TENER TRABAJO ES BUENA SUERTE, SER UN GODIN ES UNA BENDICIÓN
Trabajar en una oficina es la aspiración que cientos de mexicanos tienen para asegurar, por lo menos, un poco de estabilidad económica en sus vidas. Este hecho sin darse cuenta los convierte en algo que en las últimas décadas se ha denominado como: “Godín”.
Partamos de ¿Qué es un Godín? En los años 60, por ejemplo, a los oficinistas se les llamaba "Gutierritos", en referencia a una popular telenovela del mismo nombre. El protagonista era un hombre humillado por su jefe, maltratado por su esposa y sus hijos, quien a pesar de todo se esforzaba por hacer bien su trabajo. Este término, se utilizó para referirse a los oficinistas que habitualmente trabajan de 9:00 a 18:00. También se usaba para referirse a una persona asalariada, incluyendo burócratas. Otras referencias marcan al personaje creado por Roberto Gómez Bolaños, Godínez Oyoyo, personaje salió a la luz durante la misma época en la que México vivió una transición de ser un país con una gran cantidad de empleos industriales y agropecuarios, a ser un país con empleos relacionados con el servicio, creando con esto, muchos trabajos dentro de oficinas tanto privadas como gubernamentales. Un claro referente que reafirmó este hecho fueron el programa televisivo “Mi secretaria” y el personaje de Luis de Alba llamado “Peritos”.
Los Godínez se rigen por usos y costumbres tan arraigados como las que se tienen en San Martín Tilcajete. Uno de los más destacados es tener un amplio conocimiento de todos los puestos de comida existentes a tres kilómetros a la redonda, morirá por recomendar los tacos de barbacoa de don pelos o las gordas de doña cochambres al de nuevo ingreso. No hay nada más sagrado para un Godin que la hora de la comida, momento de relajación que le permite no solo compartir los sagrados alimentos, sino también el nuevo chisme proporcionado por fuentes fidedignas de la oficina. Todo Godin sabe la importancia que tiene llegar cinco minutos antes a la cocineta de la oficina, de no hacerlo, tendrá que esperar, mínimo, 15 minutos en una larga fila para poder calentar su comida en el microondas. Es en esa fila donde comparte con quien también espera, quien de la oficina le vendió en pagos sus nuevos tuppers que no se deforman con el calor del micro, asegurando que en la siguiente quincena se comprará ese tupper más fifí de cristal con divisiones que no permitirá que se mezclen el espagueti blanco con la moronga en salsa verde que sobraron de la cena. En ocasiones, cuando no se está de humor para esperar, es mejor ir a calentar la comida a la caseta del “poli” o al Oxxo, a tener que perder esos sagrados minutos de comida. Es de suma importancia marcar los tuppers con tu nombre escrito con un marcador indeleble. De no hacerlo, este terminará en casa de Mildred lleno de búlgaros pajaritos con los que se alivia los síntomas del colon irritable. Es imprescindible poner tu nombre en todo lo que dejes en el refrigerador de la cocineta, desde la gelatina llena de confeti que te dieron en la fiesta de tu primito, hasta el medio tamal de chipilín que no te terminaste. Ya que nunca faltarán los depredadores en la oficina que están al acecho para chingarse lo que está mal parado, poniendo cara de sorpresa al escuchar los gritos de Isidra (la de finanzas) al descubrir que su medio taco de chile relleno ya no está en el “refri”, corriendo hipócritamente con la botella de alcohol para sobarle la nuca a la histérica mujer que cada que hace corajes, se le va la boca chueca. Así mismo, la taza que utilizas para tomar café por las mañanas se debe de esconder (si es que no se quiere marcar) para no tener que llevarse la sorpresa de encontrarla en el escritorio de una de las secretarias, llena de lápiz labial, y cachos de doraditas de la tía rosa nadando en algo que parece engrudo, pero que es atole de ciruela.
