiéndose por una milésima de segundo pero inmediatamente volviendo a latir, con enojo -- ¿Wes, eh? Maldita sea Dylan -- gruñó entre dientes. Soltó el agarre de sus piernas y la bajó al suelo, el agua aún caía sobre sus cuerpos desnudos, la tomó del cabello e hizo que lo mirara fijamente, su mandíbula tensa y los ojos oscurecidos por el enojo y la lujuria -- No voy a dejar de follarte hasta que escuche mi nombre salir de tus lindos labios -- musitó, pasando su pulgar por el labio inferior de la chica -- aunque eso signifique que no puedas sentarte toda una semana -- acto seguido la tomó de los hombros e hizo que se volteara y le diera la espalda. Hizo que se agachara delante de él y tortuosamente inserto su miembro en su feminidad, con ambas manos aferradas en las caderas de la chica y comenzaba a moverse dentro de ella.
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Su pequeña mano apretó con furia la de su acompañante, es decir, su novio. El recién nombrado parecía hipnotizado por las féminas que se paseaban delante de él, olvidándose por completo de su presencia. Ganas de gritarle no le faltaron, sin embargo, se guardó toda aquella energía para reprochar en un lugar más alejado del bullicio provocado por los adolescentes y la música. El carácter explosivo de la muchacha, crearía un gran escándalo publico. Alineó sus labios y frunció su ceño, clavando sus uñas en las manos ajenas. Se volteó, enojado, y Dylan lo único que alcanzó a oír fue que se iba a beber con sus amigos. Alzó una ceja, observando como se liberaba del agarre de su mano, marchándose entre los cuerpos. Frunció sus labios, y un bufido abrió paso entre sus labios. ¿Habría podido pedir un novio más idiota? La castaña se reprochó a sí misma, con furia. Sus ojos zafiros revolotearon por el lugar, encontrándose con unas orbes esmeraldas que, por unos segundos, la dejaron sin aliento. Su mirada era intensa, tanto que logró que unos pequeños nervios se instalarán en su anatomía. Entrecerró sus ojos, y le arrebató el vaso al primer chico que pasó por delante de ella, intentando distraerse de aquel castaño. No escuchó el reproche del muchacho, sino más bien, bebió el contenido de éste.
Una sonrisa ladina se formó en su rostro al notar como la castaña lo miraba fijamente. Sus labios se posaron en el frío cristal del vaso donde aquel whisky añejado reposaba, mientras sus manos se movían para que este llegara hasta la comisura de los mismos y así poder saborear ese líquido ardiente y adictivo. Relamió sus labios mientras seguía observando a aquella muchacha que se había aparecido en el club para hacer su noche más interesante. Despegó su espalda de la barra y se giró para mirar al barman que atendía. Una seña con sus dedos bastó para que el hombre le diera dos vasos que rebalsaban de alcohol. Con paso seguro se abrió paso entre las personas del antro, las chicas lo miraban con deseo en los ojos, algunas incluso con el descaro de relamerse los labios de manera sensual con los orbes clavados en el castaño, pero Gus las pasaba casi sin mirarlas - casi, pues el era humano también -. Llegó hasta su objetivo, la castaña que se postraba delante suyo se veía mucho mejor de cerca, aquellos labios carnosos se veían aún más apetecibles, cada curva de su cuerpo era perfecta para que sus manos se aferraran a estas. Una sonrisa coqueta adornó su rostro, antes de que se acercara a hablar en su oído -- No soy un experto, pero se que si una chica como tú tiene esa cara de enojo en una discoteca, algo está mal -- susurró cerca suyo. Se separó y le ofreció uno de los vasos, mientras el daba un sorbo al propio, sin despegar su mirada de los ojos zafiro de la muchacha.
La música sonaba con fuerza por los parlantes del club al que Gus asistía casi todos los fines de semana. Esa noche el lugar se encontraba lleno, las chicas con mini faldas y grandes escotes que lo miraban coquetas no llamaban tanto su atención, lo que era extraño pues Gustav siempre buscaba un poco de diversión entre las piernas de chicas cuyos nombres no recordaría. Pero esa noche buscaba algo más, algo que no fuera común, algo que lo llenara totalmente. Su cuerpo se recargó contra la barra mientras llevaba a sus labios el vaso de whisky puro que había ordenado, el alcohol quemando su garganta en cuanto bajó por esta. Sus orbes esmeralda recorrieron el lugar, buscando a la afortunada chica que lo entretendría esta noche, pero sus ojos se toparon con probablemente la chica más hermosa que había visto en su vida. Su cabello avellana caía por sus hombros bien torneados, sus ojos azules se notaban a pesar de la oscuridad del club y por primera vez Gus sintió que se quedaba sin aire ante la presencia de una chica. Necesitaba tenerla, necesitaba sostenerla entre sus brazos y haría todo lo posible por que pasara.
