Juanga, la noche del artista más querido
Tiene la voz desgarrada, el físico deforme, se viste horrible… y sin embargo, se le ama. Es el extraño caso de un artista al que se le perdona todo y lo quieren ver más de 5 mil 500 personas
Hombres vestidos de mujer caminando tranquilamente hacia el baño de ellas. En confianza. Mujeres tomadas de la mano de otras compartiendo el tequila. Señoras en silla de ruedas con la felicidad de un deseo cumplido. Un joven que se estremece por conocer en vivo a una vaca sagrada de la canción mexicana (cualquier cosa que esto signifique)
Por Jaime Cháidez Bonilla
*Crónica de una noche de palenque en Tijuana el sábado 4 de septiembre de 2004.
TIJUANA.- Ahora sí el palenque está lleno. Ahora sí hay gente de pie. Ahora sí hay más de 5 mil 500 personas concentradas, mirando con detalle la figura regordeta de un cantante vegetariano, el ídolo de los últimos 33 años, Alberto, Albertico, el señor Aguilera, el conocido compositor y cantante Juan Gabriel, aka. Juanga.
Son varios los kilómetros que el espectáculo de Juan Gabriel le lleva a niños como Alejandro Fernández o Paulina. Mucha distancia. El hombre que baila encima de unos tablones puestos en la tierra de los gallos, ese hombre tiene un colmillo que le convierte en actor, manipulador de sentimientos, bailarín, cantante e incitador del canto colectivo.
La concentración de almas en el Palenque de Tijuana es un variopinto de actitudes. Hombres vestidos de mujer caminando tranquilamente hacia el baño de ellas. En confianza. Mujeres tomadas de la mano de otras compartiendo el tequila. Señoras en silla de ruedas con la felicidad de un deseo cumplido. Un joven que se estremece por conocer en vivo a una vaca sagrada de la canción mexicana (cualquier cosa que esto signifique).
De principio a fin, todo el concierto es música reconocible. Una rocola de complacencias bohemias. Desde una discotequera “Vamos al Noa Noa” hasta una vernácula “Se me olvido otra vez”. Juanga no para de cantar, no se molesta en platicar, ni presentar los temas, lo suyo es cantar, con pausas breves para recibir las aclamaciones.
Un saxofón, hielo seco, botellas de licor en la mano y un vaso de plástico en la otra, corre la voz en el aire “Yo no nací para amar”, banderitas con los cachetes del michoacano-juarence… Juanga es el más querido, se siente el apapacho. Aquí no hay truco, ni parafernalia comercial, Juan Gabriel es un artista de corazón, entró y está en la casa de los mexicanos.
Tiene la voz desgarrada, el físico deforme (si comes verduritas te vas a poner como él), sus bailes son cuasi ridículos, se viste horrible (con lentejuelas) … y sin embargo, se le ama. Es el extraño caso de un artista de 54 años al que se le perdona todo. Como este hombre no hay dos, desgraciada o afortunadamente.
Momentos culminantes de una noche de verano.
Juan Gabriel casi termina de cantar, sabe qué hacer al final de la pieza y repite la escenificación paso a paso. Todo lo haces muy bien, no me dejes nunca. Conoce los sentimientos de su público, siente los aullidos y coloca sus manos en los oídos para concentrarse. El mariachi y su grupo in crecendo. Te lo pido por favor. La gente de pie en éxtasis. Juan se hinca con su traje de mesero y abre los brazos como esperando la lluvia. Los súbditos se inclinan ante el rey y el palenque tiembla.
Te pareces tanto a mí que no puedes engañarme. Regresan las lentejuelas y el inocente pobre amigo camina por el redondel como esos toreros orgullosos de llevar orejas y rabo en mano. Los mariachis le acompañan discretamente. El artista tiene los tiempos medidos. Sabe callar para que el público le complete el canto y gesticula muy a tiempo la letra de sus creaciones para un énfasis preciso. Le falta lo que yo tengo de más. Palmea y hace cara de despecho. Otra vez retumba una partecita de Tijuana.
Aquí no hay espontáneos que lo quieran besar, no existe el peligro de algún borrachazo, ni se necesita vigilancia extrema. Al artista se le oye, se le mira en vivo, en las pantallas, y se le guarda respeto. El tiempo pasa muy rápido cuando el producto es neto.
El circo estalla en la canción final, la reconocible “Amor eterno”. Son las últimas breves palabras del divo: “Tijuana, gracias por tanto amor”. Alberto Aguilera Valadez, de Parácuaro, Michoacán, el muchacho humilde que ha inventado mil canciones vendiendo 200 millones de discos, tiene razón cuando dice que los artistas son la alegría del pueblo. Su público llora. Cómo quisiera que tú vivieras, que tus ojitos jamás se hubieran cerrado nunca y estar mirándolos. Susurra Juan. Cantante eterno e inolvidable. Son las últimas notas de un artista curtido por la vida. Para haberme hecho yo solo, no estoy tan mal. Cuando desaparece lo hace para siempre. No hay otra, otra , otra. Es la madrugada de un domingo, septiembre 5, termina la noche de Juan Gabriel, el más querido.