«El hombre se ha pasado la Historia inventando islas perdidas en tiempos remotos»
Reseña de Conficciones. Diálogo en torno a la literatura, de Gustavo Esmoris y Jorge Majfud
Por Enric Llopis
“Como escritor, uno aspira a entender la literatura de un modo que no se planteaba en su alegre época de lector puro. Definitivamente, los escritores somos seres heridos, que mediante una construcción social que nos fue cedida, intentamos combatir y transformar una realidad que golpea fuerte. No es la única visión: también existe una literatura exclusivamente funcional a la ley del mercado (…)”.
De este modo inicia el poeta y novelista Gustavo Esmoris (Montevideo, 1959) el libro Conficciones. Diálogo en torno a la literatura, publicado en mayo por Ediciones Dyskolo; Esmoris ha escrito obras de poesía como Será que nací al sur (2013) y Las distintas invenciones (2021); en 2005 fue galardonado con el Premio Onetti por la novela Un viejo octubre roto; en 2011 publicó otro texto narrativo, Ciudad perdida.
En uno de sus poemas, Al Sur (poesía al paso), Gustavo Esmoris escribe: “Hay una penumbra oblicua/otra forma de agonía subterránea/y mi rescatado tal vez perdido en ella/sin motivo el recuerdo/de un pájaro/atropellado en algún lugar/como la tarde/triste/nace al sur/azogue involuntario/del tiempo resistiendo/a mis espaldas”.
El narrador, ensayista y periodista –también ha escrito poesía-, Jorge Majfud (Tacuarembó, Uruguay, 1969), es un escritor autodidacta en el campo de las letras y con formación en arquitectura; tal vez se le podría considerar un narrador intelectual, pero sus textos trascienden esta clasificación por la profundidad poética de los escritos, en algunos casos, y por la prosa con rasgos coloquiales, en otros momentos, subraya Gustavo Esmoris; a Jorge Majfud le agrada jugar con la palabras y utiliza estructuras complejas, con saltos temporales, historias que se cruzan o el flashback.
En el currículum de Majfud figuran las clases impartidas en la Lincoln University of Pennsylvania; entre sus escritores favoritos se hallan Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Jean-Paul Sartre, Franz Kafka, Paul Auster, Horacio Quiroga o José Saramago.
Jorge Majfud es autor de novelas como Hacia qué patrias del silencio (1996) o La reina de América (2001); ensayos: Crítica de la pasión pura (1998) y La narración de lo invisible (2006); y cuentos, por ejemplo Perdona nuestros pecados (2007).
La realidad y la ficción, la oscuridad del mundo y la luz de las palabras son elementos que aparecen en las obras de este autor, resalta Esmoris; es el caso de la novela Hacia qué patrias del silencio, en la que tienen protagonismo los presos políticos, las desapariciones forzosas, la soledad, la insolidaridad y la locura; de este modo, entre la narrativa y el ensayo, expone Majfud:
“El arte es el medio por el cual el hombre se evade del presente. Se bajaba de la ventana y se sentaba en el piso. Pero hay que reconocer que toda definición es una simplificación, un pecado del intelecto (…). El hombre se ha pasado la Historia inventando islas perdidas en tiempos remotos”.
Una parte destacada de Conficciones son los diálogos entre Jorge Majfud y Gustavo Esmoris; en uno de los apartados, la plática aborda aspectos como la soledad del escritor frente al sistema; la posibilidad (o no) de introducir las letras de las canciones en el ámbito de la poesía; la incertidumbre y las pocas certezas que supone el acto de escribir; los embates de la tecnología para anestesiar la sensibilidad del escritor; o los problemas para la clasificación de las obras entre gran literatura y, por otro lado, literatura menor.
Sobre este punto, afirma Jorge Majfud: “Entre Cervantes y Corín Tellado, entre Rayuela de Cortázar y la revista Ricos y famosos hay diferencias claras para aquellos escritores y críticos que, como profesionales catadores de vino, pueden oler un buen producto antes de entenderlo”.
Y añade que la gran literatura no tiene que ser necesariamente divertida, sino más bien interesante: lo contrario que ocurre con la literatura comercial; en cierto modo compara a ésta con el vino barato, ya que permite embriagarse para olvidar; si no es así, el producto resulta un fracaso.
La palabra arte, junto a escritor, literatura y novelas, es una de las más utilizadas en la conversación; Gustavo Esmoris considera que el arte tiene como fin, al igual que la literatura, la representación del mundo desde un punto de vista original; el autor de La reina de América defiende que la literatura se fundamenta en lo humano y, singularmente, en las emociones y las ideas que surgen de las pasiones; por ejemplo las de carácter social y metafísico; en síntesis, la literatura se adentra en campos a los que no acceden la economía ni las ciencias.
Se resalta en el texto que durante el siglo XIX, con la corriente literaria del naturalismo, la novela pretendió ser tan objetiva como las ciencias; pero en la siguiente centuria ya se asumió que el autor/observador no es neutral; Gustavo Esmoris destaca la carga simbólica que atraviesa las novelas, y cualquier construcción literaria-; se trata de símbolos como el reloj, el espejo, la sombra, un desierto, una fuga o cualquier elemento asociado a lo onírico.
El nombre del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, aparece en el diálogo; un político de extrema derecha con un “ego patológico”, que cuando mira el mundo se contempla a sí mismo; la escritura, que explora el interior del ser humano, tiene un efecto de catarsis pero también tiene sus riesgos: puede degenerar en narcisismo.
Respecto al sentido de la escritura, en el texto asoma la figura del Premio Nobel de Literatura portugués José Saramago, quien llegó a afirmar que escribir “no servía para nada”, tal vez en un momento de resignación ante el estado del mundo; Eduardo Galeano afirmaba que sí servía “para mucho”, más allá de la vertiente utilitarista y mercantil.
El libro indaga en las raíces del presente; así, otro nombre que surge en el diálogo es el filósofo Voltaire, cuya generación se suscribía ya a las revistas, lo que de hecho implicaba ya un cambio: avanzaba el enciclopedismo y la autonomía del autor respecto al clero/aristocracia; se afirma en Conficciones que, en muchos casos, los intelectuales dependían de las personas acaudaladas, sin embargo se produjo una progresión:
“Con el Renacimiento ya pasándole la posta a la Revolución Industrial, los intelectuales comenzaron a escribir en diarios y habrán advertido que sus lectores comenzaban a ser burgueses de clase media”.
Reseña de Su único hijo, la novela olvidada de Clarín
Jesús Aller
Leopoldo Alas, Clarín (1852-1901), temido crítico, fustigador de mediocridades literarias, dedicó sus energías sobre todo a este menester y a los cuentos y novelas cortas que publicó asiduamente.
A la poesía renunció muy joven, tras aplicarse su propia medicina, y su única incursión dramática, Teresa (1894), fracasó estrepitosamente en su puesta en escena, teniendo que sufrir el veterano autor ser tildado de novato.
Mención aparte merecen las dos novelas más extensas de Clarín, La Regenta (1884-1885) y Su único hijo (1890), recién reeditada por Dyskolo. La primera, en la estela de Flaubert y Tolstói y la tradición decimonónica de la infidelidad conyugal, es una disección de la sociedad de una capital provinciana (Vetusta/Oviedo), que se recrea morosamente en la descripción de tipos locales. Toda la narración corre hacia un desenlace previsible, pero los protagonistas están magistralmente trazados y su odisea refleja las contradicciones profundas de la época que vivían, con lo que la novela es hoy muy estimada por la crítica, que llega a encumbrarla junto a las de Galdós.
En su momento sin embargo, los poderosos sectores levíticos reprobaron duramente una supuesta inmoralidad de La Regenta, que es sólo el tratamiento naturalista de los afectos por parte de un admirador de Zola. Así su autor fue relegado a un desdeñoso olvido que se prolongó durante la larga noche del franquismo. Solamente con la recuperación de las libertades civiles, puede decirse que llegó la de la memoria de Leopoldo Alas y su obra emblemática, profusamente reeditada y analizada desde entonces.
Su único hijo
Para su segunda incursión en el relato extenso elige Clarín también como marco una ciudad de provincias, pero en este caso rehúye las identificaciones, tal vez escarmentado por lo sufrido con la primera. También renuncia a la caterva de secundarios irrelevantes para la trama, aunque sabrosamente costumbristas que prodiga en La Regenta. La acción se ciñe sobre todo a dos personajes principales, Emma y Bonifacio, un rutinario matrimonio burgués que va a experimentar, aquí otra vez, los trajines de la infidelidad y en este caso a dos bandas, cuando una troupe operística aterrice en la localidad.
La novela explora más que nada el mundo interior de los protagonistas, sirviéndose de una prosa inquieta que el narrador omnisciente dilata en largos parágrafos. Aunque haya momentos líricos, domina en todo el texto un frío tono objetivo, pleno de ironía intelectual. El autor se deleita en retratar un universo periclitado, sometido a los esquemas mentales y morales del romanticismo, definido agudamente como un compendio de “suicidios, tisis, quiebras, fugas y enterramientos en vida.”
Bonifacio es un joven “muy sentimental, muy tierno de corazón, maniático de la música y de las historias maravillosas”. Clarín disfruta haciéndolo moverse a través de la áspera y enojosa realidad con sus obnubilaciones de “soñador somnoliento”, pero él halla al fin el sentido de su vida en el deseo de traer al mundo “¡un ser que sea yo mismo, pero empezando de nuevo, fuera de mí, con sangre de mi sangre!” Cuando el anhelo se materializa, un chorro de ternura inunda su fría y triste existencia, y el antes pusilánime siente que tiene una razón para luchar. En la escena final de la novela, con reminiscencias de la de La Regenta por el borrascoso encuentro en una iglesia, la que fue su amante le hace saber a Bonifacio que no es él el padre de la criatura, pero él lo niega, y con un apasionado alegato de que aquél es su hijo, “su único hijo”, concluye la narración.
La protagonista, que por su nombre parece un trasunto de Emma Bovary, es en realidad una mujer materialista y poco dada a ensoñaciones, aunque se deje robar por un tío suyo que le administra los bienes. Es Marta, una amiga alemana que simboliza el romanticismo más fisiológico y sensual, la que logra que Emma transite senderos de libertinaje y termine en brazos de un barítono. Así razona la esposa de Bonifacio, sin que ninguna pasión la ofusque: “Si quería ser una mujer superior, y sí quería, porque era muy divertido, tenía que renunciar a las vulgaridades de las damas de su pueblo. En Madrid, en París, en Berlín, las grandes señoras sabían que sus maridos respectivos tenían queridas, y no les tiraban los platos a la cabeza por eso; lo que hacían era tener queridos también.”
Entre los secundarios destaca el ingeniero Körner, padre de Marta, promotor del desarrollo capitalista en la región montañosa donde transcurre la acción, identificable con Asturias: “Un hombre gordo, alto, encarnado, de ojos de niño llorón, azules, claros, muy hundidos. Parecía un gran cerdo muy bien criado, bueno para la matanza, y era un hombre muy espiritual, enamorado de Mozart y de los destinos de Prusia. (…) Era un soñador, pero capaz de llevar una fábrica en la punta de cada dedo, y como contable, como él decía, nadie le ponía el pie delante. (…) Venía a hacerse rico.”
Otro retrato de interés es el de un primo de Emma, prendado de ella en tiempos, que la cortejó y a punto estuvo de hacerla su amante. Él sirve a Clarín para poner en evidencia que, si bien abomina del romanticismo, también lo hace de las alternativas que están surgiendo. Así lo describe: “El primo Sebastián, un cincuentón verde y bien conservado, que de romántico se había convertido en cínico, por creer que en esto consistía el progreso. Sebastián, antes tan idealista y poético, ahora no podía ver una cocinera sin darle un pellizco, y esto lo atribuía a que estábamos en un siglo positivo.”
Respecto a la recepción de la obra, hay que decir que la crítica clerical se ensañó con ella. El P. Blanco García en La literatura española en el siglo XIX la apostrofó como “Verdadera pelota de escarabajo, amasada sin arte alguno con el cieno de inverosímiles concupiscencias, caricatura del naturalismo,en que la impotencia para luchar con Zola en otro terreno se suple con la exageración disparatada del vicio.” Otros sin embargo, nada más aparecer la alabaron como “libro admirable, labor de maestro”. Después, Andrés González Blanco la juzgó inferior a La Regenta, pero celebró su humor y la caracterización psicológica de los personajes principales, abriendo vereda para numerosos críticos que inciden en esto mismo. Entre sus devotos está Azorín, quien le dedicó encendidos elogios, viendo en ella “todo un período de la vida española expresado, pintado, por modo insuperable. Una vieja ciudad española, con tipos rezagados del romanticismo: eso es el libro.”
Clarín era un moralista, y en Su único hijo tal vez merezca señalarse como propósito esencial el retrato de un escenario mezquino y guiñolesco en el que el ropaje del romanticismo apenas cubre las miserias fisiológicas e intelectuales de los protagonistas. La salvación está reservada sólo a Bonifacio, capaz de trascender ese sucio mundo con la reivindicación entusiasta de su paternidad contra viento y marea.
Blog del autor: http://www.jesusaller.com/. En él puede descargarse ya su último poemario: Los libros muertos.
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Universalidad, creo yo, es la primera excelencia que hemos de señalar en la literatura rusa, sentido de lo íntegramente humano, porque sólo este valor esencial puede sufrir la ruda prueba que hemos descrito.
Antonio Machado
Hace 100 años Antonio Machado reivindicaba el papel y la participación de la literatura rusa en el concierto de la cultura europea. Vivimos tiempos de involución, en los que se hace preciso explicar lo evidente.
El siguiente texto forma parte del libro “Fabulaciones y otros textos en prosa” (Dyskolo, 2022)
SOBRE LITERATURA RUSA
En el siglo XIX la literatura rusa influye en todas las literaturas europeas, sin excluir a la española. Las obras de Turguénev, de Dostoievsky, de Tolstóy —cito no más los nombres más egregios— serán para muchos de vosotros, no sólo conocidas, sino familiares. Podemos preguntarnos: ¿Qué debe la moderna literatura europea, y dentro de ella la española, al genio creador de Rusia? ¿Qué es en literatura lo específicamente ruso?
Las lenguas eslavas —perfectamente ignoradas en España— no son todavía de uso corriente en la Europa culta. La producción literaria rusa nos es conocida por traducciones no siempre directas, frecuentemente incompletas, defectuosas muchas veces. Anotemos este hecho. Porque todos sabéis que traducir una obra es someterla a una dura prueba, y traducirla mal es casi borrarla. Al pasar de una lengua a otra sólo se salvan los más altos valores literarios. De toda la rica producción española ¿cuántas obras han logrado la estimación universal? Las Coplas de don Jorge Manrique; La Celestina, El Quijote, La vida es sueño y El burlador de Sevilla; acaso la poesía de Góngora; seguramente la obra de nuestros místicos más excelsos. Todo lo demás es literatura para andar por casa; no puede pasar la frontera. Y es que los adornos, gracias y matices que pone en su obra el habla del poeta se amenguan, marchitan y corrompen cuando se les trasiega y vierte en otros moldes lingüísticos. Sólo si una obra contiene valores esenciales hondamente humanos y una sólida estructura interna, puede —aun disminuida por la traducción disminuida ser admirada en lengua extranjera. Tal calidad pudiera tener la novela rusa. Traducida, y mal traducida, ha llegado a nosotros. Sin embargo, decidme los que hayáis leído una obra de Turguénev disminuida —Nido de hidalgos—, o de Tolstóy —Resurrección—, o de Dostoievsky —Crimen y castigo—, si habéis podido olvidar la emoción que esas lecturas produjeron en vuestras almas. Yo os daría por docenas novelas de ilustres autores contemporáneos, muchas de españoles, seguro de que habríais de devolvérmelas después de hojear sus páginas con hastío. Y si todo cuanto hay en vosotros de humano vibra hasta la raíz y se conmueve por la magia de una obra que fue, acaso, vertida del ruso al alemán, del alemán al francés y del francés al misérrimo español de un traductor catalán, que trabajó a peseta por página (y no creáis que exagero al mostraros esta escala de degradaciones literarias, porque hasta hace muy pocos años no han circulado entre nosotros sino versiones de esta índole), decidme: ¿qué riqueza estética no hemos de asignar a esta obra en su fuente originaria, en la lengua rusa en que fue pensada y escrita?
Universalidad, creo yo, es la primera excelencia que hemos de señalar en la literatura rusa, sentido de lo íntegramente humano, porque sólo este valor esencial puede sufrir la ruda prueba que hemos descrito.
Pero al decir universalidad hemos dicho demasiado y no suficiente. ¿Qué suerte de universalidad es ésta que asignamos a los libros rusos? Por la razón se define al hombre; ente de razón le diputan las escuelas filosóficas intelectualistas desde Platón a Descartes. Es la razón la facultad de los conceptos generales, de las ideas; en ellas hay una forma de universalidad. Pero no es ésta la que descubrimos en los libros rusos, muchos de los cuales nos parecen a veces frutos de la misma locura.
La razón humana será un don divino —yo no lo dudo—, pero tuvo que ser inventada, descubierta por el hombre mismo; ser el fruto bien maduro de una experiencia, que algunos pueblos no han realizado plenamente todavía. Fue en Grecia, y en la divina Atenas, cien veces sagrada, donde el hombre descubre y se adueña de su propia racionalidad por el hábito de pensar en común: al amparo de las democracias helénicas, los hombres libres, los ciudadanos convierten el pensamiento en un hábito social, en una actividad de ágora, de plaza pública. El hombre libre opina, discute, polemiza, conversa, dialoga, contrasta su propio pensar con el de su prójimo y averigua por sí mismo —no acepta como dogma— que las normas y categorías de su entendimiento no son individuales, sino específicas, que revelan la común estructura del espíritu humano y que, por ello, hay verdades a que todos los hombres pueden elevarse porque son el fruto del pensar de todos: que existe una objetividad. Tal fue el resultado, más tarde, de la mayéutica socrática, del arte de partear espíritus, la gran conquista del genio helénico realizada plenamente cuando la actividad del ágora pasó al jardín de Akademos, donde disertaba el divino Platón.
Pero el pueblo ruso, sometido hace años al imperio despótico de los zares, sin hábitos de ciudadanía, sin libertad política, no ha conocido aún, como tal pueblo, esta forma de eucaristía; la comunión en las ideas no ha socializado aún su pensamiento, ni alcanzó la dialéctica, cuyo fruto tardío es la pura especulación filosófica. Buscaréis en vano un gran nombre ruso en la historia de los grandes sistemas de ideas. Falta hoy a Rusia metafísica propia, y una de las causas del fracaso de su gran revolución acaso sea el desmedido tributo que las mentalidades directoras de Rusia rinden necesariamente al pensamiento alemán, al determinismo económico de Carlos Marx.
Pero hay otra forma de universalidad que no la expresa el pensamiento abstracto, que no es hija de la dialéctica sino del amor, que no es de fuente helénica, sino cristiana; se llama fraternidad humana, y fue la gran revelación de Cristo.
El Viejo Testamento no es todavía un libro íntegramente humano y mucho menos divino; Javeh es un Dios guerrero y nacional, tutor o guía de un pueblo elegido a través de la historia. Este pueblo apenas conoce otro valor que el genésico. Para el hebreo la castidad es sólo virtud en cuanto encauza el impulso genésico y asegura la prole. El hebreo repudia la mujer estéril y exalta al patriarca, al semental humano. No ya en el sentido trascendente ni aun siquiera en el familiar es el amor fraterno una exigencia ética. El amor no rebasa apenas las fronteras de la animalidad, cabalga sobre el eros genesiaco y no ha tomado aún la línea transversal, no es de hermano a hermano, sino de padre a hijo. El imperativo de la castidad aparece en el Evangelio con una significación completamente distinta. Castidad es ya superación, no aniquilamiento del sentido biológico del amor. Tregua de la sexualidad prolífica que haga posible la honda revelación del amor fraterno y la comunión cordial y el reconocimiento de un padre común supremo garantizador de la hermandad humana.
En la idea, dice el pensamiento platónico, hay siempre un punto de vista y al par un límite del pensar humano. Donde haya un hombre, nos dice el Cristo, allí está la humanidad entera. El pensamiento del hombre pretende vanamente anclar en lo absoluto, mas las ideas trascendentes, inasequibles como las estrellas que nunca podremos alcanzar, las ideas nunca realizadas orientan la mente humana, sirven también como las estrellas para navegar, nos guían en la ruta nunca terminada del conocer. El corazón del hombre, nos dice el Cristo con su ansia de inmortalidad, con su anhelo de perfección moral, con su sed de amor nunca saciada, tiene ante sí también un camino infinito hacia la suprema inasequible perfección del Padre. Y esta ansia, esta sed que tú, hombre, descubres con sólo mirar a tu propio corazón, es la de todos los hombres. Los que ayer comulgasteis con las ideas bajo los pórticos de Atenas, los ciudadanos libres, cuya vida entera reposaba sobre el trabajo de los esclavos, no habéis comulgado aún con los corazones. Lo que vosotros llamáis simpatía —recordemos la bella fase de Eurípides en su Antígona— es, cuando más, compasión, sufrimiento común, dolor pasivo, fatal, impuesto por los dioses; no es todavía libre tarea de los corazones, fraternidad humana.
Los, pueblos de cultura integral, los herederos de la civilización heleno-cristiana, saben de ambas formas de universalidad, porque pasaron por la doble experiencia histórica de las luchas políticas y religiosas. De entre ellos no podemos excluir a Rusia, pero el más superficial conocimiento de su historia nos muestra su enorme atraso político y social. Mas su literatura, en cambio, nos revela cuán profundamente ha penetrado el Evangelio en el alma rusa. El despotismo oriental de sus emperadores, desde Juan el Terrible hasta nuestros días, condenó a la incultura y al sufrimiento a casi toda la población eslava, al pobre campesino, al mujik triste, vacío de ideas y lleno de supersticiones, al mujik que no conoce aún la vida social y cuyo corazón, como la tierra empedernida por el hielo en que sufra y trabaja, es el fruto de esta misma cruel tiranía, y sólo encierra el odio, el miedo y la desesperanza. Y los poetas rusos, los novelistas, los pensadores, la aristocracia intelectual nacida casi toda ella en la clase noble, al mirar a su patria sólo encontró un tema realmente ruso: el dolor humano. Un sentimiento de piedad impregna toda la moderna literatura rusa. Desde Pushkin y Lérmontov, muertos trágicamente en los primeros años del siglo XIX, hasta Chéjov y Gorky, nuestros contemporáneos, los libros rusos contienen estas dos notas esenciales: 1ª Una falta de coherencia lógica, y, si queréis, una lógica extraña al genio de Occidente, sobre todo, al genio latino. El vizconde Melchor de Vogüe, en un reciente trabajo sobre la obra inmortal de Fedor Dostoievsky, El idiota, dice estas o parecidas palabras (cito de memoria): “El rasgo dominante que diferencia los personajes de esta obra, de aquellos a que estamos habituados en nuestra novela, es su falta de disciplina mental. Un buen latino domina, o cree dominar su razón; no duda del poder que posee para dirigirla, encauzarla y convertirla en una fuerza siempre sumisa. Entre los rusos de Dostoievsky esta fuerza aparece indisciplinada, su pensamiento es como un resorte que no obedece a la voluntad del mecánico, procede por saltos bruscos con súbitas transiciones del llanto a la risa. Y este pensamiento es además complicado y sutil; algunas frases sencillas en apariencia, ocultan una docena de intenciones equívocas”. Y es natural, el pensamiento ruso no es pensamiento de polemistas, de dialécticos, de razonadores ni de filósofos especulativos; es pensamiento ascético, místico, solitario; no es lógica, sino intuición.
2ª. Esta tendencia colectiva, marcadamente irracionalista o insuficientemente racional, que nos desconcierta en la novela rusa, creadora de tantos extraños personajes, que viven y se agitan como en un mundo de pesadilla, se compensa ampliamente con esa otra tendencia hacia los universales del sentimiento; ansia de inmortalidad, piedad hacia los humildes, amor fraterno, deseo de perfección moral, anhelo de suprema justicia, cristianismo en suma. Se diría que el ruso ha elegido un libro, el Evangelio, lo ha puesto sobre su corazón y con él y sólo con él pretende atravesar la historia.