Su cuerpo gozaba de cada movimiento efectuado por la anatomía contraria, que se adentraba en ella con fervor, llevando a la castaña al placer máximo. Alzó su cabeza, dándole lugar a los labios del castaño en la tersa piel de su cuello. Gimoteó en el oído contrario ante sus palabras, sin poder evitar aquel acto. Jadeó con dolor en cuanto el castaño tomó su cabello, aquel acto logró que sus orbes se clavarán en los contrarios, que chispeaban en furia. —Sí, cariño —su voz fue expulsada con un ápice de burla, su orgullo y terquedad la obligaban a seguir hablando. —Veamos que tanto me harás gemir —murmuró, sus ojos refulgaban en lujuría. Sus pupilas habían tomado una tonalidad más oscura, llevando a los mismos a un color más azulado, dificíl de describirlos. Un sonido de protesta se oyó al ver que sus manos no fueron liberadas, no obstante se olvidó de aquello en cuanto su pared fue estampada contra la pared de la ducha. Arqueó su espalda al sentir el frío colisionar bruscamente con su piel, pegando así ambos cuerpos. Mordió la piel del cuello de Gustav, pretendiendo callar los gemidos que acariciaban la punta de su lengua. —Joder —aquello se oyó como un gemido ahogado, y segundos después, fue reemplazado por otro con mayor fuerza. Estaba luchando consigo misma para no admitir en voz alta lo que el castaño seguramente tanto quería oír.
Una sonrisa de satisfacción se formó en el rostro del castaño al notar como el cuerpo de la rubia respondía ante sus acciones. No era solamente que el orgullo de Gustav era enorme sino que, aunque aún no estaba dispuesto a aceptarlo, imaginarse a Dylan en brazos de otro que no fuera él le rompía el corazón de maneras que no entendería nunca. Toda esa chica le pertenecía, aunque sabía que podía perderla con un abrir y cerrar de ojos y eso lo aterraba. -- Vamos Dyl, gime mi nombre -- exigió aumentando la velocidad y fuerza de sus embestidas. Con un solo brazo sostuvo el cuerpo de la muchacha en el aire mientras su otra mano bajaba a tocar la parte más sensible de la feminidad de la chica y sus labios bajaban a sus pezones para pasar su lengua por estos -- Sabes que quieres hacerlo, deja de ser tan malditamente orgullosa -- sonrió con diversión, pues el orgullo de su novia era lo que más le gustaba, además de sacarlo de sus casillas. Se había enamorado de la chica revoltosa que era Dylan y sabía que no había marcha atrás para eso, necesitaba tenerla de toda forma posible, de día y de noche. -- Di mi nombre -- le dijo una vez más, embistiendola con fuerza contra la pared del baño.
Cada movimiento de su lengua la llevaba al placer extremo, torturándola sin principio ni fin. Mordió su labio inferior intentando callar los gemidos que luchaban por liberarse, no obstante, fallaba en el intento ya que algunos brotaban de sus labios, escapando sin esfuerzo alguno. Una pequeña sonrisa de maldad se coló en sus rosados labios, al ver que había logrado lo que quería. La rubia sabía que puntos tocar para provocarlo, convirtiendose una experta en ello. —¿Qué? ¿Heri tu orgullo de macho? —susurró al ver su mirada inyectada de enojo clavandose en ella. Jadeó en cuanto separó sus piernas con brusquedad, sonido que fue reemplazado por un gran gemido en cuánto él se enterró en ella. —Mierda, Gustav —gimió, alzando sus caderas, antes de intentar liberar sus manos. Quería sentir el contacto de la piel ajena, y clavar sus uñas en su espalda. —¿Qué quieres que repita? ¿Que West puede follar así y mejor? —logró decir, con la respiración agitada y jadeos. Sus palabras sólo eran un acto para provocar al castaño, puesto que nadie le podría dar más placer que él.
Su respiración se encontraba cada vez más agitada, podía sentir cuan fuerte su corazón bombeaba contra su pecho mientras la velocidad de sus embestidas aumentaba. Su rostro encontró un lugar en el hueco entre el cuello y el hombro de la chica, el cual llenó de besos húmedos. -- Estas tan mojada Dylan, maldición, me encantas -- gimió en su oído. Casi había olvidado lo que causó su enojo hasta que la escuchó hablar nuevamente. Fue entonces que se separó bruscamente de ella, los músculos de sus hombros tensos por el enojo, la tomó del cabello con rudeza, sin medir su fuerza y sin importarle si la lastimaba para obligarla a que lo mire directamente a los ojos -- ¿Eso es lo que crees, eh? -- masculló casi escupiendo las palabras -- No es su maldito nombre el que gimes todas las noches, no es su maldito nombre el que gemirás ahora, rogando por más Dylan -- dicho eso la desato de la cama, mas no desato sus manos entre ellas. La levantó y volvió a penetrarla con fuerza en el aire, antes de comenzar a caminar hacia el baño de la habitación. Una vez ahí la estrelló contra la fría pared de la ducha y abrió la llave para que el agua caliente cayera sobre sus cuerpos. Sus manos se aferraron al trasero de la rubia mientras comenzaba a penetrarla con más fuerza y más velocidad, dispuesto a borrar de su memoria todo nombre que no fuera el suyo.
