Donde yo veía rojas estrías, ella encontraba zanjas de rubíes. Donde yo veía enfermizos ramilletes de venas azules tras una piel de papel maché, ella encontraba manantiales de agua santa, ríos llenos de vida e historia.
Me miraba como si Miguel Ángel me hubiera pintado en la frente la más bella de sus obras. Como si Dalí hubiera peinado mis cabellos con brisa fresca de Barcelona.
Decía que no eran mareos, que era el mar que se me había metido dentro. Que no íbamos a contrarreloj, que teníamos esperanza. Encontraba belleza en mi caos, y se entregaba con la dulzura de las hadas. Sabía que se había enamorado de un condenado a muerte, y, aún así, seguía hacia delante.
Dios sabe que quiero creerla. Que quiero pensar que tenemos el infinito a nuestros pies. Pero cada día cae un nuevo pétalo, y las flores de sangre trepan las sábanas santas.
Temo besarla, temo que nuestro adiós sean unos labios resecos y blanquecinos. Temo tomar su mano, acostumbrarme a su calidez, porque sé que pronto será la fría nada quien bese mis nudillos.
Temo no besarla, no poder llevarme el recuerdo de su dulzura, de cómo se pone de puntillas y luego se ríe de sí misma. Temo no tomar su mano y caer al vacío, olvidar la sensación de su piel contra la mía.