¿Recordáis alguna novela de León Tolstóy? Es Tolstóy, sin duda, la síntesis del alma rusa. Su obra es además la que mejor conocemos en España. Traed a la memoria alguna página del Príncipe Delhi, de La guerra y la paz, de Resurrección, y evocad sus personajes centrales. Son hombres y mujeres siempre en pugna con las normas del mundo, siempre inquietos y descontentos de sí mismos, pero siempre, también, buscando a su prójimo para curarle de sus dolores, para aliviar su miseria. Les preocupa —como a nuestro egregio Unamuno— el problema esencial, el del último destino del hombre (recordad la hermosa muerte del príncipe Andrés en La guerra y la paz); dudan, vacilan, como dudan y vacilan las almas sinceras y profundas, siempre divididas en sus entrañas; pero siempre se diría que alcanzan a ver una luz interior reveladora de la suprema esperanza. Su religiosidad es mística, porque busca a Dios por el camino del amor. Su misticismo es cristiano, de combate íntimo, activo, dinámico..., no pasivo, contemplativo y panteístico a la manera oriental. Estos hombres y estas mujeres, estos personajes de la obra de Tolstóy, se aman y se desean con amor humano, apasionado, violento a veces.
Las pasiones desenfrenadas son frecuentes en las novelas rusas. Muchos de estos personajes son entes crapulosos y degradados. Pero yo os desafío a que me citéis una sola página rusa en que el amor carnal no esté superado por el amor íntegramente humano, en que la mujer sea exaltada únicamente como medio de placer. Lo que llamamos pornografía, esa baja literatura que halaga no más la parte inferior del centauro humano, es algo muy ajeno al alma rusa. Cuando pasamos de la novela francesa —más o menos refinadamente sensual— a la novela rusa, estamos en otro clima espiritual. De Tolstóy a Anatole France —os cito al más ilustre nombre francés— hay más distancia que de la estepa rusa al Jardín de Epicuro.
Y ahora podemos repetirnos la pregunta con que comenzamos esta conferencia: ¿Qué debe la moderna literatura occidental a las letras rusas? Los pueblos que alcanzaron un alto grado de prosperidad material —Francia, Alemania, Inglaterra, Italia— y también un alto grado de cultura (lo uno no va sin lo otro) tienen un momento de gran peligro en su historia, peligro que sólo la cultura misma puede remediar. Estos pueblos llegan a padecer una grave amnesia, olvidan el dolor humano, su civilización se superficializa, toma el sentido de la utilidad y del placer, olvidan esa tercera dimensión del alma humana: el fondo religioso de la vida, el sentimiento trágico de ella que dice el gran Unamuno; dejan a un lado los problemas esenciales y paralizan sin saberlo los íntimos resortes de su misma civilización. La literatura rusa ha sido un enérgico y vibrante despertador que nos desvela y ahuyenta de nosotros el sueño epicúreo.
(Conferencia pronunciada en la “Casa de los Picos”. Segovia, 6 de abril de 1922).
Reseña de Los vencedores, de Manuel Ciges Aparicio (Dyskolo, 2022)
Jesús Aller
Manuel Ciges Aparicio (1873-1936) entendía la literatura que tan asidua y brillantemente cultivaba, sólo como un instrumento para escudriñar y denunciar las contradicciones de la sociedad plagada de ellas en la que vivía.
Así narró magistralmente las experiencias de su azarosa vida, recordada en otro artículo, en cuya juventud sufrió hospitales, cuarteles y cárceles, y tejió luego, como pocos han sabido hacerlo, historias que retratan el caciquismo institucional del régimen de la Restauración. La suya fue una existencia entregada al periodismo, la literatura y la política, y aunque en la última practicaba un reformismo dialogante, éste fue suficiente para costarle la vida cuando el golpe fascista de 1936 lo sorprendió de gobernador civil de Ávila.
El despertar del proletariado asturiano
Los comienzos del siglo XX fueron una época de agitación social en Asturias y el año 1906 es recordado en especial debido a la conocida como “Huelgona”, conflicto en que los trabajadores de la Fábrica de Mieres, un complejo minero-siderúrgico en el valle del Caudal, se movilizaron para mejorar sus condiciones laborales. El fracaso del intento dio lugar a una cruel represión por parte de la empresa, con más de 700 despedidos a los que se impidió encontrar trabajo en otras factorías controladas por ella.
En este volumen, primero de una serie bautizada “Las luchas de nuestros días”, Ciges nos expone la triste situación que observa en el valle del Caudal, al tiempo que se emplea a fondo para retratar a los que manejaban el siniestro tinglado, los mismos caciques que impidieron la distribución de la obra en Asturias. Tras este libro, nuestro reportero siguió auscultando sobre el terreno los conflictos obreros en la piel de toro y poco después dedicó otro, Los vencidos (1910), a las víctimas de la apisonadora capitalista con las que convivió en las cuencas mineras de Riotinto y Almadén.
La novela como arma en las luchas sociales
El autor describe con ánimo realista y prosa poética sus experiencias en el verde valle, ámbito de paz bucólica en el que desentonan los chirridos de las locomotoras y el río negro. Poco a poco, en charlas por caleyas y chigres en los que fluye generosa la sidra, se va informando de los sucesos. La empresa tuvo una época de grandes ganancias, pero las derrochó el dueño, establecido en Francia, con sus lujos y vicios, mientras su esposa en Asturias ejercía un mando tiránico sobre la compañía. En 1897, el ingeniero que había modernizado las instalaciones, identificable como Jerónimo Ibrán, dimitió escandalizado de la situación que se estaba creando. De esta forma, cuando en 1906 los huelguistas presentaron sus reivindicaciones, las finanzas de la entidad no andaban muy boyantes, lo que contribuyó al desastre.
Derrotada la movilización, es una junta nombrada por los propietarios y apodada “Gabinete Negro” la que decide las readmisiones, recurriendo a los espionajes más odiosos. Obligados a emigrar, los huelguistas son perseguidos dondequiera que van por la saña de los vencedores, en cuyas manos funcionarios y jueces son herramientas dóciles. Así, la desesperación de los que ven a sus familias condenadas al hambre alimenta el odio de clase y augura un futuro de guerra social. La nueva vida que ha introducido el “progreso” en el universo atávico de la aldea resulta ser al fin un infierno de explotación y miseria impotente.
El Centro Obrero nació para educar al pueblo, y realizó una gran labor, fomentando la lectura y elevando la cultura de los proletarios. Tras la lucha, desierto y embargado, se salva únicamente por la solidaridad de los obreros madrileños. No sólo los socialistas, principales protagonistas de la huelga, son hostigados, sino también los republicanos, que les prestaron auxilio. En realidad, el ambiente de miedo a la delación y sometimiento emponzoña todas las relaciones en la villa.
Ciges clama contra la injusticia de una sociedad que sostiene a personajes obscenos en la opulencia, mientras condena a muchedumbres a la pobreza. Aunque no se les mencione por su nombre, reconocemos en la obra a Ernesto Guilhou, presidente de la Fábrica de Mieres desde 1890 hasta su fallecimiento en 1911, y a su consorte, la francesa Enriqueta Georgeault, que antes de los esponsales había deleitado al público como bailarina ecuestre. De él se desvelan las andanzas de sus antepasados, cuajadas de episodios que no le debió resultar grato que se airearan, lo que explica su boicot al libro.
No faltan en la novela tampoco veladas alusiones a las tropelías y debilidades de otros caciques fácilmente identificables, como el ultracatólico y todopoderoso Alejandro Pidal y Mon, o su hijo Pedro, marqués de Villaviciosa y yerno de Ernesto. Se refleja además el rol esencial en la trama de los eclesiásticos, prestos siempre a apaciguar obreros y tronar desde el púlpito contra cualquier amenaza al orden social. Su influencia llega a todos los rincones, y según se nos cuenta, negarse a ingresar en el Círculo Católico fue motivo suficiente para la expulsión de un joven y talentoso empleado. El colegio de segunda enseñanza fundado por republicanos y socialistas en la villa pasó a ser regentado tras la huelga por unas monjas,
Ciges nos acerca con su relato a la pesadilla que ha surgido entre la naturaleza verde y espléndida, al lamento precavido de los derrotados y a su sumisión, alumbrada por una esperanza que apenas toma forma. Nos presenta también en detalle a los responsables de tanta miseria, losvencedores del título, regidores de la farsa con el apoyo imprescindible de la Iglesia y las fuerzas del orden. En la atmósfera opresiva se presiente lo inevitable de un estallido.
La primera chispa de la hoguera
Entre los represaliados por la Huelgona, se encontraba el minero socialista Manuel Llaneza (1879-1931), que en su destierro va a conocer las poderosas organizaciones obreras del norte de Francia y a su regreso funda, en 1910, el Sindicato de Obreros Mineros de Asturias (SOMA), esencial en las grandes movilizaciones del proletariado en la región, como la huelga revolucionaria de agosto de 1917 o la sublevación de octubre de 1934.
La conflictividad social había empezado ya en Asturias con la industrialización y el desarrollo de la minería en el siglo XIX, pero atendiendo a la magnitud de la represión que se empleó contra ella, no es descabellado afirmar que la crisis de 1906 tuvo un papel crucial en la gestación de las revoluciones del siglo XX en la región. Con Los vencedores, Manuel Ciges Aparicio nos ofrece un inestimable y vívido retrato de algunos protagonistas de la mítica Huelgona de aquel año y nos introduce en un ambiente envenenado de privilegios e injusticia, preñado de todas las convulsiones que siguieron.
Los vencedores
Manuel Ciges Aparicio
Colección: Pretérito (im)perfecto
1ª edición septiembre 2022
232 páginas.
Ediciones Dyskolo
ISBN: 978-84-125071-4-0
15,60 €
Blog del autor: http://www.jesusaller.com/. En él puede descargarse ya su último poemario: Los libros muertos.
Walsh en Palestina, los artículos de un periodista revolucionario
Ediciones Dyskolo publica La revolución palestina, de Rodolfo Walsh
Enric Llopis. Rebelión
¿Quién fue Rodolfo Walsh (Lamarque Río Negro, 1927-Buenos Aires, 1977)? “Un ejemplo de periodista revolucionario”, subrayó el director del periódico Resumen Latinoamericano, Carlos Aznárez, en un artículo del pasado 25 de marzo, con motivo del 46 aniversario del golpe de Estado que instauró la dictadura cívico-militar en Argentina (30.000 desaparecidos).
El 25 de marzo de 1977 Walsh “hizo conocer públicamente la Carta a la Junta Militar genocida. En ella detalló con minuciosidad las atrocidades cometidas contra el pueblo por las tres fuerzas armadas y policiales (…). Firmó la carta con su nombre”; la misiva fue distribuida por los medios de comunicación y corresponsales; el mismo día, tras una emboscada, el escritor, traductor y miembro de Montoneros (organización guerrillera peronista) fue asesinado por efectivos de la Marina.
Dyskolo ha editado, en la colección Crónicas, el libro La revolución palestina, con la serie de artículos publicados por Walsh en el diario Noticias, entre el 14 y el 17 de junio de 1974 (el periódico fue fundado en 1973, estuvo vinculado a los montoneros y alcanzó tiradas de más de 100.000 ejemplares; en Noticias participaron periodistas como Juan Gelman, Horacio Verbitsky, Silvia Rudni o Paco Urondo). El libro con la selección de textos fue editado en mayo de 2005 por Último Recurso.
El primer artículo, titulado La revolución palestina, vio la luz tras la presencia -en mayo de 1974- de Rodolfo Walsh en Beirut; “caminó entre las ruinas de las aldeas libanesas bombardeadas por la aviación israelí; entrevistó a los principales dirigentes de la resistencia palestina”, apunta la editorial Dyskolo.
Después de la guerra de Yom Kipur (20 días en octubre de 1973, saldada con la derrota de Egipto y Siria frente a Israel), se convocó la Conferencia de Paz de Ginebra. “Tres millones de palestinos despojados de su patria cuestionan todo arreglo de paz en Medio Oriente”, escribió en Noticias el autor de ¿Quién mató a Rosendo? (la cifra hace referencia la expulsión o desplazamiento de la población autóctona palestina –la Nakba– a partir de 1948: en mayo se constituyó el estado de Israel).
Rodolfo Walsh entrevistó a un niño palestino, de 7 años, en una escuela de huérfanos al sur de la capital libanesa; su padre –ya fallecido-, fue fedaí (combatiente de la guerrilla palestina) y él afirma que también lo será; a continuación, Walsh reproduce las palabras de Golda Meir, primera ministro de Israel entre 1969 y 1974: “¿Palestinos? No sé lo que es eso?” Agrega que es el argumento utilizado en Argelia, Vietnam y las colonias portuguesas “para negar la existencia de los movimientos de liberación”.