—I DON’T WANNA GO TO SCHOOL I JUST WANNA BREAK THE RULES—cantó lo suficientemente alto para que su voz sea escuchada por los pasillos, a la vez que ladeaba su cabeza al compás de la canción, buscando una carpeta en su casillero. Sin embargo, un carraspeo detuvo su acción. Con el ceño fruncido, se dio vuelta, divisando dos figuras, pero la que más llamó su atención fue la de Andrews. Una sonrisa de incomodidad se extendió por su rostro, pero aparentó alegría. —¡Andrews! Qué gusto verla, está cada día más jóven. ¿Me extraño, verdad? —al ver la cara de la recién nombrada, se mordió el labio para no reír. Pero dejo de hacerlo al escuchar la palabra ”detención”. —¡Él/ella me hizo escuchar la canción! —mintió y señaló a la anatomía que reposaba a un lado de ella, antes de escuchar como la directora decía ”detención los dos” y se marchaba.— Oops, parece que a alguien le vino —dijo, con una sonrisa inocente, al igual que su mirada.
Mientras iba camino a su otra clase, Gus se había encontrado con la directora Andrews la cual le había comenzado a charlar sobre su madre y las fiestas de beneficencia que ella organizaba. Gustav pretendía escuchar aunque en realidad tenía la cabeza en otra parte. Al doblar una esquina, pudo reconocer a Dylan en su casillero. No pudo evitar una sonrisa en su rostro al verla cantando, pero a la directora no pareció gustarle mucho. Sus ojos se abrieron ampliamente ante la acusación de la chica -- Yo no... -- pero fue interrumpido por el anuncio de Andrews. Cuando la mujer se fue Gus bufó frustrado, pero la miró con una sonrisa -- Espero que pese en tu conciencia que ahora estoy castigado por tu culpa, Carter.
Un poco más cursi no te podias poner, ¿cierto? Juro que me empalagaste… como que ahora necesito una antiacido, una buscapina or something para no vomitar…—comento viendo como su amig@ cantaba junto a un arbol tocando la guitarra—
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Se encontraba en los jardines después de clases, fumando un cigarrillo como siempre. De repente, escuchó una melodía a unos pasos de él y cuando esta acabo reconoció la voz de Tefi. Una sonrisa apareció en su rostro mientras se acercaba a ella, dispuesto a molestarla como siempre. -- Que gracioso, yo tuve que tomar un anti ácido la vez que me besaste -- rió antes de exhalar el humo de su boca.
Se sobresaltó cuando, finalmente, abrieron la puerta después de dos largas horas en la condición en la que le habían forzado a permanecer. Un grupo de chicos del último año lo habían atado y dejado en uno de los vestidores debido a su inconformidad porque le hubiesen admitido en el equipo de Rugby, pues por lo visto, los becados no eran precisamente de su agrado.
Después de la práctica de rugby de ese día, Gus y otros del equipo habían decidido darle la "Bienvenida" al chico nuevo, atándolo y arrojándolo en el cuarto de duchas de los cambiadores. Dos horas después, decidió ir a ver a su pobre víctima. No pudo evitar reír al ver como se sobresaltaba. -- ¿Divirtiéndote, becado? -- carcajeó colocándose a su altura, antes de arrancar con fuerza el pedazo de cinta pegado a su boca -- No es personal, lo hacemos con todos los... De tu clase.
Young Blood | The Naked And Famous
Piso Inglaterra e inmediatamente me ahogo en un diluvio
Lo sé.- Rió, sorprendiéndose un poco por el gesto del abrigo, pero aceptándolo, puesto a que si no lo hacía, como había dicho, probablemente se resfriaría.- Vaya, gracias ¿vienes de alguna caminata?- Le preguntó, sintiéndose mejor con el abrigo.-Otras chicas, no lo sé, pero yo solo intentaba entrar a la academia y me ha caído el cielo encima.- Bromeó, haciendo una pequeña mueca por su comentario.- Supongo…
-- Iba camino a mi dormitorio cuando me agarró la tormenta -- se encogió de hombros, sin importarle estarse empapando por esta. -- Ok, entonces mejor nos apresuramos adentro -- sonrió mientras comenzó a caminar rumbo al edificio más cercano. No pudo evitar reír ante su mueca -- Lo siento, estoy acostumbrado a hacer ese tipo de comentarios.
Lo miro —Creo que eres uno de los mejores en esa clase, no se por que lo odias a menos que no quieras que todos se enteren que eres un cerebrito.— Bromeo —Disculpa su majestad por pensar diferente.— Dijo con un tono sarcastico —No creo que podamos quedarnos aqui pero podemos ir a otro lado— Dijo mientras tomaba el refresco de su amigo..
-- Que sea inteligente no significa que ame la clase -- puso los ojos en blanco con diversión -- Eso, discúlpate y ve a buscarme un sandwich -- rió estirando sus brazos y poniéndolos detrás de su cabeza, soltando un bostezo. -- Que flojera moverse que aquí Josh ¿En serio es necesario? -- refunfuñó y luego miró a su amigo -- Hey... ¿Que tal las cosas con Tefi?