Todas sus alarmas se detonan en su pensamiento, la certeza de que está hostigando al otro reforzándose con cada segundo que pasa, cada palabra pronunciada de labios alemanes, aquellas que echan por el suelo intenciones y genuina preocupación, que incluso dejan en sí la terrible necesidad de simplemente ceder e irse, dejar que Emil tome el tiempo a solas que está exigiendo desde el inicio y que él es lo suficientemente terco como para dárselo. Humedece sus labios con discreción, gesto nervioso que se ve reafirmado cuando lleva sus manos a su rostro, rascando lentamente su barba en una excusa para apartar la mirada hacia la puerta, como si en verdad alguien fuera a entrar en cualquier momento, vía de salida que se ve cercana. —No es un sermón, yo –no era mi intención, ¿vale? No quiero –no quiero que pienses que sólo quiero entrometerme en tus asuntos porque sí. Sólo intentaba ayudar y–pensé que sería lo mejor,— no tan disfrazada disculpa escapa rápidamente de los labios del español, acento que se ve potenciado por ansiedad y pronunciación de lenguaje común afectada por nerviosismo, defecto que ya había identificado tener cuando se encontraba en situaciones así de comprometedoras. Exhalación profunda abandona su garganta, mientras considera simplemente despedirse y largarse de allí, cuando la aprobación contraria llega, sorpresa visible en las facciones del menor, inesperado desenlace que le saca por un momento de elemento. Se limita a asentir, acercándose a lavar (burdamente) sus manos, antes de volverse hacia el germano, conciencia absoluta de lo cerca que queda, y de la delicadeza con que debe tomar su rostro entre sus manos, respiración contenida mientras es consciente de calidez contra sus dedos, mientras aparta con detalle cabello marrón de la frente contraria, orbes que se pasean con rapidez profesional por heridas en las facciones ajenas. —Lamento si duele un poco,— susurra, su mirada encontrando la contraria momentáneamente antes de continuar, dígitos posándose con suavidad a laterales de puente de la nariz, hasta estar satisfecho con revisión, que es cuando cae de lleno en semejante cercanía, carraspeo necesario como recordatorio para separarse un poco. —Supongo que está tan bien como puede estarlo. Al menos nada está roto, pero… Tenemos que desinfectarte eso,— sugerencia que llega con tono sutil, recomendación que espera sea tomada en cuenta y que se encarga de bien diferenciar de posible condescendencia que el otro pudiera interpretar. No desea tener desacuerdos con el otro, en verdad que no, mas no puede evitar responder: —Ya me preocupo por ti, no puede ser tan diferente. En verdad me gustaría que algún día pudieras confiar en mí lo suficiente,— posibilidad que deja abierta, invitación sin fecha de caducidad que simplemente espera ser tomada en cuenta por el otro. Termina por soltar un resoplido ligero, negando con la cabeza, pronunciando por lo bajo: —No tenías que darme nada…— inicio que se interrumpe cuando explicación de presente llega, sus orbes enfocándose por completo en el otro, sus labios entreabiertos con sutil sorpresa de lo significativo del gesto, de carácter personal del regalo que le es entregado, y toma casi con cuidado. Se permite abrirlo frente al otro, sonrisa pequeña que se forma en sus labios cuando escucha pronunciación de nombre familiar de los labios alemanes, visión de portada que no hace más que mantener la curvatura en sus labios. —Emil…— inicia con emoción presente en su voz, vocabulario que falta, mientras da una hojeada al libro, imágenes que conoce y que llegó a ver en algún momento en la capital española. —¿Sabes? Hace unos años vi las primeras fotografías de esta serie en Madrid… Ni siquiera sabía que había un libro ya,— y es que dejar España había significado prácticamente dejar conocimiento del país, como si de repente toda noticia proveniente de país natal se hubiera esfumado. Cierra con cuidado el tomo y vuelve a intentar envolverlo en el papel, antes de volver atención de orbes oscuros a los opuestos, labios entreabiertos para pronunciar un bajo pero significativo ‘Gracias’, aquel que se pierde en el instante en que su mano se posa sobre el antebrazo ajeno, buscando calmar cosquilleo que se extiende por sus dedos, aquellos que desean entrelazarse con los contrarios, buscando calmar misma necesidad de contacto que puede notar en sus labios, buscando aplacar temor a rechazo que de pronto se planta en medio de todo el torbellino de sensaciones.