El artículo aborda otros episodios relevantes, como la batalla del 21 de marzo de 1968 en la ciudad jordana de Karameh; Rodolfo Walsh entrevistó en Beirut, en la oficina de Fatah (Movimiento Nacional de Liberación de Palestina), a uno de los integrantes del Comité Central, Abu Hatem; “En karameh la Revolución Palestina creó las circunstancias de su propio crecimiento. Todo el mundo árabe se acercó a nosotros. Inversamente nuestros enemigos redoblaron sus esfuerzos para destruirnos”, declaró el dirigente palestino.
El también autor de referencia en literatura policíaca (Vacaciones en rojo y Diez cuentos policiales argentinos) menciona la masacre de Deir Yassin como ejemplo de “terror sionista”, un “modelo de escarmiento” ante 100 millones de árabes; 20 años antes (abril de 1948), en esta aldea ubicada en las cercanías de Jerusalén, miembros de la organizaciones paramilitares sionistas Irgun y Banda Stern “entraron a sangre y fuego casa por casa, masacrando a 254 hombres, mujeres y niños (…)”.
Los crímenes provocaron la huida masiva de civiles palestinos. Walsh señala –entre los responsables de la escabechina- a Menájem Beguín, comandante en la época del Irgun; primer ministro de Israel (1977-1983) por el partido de derechas Likud y Premio Nobel de la Paz en 1978.
Un artículo del intelectual y luchador argentino –Terror en Medio Oriente-, fechado el 24 de junio de 1974 en Buenos Aires, se refiere al impacto de los cohetes Rocket en las aldeas del Líbano (el país de Oriente Próximo acogía entonces a 300.000 refugiados palestinos). Señalado oficialmente como una “base guerrillera”, la aviación israelí destruyó el campamento de refugiados palestinos de Nabatiyeh (sur del Líbano), en mayo de 1974.
En otro campamento ubicado en el sur libanés -Ain el Hue-, y por las mismas fechas, “no quedó siquiera el mercado, bajo las bombas israelíes de 250 kilogramos”, escribió Rodolfo Jorge Walsh, y concluyó: “La lista es interminable. Entre 1949 y 1964 los países árabes denunciaron 63.000 actos de agresión (…); después ya nadie llevó la cuenta, la ‘represalia’ se convirtió en costumbre”.
¿Tienen vigencia los textos sobre Palestina de Rodolfo Walsh? Naciones Unidas ha responsabilizado a las fuerzas de seguridad israelíes -en un nota informativa del 24 de junio- del asesinato de la periodista palestina Shireen Abu Akleh; la reportera del canal Al-Jazeera estaba trabajando en la ciudad de Yenín (Cisjordania ocupada) cuando murió a causa de los disparos.
Asimismo Telesur y Prensa Latina se han hecho eco del arresto de más de 3.800 ciudadanos palestinos -durante el primer semestre de 2022- por parte de las fuerzas israelíes (9.700 detenciones durante el último año); actualmente, agregaron, 4.650 palestinos permanecen presos en las cárceles de Israel.
Las informaciones procedían de la Comisión de Prisioneros y Exprisioneros palestinos; la Sociedad Palestina de Prisioneros; la ONG de Apoyo a Prisioneros y Derechos Humanos Addameer; y el Centro de Información de Wadi Hilweh. En junio fueron detenidas 464 personas en los territorios ocupados, denunciaron las ONG (entre ellos 18 mujeres y 70 menores).
Para el lector actual, el primer tercio del siglo XX es un continente por explorar en la literatura española. Nunca antes hubo tanto talento, tantas ganas de contar cosas y tantas novelas de mérito, de las que solo unas pocas son fáciles de encontrar a día de hoy: "Luces de bohemia" o "Tirano Banderas" de Valle-Inclán, "Imán" de Ramón J. Sénder, "Niebla" de Miguel de Unamuno...
Otras sucumbieron ante la avalancha de obras de sus prolíficos autores, quedando sepultadas por otras más mediocres que su creador fue arrojando la imprenta en años posteriores. Es el caso de "El Intruso" de Vicente Blasco Ibáñez, o "Siete domingos rojos" del ya citado Sénder. Pero muchas más, me atrevería a decir que la mayoría, se perdieron para siempre y con ella una generación entera de periodistas, narradores y cronistas, fulminada por la guerra civil y el franquismo y de la que nunca más se volvió a hablar.
Unas pocas, realmente pocas, han llegado a nuestros días gracias al acierto de pequeñas editoriales, que han sabido leer entre miles de páginas del olvido, de otro tiempo, pero con la misma clave: la buena literatura es universal en el tiempo y en el espacio.
Estoy pensando en "Tea rooms. Mujeres obreras" de Luisa Carnés, la obra completa de Manuel Chávez Nogales, o "Los vencedores" de Manuel Ciges Aparicio. Pero hay más, decenas de creadores, narradoras o ensayistas, asesinados o que acabaron sus días en el exilio, fueron eliminados de la memoria. La Transición, como no se cansó de denunciar Rafael Chirbes, no solo fue un borrón y cuenta nueva en otras cuestiones sociales o políticas. También dejó "atado y bien atado" el canon literario de los años que vendrían después.
Voy a citar solo tres de estos autores con quien, por diversas razones, me he cruzado en los últimos tiempos.
¿Quién recuerda a Ramón Acín? Al menos él cuenta con una fundación, cuyo objetivo principal es "el de recordar, preservar y difundir la obra artística y la memoria de Ramón Acín Aquilué". Pedagogo, artista plástico, escritor, emprendedor y anarquista, destacó tanto en su calidad artística como en el compromiso político que demostró en las diversas actividades que desarrolló. Como docente, ejerció una notable labor pedagógica relacionada con la Institución Libre de Enseñanza; como escritor, fundó algunos rotativos y colaboró con sus irónicas ilustraciones y críticos artículos en importantes diarios —El Sol de Madrid, Diario de Huesca—, incluso publicó el memorable ensayo: Las corridas de toros en 1970. Estudio para una película cómica, que he tenido el inmenso placer de editar y que dentro de unos días será presentado en la Fira Literal de Barcelona. Por último, como político y sindicalista afiliado a la Confederación Nacional de Trabajadores (CNT), defendió el sistema democrático y los intereses altoaragoneses hasta el punto de ser fusilado el 6 de agosto de 1936.
Amigo desde la infancia y compañero de militancia anarcosindicalista fue Felipe Alaiz, al que el poeta y ensayista Francisco Carrasquer definió como "el primer escritor anarquista". Alaiz escribió centenares de crónicas periodísticas, novelas breves, folletos pedagógicos, decenas de ensayos divulgativos y una sola novela "Quinet". Una producción enorme, que abarcaba un sinnúmero de temas, y un texto único, original, con tintes vanguardistas, y que sin embargo no figura en los artículos sobre la vanguardia española de los años 20 del pasado siglo. Una novela escrita durante su estancia en la cárcel por delitos de opinión en 1924, y publicada ese año en Barcelona. "Quinet" es una de las mejores novelas de su época, y pese a ello absolutamente desconocida en la actualidad. Con la victoria de las tropas franquistas, Alaiz pudo abandonar España en un tortuoso periplo que le llevó a un campo de concentración del sur francés, junto a decenas de miles de republicanos, y pasó los últimos 20 años de su vida en Francia. Murió el 18 de abril de 1959, solo y pobre, en el Hospital Broussais de París.
Hace una semanas familiares de Antonio Otero Seco realizaron en París la presentación de "Vie entre parenthèses" (Vida entre paréntesis), un libro inédito de memorias que recuerda desde la victoria franquista, su encarcelamiento y su condena a muerte, hasta su salida finalmente de prisión en octubre de 1941. Durante los siguientes años Otero consigue sobrevivir con sucesivos empleos y vuelve a escribir bajo seudónimo textos históricos y tres obras teatrales en verso, además de artículos en un periódico clandestino (Democracia). Controlado y detenido repetidas veces por la policía del régimen por su militancia en una red clandestina de resistencia antifranquista se ve obligado a huir y, el 10 de marzo de 1947, cruza la frontera francesa para no volver nunca más a España.
En uno de sus poemas, de titulo Exilio, Otero dice:
Moriremos dos veces, como muere la luna
que se levanta muerta y se acuesta menguante
[...]
Moriremos de ausencia, como mueren las madres
que un día nos despidieron clavadas en la tierra,
como árboles de acero, seguras de que nunca
podrán darnos un beso ni cerrarnos los ojos.
En un artículo, Miguel Ángel Lama se preguntaba cómo era posible que "la figura de un intelectual comprometido, de un inquieto periodista, de un crítico literario fino y atento a la actualidad editorial de un país que había tenido que abandonar casi treinta años atrás, fuese tan desconocida en España y en Extremadura", de donde era originario.
Otero Seco fue, en efecto, un intelectual íntegro, artífice de la última entrevista que concedió Federico García Lorca, el 3 de julio de 1936, y autor junto a Elías Palma de "Gavroche en el parapeto", la primera novela de la guerra publicada en la España republicana, y académico durante su exilio francés en la universidad de Rennes, donde formó a varios hispanistas y a filólogos en literatura española gracias también a numerosos artículos que escribió para la prensa de ese país.
Debieron pasar 51 años de su muerte, ocurrida en 1970, para que una editorial española publicara un libro con su poesía completa, "Poemas de ausencia y lejanía", y no será hasta 2023 cuando podamos leer su "Vida entre paréntesis", de acuerdo a los planes de la editorial sevillana Libros de La Herida.
La literatura no solo son novedades, aunque la continua avalancha de estas sea lo que dispara los beneficios de los grandes grupos editoriales. Muchos títulos, muchas ventas a un ritmo frenético, y más libros.
Lo importante de un libro, de un buen libro, es que permita encontrar al lector "en una escena leída un modelo ético, un modelo de conducta, la forma pura de la experiencia", al menos eso decía Ricardo Piglia. Nada nuevo, lo mismo que ofrecía la mitología griega o las fábulas medievales, referentes que a día de hoy continúan siendo válidos.
Las novelas no pueden dejar de estar inmersas en la sociedad de su momento y alumbrase de las luces y sombras que la definen. Pero por el hecho de ser universales establecen un diálogo con los lectores de cualquier época.
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Fragmentos póstumos y dispersos del gran poeta español
Reseña de Fabulaciones y otros textos en prosa de Antonio Machado (Dyskolo, 2022)
Jesus Aller
A finales de enero de 1939, Barcelona, capital republicana martirizada por los bombardeos, está a punto de caer en manos de los franquistas. Antonio Machado, que ha buscado refugio allí, se ve obligado entonces a emprender con algunos familiares y amigos una precipitada huida hacia la frontera francesa. Cinco días les va a costar llegar, y a pie y empapados por una fuerte lluvia han de recorrer los últimos centenares de metros hasta ella.
Ya en Francia, encontrarán amistosa hospitalidad en Colliure, pero en breve se le declara al poeta, asmático, una neumonía, resultado de la mojadura, que pone fin a sus días el 22 de febrero. Poco después fallece su madre en la misma habitación de la posada.
Al tener que abandonar los vehículos para la fatal caminata, los fugitivos debieron dejar en ellos su equipaje, y así se perdió un maletín en el que el poeta guardaba celosamente varios manuscritos inéditos, entre ellos un libro que firmaba su apócrifo Abel Martín titulado Los complementarios. De los tres cuadernos que componían éste, sólo uno va a aparecer luego, el primero, y fragmentos de él irán viendo la luz en 1949, 1950 y 1955 en publicaciones periódicas. En 1957, la práctica totalidad de lo recuperado fue publicada por Losada, junto con artículos dispersos sobre asuntos literarios y otros textos, como su discurso de ingreso en la Academia de la Lengua.
Todos estos trabajos acaban de ser recogidos por Dyskolo en un volumen que homenajea al gran lírico sevillano en el 83 aniversario de su muerte. Tras una versión electrónica de Campos de Castilla en 2020, este sello recupera ahora, esta vez en papel, unas páginas mucho menos conocidas, pero fundamentales para comprender el proceso creativo y las influencias que marcaron la producción de Antonio Machado.
Los complementarios
Esta obra contiene borradores y apuntes sobre temas diversos, elaborados entre 1912 y 1925. En ellos Machado por ejemplo reflexiona sobre el quehacer poético, y nos acerca a sus motivaciones y criterios a la hora de enfrentarse al papel en blanco y desarrollar la labor creativa: “Hay dos maneras de corregir: una es borrar; otra, hacer de nuevo.” “Sólo publico para librarme del maleficio de lo inédito. Y para no volver a acordarme de lo escrito.”Plasma también intuiciones: “Nunca estoy más cerca de pensar una cosa que cuando he escrito la contraria.” Y en ráfagas nos alcanzan destellos de su psique: “La mayor tortura a que se me puede someter es escuchar mis versos recitados por otro”.
Nos habla el maestro de sus lecturas, y no faltan comentarios sobre Unamuno, Baroja o Proust. Sin embargo, resulta evidente que es la poesía lo que más le apasiona, y nos descubre que es Virgilio su favorito, aunque no explica del todo las razones. Abundan intuiciones que revelan cómo concibe la lírica: “Los buenos poetas son parcos en el empleo de metáforas, pero sus metáforas, a veces, son verdaderas creaciones”, y lo demuestra con citas de Juan de la Cruz, modelo para él de contención frente al barroquismo que viene detrás, cuando la lírica muere y los poemas se convierten en“objetos mecánicos, buenos, cuando más, para curar el tedio infantil.” En estas divagaciones, se atreve el sevillano a juicios categóricamente lúcidos: “Después de Rimbaud, la poesía francesa entra en un período de desintegración.”
Se recogen en Los complementarios poemas originales, algunos presentados en una sección final en que son atribuidos a apócrifos cuyas biografías se resumen. Las formas son variadas: romances, canciones; hasta un soneto. Sobre esta composición, en otro sitio se afirma que entre sus cultivadores modernos en castellano sólo destaca Manuel Machado. Se expresan también opiniones sobre pintores, como Solana, “un Goya necrómano que pinta con insana voluptuosidad lo vivo como muerto y lo muerto como vivo”, o El Greco, en el que ve a un continuador de Miguel Ángel,
Antonio Machado mostró siempre una inclinación por la reflexión filosófica, sobre todo a través de sus apócrifos: Juan de Mairena y Abel Martín, y se multiplican aquí las incursiones en estos asuntos. En su repaso a los andamiajes filosóficos del siglo que nace, lamenta el eclipse de la razón, desbordada por el culto a la acción. Kant es, para él, el último pensador de gran estilo y, refutado el positivismo, constituye la referencia para el nuevo tiempo. A Leibniz y Schopenhauer los considera, antes que filósofos, creadores de geniales poemas, puestos en música, respectivamente, por Mozart y Wagner.
No faltan en estas misceláneas páginas anécdotas curiosas y reveladoras, como cuando su autor recuerda: «Conocí en Soria (1908) a un Sr. Noya, que fue el segundo marido de la madre de la mujer de Becquer. Este Sr. Noya me regaló, como presente de bodas, dos autógrafos de Becquer, dos composiciones inéditas que seguramente Becquer no hubiera publicado. Yo las quemé en memoria y en honor del divino Gustavo Adolfo».
Fabulaciones
Se incluyen en este apartado tres textos de carácter diverso. “Fragmentos de pesadilla” es un breve relato en el que un condenado a muerte dialoga en su celda con un peluquero que acude a ejercer de verdugo con una técnica de su invención. La ejecución es pública y después de ella Caronte desengaña al que creía haber muerto de manera original. La moraleja es la futilidad de nuestros desvelos ante la guadaña que a todos nivela.
“Gentes de mi tierra” nos presenta a dos españoles que Machado trata en París. Uno es un periodista ácrata, fustigador en su país de los poderes sociales y como tal, perseguido y exiliado, que sobrevive en Francia con unas clases de español. El otro es un “embustero, charlatán y polemista”, amante sólo de sí mismo, que abandonó a su mujer y sus dos niños en España y en París vuelve a hacer lo propio con la muchacha con la que vive y el hijo de ambos. El relato sirve a Machado para contraponer el ideal y el egoísmo como motores de la vida.
“La tierra de Alvargonzález” desarrolla en prosa el cuento-leyenda del romance homónimo de Campos de Castilla. El poeta nos describe su visita a la sierra de Urbión acompañado de un viejo campesino, que es quien le da a conocer la historia de los hijos codiciosos que asesinan a su padre y lo arrojan a la laguna Negra. La tierra es improductiva luego para ellos, y más tras repetir su crimen sobre el hermano menor que regresa rico de América. Los infames son al fin tragados por el abismo insondable de la laguna mientras gritan su arrepentimiento.
Discurso de admisión en la Real Academia de la Lengua
Se incluye el discurso preparado por Antonio Machado para ser leído en su ingreso en esta institución, que no llegó a materializarse. El texto comienza con una exhibición de modestia en la que, con exageración no exenta de humor, el autor declara no ser humanista, ni filólogo, ni erudito, y confiesa que, con excepción de algunos poetas, las bellas letras nunca le apasionaron. Se presenta como poco sensible a los primores de la forma, a la pulcritud y pulidez del lenguaje, y en fin a todo cuanto en literatura no se recomienda por su contenido. “Lo bien dicho sólo me seduce cuando dice algo interesante”Después afirma: “Amo a la naturaleza, y al arte sólo cuando me la representa o evoca, y no siempre encontré la belleza allí donde literalmente se guisa”.
Sobre la sustancia de la poesía, ve ilógico hablar de “Nueva sensibilidad”, pero se muestra partidario de una “Nueva sentimentalidad”: “¿Cuántos siglos durará el sentimiento de la patria? Nada tan voluble y tan vario como el sentimiento. Esto deberían aprender los poetas. que piensan que les basta sentir para ser eternos. Los sentimientos cambian a través de la historia y aun durante la vida individual del hombre.”
Denuncia en el presente escuelas literarias arbitrarias y absurdas, por su guerra a la razón y al sentimiento, las dos formas de la comunión humana, y también la “descomposición” que a su juicio padece el movimiento simbolista: “La poesía actual trata de regresar a una poesía pura allende tiempo y espacio, sin darse cuenta de que como la paloma kantiana, ignora la ley de su propio vuelo…” Sobre esto mismo, en otro lado dice: “El genio calla porque nada tiene que decir cuando el arte vuelve la espalda a la naturaleza y a la vida, los ingenios invaden el estadio y se entregan a toda suerte de ejercicios superfluos”.
Se detiene Machado en dos «frutos tardíos» del espíritu decimonónico: Proust y Joyce, que sin ser poetas escribieron según él los poemas esenciales de su época. Al primero lo considera un gran psicólogo, “que evoca, con una panorámica visión de agonizante, toda una fenecida primavera social.”La obra del segundo es en su opinión “una vía muerta, un callejón sin salida del solipsismo lírico de 1800. La extrema individualidad de las almas, su monadismo hermético y autosuficiente, sin posible armonía preestablecida, es a la vez un canto de cisne y, por qué no decirlo, un canto de grajo”. La cuestión de fondo es que los valores morales tienen el mismo radio que las ideas, y los eclipses de unos y otras son fenómenos necesariamente concomitantes.
Para el mañana, Machado se atreve profetizar: “En poesía, el mañana, señores, bien pudiera ser un retorno (nada enteramente nuevo bajo el sol) a la objetividad y a la fraternidad por otro lado. Una nueva fe (porque en el campo de las creencias es donde se plantean los problemas esenciales del espíritu) se ha iniciado ya. Comienza el hombre nuevo a desconfiar de aquella soledad que fue causa de su desesperanza y motivo de su orgullo.”
Otros textos
Artículos de 1920 en El Sol aportan crítica social sobre males endémicos de la piel de toro: “Dice el burgués: Al pobre,/ la caridad, y gracias./ ¿Justicia? No, justicias/ para guardar mi casa.”También se reivindica la naturaleza, “donde debe libar el artista”, y se comentan textos de Eugenio d’Ors, auténtico pensador, según Machado, en un país de “matonismo intelectual”. En1929 el sevillano ve a la juventud española benévola, pacífica y más ilustrada que sus progenitores, pero la literatura que está creando la encuentra filosofante en exceso, y alejada de la intuición y emotividad imprescindibles.
Una conferencia de 1922 en Segovia sobre literatura rusa resalta la universalidad de sus grandes escritores, que Machado ve indisciplinados e intuitivos, y atentos al sufrimiento y la fraternidad humanas a través del cristianismo más místico, que busca a Dios por el amor. Insiste sobre esto en otro artículo de 1934 sobre una posible lírica comunista, pero ve la caridad evangélica del pensamiento ruso prerrevolucionario retrocediendo hacia un determinismo económico que le suena veterotestamentario. De todas formas, no descarta una relectura del marxismo, fiel a las esencias seculares de Rusia.
La tertulia del maestro
Los grandes poetas nos dejan obras que estarán vivas mientras lo humano aliente, porque canalizan un impulso profundo y tienen la virtud de elevarnos como pocas veces las palabras saben hacerlo. El individuo detrás de los versos sublimes y los misterios de su creación son un enigma siempre y rebuscamos las claves en la vida y la obra del poeta. Por esto nos apasionan los detalles de su biografía, sus observaciones sobre filosofía o historia, y sobre todo sus juicios sobre los movimientos poéticos y las perspectivas del quehacer literario.
Antonio Machado escribe en una época de transición en la que la poderosa lírica del siglo XIX busca nuevas formas El gran interés de Fabulaciones y otros textos en prosareside en que aporta valoraciones, en aquel momento crucial, tanto sobre las referencias del pasado como sobre los caminos que por entonces se trataban de abrir para la poesía. De la lectura emerge una imagen del autor de Campos de Castilla como alguien que aprecia los viejos tesoros, pero también muy crítico cuando la orfebrería no va acompañada de pensamiento valioso. Su preocupación es que la música de los versos sea un eco de la reflexión que los nutre, y en su caso concreto, que esté al servicio de sus grandes motivos, la naturaleza y la crítica social.
Ediciones Dyskolo nos ofrece con esta obra la visión de un gran poeta sobre un periodo decisivo del mundo y la literatura. A través de sus opiniones sobre filosofía, historia y los más variados asuntos, comprendemos mejor cómo se gestaron los versos inmortales de Antonio Machado, pero también tenemos la sensación de habernos acercado a la tertulia del maestro y haber escuchado sus palabras de cada día ante la vida cambiante.
Prólogo del libro "Fabulaciones y otros textos en prosa", Antonio Machado (Dyskolo, 2022)
La noche del 22 de enero de 1939, cuando la brutal ofensiva franquista se cerraba sobre Barcelona y el gobierno de la República recomendaba la evacuación, un convoy de ambulancias partió de la capital catalana con la familia Machado a bordo y otros intelectuales.
Cinco días después, Antonio Machado con la salud ya muy deteriorada, su madre, anciana y también enferma, su hermano José, su cuñada Matea, y el escritor Corpus Barga cruzaron la frontera en Portbou. Fue gracias a las gestiones de Barga, que contaba con residencia francesa, que los Machado pudieron entrar en Francia, pasar la noche en un vagón situado en vía muerta de la estación de Cerbère, y llegar al día siguiente en tren hasta Colliure donde el grupo encontró albergue en Hotel Bougnol-Quintana. Allí quedaron a la espera de una ayuda que nunca llegó. Antonio Machado murió el 22 de febrero, con 63 años, y su madre Ana Ruiz tres días después.
Durante la trágica huida hacia el exilio la familia perdió una de sus maletas, donde se guardaban varios manuscritos de Antonio Machado. Entre los que pudieron salvarse se encontraba solo uno de los tres cuadernos que componían “Los complementarios”, atribuido a su “poeta apócrifo” Abel Martín, y que Machado había redactado, corregido y modificado, con la intención de que integrara un libro. Algunas de sus páginas fueron publicadas en Cuadernos Hispanoamericanos en los años 1949 y 1950 y en Clavileño, en 1955. Dos años más tarde la editorial Losada de Buenos Aires presentó, por primera vez en un libro, la práctica totalidad del cuaderno, varios textos que habían aparecido ya en revistas (“Fabulaciones”), el “Discurso de ingreso en la Academia Española”, y otros artículos entre los que destacan “Sobre una lírica comunista que pudiera venir de Rusia”, “¿Cómo veo la nueva juventud española?” o el proyecto de un tercer “poeta apócrifo”, Pedro de Zúñiga, que habría venido a suceder a Abel Martín y a Juan de Mairena, pero que nunca vería la luz.
El presente libro, publicado por Dyskolo como homenaje al autor en el 83 aniversario de su muerte, recoge todos estos trabajos olvidados pero de una importancia fundamental para explicar el proceso creador del poeta, sus fuentes e influencias, y que muestran una sinceridad y honestidad intelectual destacables.
Un clásico de la literatura venezolana y universal
Reseña de Las memorias de Mamá Blanca de Teresa de la Parra (Dyskolo, 2021)
Jesús Aller
Decía Baudelaire que el genio no es más que la infancia recuperada a voluntad, y sería difícil superar esta definición del gran visionario. Estamos tan perdidos en un mundo adulto de ideas afiladas y proyectos absurdos, que el hechizo de los caballos de madera es la vía más segura para hallar nuestro auténtico ser.
