Los ladridos de Pompeya solían escucharse en toda la cuadra.
Tan así era, que los vecinos la reconocían en la calle cuando caminaba junto a los otros cinco perros que paseaba Rodrigo cada mañana.
"Ah, ahí está la que ladra", decían los vecinos. A veces, con cierta bronca y otras, con sorpresa. No entendían como de un cuerpo tan pequeño podían salir ruidos tan fuertes y molestos.
Pero eso a ella no parecía importarle, se sentía la dueña de la cuadra y tenía que hacérselo saber a todo el barrio Cordón.
Pompeya era una perra petiza, rechoncha y sin parecido a raza alguna. Laura y Pablo la habían encontrado en la calle y casi sin pensarlo, la hicieron parte de su manada.
Así, se volvió la reina de la familia López durante 13 años.
La petiza solía tener su cucha azul llena de juguetes, desde peluches hasta pelotas y algún que otro zapato viejo.
Comía que parecía un barril sin fondo. Los fines de semana, Laura, le cocinaba carne con verduras. Pompeya sentía el olorcito y salía corriendo a la cocina sin dejar de ladrar.
-¡Para un poco, Pompe! - Le gritaba Laura mientras intentaba seguir cocinando.
Cuando Pablo se quedó sin trabajo la rutina cambió completamente.
Desde ese momento, no hubo más juguetes nuevos en la cucha azul de Pompeya.
Los paseos matutinos pasaron a ser solo una vuelta manzana con Pablo, mientras él miraba con angustia el diario.
Hasta que un día, mientras Pompeya permanecía escondida debajo de la cama, la casa se llenó de valijas.
Laura recorría las habitaciones, revolviendo entre papeles casi que desesperadamente.
Pablo sacaba de la casa las valijas una vez que las terminaba de llenar.
Tomaron a Pompeya y sin mediar palabra entre ellos, la subieron al auto. Los sollozos de Laura interrumpían el silencio durante el viaje.
Al llegar, un montón de perros se acercaron. La petiza intentó hacerse respetar con sus ladridos, pero su tamaño le jugaba en contra.
El lugar era enorme. Había mantas en el piso, algunas cuchas, algún que otro juguete y sobre todo, perros de todo tipo y color.
Tres chicas limpiaban el espacio y lo mantenían acondicionado para los cuadrúpedos.
Cuando Pompeya se quiso dar cuenta, ya no estaban ni Laura ni Pablo. Estaba sola, con su cucha azul.
-¡Hola, viejita! - Le dijo una de las chicas mientras acariciaba su cabeza. - ¡No, Pichu, salí de ahí, la azul es de la viejita! - Le gritó a un perro que se acostaba descaradamente en la cucha de Pompeya.