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- Igual no creas que esto tomará todo tu tiempo - Comentó mirando a la ojos claros. - En cuánto acabemos podemos inspeccionar un poco - Esbozó una amplia sonrisa. - ¡Genial! - Exclamó contenta por recibir la ayuda de la contraria. - De alguna forma te recompensaré - Aseguró y lo anotó en su lista mental de pendientes por hacer. - Seguro que mi casa es más pequeña que el baño más chico de todo el palacio - Bromeó aunque bien podía ser cierto. - El tamaño del palacio es impresionante, ¿A qué sí?
“En verdad, no importa si toma su tiempo o no, te ayudaré” Una sonrisa apareció en su rostro, como si ella fuera su firma bajo algún tipo de contrato, pues quería asegurarle a la morena que no descansaría hasta que tuviera su pulsera completa de nuevo “No tienes que recompensarme, en serio” Mal se sentiría en realidad, pues Eira muchas veces era una persona altruista, se olvidaba de ella misma e intentaba ayudar a los demás. Una risa salió de su pecho al escucharla “Bueno, estoy casi segura de que mi cuarto es más grande que mi casa como por diez metros, sin incluir el baño” Fue entonces cuando su mano se topó con una figura plana y pequeña, el dije “Creo que puedes morir en paz” Bromeó, mientras que su mano se alzaba, mostrando el dije a su dueña.
– Soy bruja, pero que sea nuestro pequeño secreto –bromeó, haciendo un gran esfuerzo por no soltar una gran carcajada–. Vengo de Sota.
Una sonrisa apareció en su rostro al escucharla “Tranquila, me llevaré tu secreto a mi tumba” Guiñó uno de sus ojos, pensando que ella debería de ser la chica más calmada en la selección entera “He escuchado que es un lugar lindo, pero nunca he podido visitarlo”
Se disponía a seguir su camino rumbo a su habitación, con gran parte de la tela de la falda de su vestido en brazos porque así evitaría ensuciar aún más, cuando la rubia le dirigió la palabra a nueva cuenta y causó que arqueara ambas cejas ¿Qué no había entendido? No creía haberse expresado mal, así que seguro la comprensión auditiva le fallaba a esa seleccionada—. Ese es el punto: no tienes porqué preocuparte ni meterte donde no te llaman, cosa que hiciste en un principio —afirmó— ¿Algo más que no comprendas? ¿El por qué el cielo es azul o similar? —inquirió, meramente para mofarse.
Una sonrisa apareció en su rostro en el momento en que escuchó el tono en la que obtenía la respuesta. No, una casta superior a la cuatro habría entendido que aquello no era más que ironía, o quizá habría reaccionado de una forma diferente, pero aquella tenía un complejo de rebeldía en su frente. Pero Eira seguía calmada, sin si quiera importarle que aquella última oración venía acompañada por un tono de burla, había mejores cosas en la que gastar sus fuerzas. “Si no querías que alguien se metiera, quizá debiste simplemente ahorrarte el primer comentario y listo” Lo dijo con calma, como si estuviera comentando sobre la cena de aquel día “¿De qué casta eres?” Repitió el mismo tono, sin una pizca de curiosidad.
Como si de vida o muerte se tratara, la fémina se encargó de apreciar la pequeña flama que ya había logrado hipnotizarla. Ni siquiera pestañeó, pues consideraba que era mucho más necesario encontrar una respuesta a la cuestión formulada por la contraria. —Con un momento — habló finalmente, humedeciendo sus labios discretamente. —Empieza tan vivo, pero con el pasar de los segundos se esfuma, desaparece — añadió, pausando el tiempo necesario. —Aunque, si lo pensamos bien, la vida está formada de pequeños momentos — apartó la mirada, buscando recorrer las facciones ajenas. —También podría ser comparada con algún sentimiento —.