Las memorias de Mamá Blanca de la venezolana Teresa de la Parra, que Dyskolo acaba de reeditar, nos dibuja a través de los ojos de una niña un retrato entrañable y magistral de la América rural de mediados del siglo XIX, pero es sobre todo una espléndida muestra del poder de la literatura para recobrar el paraíso encarnado en el niño que fuimos.
Teresa de la Parra nació en 1889 en París en una familia de la aristocracia criolla venezolana y entre Europa y América transcurrió su vida, la de una mujer lúcida y elegante que trató siempre de reflejar con armonía de palabras la belleza del mundo, pero también sus contradicciones que la inquietaban. Tras unos cuentos modernistas en la estela de Rubén, en 1924 publicó su primera novela, Ifigenia, diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba, parcialmente autobiográfica, en la que describe con ironía el ambiente de la alta sociedad de Caracas al tiempo que se rebela contra el papel subordinado impuesto en ella a las mujeres. Aunque al fin María Eugenia, la protagonista, renuncia al hombre al que ama, que está casado con otra, y se sacrifica como la Ifigenia de la mitología, en su caso en aras de la reputación familiar y las buenas costumbres, hay que decir que el rumbo que la autora escogió para su propia vida no se plegó demasiado a los esquemas tradicionales.
Nuestra novelista vivió una existencia intensa de viajes y amistades, y reivindicó una literatura que denunciara la situación de la mujer y recogiera sus aspiraciones. Según ella, ésta debía disfrutar igualdad de derechos, trabajar, ser financieramente independiente, y considerar a los hombres como amigos y compañeros, y no como propietarios o enemigos. Era el suyo un feminismo que definía como moderado, más evolucionista que revolucionario. En 1927, invitada a impartir conferencias en La Habana, Teresa conoció allí a la etnóloga cubana Lydia Cabrera, cuya amistad fue un fuerte apoyo en sus últimos años, una época difícil en la que aquejada de tuberculosis peregrinó por balnearios y sanatorios hasta su fallecimiento en Madrid en abril de 1936.
Regreso al paraíso
Si en su primera novela nuestra autora había expuesto las contradicciones de la sociedad en que vivía, en la segunda y última, Las memorias de Mamá Blanca, que ve la luz en París en 1929, emprende viaje a “la niebla de sus primeros recuerdos”, territorio virgen en el que busca las claves de su vida posterior.
Una “Advertencia” que abre el libro nos informa de que éste recoge la parte inicial de las memorias legadas a la autora por una anciana a la que conoció de niña, una misteriosa mujer amante de la música, las flores y los pequeños goces cotidianos, que vivía sola en una vieja casa señorial. No obstante, pronto comprendemos que es la propia Teresa la que une sus recuerdos en gavillas de literatura para construir la obra.
Seis hermanitas conviven con sus padres en Piedra Azul, una hacienda con trapiche de papelón (dulce extraído de la caña de azúcar), acompañadas de una legión de sirvientes: Evelyn, almidonada mulata de Trinidad, que con varias ayudantes se cuida de las niñas, Candelaria, la cocinera, mayordomo, peones y mucha más gente. Páginas deliciosas nos relatan la relajada existencia de las minúsculas señoras feudales de aquel mundo, entretenida en travesuras como hartarse de guayabas mientras Evelyn almuerza o interrumpir con cánticos el trabajo de su padre en el escritorio.
Blanca Nieves, la narradora, de cinco años y tercera en edad, es una soñadora incorregible que sufre las pullas de la positivista y belicosa Violeta, un año mayor, aunque es capaz de encantar con sus cuentos a las más pequeñas. Los peores momentos de la fantasiosa son cuando su mamá se empeña en aplicarle al cabello tratamientos para rizárselo, pues lo encuentra demasiado liso. Como compensación, en estas horas la madre entretiene a la niña con fábulas e historias que despiertan su amor por los libros: “Cuando yo salía del cuarto de Mamá tenía la cabeza rizada como un borrego y el alma trémula de emociones”.
Por el relato asoman otros sugestivos personajes. El primo Juancho, visitante habitual en la hacienda, quejoso y erudito con algo de Don Quijote, es un hombre sin lugar en el mundo, “no por falta de aptitudes, sino por exceso de pensamientos.”Afiliado al partido liberal, desprecia por igual el inmovilismo de los conservadores y la corrupción de sus correligionarios. Vicente, apodado Cochocho (un tipo de piojo), es un peón y el auténtico factótum de Piedra Azul. Sin zapatos ni apellido, él es para las niñas maestro de ciencias naturales y castellano aurisecular, y también de humilde bonhomía, aunque su innata prudencia no le impide fungir de capitán en las luchas revolucionarias que sacuden el país.
Conocemos además las liturgias del corralón, pacífica república de las vacas, y del trapiche, reino de asombro para la troupe infantil, con sus lentos bueyes, sus montones de caña y las labores mecánicas de los peones. Sobre este edén cruzan sin embargo nubes sombrías, como cuando una de las niñas fallece de sarampión, y en el final del libro, la venta de la hacienda supone para todas el acceso a una nueva vida muy lejos del paraíso. En Caracas, donde en un principio confunden la Catedral con un trapiche, las montaraces aprenden el significado del dinero y son enviadas al colegio que ha de convertirlas en señoritas distinguidas.
Una obra maestra de la literatura de Nuestra América
Las memorias de Mamá Blancahilvana los recuerdos de una infancia feliz y coral, y nos deleita con personajes bien burilados y estampas de la Venezuela recién independizada. Seis hermanitas crecen, rodeadas de protector afecto, en un paraíso donde su mirada se impregna por doquier de fértil y sugestiva naturaleza: “Nuestros juguetes preferidos los fabricábamos nosotras mismas bajo los árboles, con hojas, piedras, agua, frutas verdes, tierra, botellas inútiles y viejas latas de conservas. Al igual de los artistas, sentíamos así la fiebre divina de la creación; y, como los poetas, hallábamos afinidades secretas y concordancias misteriosas entre cosas de apariencias diversas.”
Piedra Azul es un universo de ensueño para las jóvenes protagonistas, y el relato cautiva al lector con el ritmo de su prosa y el placer de una remembranza rebosante de ingenioso humor y ternura. En la sociedad idealizada, sin atisbo de conceptos marxistas, rige una coexistencia armoniosa de las clases sociales, aunque la transformación llame a la puerta en los discursos del tío Juancho o las correrías paramilitares de Vicente Cochocho. A través de sus experiencias infantiles, la autora nos descubre cómo se tejieron los lazos que la ligaron con su tierra y sus gentes.
Las memorias de Mamá Blanca aportó a las letras latinoamericanas una primera pieza maestra de literatura de evocación, pero exhibe además un realismo que es amorosa fidelidad a la personalidad múltiple y fascinante de Venezuela. De este modo, preludia la obra narrativa de Rómulo Gallegos, coterráneo y amigo de Teresa, cinco años mayor que ella.
Unos ojos de niña despiertan a un universo encantado por los ritmos y sensaciones de la naturaleza. Teresa de la Parra, elegante mujer de mundo, alcanza su sabiduría mayor en estas páginas memorables, como cuando reconoce: “Yo creo que el cuerpo suele adornarse con detrimento del espíritu”.
En unos días estará disponible un nuevo libro, la novela "Las memorias de mamá Blanca" de Teresa de la Parra.
Mientras llega, os dejamos un artículo sobre su autora.
Ana Teresa de la Parra Sanojo, más conocida como Teresa de la Parra, fue una escritora venezolana con cierto renombre en su época, pero que pasado el tiempo fue quedando relegada al olvido. Nacida en París, pocos días antes de que se clausurara la Exposición Universal de 1889, pasó los años de su infancia en una hacienda familiar ubicada en las afueras de Caracas, ciudad donde desarrolló su labor de escritora, aunque en constante transito entre Latinoamérica y Europa. Murió en Madrid un 23 de abril, al igual que Cervantes y Shakespeare, (pero de 1936) tras una larga convalecencia por tuberculosis.
Teresa de la Parra convulsionó la estrecha sociedad de su tiempo, tradicional, provinciana y patriarcal, con su primera novela Ifigenia, diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba. La intensa crítica a la posición de la mujer, el constante desacuerdo con el orden familiar y los atisbos de una sexualidad "diferente", son algunas de las cuestiones reflejadas en su breve obra literaria, completada pocos años después con su noveleta Las memorias de Mamá Blanca. Esta segunda narración no generó el mismo entusiasmo y debate público que Ifigenia, quizá una parte del público esperaba que la autora mantuviera el tono irreverente ya mostrado y no supo ver la profundidad del relato bucólico de un grupo de hermanas pequeñas en una hacienda rural del siglo XIX.
Sin embargo, para la escritora y crítica literaria Silvia Molloy en ambos libros "se entretejen temas que permiten configurar una sexualidad no dicha, temas como la amistad apasionada entre mujeres, la necesidad de exiliarse de una sociedad donde uno no cabe, la estulticia de la burguesía caraqueña, el sacrificio individual en nombre de un deber de clase, y siempre, por encima de todo, la insinuación de un secreto que nunca se revela".
De ese modo, los recuerdos infantiles de Mamá Blanca a sus 5 o 6 años de edad son un relato inocente y desideologizado, para quien solo observa las tranquilas aguas superficiales del texto, o una cierta declaración de intenciones donde se pueden rescatar del fondo de la trama estructuras que refuerzan los vínculos entre mujeres, personajes femeninos que transgreden los roles asignados por la ideología patriarcal, declaraciones antirracistas, filosóficas, artísticas o literarias. Donde Simone Weil escribe (a propósito del concepto de justicia en Platón) que "no hay hombre que por más sabio, perspicaz y justo que sea que no esté influido por el aspecto físico y más aún por la situación social de las personas", Teresa de la Parra aclara: "piense indulgentes que las personas más impresentables son generalmente las más interesantes. Yo creo que el cuerpo suele adornarse con detrimento del espíritu".
El espacio de intimidad en el que la madre peina a la hija, los momentos compartidos alrededor de los cuentos, poesías, fabulas o relatos mitológicos, la descripción del zambo Vicente Cochocho... la narradora demuestra una sensibilidad ávida y libre, reaccionando de modo muy sutil ante cosas desconocidas o sacando a la luz los pequeños detalles de una vida sencilla, mostrando que quizá no son tan pequeños después de todo. Pero como recuerda Virgina Woolf, muy a menudo "los valores de las mujeres difieren de los que ha implantado el otro sexo; es natural que sea así. No obstante, son los valores masculinos los que prevalecen". Y por eso las descripciones elegidas, hechas por una mujer (y además niña), tuvieron que chocar con los críticos de su tiempo.
De no haber sido por su destacada belleza, elegancia y refinamiento, propio de las «señoritas decentes» del momento, Teresa de la Parra no habría sido admitida en los más importantes círculos intelectuales de la Venezuela de hace un siglo. Porque desde luego su calidad literaria estaba fuera de toda duda. Y sin embargo, no sería hasta el año 1989, en el centenario de su nacimiento y 53 años después de su muerte, cuando los restos de la literata se trasladarían al mausoleo ubicado en la ciudad de Caracas para ser oficialmente reivindicados dentro de la historia patria venezolana. Y con ellos una especie de halo que la mantiene a cierta distancia de sus lectores. Una especie de cerco sagrado e inmutable fue forjado alrededor de la escritora por gran parte de la crítica literaria encargada de curar, antologar, editar y compilar el impecable material de Parra.
De los 150 personajes históricos que reposan en el Panteón Nacional de Venezuela solo 4 son mujeres, y de entre ellas Teresa de la Parra la única escritora.
Para que la mujer sea fuerte, sana y verdaderamente libre de hipocresía, no se la debe sojuzgar frente a la nueva vida, al contrario, debe ser libre ante sí misma, consciente de los peligros y de las responsabilidades, útil a la sociedad aunque no sea madre de familia, e independiente pecuniariamente por su trabajo y su colaboración junto al hombre, ni dueño, ni enemigo, ni candidato explotable, sino compañero y amigo.
Teresa de la Parra. Influencia de las mujeres en la formación del alma americana. Tres Conferencias Inéditas (1961)
Bombas en el buque La Coubre: un sabotaje a la Revolución cubana
Enric Llopis
El Gobierno de Cuba -surgido de la victoria rebelde frente a la dictadura de Batista, el 1 de enero de 1959- consideró que se trataba de una acción terrorista.
