Érase una vez una mujer muy afortunada, cuidó de sí misma por nueve meses, entregó su tiempo y gustos para vivir por dos, su ser albergaba el principio de una vida más, durante ese tiempo sabía el valor que esto significaba, pero solo cuando aquella hermosa, delicada, pequeña e indefensa criatura estaba entre sus brazos en el día más esperado de su vida, supo cuán grande e incomprensible es ese sentimiento, ese don, ese poder e inspiración que significa ser madre, desde ese instante en que sus oídos oyeron el llanto tierno de aquel bebé supo también cuán grande es el amor que llevaba por dentro.
–Te amo mi bebé –pensó ese día– te amaré y te enseñaré a andar por este mundo, fortaleceré tus pasos, alimentaré tus sueños, arroparé tus logros, apartaré tus miedos, corregiré tus errores y te enseñaré a volar tan lejos como quieras y serás un hombre de bien.
–Te enseñaré a caminar y a correr aunque eso te aleje de mí, y cuando tus ganas y deseos de jugar por tí mismo sean más grandes que estar junto a mí te daré espacio; cuando desees estar con tus amigos te enseñaré también a ser leal, a amar al prójimo, a ayudar y no olvidar las buenas obras, las malas tampoco para así no volver a tropezar. En tus momentos de libertad igualmente allí estaré, te observaré desde la ventana y cuando de lejos oiga tus risas yo reiré contigo también. ¡Vamos mi pequeño, el mundo espera por ti!
–Aunque la mayoría de las veces estemos sonrientes y divirtiéndonos, debo advertirte que no todo será color de rosas, sé que querrás ser rebelde, correr más rápido que el viento y saltar más alto que las nubes, sé que un día te sentirás fuerte y vigoroso y serás más alto que yo, que tienes la razón en todo y que tienes derecho a todo; pero esos días te enseñaré a no correr tan rápido que puedas perderte del camino o tropezar y herirte, a no saltar tan alto que puedas caer al vacío, a no sentirte tan fuerte siendo aún mi pequeño que puedas lastimarme, que la razón no la tienes y nadie la tiene en un cien por ciento y que para ser una persona de bien hay que seguir las normas del hogar y los valores. Y sé que llorarás y me romperá el corazón verte así, me dolerá más a mí pero será la llave para todas tus oportunidades, después me lo agradecerás, sabrás entonces que fuiste y serás siempre mi único gran amor y que todo lo hice por tu bien, aún sacrificándome porque sé también que en esos momentos en los que te regañe creerás que soy la peor persona del mundo, lloraré e silencio, confiaré en el buen señor tiempo.
–Y cuando ya seas grande, me tocará verte menos seguido, me tocará adaptarme a tus horarios, me tocará ajustarme a tus nuevos gustos, y sabré día con día que pronto dejaras este tú nido, que más rápido de lo que me lo imaginé serás todo un hombre y querrás partir y hacer tu propio hogar; pero estaré feliz de verte triunfar en la vida, dispuesta siempre a un abrazo cada vez que vuelvas, el mundo es grande, podrás ir donde quieras, podrás ser quien desees sin limitaciones, solo espero que mi labor esté hecha y cuando sea tu turno de criar cumplas tu rol como padre, y no dejes a esa criatura ni a su madre solos como nos tocó a nosotros... Nueve meses te tuve dentro y te vi crecer, madre solo hay una, un amor incondicional, infinito, fiel y leal, un amor de verdad, soy tu mejor amiga y tu mi mejor aprendiz... Te amo mi bebé –pensó ese día–