Estoy perdido, y aunque las metas son claras, el camino se me hace borroso. Me aterra que siempre sea así, que no disipe la neblina, nunca encontrar la puerta, y que me persiga siempre la agonía.
Me come desde dentro: presión que crece y aplasta; ratón que corre en su pequeña rueda; nudo que subió de mi garganta y suplantó mi cerebro.
Maldito estado de flojera que intento patologizar, disfraz de ansiedad o culpar a los cuerpos celestes, porque me pesaría aún más la vida aceptar en mi totalidad el peso estructural que constriñe mi pecho.