El 4 de marzo de 1960 estalló en un muelle del puerto de La Habana el navío francés La Coubre (de la empresa estatal marítima francesa La Transat), con un cargamento de granadas y municiones belgas que tenían como objetivo reforzar al ejecutivo revolucionario. El resultado, cerca de 100 muertos y 200 heridos. A los trabajadores cubanos fallecidos y desaparecidos, después de las dos explosiones, se sumaban seis marineros franceses.
Ediciones Dyskolo publicó en octubre El enigma de La Coubre, del periodista y documentalista Hernando Calvo Ospina. “La CIA es la principal sospechosa”, apunta la editorial en la presentación del libro de 196 páginas. La obra es resultado de la investigación del autor que, más de medio siglo después del atentado, tuvo acceso a todos los archivos franceses de La Transat (consultó y copió más de 1.500 documentos), y realizó entrevistas –en Cuba y Francia- a familiares de las víctimas, supervivientes de la tripulación y sospechosos del sabotaje.
El armamento cargado en el vapor La Coubre procedía de la Fábrica Nacional de Armas de Guerra (FNAG) belga, y partió del puerto de Amberes el 8 de febrero de 1960 (el 4 de enero de 1961 Estados Unidos rompió las relaciones diplomáticas con Cuba).
El ejecutivo de la Isla, explica Hernando Calvo Ospina, “se había dirigido a los países europeos con los que tenía convenios para la compra de armas, pero las diferentes misiones diplomáticas estadounidenses se encargaron de presionar a los gobiernos para obstaculizar esta posibilidad”. El Gobierno de Bélgica no aceptó estas presiones.
El escritor colombiano, residente en París, es autor de Salsa: esa irreverente alegría (1996); Colombia, laboratorio de embrujos (2008); o El equipo de choque de la CIA. Cuba, Vietnam, Angola, Chile, Nicaragua (2010), entre otras obras. En 2000 Calvo Ospina publicó Ron Bacardí: la guerra ‘oculta’, texto reeditado en 2019 por Resumen Latinoamericano y Editora Abril, de libre acceso en el periódico Rebelion.org.
Bacardí “ha estado detrás de buena parte de los planes concebidos o apoyados por el Gobierno de Estados Unidos para destruir la Revolución cubana”, subraya el epílogo de la reciente edición, por ejemplo influyó en la redacción de la Ley Helms-Burton. Hernando Calvo Ospina ha realizado documentales –Venezuela, la causa oscura (2017) o Todo Guantánamo es nuestro (2016)- y publicado reportajes en Le Monde Diplomatique.
El enigma de La Coubre aporta razones sobre por qué el Gobierno cubano requería las armas. Según el presidente de Estados Unidos, Dwight D. Eisenhower (1953-1961), la “amenaza” comunista planeaba sobre América Latina, también sobre Cuba (antes de 1959 la CIA y la embajada ya le habían advertido de la debilidad de Batista); en mayo de 1959 la Revolución Cubana había aprobado una primera Ley de Reforma Agraria e intervenido centenares de latifundios.
“11 compañías estadounidenses controlaban más de un millón de hectáreas. También las principales minas estaban en manos de empresas de ese país”, recuerda el investigador nacido en Cali (el gobierno revolucionario pretendía pagar indemnizaciones con bonos a los expropiados). En marzo de 1960 el director de la CIA, Allen Dulles, presentó a Eisenhower el denominado Programa de Acción Encubierta contra el régimen de Castro; la central de inteligencia promovió organizaciones contrarrevolucionarias en la Isla, y los atentados se produjeron –incluso- en cines y almacenes populares.
Además de los ataques a poblados, industrias, el incendio de plantaciones agrícolas o el sabotaje de plantas eléctricas, el libro de Dyskolo subraya lo ocurrido el 21 de octubre de 1959: “La Habana fue ametrallada desde dos aviones, acción que provocó dos muertos y unos 50 heridos”. En abril de 1961 mercenarios con el apoyo de Estados Unidos fueron derrotados en la invasión por Playa Girón, a la que siguió la denominada “Operación Mangosta” contra Cuba.
Por otra parte la Unión Soviética, que ya en abril de 1952 había roto las relaciones con la dictadura de Batista, envió al viceprimer ministro Anastás Mikoyán –ocho años después- a Cuba. En un contexto de progresivas barreras comerciales ordenadas por la Casa Blanca, el político soviético firmó acuerdos de intercambio (petróleo de la URSS por azúcar cubano, en términos que favorecían a La Habana) y la Unión Soviética prestó 100 millones de dólares al ejecutivo cubano, a devolver con muy bajos intereses.
El enigma de La Coubre no es arqueología ni una batalla del pasado. La prensa cubana continúa, en el presente, recordando los hechos. Así, el periódico Juventud Rebelde titulaba “Donde la memoria duele” la portada del 4 de marzo de 2021, en referencia a la explosión en el carguero francés.
El texto destacaba el “fuerte hermetismo” con el que se han topado los investigadores, lo que ha impedido probar quiénes colocaron la bomba. “A pesar de que las evidencias señalaron desde el primer momento a la CIA, el Gobierno norteamericano no ha abierto los archivos sobre este engendro terrorista”, informaba el diario de la juventud cubana.
La portada hace memoria de los datos: un centenar de personas muertas -80 niños y niñas huérfanas- y 400 cubanos heridos (en muchos casos mutilados para toda su vida). En la página 3 el periodista Luis Raúl Vázquez Muñoz firma un reportaje que titula “La calle bañada en flor”, con parte de la información obtenida del documental El enigma de La Coubre (2019), de Calvo Ospina.
Juventud Rebelde añade otras cifras, como las del cargamento del vapor: 967 cajas de municiones y 525 de granadas de fusiles FAL. Al día siguiente el periódico publicaba otra página con la segunda parte del artículo, información sobre el cortejo fúnebre, testimonios y las palabras del Primer Ministro, Fidel Castro, durante el entierro y en una tribuna improvisada: “Pronunció por primera vez la consigna de ‘Patria o Muerte`”.
El 4 de marzo de 2021 el diario Granma incluía –en la edición digital- un texto de Pedro Ríoseco (“O la patria o la muerte, la resolución del pueblo puesto a prueba”). Cuando el Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba (PCC) formuló la disyuntiva histórica, estaba “fresca aún la sangre de los obreros y los soldados que descargaban el vapor francés”, explica el periodista en el órgano oficial del PCC.
Y en cuanto al material bélico, se trataba de “una carga necesaria para la defensa del proceso de cambio social (…), amenazado desde su nacimiento por el Gobierno de Estados Unidos”.
Además el diario Granma editó un vídeo de tres minutos (“Un lamentable acto de terror: el sabotaje al vapor La Coubre”), con imágenes de la época sobre la tragedia; pocos de los que fueron a socorrer a los primeros heridos sobrevivieron tras la segunda detonación, apunta el audiovisual; y añade que, entre los muertos, figuraban ocho trabajadores portuarios españoles.
Las conclusiones del vídeo ofrecen pocas dudas sobre la autoría: “Las pruebas realizadas demostraron que se trató de un hecho intencional, un sabotaje preparado fuera de Cuba, organizado por la Agencia Central de Inteligencia”.
El trabajo periodístico de denuncia ha ocasionado problemas -a lo largo de los años- a Hernando Calvo Ospina. Algunos los señaló el fallecido escritor y periodista, Ramón Chao, en una reseña del libro Calla y respira (El Viejo Topo, 2013), del autor colombiano, publicada en Le Monde Diplomatique. Estados Unidos inscribió a Calvo Ospina en una lista negra por la que tenía prohibido sobrevolar el espacio aéreo de este país.
Y en 2009, recordaba Ramón Chao, la administración estadounidense ordenó el desvío hacia la isla de Martinica de un avión en el que se desplazaba, rumbo a Nicaragua, el autor del libro de Dyskolo. Actualmente Hernando Calvo Ospina también difunde vídeos de 10 minutos, de información y denuncia, por medios como su cuenta de Twitter, Rebelion.org y el canal Youtube. Dedicó el último, el pasado 30 de octubre, al Narco-régimen colombiano.
Reseña de La doble rendija, de Daniel Noya Peña (Dyskolo)
¿Es la literatura un arte? Mucho se ha escrito tratando de responder a esto y entre todas las reflexiones que ha motivado la pregunta sólo hay algo que se admite universalmente. La palabra, que usamos cada día para expresar significados, se convierte, en el lenguaje poético, en objeto estético, en un fin en sí misma.
Por eso nadie duda que la poesía sí es un arte, aunque se dude de todo lo demás. Dice esto mucho sobre cómo debemos acercarnos a ese texto extraño que es el poema. Sólo en él las palabras son fieles a su esencia musical, y sin renunciar a su capacidad para excitar nuestro raciocinio, se empeñan además en conmovernos y regalarnos una emoción estética. Hay un gran desafío en todo esto.
El abulense Daniel Noya Peña, profesor de filosofía, ha aceptado este reto ya varias veces. Parafraseando a Chéjov, él suele decir que la filosofía es su mujer legítima y la poesía ha sido siempre su amante, y prueba de ello es que ha publicado los poemarios: Cierra el portón (1989-1991), Cuatro raíces (1993), Cuaderno de incidencias (2004), Luces de gálibo (2004-2009), Órdenes del corazón (2012), editado como libro electrónico por Dyskolo en 2014, La sabiduría de las uvas (2015) y No todos los días alcanzan la belleza (2019). En el catálogo de Dyskolo acaba de aparecer también su último trabajo, La doble rendija, pero esta vez en papel.
El título de la obra, como nos aclara Pablo Canales Tejedor en el texto que viene al final de ella, alude al famoso experimento del físico inglés Thomas Young en 1801, que sirvió en su momento para “demostrar” la naturaleza ondulatoria de la luz, pero plantea incógnitas que sólo fueron explicadas satisfactoriamente por la mecánica cuántica y su visión de la materia más allá de los conceptos en los que nos movemos habitualmente. Si el experimento en realidad demuestra algo, es que las convicciones merecen ser tratadas con recelo, y aquí es donde los resultados del sabio británico entroncan con lo esencial del quehacer poético. La doble rendija de la experiencia, con la certeza de su misterio, nos invita a explorar otros mundos escondidos bajo los dogmas que nos coartan, y qué mejor forma de hacerlo que a través del poder catárquico de las palabras.
El poemario, que es el primero editado por Dyskolo en papel, agrupa cuarenta y tres fragmentos en verso libre y de extensión variable. Los más breves, con entre diez y veinte versos en general, retratan muchas veces los rostros, tan cambiantes, de la emoción amorosa. El poeta expresa en ellos su pasión: “Eres la sílaba que le falta a mi pequeña vida,/ mi alimento.” (XXXV), en la que halla la fuerza que justifica su vida: “Respiré y amé de nuevo las palabras (…) estoy vivo/ mientras tú existas/ y no paro de repetir/ y no paro de repetir/ tu nombre.” (I). La amada es capaz de impregnar todas las cosas y dotarlas de sentido: “Abro mapas/ y ocupas todos los continentes./ Estás/ en todas las miradas/ y en todos los insomnios.” (II), “la alegría de las revoluciones,/ el caudal de Río Grande./ Todo es tu cuerpo./ El color de las hayas y el sabor/ de los gozos compartidos.” (XX). Nótense, en este último ejemplo, los versos en metro clásico, usados ocasionalmente en el poemario.
Sin embargo, esta plenitud deja paso a una dolorosa ausencia, abordada en muchos fragmentos breves: “Espero como un animal herido/ que regrese mi alma.” (VI), “infeliz late mi corazón y no abraza mi sangre sino la soledad,” (VIII). Hay poemas también al final del amor (IX) y recuerdos del éxtasis erótico (X y XI). En el vibrante XXX, es la muerte lo que se refleja en la soledad: “Polvo/ sin gratitud/ es la muerte. (…) Barro sin amasar pisa/ fugazmente la tierra. (…) No hay consuelo en la nieve/ ni en el relámpago./ Todas las letras no son sino sombras,/ la tristeza de no estar entre tus brazos.” XVIII es un precioso canto a la ausencia presentida en el momento de la despedida: “Qué lejos te siento/ y todavía no te has ido. (…) Sé que la lluvia me traerá tu recuerdo/ y que bebo el último trago/ de una botella ya vacía.”
