Paró en su caminar, acompañando su visible frustración con un suspiro. "¿Crees que si no tuviera sed de sangre estaría aquí?" Puede que no lo pareciese, pero ella también se estaba jugando mucho. Con los nervios a flor de piel, la reportera se giró para enfrentarse a su compañero cara a cara. "¡Y no es solo una foto! ¡Es una prueba!", defendió, moviendo los brazos. "¡Pruebas que necesitamos!", explicó con más énfasis y lentitud de lo necesario, como si el chico, repentinamente, tuviera problemas para entender lo que estaba pasando. Bajó los brazos, soltando una carcajada que carecía de humor alguno. "¡Espero encontrar-!" Cerró la boca, bajando la voz de inmediato. No era momento de ponerse a chillar. Con una profunda respiración y decidiendo mirar a un sitio por encima del hombro ajeno, volvió a intentarlo, mostrando infinitamente más paciencia de la que sentía. "Espero encontrar suficientes pruebas incriminatorias para enviar a todas partes. Si todo sale a la luz... si las pruebas llegan hasta el pueblo más remoto e insignificante del país... entonces habré conseguido mi objetivo." Ya se lo dijo una vez, cuando básicamente le suplicó por su ayuda: Betty buscaba la verdad. O, más bien, entregar la verdad a aquellos que no la conocían. Ese siempre había sido su objetivo en la vida. Primero, trabajando para El Profeta. Y después, contra este, cuando el periódico se había vuelto todo lo contrario a su idea de periodismo. La mirada de Braithwaite, más tranquila y decidida, volvió a posarse en Adrian. "Si quieres irte, vete. Si piensas que mis intenciones son... estúpidas o inútiles, entonces ahí tienes la puerta." Señaló, sin fijarse exactamente dónde estaba apuntando. Más tarde vio que era una ventana. "Pero yo," añadió dramáticamente, moviéndo el dezo índice a su pecho, "yo voy a seguir," anunció. "Contigo o sin ti." Esperaba, obviamente, que no se diera esta última opción. Le necesitaba demasiado como ayudante y aliado, como fotógrafo y, de vez en cuando, como bálsamo para curar sus propios nervios y ansiedades. Sus palabras, por muy ofensivas que fueran a veces, eran necesarias. Pero no dijo nada de esto en voz alta. Al contrario, Betty retomó su camino por el lugar con la dramaticidad de uno de sus libros: cabeza bien alta, brazos cruzados y un movimiento de pelo envidiable, si a ella le preguntabas.