Con la mente abierta y los oídos curiosos, Eira escuchó con atención la opinión de la morena que lentamente logró que en su rostro apareciera una sonrisa de maravilla, aquella con la que contaban los niños pequeños y que sólo mostraban cuando un nuevo objeto se posaba ante ellos “Un momento...me gusta bastante” Opinó en acorde con ella, mientras que lentamente en su mente nacía una imagen que comenzaba a cobrar nitidez y sentido “Entonces, de alguna forma, dirías que la vida está formada por cientos de velas y que, mientras algunas se quedan toda la vida, otras se retiran tan apagarse” De acuerdo, aquella última había sido una idea que llegó a ella tras seguir el hilo de pensamiento que la contraria le había brindado “¿El amor? Creo que es el sentimiento que se acerca más al fuego de una vela ¿No? La furia, también puede ser una buena opción”
A moodboard about: Eira Selene { the second of many }
❝The most courageous act
is still to think for yourself. Aloud❞
No me molestaría dejar que Eira me contase La Odisea o La Iliada completas, podría escuchar su dulce voz todo el día <3 — Anónimo.
Su mirada recorrió cada rincón de la habitación en que se encontraba, buscando hallar el rostro de la dueña de aquella voz que había sabido encontrarlo con la guardia baja. Había estado casi seguro de que se encontraba en completa soledad, aún cuando una leve sensación de estar en presencia de alguien más lo había invadido en más de una ocasión. Por un momento consideró que dicha sensación no había sido sino provocada por la gata de su hermano, quien comúnmente deambulaba por cualquier rincón del palacio como si fuese la única y verdadera dueña. La presencia de una seleccionada a pocos metros de su posición, por lo tanto, le resultó un tanto inesperada. Su mirada viró desde el joven rostro de la misma hasta el objeto que se encontraba mirando, siendo capaz de sumar uno más uno para comprender a qué se refería. Sin embargo, decidió fingir que no había sido así:— ¿Te refieres a que, como la vela, todos vamos perdiendo nuestra forma con el paso del tiempo? —alzó las cejas, volviendo su mirada hacia ella— Coincido plenamente. —
Honestamente lo último que esperaba obtener del comentario era una respuesta, principalmente por que había confiando en que se encontraba sola en el lugar y por que ni si quiera había sido consciente de haber dicho su comentario en voz alta. Sin embargo, aquella respuesta logró sacar de su rostro una ligera sonrisa, aquella que aparecía en sus labios cuando había una ligera oportunidad de sacar las discusiones que mantenía dentro de su cabeza, fuera de la misma “No precisamente, aunque es una idea con la que concuerdo de la misma manera” Podía ver la dirección en la que los pensamientos masculinos se dirigían, aunque aquel camino era un tanto diferente al que los propios habían tomado “Supongo que podemos decir que tu versión es algo cercano a cuando la gente muere por causas naturales. En cambio, yo me refería más a un final abrupto” Habló en compañía de su mano libre, que acompañaba sus palabras mientras se movía alrededor de la vela “El fuego de la vela es brillante y fuerte de alguna forma ¿No? Igual de maravilloso de la vida, pero lamentablemente puedo acabar con él con la misma facilidad” Regresó su mirada a los ojos contrarios, esperando que los mismos hubieran seguido sus pensamientos “¿Me explico?”
—Alteza, —corrigió vagamente, acercándose con delicados movimientos a la muchacha. —Mis padres son Majestad, —explicó, por si no había entendido con el primer comentario. Luego, sólo sonrió. —Aunque puedes llamarme Caelan, si gustas… —ahora fue él quien se encogió de hombros. Deseaba verse algo más casual aunque no parecía lograrlo. —Que… pensamientos más peculiares tienes, huh, —una ligera risa salió de entre sus labios. —¿Cómo es que una vela burda, como dices, se compararía con la vida humana? —genuina curiosidad en sus palabras, interrogó a la seleccionada, escudriñándola con la mirada.
