La lluvia golpeaba contra las ventanas, una melodía persistente que se mezclaba con el sonido de sus respiraciones. El cuarto estaba cálido, a pesar del frío exterior, impregnado de un deseo que parecía flotar en el aire.
Ella estaba de pie junto a la cama, su silueta dibujada por la tenue luz que entraba desde el pasillo. Su vestido negro se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, sus hombros desnudos brillaban suavemente bajo la luz, invitándolo a perderse en ellos.
Él se acercó lentamente, como un depredador que acecha a su presa. Su mano rozó el tirante del vestido, deslizándolo hacia abajo con un movimiento pausado, mientras su mirada nunca abandonaba la de ella. Podía sentir su aliento cálido contra su cuello cuando finalmente dejó que el vestido cayera al suelo, dejando al descubierto un conjunto de lencería que apenas cubría lo necesario.
Sin decir una palabra, él la giró hacia la cama y la empujó suavemente para que se sentara. Se arrodilló frente a ella, sus manos recorriendo sus muslos con una lentitud que bordeaba la tortura. Con cada caricia, sentía cómo su cuerpo reaccionaba, un temblor apenas perceptible, un leve suspiro que escapaba de sus labios.
Sus labios encontraron los de ella, primero con ternura, luego con una intensidad que encendió cada rincón de su ser. Sus lenguas se buscaron, sus manos exploraron con urgencia, deshaciéndose de las barreras que quedaban entre ellos. Él bajó lentamente, dejando un rastro de besos húmedos por su cuello, su clavícula, hasta llegar a sus pechos. Se detuvo ahí, su lengua dibujando círculos alrededor de sus pezones mientras sus manos la sostenían con una mezcla de fuerza y delicadeza.
Ella lo tiró hacia la cama con un movimiento decidido, intercambiando los papeles. Ahora era ella quien dominaba, sus manos explorándolo sin prisa pero con hambre, memorizando cada curva, cada músculo que se tensaba bajo su toque. Bajó por su abdomen, dejando besos y pequeños mordiscos en el camino, hasta que llegó al epicentro de su deseo.
Cuando lo tomó entre sus labios, él jadeó, su mano encontrando su cabello, sus caderas moviéndose instintivamente hacia ella. Ella lo miró desde abajo, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de travesura y desafío, disfrutando del control que tenía sobre él.
No pudo soportarlo por más tiempo. La levantó y la giró, inclinándola contra la cama. Sus dedos la exploraron primero, deslizándose en ella mientras su boca recorría su espalda, su aliento cálido contra su piel. Cuando finalmente la penetró, ambos soltaron un gemido simultáneo, una mezcla de placer y alivio.
El ritmo comenzó lento, casi tortuoso, pero pronto se volvió frenético. Sus cuerpos chocaban con fuerza, el sonido de su unión llenando la habitación. Ella se aferraba a las sábanas, sus uñas dejando marcas en su piel mientras él empujaba más profundo, llevándolos a ambos al límite.
Cuando finalmente llegaron juntos, fue como una explosión que los dejó temblando, sus cuerpos aún entrelazados mientras trataban de recuperar el aliento. Se desplomaron en la cama, sus pieles pegajosas de sudor, pero satisfechas.
En la quietud que siguió, él la abrazó por la espalda, sus dedos trazando círculos en su piel. No dijeron nada, porque no había necesidad. Lo que habían compartido hablaba más fuerte que cualquier palabra.
- ecos de nostalgia -