Mi "honeymoon" asiática
Futuro. China jugará uno de los papeles más importantes de su historia en los próximos años
Si alguien me hubiera dicho hace un año que mi luna de miel la pasaría en China no hubiera aguantado la risa. Sí, señores. Aquí una servidora le tenía manía a los chinos y a su comida. No era un mero capricho. Esto era el resultado de una experiencia traumática. Lo típico: vas a un restaurante chino, el mismo día coges una gripe de tomo y lomo, asocias los dos hechos y listo, ya tienes una fobia. Pues como si el karma me hubiera querido gastar una broma pesada, ahí terminé, en China.
Por una cosa u otra finalmente este destino me parecía el más atractivo del mundo. El mejor lugar en el que pasar mis primeros días de casada. Mucho tenía que ver que mi compañero de viaje (y recién marido), Javi, estuviera entusiasmado con la idea de recorrer los casi 10.000 kilómetros que nos separan del país asiático para poder dar rienda suelta a su pasión: la fotografía.
Así que equipados con dos ligeras maletas (doy fe de que era cierto) emprendimos el que, hasta ahora, ha sido el Mejor Viaje de Nuestra Vida. Este título no sólo lo merece porque haya sido nuestra luna de miel sino porque además nos ha abierto los ojos y la mente. Sí. Yo suelo ser bastante cateta en esto de viajar y conocer otras culturas. Me gusta mi tierra y mi gente. La comida española y, si es en Sevilla, mejor. Ahora me doy cuenta de lo que me he perdido. Del mundo que hay por recorrer, de la de culturas interesantes que hay por conocer y, sobre todo, de lo divertido que puede ser.
Ir a un país como China te permite entender que no todo es blanco o negro. Que los matices son los que dan vida y sostienen a las sociedades. Y que las diferencias entre unos y otros es lo que hace crecer y avanzar hacia un futuro mejor.
Antes de ir a China era una completa ignorante sobre la historia de este país. Ahora, lo soy más aún. Pero al menos se ha despertado en mí la curiosas de saber más. De querer entender por qué una de las civilizaciones más antiguas, avanzadas y ricas (en todos los sentidos) de la historia de la Humanidad ha sufrido tantas desigualdades y pobrezas en los últimos siglos. Comprender cómo tras haber estado subyugados y exprimidos por dictadores tienen aún una fuerza de trabajo tan grande que convertirá a China en la siguiente gran potencia mundial. Ir encontrando el sentido a las mezclas un tanto horteras que resultan de querer subirse al carro de los más modernos avances sin dejar de lado las tradiciones (véase carteles luminosos en edificios de gran carga cultural); o encontrar un poco de orden en el caos de ciudades que crecen a ritmo más lento que sus ciudadanos y se quedan pequeñas, muy pequeñas.
En realidad, los chinos no son tan diferentes a nosotros. Bueno sí. Tienen más mérito que nosotros porque durante muchos años se les ha puesto trabas para todo. Incluso para tener hijos (medida que también se esta relajando un poco por parte del Estado). El control de la información que ostenta el gobierno les da, además, una visión un tanto distorsionada de la realidad en la que viven ellos y los más de mil millones de habitantes del país. Y ese quizás sea el mayor obstáculo que han de salvar.
El pseudocomunismo o “socialismo de mercado” (socialismo con características chinas, como ellos lo denominan) está creando en los ciudadanos una sensación de bienestar como nunca antes se había experimentado (increíble ver cómo todos -o casi todos- los jóvenes están enganchados a sus smartphones o tabletas o los modernísimos edificios en ciudades como Beijing o Shanghai), y hace olvidar a unos pocos (sobre todo a los de menor edad) incoherencias como que aún se idolatre en su país a Mao Zedong, promotor de la Revolución Cultural que sumió al país en una crisis educativa e intelectual, además de masacrar a miles de ciudadanos; o que el derecho más importante de todos, el de la vida, se relegue a un segundo plano.
En los escasos días en los que hemos recorrido China, hemos sido testigos de dos accidentes mortales: uno en Beijing y otro en Yanshuo, una zona rural del centro del país. El primero, consecuencia de una circulación caótica e imposible de seguir. El segundo, en una carretera secundaria quizás por un error humano o una imprudencia. En ambos casos las víctimas iban en moto y sin medidas de seguridad. Nadie lleva casco. No conocen las normas de circulación. Y ante tal desgracia de accidente la solución es siempre la misma: dinero. No hay cárcel para quien atropella. Todo se soluciona con una buena suma de dinero pactada para la familia de la víctima. Al preguntar a nuestros guías locales por qué no tenían cuidado al conducir y por qué no hacía el gobierno nada para evitarlo (más allá de imponer unas normas que luego no cumple nadie), la respuesta es siempre la misma: “Somos tantos… que a veces no le damos valor a la vida”. Y con esa sentencia entiendes también que al pueblo chino le queda trabajar mucho para hacer valer sus derechos. Para superar antiguas costumbres como que en las zonas más desfavorecidas las mujeres sean quienes aporten la mayor fuerza de trabajo; para convertirse en la potencia mundial más grande pero no a costa de la mano de obra más barata que pueda haber ni de jornadas laborales de 20 horas; para recuperar las artes y la cultura antigua que la Revolución Cultural y las guerras se encargaron de destruir…
Y a pesar de todo, nos llevan ventaja en muchas cosas. Me quedo con el respeto a los mayores, con la visión integral que tienen de nuestro organismo y por supuesto con su simpatía hacia nosotros. Ha sido un viaje impresionante por los paisajes de cuentos que hemos visto, las costumbres tan diferentes, los edificios imposibles, las comidas exóticas dignas de historias fantásticas y, sobre todo, por la gente maravillosa que nos hemos encontrado…
Pero lo mejor de todo ha sido poder compartir todo esto con Javier Arias, el mejor compañero de viajes que se pueda tener en esta aventura que es la vida ;)
Ahora, a repetir!