Como se ve en los versos reproducidos, Noya, sin renunciar a metáforas y otros recursos, usa en estos poemas amorosos un hilo discursivo apegado a la realidad, tal vez para resaltar nítidamente lo extraordinario y universal de sus emociones. Éste es el tono también de fragmentos que tratan asuntos diversos: reflexiones filosóficas (XII), sobre la brevedad de la vida: “Todo fue un suspiro,/ polvo/ y desmemoria.” (III), o las lecturas que nos marcan para siempre, como la del vate ruso Ósip Mandelshtam: “Y alimentado como estoy/ de tus dulces versos/ espero/ el aliento de una nueva primavera.” (XXIII).
En otros fragmentos, sin embargo, el lenguaje despega de los moldes lógicos y formales de la vigilia, con un vuelo onírico que evidencia el influjo de Guillaume Apollinaire (parafraseado en XXIX) y los surrealistas. En estos poemas, la escritura se vuelve traducción automática de lo inconsciente que emerge, y dominan asociaciones a través de los cuales una sugerencia plausible incorpora en su desarrollo los ecos que llegan de las áreas oscuras de la mente: “No sientas temor,/ deja que tu voz sea como una lámpara,/ que tus manos aprieten el lenguaje de la dicha,/ deja que tu piel sienta la alegría de los viajes./ Deja que llegue hasta tu médula/ y que sea la llave/ de tus párpados, que invada todas las orillas/ y que sea el hilo de tu lengua,/ deja que sea el color de tu cautiverio/ y el olvido de todas tus pérdidas.” (XL).
Este tono onírico se encuentra en muchos otros de los fragmentos de mayor longitud, los más intensos del poemario. Aquí las palabras estallan en comuniones extrañas, radiantes de metáforas: “el pan de mis versos/como luciérnagas/ en la noche” (XXXI), y hay siempre un estribillo que conduce el insólito peregrinar. Es una ensoñación que desafía la lógica, o más bien crea su propia lógica, pero logra conmovernos muchas veces, y resulta sugestiva porque en su fondo brilla una intuición. Me detendré en algunos ejemplos de esto:
El fragmento XIX, cuajado de imágenes visuales, es una profesión de fe en la militancia del poeta y una indagación sobre el enigma de su poder creativo,: “Los ojos de los poetas tienen/ brotes de acacias, penas de mayo que duelen/ y apuntes de imaginación sobre las aceras./ Viven en la estación del que ama/ y en la noche del gorrión sin tiempo./ Son ciegos los poetas/ y videntes,/ relámpagos, islas de luz que se reflejan/ en las nubes.”
El poema XIV repite obsesivamente “Declino mi cuerpo” en una exploración que es un intento de autodefinición y sólo se resuelve al fin en el éxtasis amoroso. En la enumeración de XXV el poeta busca su identidad a través de los contornos desvaídos de un sueño: “Me desnudo en la luz/ de mis últimos pedazos,” pero sólo para reconocer a cada paso: “Mi fiesta ha terminado”, y concluir lúcidamente: “Podría ser un fulgor/ pero soy un espejo.”
Otro fragmento remarcable en esta línea es el XLI, sobre la muerte del poeta: “Reposa al fin entre las sábanas/ de las constelaciones, viajero,/ duérmete con el último/ fulgor de las palabras/ que dejaste sobre el papel:/humo y olvido fue tu tiempo, un alfabeto de/ juventud.” Vibra en estos versos un aliento apasionado y surreal, en pos de “la promesa/ de una eternidad sin grietas.”
Daniel Noya Peña nos lleva con este libro de las emociones del amor y del desamor, de la presencia y la ausencia, a una indagación de los resortes secretos del lenguaje y sus posibilidades para explorar las raíces inconscientes de nuestra experiencia. En La doble rendija asistimos a un viaje interior en el que las palabras consiguen alcanzar su propia intensidad atravesando los vasos comunicantes que unen sueño y vigilia, pero son capaces también de detenerse en el umbral más real y transmitirnos preciosas enseñanzas: “La lección/ de la poesía:/ amar el horizonte/ y amor por el hombre/ a pesar del hombre…” (XXVI).
Se ha discutido mucho si la literatura es un arte, pero ya nadie duda que la poesía sí lo es. Daniel Noya Peña nos lo demuestra cumplidamente con La doble rendija.
Ediciones Dyskolo acaba de publicar el poemario “La doble rendija” de Daniel Noya. El texto que sigue a continuación figura en el libro a modo de epílogo y trata de buscar una explicación a su título a partir del célebre experimento llevado a cabo por Thomas Young, en 1801.
En mi época de estudiante cayó en mis manos una referencia bibliográfica que me inquietó: “Física para poetas”, de Robert March. No eran tiempos en los que acceder a un libro descatalogado estuviese a media docena de clicks de distancia y tuve que recorrer bibliotecas, librerías y ferias de libro para, después de un par de años o tres dar con él.
Me llamó poderosamente la atención por aquel entonces que la esfera del conocimiento objetivo de la naturaleza, la ciencia, se intentase fusionar con las emocionales, difusas y para mí poco precisas formas de los poetas. Pretendía encontrar en aquel título ese emulsionante que, como la yema del huevo, es capaz de mezclar íntimamente el agua y el aceite. Al final se trataba de un curso de física para estudiantes de letras muy bien escrito, pero sin ninguna pretensión poética.
Hoy me sorprende la referencia inversa. “La doble rendija” de Daniel Noya, no como texto científico sino como cabecera lírica. Se trata de un buen libro de poesía sin ninguna pretensión científica.
El de la doble rendija es uno de esos experimentos cruciales que introdujo importantes grietas en la eterna adolescencia del conocimiento humano. Un descubrimiento sorprendente que cuando se conoce, no permite concebir la realidad material de la misma manera que antes.
Una versión del mismo la realizó Thomas Young en 1801, con la finalidad de demostrar definitivamente que la luz, cuya naturaleza íntima se desconocía, era una onda. Una vibración de algo (luego se supo de qué) que se extendía por el espacio de forma análoga a como se extienden las olas del agua.
En ese experimento, al hacer pasar un haz de luz por dos rendijas muy juntas, se consigue la división del haz en dos partes, cada una de las cuales viaja extendiéndose en el espacio. Si finalmente ambos haces impactan en una pared, veremos, no dos líneas luminosas (la luz procedente de cada rendija) sino unas franjas brillantes y oscuras alternadas con asombrosa periodicidad. Ambos haces han interferido de manera análoga a como lo hacen las ondas del agua producidas al lanzar dos piedras en un estanque. Los frentes circulares, nacidos en el impacto de cada piedra con el agua, interfieren al juntarse produciendo máximos y mínimos. En ocasiones anulan su efecto en un punto y en otras lo refuerzan, dependiendo de si confluyen una cresta y un valle o dos crestas o dos valles. De la misma manera que las olas que llegan a la orilla de un acantilado y las olas que vuelven, a veces actúan conjuntamente y se elevan atrevidas y otras se apaciguan mutuamente frustrando nuestras expectativas.
En el caso de la luz que atraviesa dos rendijas muy juntas, en vez de obtener como imagen dos franjas luminosas debido a la luz que procede de cada rendija, se obtiene el patrón de interferencias. Esta característica es propia de las ondas, lo que permitió establecer la naturaleza ondulatoria de la luz. Conocer a la naturaleza por cómo se comporta, aunque no podamos verla (nadie puede ver de qué está hecha la luz, aunque nos permita ver...). La potencia de la falsación de los modelos para avanzar lentamente en el conocimiento.
Es evidente que si ese experimento de doble rendija se hace con materia, no con luz (por ejemplo un chorro de granos de arena o de agua) lo que observamos en la pantalla son los impactos separados de la arena o el agua que proviene de cada fuente. Caso de que coincidan en el espacio los procedentes de cada rendija siempre reforzarán su efecto, nunca lo anularán. La materia no es una onda.
La naturaleza de la constitución de la materia, que tras un par de milenios hemos podido elevar al siempre provisional podio de la verdad científica, es la que nos dejó como tarea Demócrito. Un agregado de diminutas partículas que él llamó, ya por entonces, átomos. Idea a la que llegó intuitivamente al carecer de la capacidad experimental que fuimos adquiriendo con el paso de los siglos.
Más o menos todos conocemos el argumento. Un puñado de partículas absolutamente invisibles a nuestra percepción (protones, electrones, neutrones...) que se agrupan en número diferente debido a atracciones o repulsiones eléctricas para formar átomos, que a su vez se agrupan para producir moléculas, que a su vez se agrupan para constituir agregados organizados de moléculas que forman estructuras, que se organizan para formar células, tejidos, organismos e individuos sensibles que se preguntan de qué están hechos. Todo como si fuese un enorme y complejísimo “Lego” con un puñado reducidísimo de piezas diferentes. Todavía no sabemos con certeza en qué parte de la película se produce el que algunos han considerado como milagro de la conciencia pero no renunciamos a entenderlo algún día.
Uno de los pilares lógicos en los que se basa toda esta teoría atómica está en la individualidad de esas partículas. Aunque iguales entre sí las de la misma clase, mantienen su individualidad espacial de manera que entre ellas no haya nada. Interaccionan y se influyen mutuamente, modificando su posición y movimiento según unas leyes bastante bien conocidas y universales aplicables a todos los cuerpos materiales. Ellas constituyen la materia. Fuera de ellas no hay nada. Salvo las ondas de luz.
A estas alturas de la historia, el nudo de la narración ya se intuye. ¿Qué pasa si conseguimos aislar esas partículas diminutas y hacerlas pasar por una doble rendija? Disponemos de tecnología para hacerlo y se ha realizado en multitud de ocasiones.
El resultado es que, en vez de obtener unos resultados como si de partículas se tratase, es decir que unas pasen por un rendija y otras por otra y finalmente obtengamos dos manchas en la pantalla, se obtiene un patrón de interferencias que no se puede explicar si no es con la asunción de que las partículas, al pasar por las rendijas, se desdoblan; ¿quizá como si fuesen una onda? Porque la figura aparece aún si hacemos pasar de una en una las partículas por las rendijas. Eso sí, siempre que no sepamos por cual de las rendijas ha pasado. Es decir haciendo el experimento sin fijarnos en las rendijas, sino solo en la pantalla.
La imposibilidad de esta situación de desdoblamiento de la partícula nos obliga a ser más cuidadosos y hacer la prueba definitiva. Acoplar un dispositivo que nos informe, en cada paso de la partícula por las rendijas, por cuál de las dos ha pasado, para por fin salir de la ilusión de sospechar que las partículas se han “ondulizado”.
En ningún caso la detección de la partícula se produce en las dos rendijas, faltaría más. Pero, si miramos entonces a la pantalla ¡la figura de interferencias ya no se produce! ¡Nuestro experimento con partículas, cuando sabemos si pasan por una rendija u otra, produce dos manchas de impactos! Incrédulos repetimos el experimento sin fijarnos en conocer por cuál de las rendijas ha pasado cada partícula y se vuelve a observar el comportamiento ondulatorio, es decir, la figura de interferencia.
Actualmente el experimento lo explica exitosamente la conocida como Mecánica Cuántica, que introduce unos elementos completamente nuevos y extraños a nuestra lógica. En ella la teoría establece que magnitudes como posición, velocidad energía, etc., de las partículas están indefinidas y determinadas por el entorno de una peculiar manera. Se habla de una superposición de estados posibles como la única manera de referirse a ellas… hasta que se produce la manifestación aleatoria (pero predecible probabilísticamente) de uno de los posibles estados. ¿Qué ha pasado con las otras posibilidades? ¿Por qué se ha producido el colapso del estado?
Hay que decir que a pesar de su aparente imprecisión, la mecánica cuántica ha permitido hacer predicciones de enorme exactitud.
La interpretación de esta situación ha traído a los físicos de cabeza durante años. Que si la teoría está incompleta, que si la naturaleza de la materia es dual a nivel microscópico y la naturaleza se protege de las contradicciones, que si la realidad es múltiple e indefinida (aunque predecible probabilísticamente) y su definición en uno u otro sentido es aleatorio.
Las implicaciones que sobre nuestra idea del mundo tiene el admitir esta especie de no localidad e indefinición espacio temporal de los entes individuales de los que estamos formados han cambiado la manera de pensar en la realidad.
Quizá en eso se parezca finalmente la experiencia poética y la científica. Ambas modifican nuestra forma de ver la realidad, cualquiera que esta sea.
La doble rendija
Daniel Noya Peña
Colección: Poesía
1ª edición julio 2021
70 páginas.
Ediciones Dyskolo
ISBN: 978-84-124082-0-1
Página del libro: https://www.dyskolo.cc/cat%C3%A1logo/lib066/