Llevo como más de un año sin dormir bien. Recientemente he sido padre. Mi bebé de apenas 2 años fue concebido con todo el amor del mundo y sin embargo, él sólo sabe llorar y llorar. Estoy harto de llenar un agujero infinito de necesidades que nunca, repito; nunca consigo saciar. Se me cae el pelo, mi libido ha pasado a ser completamente inexistente y no hago el amor desde hace tanto, que ni si quiera recuerdo qué se sentía. Obviamente, esto no deriva por mis pocas ganas, claro. Me veo en las largas madrugadas mendigando un poco de sexo a una princesa agotada de un trabajo que le consume y posiblemente le termine matando de estrés. Ni si quiera los escasos orgasmos que le consigo proporcionar son suficientes como para esbozar una sonrisa en su desgastado rostro.
Penurias aparte, estoy pensando en que esta noche voy relajarme en mi propia casa de una vez por todas. Será de forma poco diplomática, sucia. No quiero perder la poca cordura que me queda. ¿Qué debería hacer? Hace como 5 años que no consumo drogas y hoy he decidido que eso va a cambiar. Haciendo repertorio de mis juergas como joven inexperto, decido salir a la calle a buscar mi droga favorita: Un par de sellos bañados en LSD.
No es difícil encontrar lo que estoy buscando en la periferia de una ciudad como la mía. Me costó menos de media hora preguntar a un tío, ir al sitio y volver a casa con la preciada mercancía escondida entre mis temblorosas manos.
Cómo cuando experimentas por primera vez el ver desnuda a una mujer, sentía escalofríos en todo mi cuerpo y una extraña sensación de riesgo y exaltación que a su vez, se volvía placer desembocado en la boca de mi estómago. Esta sensación se convirtió en seguida, en una sensación de nerviosismo paranoide por la simple idea de que mi esposa me pillara en mitad del proceso del “trippy”. Entro en mi casa y ahí está mi bella dama cantándole a un niño que está a punto de dormirse. Ella también ha decidido tomarse un día libre de todo y va a salir con sus amigas a “no sé que sitio latino” a bailar y beber.
Oportunidad como esta no se repiten últimamente en esta prisión de cuatro paredes de yeso y cal, así que me despido de mi amor con un beso y una promesa de sexo cuándo nos veamos por la mañana. Una vez se cerró esa fatídica puerta y al escuchar a mi hijo dormir y respirar placenteramente en su cuna, decido comenzar con el viaje.
Me sitúo en el centro del salón y paso lista: Sillón preparado con mantas de diferentes texturas, litros y litros de agua, tabaco y un poco de hierba que me quedaba de mi cumpleaños, imágenes de caricaturistas cuya inspiración vino de la misma droga que estaba dispuesto a consumir, películas clásico-contemporáneas como “Miedo y asco en las vegas”, “Pulp Fiction”, “Trainsppoting”..., miles de archivos de música de Pink Floyd, My Morning Jacket, Jimmy Hendrix, Eric Clapton, Iron Butterfly, Sleepy Sun y Kyuss, el aparato de música con unos cascos de alta definición y en un plato de té; los dos sellos de LSD.
Hice un último chequeo a la habitación de mi hijo y todo estaba en una relajante paz que no podría ser interrumpida fácilmente. Encendí un porro y mientras se consumía el final, veía las carícaturas sereno para apuntar mentalmente la diferencia entre mi estado actual y la realidad del futuro inmediato mientras estuviera “viajando”.
Me dispuse a tomarme el primer “trippy”. Sentí el sabor amargo en el paladar y en menos de veinte largos minutos, empecé a sentir como mi realidad se transformaba en una dimensión cálida, líquida, colorida. Noté como todo mi malestar se disipaba en una ola de colores y figuras distorsionadas que provocaban la felicidad de mi alma y mi “yo” más primario. Provocaban que todos mis sentidos pudieran oler, tocar y saborear a la vez. Vi realidades paralelas plausibles en un mundo loco de remate, inventos inimaginables y animales que se me adherían a la piel sin ánimo de dañarme.
Sólo entonces, miré a mi alrededor. Vi las caricaturas antes nombradas y las entendí. Entendí todos los trazos, los colores superpuestos, las líneas que antes parecían colocadas al azar guardaban un orden cósmico, no explicable con palabras. Encendí el aparato de música y puse mis canciones favoritas de cada uno de los discos. Sentía como llegaba al orgasmo después de tantísimo tiempo. Notaba la idea que me querían transmitir aquellos acordes. Entendí cada una de las sílabas pronunciadas y cada uno de los compases ocultos con los que los autores de las canciones nos habían brindado. Mientras todo esto ocurría y todo esto me afectaba, me tomé el siguiente sello.
