El libro del cementerio por Neil Gaiman
“La gente prefiere olvidar lo imposible; les hace la vida la más fácil.”
Hay una cierta fascinación hacia aquellos lugares que nos parecen silenciosos y vacíos, habitados únicamemente por cuerpos inertes que se consumen inevitablemente por el paso del tiempo y que sucumben ante éste inexorablemente. Estos sitios, otrora vistos como lugares donde se conjugaban la belleza de las esculturas en perfecta sincronía, hoy no son más que sitios a los que se acude esporádicamente, algunos meramente turísticos, cada vez más pobres, simples, lejanos y, por supuesto, abandonados.
Precisamente, "El libro del cementerio" hace honor a uno de estos lugares; un cementerio abandonado que comienza a fungir como reserva y que acaba convirtiéndose en el hogar del protagonista de esta historia, un niño que por azares del destino - o quizás no - llega allí después de huir de un hombre que acaba con su familia y es acogido, sorprendentemente, por toda la 'vida' que existe en el cementerio y que lo hacen parte de la peculiar sociedad que conforman.
Son estos personajes que habitan el cementerio los que llenan y dan vida a las páginas escritas por Neil Gaiman. Desde la pareja que decide hacerse cargo del pequeño hasta la niña considerada bruja y al menos una docena más de personajes que, con su sabiduría de seres que ahora ya no están vivos pero que siguen estando en un mundo que sí, instruyen al pequeño Nadie Owens por la vida de los vivos quienes, irónicamente, son los personajes que no logran brillar tanto como los muertos.
Personalmente, disfruté mucho todas las historias narradas por los personajes del cementerio y, por supuesto, es inevitable no sentir admiración por Silas, el tutor de Nadie y quien es la voz de la sabiduría, a pesar de sus breves apariciones que sin duda eran mis favoritas. Como siempre, Neil deja la puerta abierta a un "y entonces..." y eso me emociona y me entristece a partes iguales, porque creo, que al igual que las almas en el cementerio, estaré aguardando impacientemente porque alguien más se acerque a ellos para escuchar sus historias que no se cansan de contar nunca por toda la eternidad.








