( w. helena )
Sujetando la toalla contra su cuerpo con una mano, toma con la otra la camisa del moreno, antes de voltearse ligeramente hacia un lado para ponerse la prenda por encima, prosiguiendo a amarrar el largo y mojado cabello para evitar que escurriera por su espalda. Contenta con el resultado (prenda larga, más ancha de lo que acostumbra por la diferencia de complexión), vuelve su atención al dueño de la habitación, titubeo presente, momentáneo, antes de continuar. —Gracias. Lamento las molestias que estás tomándote. Prometo que no volverá a ocurrir,— sinceridad absoluta baña las palabras de la rubia, que se obliga a buscar los orbes oscuros del otro y a dedicar una complaciente sonrisa, realmente agradecida con el gesto. Lo decía en serio; por lo general, detestaba molestar a los demás con ese tipo de cosas, en especial cuando la confianza no era absoluta. Al menos el guardia no se la estaba poniendo tan difícil como podría pensarse. —Creo que nunca había conocido a alguien tan evasivo como tú,— la comicidad destella en sus orbes, emoción que alcanza a curvar sus labios, que presiona entre sí sin piedad para evitar una sonrisa más amplia. —No me gusta generalizar, pero la gran mayoría de ustedes escoltas me la ponen difícil. O quizá soy yo, no lo sé…— responde después de meditarlo por unos segundos, como si acabara de percatarse de esa cuestión, y el resultado resultara casi sorprendente. Es cuando se encarga de añadir: —Aunque, por mucho, eres el más difícil, te cedo eso,— los hombros femeninos se levantan con falsa resignación, pensando en la seriedad que la mayoría del cuerpo de seguridad solía cargar consigo. Y es que desde que aquellos con los que llevaba mejor relación del staff de palacio habían renunciado, sus compañeros de baile eran contados. La mención del mayor de su familia evoca una sonrisa automática, mención que ha escuchado antes, a pesar de que la apariencia física de ambos es parecida. —Por supuesto que no. Soy demasiado linda como para estar relacionada con él,— bromea con facilidad, comentario expresado desde lo más profundo de una costumbre, por lo general usado para molestar al mayor. Toma un par de pasos por la habitación, intención nula de husmear por la habitación que carga con la privacidad de Gabriel. Termina por acercarse al borde de la cama a un lado del guardia, dejándose caer con cuidado al suelo en una postura que se le hace cómoda, con su espalda recargada en el borde del colchón y sus piernas pegadas a sí, sus brazos reposando sin tensión alrededor de éstas. —Oh, ya veo… Supongo que deberías de estar reposando todavía, pero no te culpo. ¿Cuánto tiempo te dieron para curar por completo, hm? ¿Cuántos puntos te dieron?— genuino interés asoma por la voz de la doncella, levantando su mirada hacia su interlocutor, orbes entrecerrados como si pudiera ver desde allí los estragos que el ataque habían dejado sobre su hombro, gesto que queda ahogado por una risa de total diversión, breve y baja. —Es la peor excusa que me has dado hasta ahora, Gabriel. Sería más adecuado si te hubieras lastimado una pierna, no sé…— inicia, negando con la cabeza cuando semejante ocurrencia es pronunciada. —La esperanza es lo último que muere, quién sabe, quizá algún día te encuentre con la guardia baja y un poquito más complaciente,— sugiere con aire esperanzador, orbes fijos en los más oscuros con intención.
Negó con la cabeza casi con pereza, o tal vez con suma tranquilidad, aquella que buscó transmitir a la castaña al responder a sus palabras: “No fue para tanto” y aunque estaba siendo sincero, se perdió por un instante en la idea de que quizás, de manera accidental, estaba demostrando todo lo contrario. “Estoy cansado, pero no es por tu causa” explicó, sin saber si era necesario hacer aquella aclaración. