No podría recapitular todas las veces que alguien me dijo que no sería capaz de lograr todo lo que he logrado, ni las veces que alguien a quien consideraba importante, me tiró de un golpe todos los sueños al suelo diciéndome que no podría jamás cambiar "la gente no cambia, tú no vas a cambiar, así eres, ya ni modo".
Me repitieron tanto que no lo lograría, que no cambiaría, que me lo hicieron creer, hice una píldora con expectativas ajenas y me la tragué, terminé creyéndolo, creyendo que era todo lo que los demás creían de mí.
Me sentí incapaz, me sentí vulnerable, sentí que esos defectos serían inamovibles, que eran inherentes a mí y que no importaba cuánto quisiera cambiarlo, no podría, siempre había alguien ahí para decirme que no resultaría, no para mí, tanto lo escuché, que ese alguien terminé siendo yo misma.
Siempre había creído que los cambios y la madurez esa de la que tanto habla la gente, llegaba a uno con los años, de alguna manera entendía que al cumplir 40, de la nada, me caería encima esa madurez y cambiaría de una vez por todas, todas las cosas que venía haciendo mal y me haría más sabia y más cautelosa...
Resultó que no, resulta que descubrí que la madurez se adquiere con experiencias, que a lo largo de la vida te pasan cosas y que esas cosas te enseñan, que no importa que tan pequeño o adulto seas, un día te pasa algo y esos "cambios" son simplemente reacciones a acciones propias y de terceros que te hacen querer hacer las cosas diferente.
Y así me pasó, poco a poco me di cuenta que en lo único que estaba equivocada era en no haberme escuchado a mí misma cuando claramente era la única persona a la que debía hacerle caso, la que mejor me conocía, la única que sabía como me sentía y que si yo creía en mi misma, en mis sueños, en mis metas y en mis cambios, era porque yo sabía, siempre supe que sería capaz, que podía hacerlo.
Un día descubrí que no, que los cambios no se dan con los años, que la madurez no llega con la edad, que son cosas que pasan de un momento a otro y te revolucionan el mundo y te hacen tomar decisiones, alejarte de un ambiente hostil, de personas tóxicas, empezar a trabajar en ti, en tu salud, en tu paz mental, en tu propio bienestar.
Un día te despiertas y decides que siempre no, que mereces un mejor trato, un mejor trabajo, una mejor vida, que no tienes por qué cargar con estigmas, ideas o frustraciones ajenas, que no eres hospital ni centro de rehabilitación de nadie, ni mucho menos responsable de sus formas de pensar, ni de ser, ni de sus formas de ver la vida, de sus palabras o acciones.
Te das cuenta que sólo te debes a ti y que sólo debes serte fiel a ti mismo, ponerte a ti primero, siempre, escuchar tu mente y tu cuerpo y sólo cumplir tus propias expectativas, ponerte tus propios límites y respetarlos y dejar de creer que eres lo que piensan los demás.
Un día despiertas y te das cuenta que tú eres el único que puede cambiar tu vida y que sólo tú sabes realmente quién eres, qué quieres y de lo que eres capaz y que nadie tiene derecho a cuestionarte y te decides y vas por ello y trabajas en ti y en todo aquello que siempre quisiste y lo logras, cambias y maduras y haces realidad tus planes y estás donde siempre quisiste estar, donde te sientes bien y te rodeas de gente increíble que no hace más que complementarte y comparte tus sueños y crece contigo, respeta tus ideas y tu integridad y cree en ti y te apoya...
Y ahí te das cuenta que el problema jamás fuiste tú, que sí eras capaz, que sí cambiaste, que encontraste una parte de ti con la que estas cómodo, que te hace feliz, que te llena y descubres al fin, que eres la mejor versión de ti y esa, no la merece cualquiera.