Asintió ante la corrección, anotando mentalmente la forma correcta de dirigirse a ellos, aunque cuando la opción del nombre fue ofrecida no dudó en tomarla, pues las formalidades seguían siendo un peso en la espalda “Entonces Caelan será” Le aseguró con una sonrisa, mientras recordaba que ella tenía que aprenderse un nombre, pero ellos treinta y cinco. Pero antes de que pudiera pronunciar su nombre, aquel comentario se hizo presente “No creo que sean peculiares...aunque quizá sea por que ya me he acostumbrado a ellos” Admitió finalmente, dirigiendo su vista nuevamente a la vela que tenía entre manos “Bueno, quizá hubiera sido más apropiado referirme al fuego de la vela y no a la vela misma, pues verás, el fuego de esta pequeña vela es capaz de alumbrar a un radio mucho más grande que el propio. Además, claro, de brillar con una intensidad sorprendente para su tamaño” Acercó el objeto al príncipe, como si de aquella forma pudiera recalcar las palabras que salían de su boca con total seguridad “pero si yo soplo a esta vela, no importa cuánto alumbre ni con qué intensidad brille, apagar el fuego será bastante simple, pues es más frágil de lo que aparenta” Fue así que culminó su explicación, dejando que sus labios soltaran un poco de aire y la vela finalmente perdiera su brillo. Pero unos segundos después soltó una pequeña risa, dirigida a ella misma “Aunque quizá es un pensamiento un tanto deprimente y no me había percatado”
Al escuchar la declaración de la rubia, Astrid formó una leve sonrisa, relajando su cuerpo a la vez. No se había dado cuenta de lo tensa que la había tenido la situación. Cuando la muchacha comenzó a explicarle la metáfora, ésta la escuchó atentamente, ilustrando en su imaginación cada palabra que le narraban, dejando volar su imaginación. En el momento en que la otra chica apagó la vela, Astrid pegó un respingo, soltando un leve sonido de admiración, al igual que una niña pequeña se admira por algo nunca antes visto. “Eso tiene mucho sentido, y mucho de verdad también.” Convino. A ella nunca se le hubiera ocurrido hacer tal comparación. “Ojalá yo tuviera una mente así, me serviría mucho para saber donde se encuentra mi habitación.” comentó en un leve tono irritado, finalizando con una leve risa.
No podía negarlo, la personalidad con la que aquella castaña cargaba haría sonreír hasta a los animales. Una niña pequeña era lo que se paraba ante ella, con unos ojos enormes y cargados de curiosidad, o por lo menos así era como Eira lo percibía. Muchas personas llamarían a aquel comportamiento irritante, pero ella lo veía como la mejor cosa del mundo. La capacidad de admirarte por la más pequeñas de las cosas, una capacidad que a ella le gustaría tener “Supongo que la tiene, no lo sé” Pues sus pensamientos tantas veces eran un rompecabezas hasta para ella misma, que lo único que podía hacer era desear que tuvieran algo de cordura. Una risa salió de sus labios al escucharla, sin poder contenerla más “A mi me gustaría tener una como la tuya, créeme” Se puso entonces de pie, tomando el libro entre sus manos, más tarde lo leería “Vamos, que yo también necesito encontrar mi habitación, de nuevo”
En verdad a Tayla no se le pasó por la cabeza la cuestión de quién tendría que limpiar el desastre hasta que aquella rubia lo mencionó. Eso sí que apestaba para ellos, pero… ¿qué podía hacer ahora, no? Lo hecho, hecho estaba. Aún así, sus pensamientos fueron interrumpidos ahora por la solicitud de ayuda ajena ya que al parecer apenas podía mantenerse de pie aún cuando la que estaba llena de barro era ella misma. Con desgano, la castaña señaló al objeto que estaba a apenas medio metro de ambas— ¿Huh? Hay una mesita ahí, úsala que para algo está —se encogió de hombros para luego sujetar su vestido y alzarlo un par de centímetros—. Y no te preocupes por mi desastre que de eso me encargo yo.
Soltó un suspiro, sabiendo que ahora tendría que lidiar con distintas personalidades, que bien podían ser de su agrado o no, simplemente tendría que acostumbrarse. Ahora ¿valía la pena responder a la condescendencia mostrada? No, para nada, un gasto de saliva innecesario del cual seguramente ella sería la única perdedora, así que lo dejó pasar, no era el momento ni el lugar. Alzó su brazo para encontrar el mueble y usarlo como apoyo para erguirse finalmente. Miró a los ojos contrarios, confundida por el comentario que había lanzado “No entiendo porqué tendría que preocuparme yo” Ella simplemente había hecho notar algo que, para ella, era algo que se tendría que hacer. Aquel no había sido su desastre, mucho menos su problema, no veía motivo alguno para ocuparse de él.