Todo se volvió más borroso e inquietante. Los colores me agobiaban, la música me parecía estridente. Sonaban gritos desesperado de la televisión y sentía como unas voces me hablaban desde la parte de atrás de mi cuello. Me tumbé con las piernas recogidas en posición fetal intentando así que se desvanecieran, pero no pude. No podía hacer que las malas ondas que se habían acercado a mi Jardín de las Delicias se fueran como habían venido. Mi viaje era una pesadilla.
De un salto, me levanté y quise reincorporarme racionalizando que sólo era el efecto de la droga. Sin embargo, los malos sentimientos me perseguían y yo no podía hacer otra cosa que ignorarlos y mantener la calma durante aquella noche tan oscura. Las voces me hablaban muy fuerte. Me llamaban fracasado por no poder complacer a mi mujer, me llamaban inútil por no haber encontrado trabajo en tantísimo tiempo, me llamaban débil por no poder disciplinar a mi hijo...
Todo se volvió violento. Muy violento. Sólo en un momento de lucidez pude abandonar el pozo en el que estaba metido para volver a la realidad: tenía muchísimo hambre. El porro había hecho de las suyas y automáticamente me dispuse a preparar algo en la cocina. Me sentía dirigido por la inercia, no era consciente de mis pasos ni de mis acciones, todo mi cuerpo estaba en piloto automático. Se me apeteció pollo asado. Lo poco que puedo recordar fue que con una gran dedicación pude preparar un pollo asado con tomate y un poco de vino en el horno y que después estuve comiendo semejante manjar delante de la tele viendo aquellas películas que había recopilado. Las voces no volvieron a sonar.
A la mañana siguiente, cuando me levanté sobresaltado por una alarma que había puesto en hora estratégica para recoger el escenario del crimen, me invadió un dolor perforante en la sien. Notaba como si me estuvieran clavando alfileres de diferentes medidas en cada uno de los poros de mi cabeza. Estaba exhausto y resacoso. Tenía un mal sabor de boca. Un vomitivo sabor de boca que inundaba todos mis sentidos. No era fácil de describir, pero recuerdo muy bien que sentía trazos de óxido o algo así. Algo inmundo se había podrido en mi boca y de ella salía un hedor que me provocaba arcadas continuas que repetían cada vez que intentaba humedecerme la boca con la lengua. Cuando me quise dar cuenta, todo mi cuerpo estaba impregnado de ese olor tan nauseabundo, tan repelente. Sólo entonces, me di que ese olor escondía una fragancia conocida, cómo familiar... Muy familiar y conocido.
De repente, un sólo y fugaz pensamiento inundó mi cabeza: ¿se habría despertado el niño? Salí corriendo de mi estancia con muchísimas dudas de la noche anterior en la cabeza: ¿qué era ese olor nauseabundo tan familiar? ¿Qué había pasado después de haber estado viendo aquellas películas y comer el pollo?
¿Pollo? Me paré en seco. Era imposible que hubiera comido pollo ayer. Estábamos a final de mes y no habíamos pasado por el supermercado hacía como tres días para comprar nada. Estábamos esperando a comprar todos los suministros de golpe a principios del mes. Era físicamente imposible que yo hubiera comido pollo ayer. Otra vez el olor familiar bañado con ese hedor. Seguía luchando con todas mis fuerzas para contener las ganas de vomitar mientras me disponía a entrar en el cuarto de mi hijo.
Oscuro y en la más absoluta tranquilidad. Me acerqué a la cuna y poco a poco fui acercando mi mano para comprobar si estaba despierto o no. Palidecí al comprobar que debajo del almohadón y las mantas no había nadie. El sabor y el olor que me perseguían agobiaron más aún la escena.
No lo encontraba por ninguna parte. Rebuscaba en todos los sitios de la habitación. Aquel terrible sabor de boca me seguía a todas partes: mientras buscaba en las esquinas, mientras miraba debajo de la cuna... Y en una centésima de segundo, todo encajó. Sólo cuando me levanté debajo de la cama reconocí por fin ese olor tan característicamente familiar. Sólo cuando me quedé sin poder moverme en mitad de la habitación, reconocí que aquel sabor de mi boca era el mismo que rezumaba aquella cama deshecha y sin nadie. Sólo entonces sentí pánico sordo en mis piernas y un sudor más frío que el infierno por mi espalda. Me dirigí como embrujado al salón.
Volví al salón y allí lo vi. Vi a mi bebé colocado en una bandeja de horno en la mesa del salón. Vi su pequeña cabeza mirándome con unos ojos opacos y secos. Vi la mitad de su cuerpo a medio comer y una fila de huesos diminutos colocados fuera de la bandeja.
Y entonces, por fin, pude reconocer sin duda alguna aquel extraño sabor en mi boca...