Podría jurar que jamás había oído aquel tono en los labios contrarios; aquel que se ve eclipsado por palabras que adquieren una velocidad singular cual solo parece atribuir a una suerte de incomodidad o, como mucho, nervios. Inevitable siendo el preguntarse si, quizá, no ha sido demasiado duro con el español, porque si de algo está seguro es de que el otro no tiene la culpa de nada con lo que ha estado cargando últimamente y que ahora le ve en este estado no es más que por suerte de alcance, encuentro que se da en el peor de los momentos aún cuando presencia ajena parecía ser bien recibida independiente de situación. “Lo sé-” susurra, buscando mirada contraria en tanto parece profesar un silencioso ‘lo siento’, uno que no alcanza a verbalizar pero que se extiende a través de su mirada, de cada gesto propio que, realmente espera el otro pueda comprender. “Solo- hay cosas que tengo que hacerme cargo yo mismo.” y si bien decisión tiene algunos atisbos de orgullo, es también el temor a que el otro se involucre en aquellos aspectos de su vida cuales espera no tener que compartir, porque opinión que el contrario tiene de sí podría cambiar. Espera que aquel sea fin de conversación, porque otorgarle más vueltas a aquello es algo que no le apetece en lo absoluto, porque paciencia no es infinita y realmente no quiere explotar frente a Rubén, aún cuando trato que ha mostrado en la velada ha diferido bastante de aquel que usualmente es extendido al otro. Y cree que respiración volverá a ser normal una vez discusión esté zanjada o, como mucho, puesta en un plano distinto, pero anticipación que trae consigo el acceder a sugerencias contrarias es una que no sabía podría experimentar, opción que había descartado hace varios minutos atrás pero que se vuelve totalmente palpable al observar cada pequeño movimiento de la anatomía del español, mirada perdiéndose en manos que se colocan bajo la llave del agua. Siente presión en su pecho, cuerpo nuevamente tensándose a medida que el menor se acerca hacia él, y pese a ser movimientos que quizá fueron previstos conforme fue consciente de lo que todo implicaba, no puede sino evitar sentir escalofrío recorrer anatomía propia cuando su rostro se ve acunado por las manos contrarias. Piensa en lo ridículo que termina siendo la realidad cuando muchas veces había imaginado escenario similar, el sentir el tacto ajeno sobre delicada piel de sus facciones, aquella cercanía que se produce entre ambos cuerpos cual solo parece llenarle de calor, una tensión que al mismo tiempo se ve contrastada por un inevitable relajo que se ve reflejado al simplemente dejarse llevar por un par de segundos, cerrando sus ojos y dejando que el otro se encargue de revisar el puente de su nariz. Pero cuando pensó en aquello no se veía a sí mismo colocando muecas de leve molestia cuando dígitos recorren nariz propia o a sí mismo cargado de tintes carmines que dotan escenario de particularidad que no juega a su favor. Lo curioso es que con todo aquello en contra, no deja de disfrutar tacto contrario casi como si se tratasen de caricias y no un mero procedimiento. “¿Hm?” cuestiona, parpadeando varias veces como si se encontrase en una especie de trance, humedeciendo sus labios antes de asentir torpemente. “Vale, sí.” confirmación que no es más que mero acto reflejo, súbitamente extrañando cercanía contraria aún cuando no estuvo ahí por más que meros segundos; pero asume que ese es el calvario puro, el probar un poco de aquello que se ve como imposible, un atisbo de deseo reprimido siendo suficiente para considerar responder a bajos impulsos y no a lógica con la cual espera regirse la mayor parte del tiempo. “Confío en ti Rubén. Confío en ti más que en la mayoría de las personas que conozco en esta ciudad y, por lo mismo, te pido que me comprendas.” Ahí está, nuevamente, aquella parte más racional de su cabeza cual vuelve a actuar, cual espera no cruzar líneas con el contrario, porque importancia para sí mismo resulta crucial para, como menos, mantener algo de estabilidad en tierras americanas, especialmente en estos momentos donde todo es tan inestable. “Quería darte algo.” aún cuando no lo cree necesario, recalca sin vacilar. Hay regocijo en observar al otro reaccionar, pareciendo que la calma vuelve a su interior al ser testigo de que recibimiento no ha sido desastroso, sonrisa esbozada por el contrario siendo imagen que sin duda permanecerá en su consciencia, una a la cual quiere volver una y otra vez. Y posiblemente replicaría algún comentario sobre lo aliviado que estaba con que al otro le haya gustado, la sorpresa que le causa coincidencia de que el otro fuese familiar con fotografías, cualquier cosa que siga sumiendo en aquel inevitable vaivén que entre ambos se presenta, pero tacto en su antebrazo parece traer caos e inestabilidad, aliento muriendo en el momento que busca mirada contraria y sabe que cometerá un error pero que, aún así, parece no importarle, porque palabras no encuentra y es cercanía la que necesita; y si habría algo de que arrepentirse luego podría culpar a mente nublada por pelea perdida, a cuerpo que responde a impulsos debido a adrenalina de esfuerzo físico o, simplemente, a cualquier jodida excusa que se le cruzase por la cabeza. Porque no lo piensa dos veces cuando dígitos se colocan sobre cuello contrario, inclina su cabeza levemente y en un acto que peca más de impulsivo, sus labios se posicionan sobre los impropios ejerciendo una efímera presión que casi se cincela tomo torpe, en un gesto cargado de temor y nerviosismo cual no duda en quebrantar apenas es consciente de lo que está haciendo. “Joder- yo- perdón.” pánico es lo que se presenta en su voz, en su mirada, en todo su interior cuando se aleja instintivamente del contrario.