Click... Click...Click
Era una cabaña como esas que aparecían en las películas, circundada por varias hectáreas de pasto; el único sonido que intervenía el silencio era el trinar de los pájaros. No había vecinos cerca, éramos solo nosotros tres: Andrea, su madre y yo. El lugar perfecto para descansar.
Esa primera noche, la madre de Andrea tomó su auto y nos dijo que iba al centro a comprar cosas para la cena. Era inquieta; aunque teníamos de todo para comer, necesitaba salir igual. A nosotros no nos molestó, teníamos 19 años y las hormonas a mil. Nos miramos con la sonrisa pícara que pone el monito de WhatsApp. La mamá de Andrea captó la obviedad y nos dijo, "quédense atentos a la puerta. Vendrá Alberto a explicarnos cómo funcionan algunas cosas de la cabaña. Graben su número, por si acaso."
La cabaña era pequeña, de madera y de un piso, por eso me llamó la atención que, mientras nos besábamos, cuando miré al techo, me pareció ver el brillo de una luz que se filtraba por un orificio. Al principio, no dije nada y seguí mirando al techo de reojo, mientras Andrea me besaba el cuello.
La extrañeza fue mayor cuando esa luz, o lo que parecía ser un reflejo de una luz, se apagó. "Espera un poco," le dije a quien entonces era mi polola. "Veo una luz en el entretecho." "Mati, no me asustes. Estamos solos," me respondió con una risa nerviosa, y clavó su mirada en el mismo punto del techo. Se bajó de mis piernas y se acercó al lugar, desde donde me miró con una sonrisa tensa. "A ver, apaga la música," me pidió Andrea y yo obedecí.
Contemplamos juntos el agujero del techo. Apagué la luz pensando que todo podía ser un estúpido reflejo, ¡pero no! Había una luz en el entretecho. Nos sumimos en un silencio expectante y nervioso, y nuestro nervio dio paso al terror cuando sentimos un nítido ¡click! Y la luz se apagó.
Algo, o mejor dicho alguien, estaba en el entretecho. Nuevamente sonó el click y la luz se encendió. Como en las películas gringas, pregunté, "¿hay alguien ahí?" pero nadie respondió. Nuevamente click y la luz desapareció. O íbamos a ser víctimas de un psicópata que se estaba divirtiendo con nuestro miedo al encender y apagar la luz, o nos estaban penando. Intentamos llamar a Alberto, el dueño de la cabaña, pero nuestros teléfonos estaban sin señal. Era una casa demasiado retirada de la urbe y esto cada vez se parecía más a una mala película de terror. Tomé un cuchillo de la mesa y Andrea encendió la linterna de su celular y salimos corriendo. Al pasar por uno de los costados de la casa, vimos una escalera apoyada en la pared, que llegaba a una ventana del ático, que estaba abierta y de la cual se seguía prendiendo y apagando la luz cada poco segundo. No había duda, alguien nos acechaba.
Corrimos hacia el portón y vimos una camioneta que ingresaba al jardín de la cabaña en ese momento. Era Alberto.
"¿Para dónde van tan apurados?" dijo con una sonrisa que se desvaneció al verme con el cuchillo en la mano. "Vámonos, Alberto, hay alguien en el entretecho de la cabaña. Vimos la escalera y hay alguien que prende y apaga la luz," le dije al dueño de la casa que nos miró dubitativo. Luego comenzó a reírse con una carcajada que debe haber llenado los bosques del lugar. "Se nota que son santiaguinos," nos dijo sin parar de reír. "La luz que ven es una trampa para murciélagos, se enciende cuando los detecta y se apaga cuando no hay movimiento. Y la escalera se me quedó puesta porque el entretecho lo ocupamos de bodega."
Al escucharlo, comencé a ponerme rojo.













