Elegir y ser elegido es algo mucho más profundo de lo que a veces pensamos. Significa que alguien ha mirado todo el panorama: tus luces, tus sombras, tus partes bonitas y tus partes rotas, y aun así decide que quiere que estés en su vida. No por compromiso, ni por miedo a la soledad, sino porque realmente siente que contigo su mundo es un lugar mejor.
Hay una diferencia enorme entre encajar en la vida de alguien y ser elegido de verdad. Encajar puede pasar por costumbre, por comodidad o por miedo al vacío. Pero elegir es un acto consciente, y no todo el mundo tiene la valentía de hacerlo, porque para elegir de verdad primero hay que ser muy honesto con uno mismo.
Cuando entiendes esto, algo cambia dentro de ti. Empiezas a darte cuenta de que quieres ser una elección, no una costumbre. Y lo duro llega cuando se te cae el velo y ves el patrón. Cuando sabes que algo no es, pero aun así te quedas. ¿Y por qué nos quedamos? Porque en algún rincón del alma vive esa pequeña esperanza de que quizá cambie, de que quizá, si eres suficiente, esa persona algún día lo verá.
Pero ahí ya no estamos hablando de amor, estamos hablando de apego. De ese apego que nace en la mente, que se mezcla con la ilusión y termina confundiéndolo todo. Muchas relaciones no son amor, son rutina, comodidad o conformismo. El amor es una palabra tan grande y con tantos significados que, de tanto usarla, a veces acaba perdiendo valor. Por eso, al final, la lección es sencilla aunque duela: no obligues a nadie a elegirte. Quien de verdad quiere estar, no necesita que le convenzan.
Hoy tenemos tantas puertas abiertas que, paradójicamente, elegir se ha vuelto más difícil. Cuando todo es posible también aparece el vacío. Ahora existen palabras para todo, como la famosa “bandera roja”, ese aviso que te dice que corras en la otra dirección. Pero a veces la mente susurra algo distinto y te dice: ¿y si esperas un momento?, ¿y si no es tan grave como parece?
Y entonces aparece la intuición, esa voz que te dice muy claro que por ahí no es. Muchas veces va de la mano de esas red flags de las que todo el mundo habla, pero el problema es que a veces la intuición está ahogándose. Está gritando, pero no la escuchas porque la mente está a todo volumen. Aun así, hay algo dentro de ti que tira de la manga como diciendo “eso no”. Pero la mente, que es la más ruidosa de todas, responde: “¿y si sí?”.
Y entonces aparece esa frase que todos repiten: “el no ya lo tienes”. Pero casi nadie habla de lo que pasa después, del peso que puede dejar seguir buscando un sí cuando en el fondo ya sabías que era un no, porque tu intuición estaba ahí, intentando avisarte mientras se ahogaba entre tanto ruido.
Luego también llega otro momento importante, el de preguntarte qué es lo que realmente quieres. ¿Validación? ¿Para qué? ¿En qué momento la vida te dijo que sola no puedes? ¿Por qué necesitamos la presencia de alguien más para sentirnos suficientes?
Muchas veces la autoestima no la rompe nadie desde fuera, nos la rompemos nosotros mismos. A mí nadie me ha dicho nunca que sea fea. Como mucho me han dicho que estoy muy delgada. ¿Y qué? La autoestima muchas veces me la he destrozado yo sola, con pico y pala, repitiéndome mil veces que no soy guapa.
Cuando en realidad creo que sí tengo algo. Quizá incluso un poco de ego. Y ahora entiendo que el ego, cuando está controlado, puede ser una buena droga. Pero también he aprendido que la humildad es la droga más cara de todas.
El exterior, esa carcasa que Dios o el universo nos ha dado, yo no la elegí. Se puede modificar, sí, pero no soy un SIM al que le cambian las piezas según lo que otros digan que es bonito. Tengo los dientes torcidos, como un conejito, con la boca pequeña para tantos dientes, ¿y qué? Para mí una de las cosas más sensuales del cuerpo es la curva de la cadera, esa que cuando estás de lado parece una ola. Y tengo unos rizos que Bisbal ya querría tener.
Pero al final lo importante es el interior. Sí, a veces soy borde, claro que sí. En un mundo lleno de hipócritas también hace falta tener una pizca de mala leche. Pero también está mi forma de querer, de explicar, de sentir y de intentar encajar los golpes de la vida, aunque a veces sea a gritos.
Intento pasarlo todo por un filtro de café, despacio, con calma, hablar con mi alma y recordarle que todo va a estar bien. Intento empatizar con los míos, conmigo misma y también con el mundo, aunque a veces lo mire desde lejos. Un mundo donde una parte parece estar siempre quemándose mientras otra intenta apagar ese fuego con unas olas enormes.
Quizá el mundo está siempre en guerra porque todo cambia a la velocidad de la luz. Tenemos tantas ideas, tantas visiones y tantas formas de ver la vida que a veces el mundo todavía no está preparado para tanto. Y de ahí nacen muchas guerras, guerras que hacen que muchas veces no se valore la magia que algunas personas llevan dentro.
Aunque también es verdad que hay tanto ruido que cuesta encontrar silencio para escuchar lo que tienes justo al lado. Y en medio de todo ese ruido a veces te pierdes. Te pierdes tanto que acabas caminando con los ojos cerrados.
Y la hipocresía no siempre nace de la maldad, sino muchas veces del miedo: a no encajar, a perder o a mostrarnos tal como somos. Por eso a veces actuamos de forma incoherente, adaptándonos al entorno para protegernos.
Más que algo externo, también es algo humano que todos podemos hacer en distintos momentos. La vida no es coherencia perfecta, sino equilibrio entre lo que sentimos y lo que mostramos… aunque no siempre encaje del todo.
Un psicólogo hablaba de pacientes de 70, 80, 90 años que nunca se habían enamorado. Y entonces se rompe esa idea que nos han vendido siempre: que si haces las cosas bien, la vida te compensa, que tarde o temprano aparece “esa persona”.
¿Y si el amor no llega nunca?
¿Y si no es un error, sino simplemente una posibilidad?
La vida no promete nada. Ni el amor, ni el tiempo, ni los segundos que respiramos. No tenemos garantías de nada. Ni siquiera de que todo esto sea tan sólido como creemos… quizá solo estamos dentro de algo que intentamos entender, como en Matrix.
Entonces… ¿a qué le tenemos miedo realmente?
¿A morir solos? ¿A no ser elegidos? ¿A tener que cuidar de lo nuestro sin que nadie venga a salvarnos?
Tal vez el miedo no es la soledad.
Tal vez el miedo es aceptar que no controlamos nada.
El verdadero punto de toda esta història es: dejar de perseguir a quien no te elige, y empezar a no abandonarte tú.