Aquellas palabras femeninas, provenientes del pasillo consiguiente captaron su atención. Casi todo el palacio se encontraba en silencio, dado que era tarde, por tal razón sus sentidos se medió alertaron. Caminó en dirección de donde había escuchado las palabras ajenas y observó cuidadosamente el alrededor. A la distancia, una rubia sentada en el sillón, tan sólo era eso. Pero para no dejar a medias su labor caminó hasta ella cuidadosamente. - ¿Está todo bien? - Cuestionó tomando posición frente a la chica. - La he escuchado hablar.
Su vista lentamente se apartó del fuego que la vela le brindaba, subiendo lentamente por un uniforme de guardia, reparando en el arma que portaba. Fue así como sus zafiros llegaron hasta el rostro contrario, intentando averiguar en este si había cometido alguna falta “Sí, lo está, muchas gracias. Era...un simple pensamiento, lamento haberle causado molestias” No podía negar que estaba aliviada, pues pensaba que aquel guardia se dirigía a ella para apuntarle algún punto al que había faltado, pero al ver la amabilidad del hombre respondió con una sonrisa, asegurando de aquella forma la disculpa que había expresado su voz.
Al escuchar el nombre de cierto naturista inglés, la tres no pudo evitar que su sonrisa se ensanchara. A pesar de la controversia que pudo provocar su publicación y como en ese tiempo los fundamentos que hoy pudieran considerarse erróneos e inverosímiles porque de alguna forma estamos más avanzados, él lograra crear una base mucho más sólida que el resto era lo que la mantenía fascinada. “Por supuesto, todos hemos oído del origen de las especies, su teoría de evolución. Creo que es mucho más sonado que el primero, pero sin duda alguna no podríamos decir que lo hubiera conseguido sin Linneo, o quizás hubiera sido más difícil de ser así.” Sus palabras fueron coreadas por movimientos de manos, imposible le resultaba quedarse quieta una vez entusiasmada. Y de paso servía para que sus manos se mantuvieran alejadas del húmedo suelo o cualquier otro factor que pudiera ser considerado como peligroso para su vestido. Con una nueva dificultad (pues a pesar de lo bonito, los ornamentos eran un /poco/ pesados) se puso de pie, quedando a una altura similar a la de la muchacha. (Por similar igual miente, pues la rubia bien puede sacarle diez centímetros de diferencia). “Sí que lo son. Y encuentro aún más fascinantes las tortugas de las galápagos, ¿has visto lo grandes que son? Yo no, ya me encantaría, pero las he conocido por televisión y artículos de revistas exóticas.” Hizo una obligada pausa para llenar a su sistema con oxigeno y soltar dióxido de carbono, humedeciendo a la par sus ya resecos labios. “¿No te molestan las picaduras de hormigas? ¿O el tacto del césped?” Se desvió totalmente del tema al darse cuenta que la muchacha cargaba con sus zapatos y no los calzaba. “Uh, lo siento, creo que no me presenté. Soy Jemima.”
