El perro de espeso pelaje negro, casi de su misma altura estando sentado, dejó el pedazo de rama a los pies de la pelinegra con completa confianza, su cola meneándose como un péndulo. Parecía feliz sacado de su habitad natural, pero si tu hogar fuera normalmente consumido por fuego las 24 horas de los siete días de la semana, ¿quién no lo estaría? La muchacha, a punto de volver a arrojarle el objeto de su divertimento, tuvo que voltearse al sentir una mirada sobre aquella pequeña escena, arqueando una ceja. “¿Qué, quieres ACARICIARLO?”
Una imagen logró llamar su atención mientras sus pies pisaban la hierba del campus. Se fijó en el gran perro negro que corría para atrapar el palo, y no pudo evitar soltar una exclamación de asombro. Se acercó a la chica, la cual sostenía esta vez el palo. Asintió con la cabeza y se sentó junto a la chica. –Vaya, es... enorme –dijo aún contemplando al perro asombrada.