Los festejos de los cumpleaños es otra tradición dentro del ambiente Godín, siendo el de mayor importancia el del “licenciado”. Para fecha tan especial se organiza una cooperación para mandar a hacer un pastel con alguna reconocida repostera que alguien sigue en Instagram. Todo mundo se ve obligado a cooperar, ya que de no hacerlo podría tener consecuencias graves, como el que cada fin de mes no se le permita salir temprano para asistir a la junta de entrega de boletas de la bendición. Si el cumpleaños es de algún simple mortal (léase cualquier pelagatos) solo entre los más allegados se cooperan para comprarle un pastel empapado de jarabe de eso que venden en la panificadora que está a la vuelta de la oficina, servido en una vil servilleta. Lo único que ese postre te proporcionará, será un incremento de glucosa en la sangre que por la tarde te bajas con un té de hibisco que te prepara tu tía, so pena de padecer un coma diabético por consumir el pastel que te bajaste con un par de vasos de coca cola.
No hay día más feliz para un Godin que la quincena, ese oasis en medio del desierto financiero que trae consigo un sinfín de promesas. Desde poner un par de huevos estrellados en el arroz en la fonda de la esquina, hasta ir en grupo al restaurante de mariscos para pedir un pescado zarandeado, acompañado de una exquisita, suculenta, y espumosa cerveza que puede tener el poder de hacer que todos los compañeros terminen agarrados de la cintura haciendo la víbora, cantando al unísono: “pepepepepepé, pepepepepepé…” en una chelería de mala muerte. Estos pequeños desplantes pueden hacer la diferencia entre comer tinga de pollo o sopa Maruchan el resto de la quincena. Por lo que se debe de tener cuidado con las decisiones que se toman durante la quincena.
Dentro de este creciente grupo de Godínez, se derivan algunas especies que se pueden encontrar en el ecosistema de una oficina. Comenzando por “la gata de oro”, también llamada asistente, quien tiene la facultad de tomar decisiones en ausencia de “el licenciado”. Tiene el humor de un rutero en hora pico. Por lo que todos pasan por fuera de su oficina como si estuvieran en un campo minado. Otra es la secretaria solterona que sigue en espera de la llegada de su príncipe azul a pesar de tener 55 años de edad. Es virgen y se se rige por una serie de rituales obsesivos como estarse poniendo crema en las manos y cara todo el tiempo, taparse las pantorrillas con un trapo cuando el sol pega en la ventana de su oficina. Se aguanta las ganas de cagar en la oficina ya que “le da cosita hacer donde todos hacen”. Nunca falta el abogado gordo (con obesidad tipo 3) que todo el tiempo asegura que está a dieta, la cual consiste en tres gordas de chales del tamaño de la pizza grande de Dominos, y una coca de dos litros. El gran logro del tembolocate en cuestión, es que ahora toma coca cola light y no regular. Esa es su dieta. Está la de recién ingreso, recién egresada de la universidad, joven, de tez blanca brillosa, con el pelo recogido hacia atrás como si se hubiera peinado con un cepillo cilíndrico industrial, ni un solo cabello se sale del espacio craneal, no come nada en la oficina que no sea gerber, o gelatina echa por su mamá, lleva sus propios cubiertos, toma Dramamine cada que sale de la oficina a alguna comisión. Todo un caso. La chava ruca que habla como si tuviera 17 años, utiliza el término “brutal”, “épico” para estar en onda. Bebe y fuma como camionero, y en las fiestas de la oficina baila agitándose como queriendo decirle a los demás como se debe de hacer. Todos se la quieren coger (hasta “el licenciado”), pero ella solo les da atole con el dedo para terminar cogiendo con el de mantenimiento. Le gusta el maltrato. Están los sindicalizados que solo son puntuales para checar la salida, meten y meten incapacidades hasta porque les pico un zancudo, son huevones, y para todo la hacen de pedo. Una verdadera patada en los huevos.
Los Godínez son esa parte fundamental de toda oficina, hacen que estas funcionen como una máquina bien aceitada, ya sea para bien, o para mal. Son motivo de burla en las redes sociales, y todo aquel que trabaja en una oficina jura que no lo es. En una ocasión en la que platicaba a alguien como era un día en mi vida, expresó: “Ah! Todo un Godín”. Abrí mis ojos de plato que se humedecieron instantáneamente acompañado de un imperioso deseo de darle un chingadazo entre ceja, madre y oreja. Pero todo estaba claro, ese día descubrí que soy un Godín.