Una sonrisa llegó a su rostro al escuchar la respuesta brindada por la castaña. Difícil era encontrar a alguien que compartiera su gusto por el saber de la Biología y ahora se había topado con una más, como si aquello fuera lo más usual del mundo. No mentía cuando decía que poco había leído sobre Linneo, principalmente por que en el poco tiempo que pasaba en la biblioteca siempre encontraba a Darwin como primera opción, necesitado gastar de más tiempo y esfuerzos para encontrar al segundo “Lo es sin duda alguna, se puede ver a simple vista de alguna forma, al ser la taxonomía una rama biológica tan poco conocida. Claro que hubiera sido más difícil, quizá como dices, imposible, pues todo científico necesita de los conocimientos previos para descubrir nuevas cosas y plantear nuevas teorías” Por su parte logró no comenzar a saltar emocionada por el jardín o a bailar feliz, pues para ella era irreal que aquella charla estuviera tomando lugar. Sin embargo, la sonrisa de su rostro era un caso simplemente perdido, pues ya no podía controlarla. No le importó la velocidad de las palabras de la contraria, pues ella respondía de inmediato de la misma forma, siendo presa de todo lo nuevo que la rodeaba. Miró a la menor mientras ella continuaba con su discurso, rodando sus ojos cuando comentó a las tortugas “Claro que las he visto” Dijo aquello como si fuera algo obvio, un dato que no podía negarse si quiera “Yo ni si quiera había visto una como estas en persona hasta hoy, si no me controlas me la llevaré a mi habitación” Soltó una broma...o esparaba que fuera simplemente aquello, pues ahora lo único que quería hacer era tener a la tortuga entre sus manos, simplemente para corroborar que era real. Miró a sus pies, olvidando que no llevaba sus zapatos en su lugar apropiado “Ah, no, aunque las hormigas muerden en realidad, pero me gusta la sensación del pasto, hace cosquillas” Movió los dedos de su pie inconscientemente, remarcando de aquella forma el comentario lanzado “Yo soy Eira, encantada”
La castaña no podía negar que se sentía un tanto emocionada por encontrarse en aquel lugar tan “mágico”, sin embargo no dejaría que sus sentimientos fueran expresados de manera instantánea, debía guardar la cordura y comportarse tal y como lo que era; una seleccionada. Salió de su habitación para inspeccionar los rincones del palacio con sus orbes color esmeralda, ya que deseaba deleitarse con cada detalle que estaba inmerso dentro de este.
Al entrar en la habitación dónde se encontraba la desconocida, pudo divisarla y dejó salir una risita de sus labios. “Sí, creo que lo es.” Afirmó asintiendo con la cabeza, no sabía con precisión a que se refería la fémina pero tras observar el objeto que se hallaba en sus manos, creía saber de que se trataba. “¿Qué libro es?” Preguntó entrecerrando sus ojos y haciendo un esfuerzo para lograr leer las pequeñas letras que se encontraban posicionadas en la portada de este. No acostumbraba a meterse en asuntos ajenos a los suyos pero la escena le había resultado conmovedora y tenía que opinar algo al respecto.
Aquella risilla aguda fue lo primero que hizo a Eira salir de aquel momentáneo trance en el que ella misma se había metido. Sus zafiros rápidamente buscaron el origen de la voz, encontrando a una castaña parada a sus espaldas,cuyos ojos la miraban con curiosidad. Una sonrisa se formó en su rostro, mientras que apagaba la vela y la dejaba a un lado, decidiendo que era suficiente charla interna por aquel día. Tomó el libro en manos y lo extendió a la muchacha, permitiendo que sus ojos observaran con atención las letras que en él se encontraban “Cien años de soledad” Lo había visto por primera vez en una de las tantas bibliotecas municipales a las cuales había asistido en busca de aventuras, pero jamás había podido leer más allá de las primeras páginas, pues el corto tiempo del que disponía hacía de aquello una misión imposible.
La noche ya caía sobre el palacio, se suponía todos dormían, o intentaban dormir mientras los guardias patrullaban los enormes laberintos de pasillos, y Rhaegan no era la excepción. Su armadura sonaba de manera tenue ante cada paso que daba, pero su caminar se detuvo al ver una silueta iluminada por la luz de una vela. Se mantuvo expectante, observando una reacción por parte de la joven, hasta escuchar sus palabras y negar ligeramente. —Señorita, no debería de estar en este lugar así que por favor incorpórese y déjeme escoltarla hasta su respectiva habitación— ordenó con voz suave pero firme.
Su cabeza volteó sorprendida para encontrarse con una figura masculina desconocida. Claro, si hubiera tenido tiempo se habría puesto a indagar lo que aquella persona hacía en el interior del palacio, pero un rápido repaso por su ropa y el escuchar el tono de su voz le impidió aquello, sabiendo de inmediato que era un guardia el que le hablaba. “Lo siento, supongo que me olvidé del tiempo” Lentamente se puso de pie, apagando la vela con ayuda de su aliento. Tomó el libro y comenzó a andar...hasta que tuvo la necesidad de voltear su cuerpo nuevamente “Disculpe, cree...¿Cree que podría indicarme el camino?” Inútil, entre sus doncellas y su falta de orientación se sentía más inútil a cada segundo.