— Y volvimos a hablarnos
Le extrañé.
Y estuvo bien sentirlo

titsay
$LAYYYTER
dirt enthusiast
Cosimo Galluzzi

blake kathryn
NASA

⁂
YOU ARE THE REASON
Sweet Seals For You, Always
Xuebing Du
Not today Justin
todays bird
Alisa U Zemlji Chuda
Misplaced Lens Cap

if i look back, i am lost

tannertan36
tumblr dot com
No title available

oozey mess

Janaina Medeiros

seen from South Korea
seen from United States
seen from Maldives

seen from Finland

seen from Luxembourg
seen from Türkiye

seen from Italy
seen from Türkiye

seen from United States

seen from Italy

seen from South Korea

seen from United States
seen from Singapore
seen from Canada

seen from Canada
seen from Netherlands

seen from Norway
seen from United States

seen from Germany

seen from United States
@g-encrudo
— Y volvimos a hablarnos
Le extrañé.
Y estuvo bien sentirlo
Eb$@n, el amor no duele así
Entendí tarde,
con la piel abierta
y el alma temblando,
que el amor no deja moretones
ni pide perdón con la misma boca
que antes escupió rabia.
No es el puño cerrándose
como si mi cuerpo fuera enemigo,
ni la voz alzada
rompiendo lo poco que quedaba de mí.
No es ese miedo
caminando descalzo por mi pecho
cada vez que te acercabas.
Aprendí —a golpes, sí—
pero no de los tuyos,
sino del eco que dejaron:
ese silencio que gritaba
“esto no es amor”.
Porque amar
no es reducir a alguien a cenizas
y luego abrazar las ruinas
como si fuera ternura.
Amar no es poseer,
no es invadir,
no es herir y llamar a eso
intensidad.
Amar
es sostener sin romper,
mirar sin destruir,
tocar sin miedo.
Y hoy lo digo
con la rabia todavía caliente
pero con la verdad intacta:
lo que hiciste
no fue amor,
y lo que yo merezco
jamás volverá a parecerse a eso.
Me despierto antes de que suene la alarma. No porque quiera, sino porque mi cabeza ya está encendida. Es como si alguien hubiera dejado todas las pestañas abiertas en mi cerebro durante la noche: pacientes, pendientes, culpas, mensajes sin responder. Respiro hondo, pero no alcanza. Ya estoy cansada… y el día ni empieza.
El café no es placer, es supervivencia. Escucho “mamá” y mi cuerpo reacciona antes que mi mente. Me levanto, hago, organizo, resuelvo. Todo rápido, todo al mismo tiempo. Siento que si me detengo, se cae algo. Siempre hay algo que sostener.
Empiezo a atender y me convierto en espacio para otros. Escucho, contengo, nombro emociones que duelen. Soy calma, soy estructura, soy presencia. Pero por dentro… por dentro hay ruido. Un ruido constante. Como si mi sistema nervioso estuviera saturado, como si no hubiera silencio posible. Absorbo historias, miradas, angustias… y aunque sé que no son mías, algo de todo eso se me queda pegado en el cuerpo.
Entre sesión y sesión, no descanso. Solo cambio de estímulo. Un mensaje, otro pendiente, una notificación. Todo suena urgente. Todo pide algo de mí. Mastico rápido, pienso rápido, siento rápido. Demasiado rápido.
A veces quiero apagarme cinco minutos. Solo cinco. Pero no puedo. Porque hay alguien que me necesita. Siempre hay alguien.
Regreso a casa y debería cambiar de rol, pero no es un interruptor. Sigo cargada. Sigo llena. Y entonces aparece la culpa cuando me siento irritable, cuando no tengo toda la paciencia que quisiera, cuando solo quiero silencio y me piden más presencia. Amo, profundamente… pero también estoy agotada.
Mi cuerpo está tenso. Mis hombros duelen. Mi cabeza no se calla. Repaso conversaciones, analizo lo que dije, lo que faltó, lo que podría haber hecho mejor. No paro. No sé cómo parar.
El día termina, pero yo no.
Me acuesto y el silencio por fin llega afuera… pero adentro sigue el ruido.
Y en medio de todo eso, hay una verdad que pesa: sostengo a muchos… pero casi no sé cómo sostenerme a mí.
Productiva, pero al límite.
Y ahora, aunque mi esposo quiere una oportunidad, no siento que pueda dársela. No porque no quiera… sino porque dentro de mí ya no hay espacio. Hay demasiado dolor acumulado, demasiada frustración. Y me duele no poder sentir diferente, pero hoy, simplemente, no me nace.
Me cuesta perdonar cuando me lastiman profundamente.
No es que no tenga la capacidad de hacerlo… es que hay heridas que atraviesan algo más que el momento: tocan la dignidad.
Puedo comprender que, a veces, las personas actúan desde el desborde, desde sus propias carencias o dolores. Incluso puedo llegar a disculpar ciertas palabras.
Pero hay algo que no logro reconciliar: la desconexión entre el cariño que entregué y la dureza que recibí.
Duele que alguien a quien le abriste tu espacio, tu cuidado y tu afecto… pueda responder con crueldad.
Duele que, aun habiendo mostrado tus límites y tus heridas, el otro elija ignorarlas.
Y entonces no se trata de incapacidad para perdonar.
Se trata de elegirte.
Hay personas a las que uno no guarda rencor, pero tampoco les vuelve a abrir la puerta.
No por castigo… sino por respeto propio.
No pude dormir en toda la noche. Mi cabeza no dejó de pensar en que pronto tengo que responderle a Evan con algo más que palabras. No quiero que se canse de esperar por mí, ni que el amor vuelva otra vez a alejarse de mis manos.
Oh baby
I'm misunderstood
You look the only one who knows that could
See it all in black and white
Who could battle by my side 🎶
De regreso a mi casa, sonaba en la radio… Volví a ese recuerdo por un momento, solo para saludarlo mentalmente.
— Donde sea que estés —, espero que la vida esté siendo amable contigo.
Tu siempre fuiste un hombre valioso. Alguien a quien siempre admirare, aunque en su momento nunca supe decírtelo.
En otras noticias, mi psiquiatra ha sido claro: dejar de usar las excusas como refugio y empezar a elegirme de forma deliberada, incluso cuando el cuerpo responde con miedo ante la idea de decirle la verdad a mi todavía esposo. Robert está convencido de que puedo hacerlo sola. Es curioso: su confianza en mí es más estable que la imagen que yo misma tengo de mí ahora.
Evan quiere un beso mío con una paciencia que me desarma.
Yo solo le dije: todavía no.
No porque no quiera, sino porque mi corazón ya es suyo y mis papeles aún no lo saben.
Quiero ordenar ese caos antes de besarlo como se merece.
Hubo un amor que me sostuvo sin hacer ruido. Un amor tibio, real, de esos que no necesitan demostrar nada porque simplemente están. Yo me quedé dormida dentro de esa calma… y cuando desperté ya lo había dejado ir. No supe cómo habitar algo tan verdadero.
Perderlo fue como ver apagarse una ciudad entera.
Hoy Evan me dijo que tal vez esa herida era necesaria. Que a veces hay que perder algo sagrado para aprender a no volver a soltarlo. Que ahora sé reconocer el amor que quiere quedarse. Para cuidar lo que hoy existe entre nosotros.. y lo que también late por Massimo.
Y no sé… pero algo en sus palabras me devolvió un poco el alma.
Quisiera decir que estoy bien, pero la verdad es que estoy cansada de ser fuerte en lugares donde solo quería ser cuidada
A veces me encierro en el baño porque siento que el ruido me perfora por dentro y nadie habla de eso, nadie habla del cansancio que no es solo físico sino existencial, de mirar a tu hijo y amarlo mientras al mismo tiempo deseas un segundo de silencio absoluto, de identidad propia, de no ser requerida; me siento culpable por necesitar distancia, pero si no cierro esa puerta, si no me aparto unos minutos, siento que me desintegro, que me vuelvo pura irritación y vacío, y prefiero enfrentar la pared fría y mi respiración temblando antes que dejar que el desborde me convierta en alguien que no quiero ser.
Hay momentos en los que me disocio.
Miro a mi hijo y todo se vuelve lejano, como si lo estuviera viendo a través de un vidrio grueso.
No es rechazo. Es adormecimiento.
Desconcertación.
¿Dónde estoy?
¿Qué hago aquí?
Mi cuerpo está, pero algo en mí se retira unos centímetros hacia atrás.
Como si observar fuera más seguro que habitar.
Y en medio de esa niebla, este espacio se siente estable.
Un lugar donde las palabras no me exigen reaccionar.
Donde puedo existir sin que nadie me mire demasiado de cerca.
No es pertenencia.
Es pausa.
The End of the World de fondo.
Escitalopram en la mañana, clonazepam en la noche.
Y yo, en medio, intentando sentir algo que no esté medicado.
Lo miro y algo dentro de mí se contrae como un músculo enfermo.
No es solo rabia: es una bilis espesa subiéndome por el pecho, es el recuerdo de sus manos cayendo sobre mi cuerpo como si yo fuera un objeto que se corrige a golpes.
Hay momentos en los que mi mente se vuelve un lugar peligroso, porque imagina devolverle todo —no por justicia, sino por la necesidad animal de que entienda, aunque sea por un segundo, cómo duele vivir dentro de esta piel.
Caminé con los moretones expuestos como un idioma que nadie quiso leer.
Eran gritos morados en mis brazos, en mis piernas, en mi historia.
Y nadie preguntó.
Nadie.
Eso fue peor que los golpes.
Porque ahí entendí que el silencio también golpea.
Que hay familias que se miran entre ellas y deciden que tú no existes, que tu dolor es un daño colateral aceptable con tal de proteger a su monstruo.
Me dijeron “una hija más”
y me entregaron como carne en una mesa donde todos sabían y todos callaban.
Lo que siento ahora no es solo odio.
Es asco.
Es fiebre.
Es la enfermedad de seguir atada a quien me rompió mientras el mundo hacía de testigo ciego.
Y esta rabia no es locura:
es mi cuerpo recordando que fui herida
y que nadie vino.
Mi cuerpo ya tomó una decisión que mi vida todavía no ejecuta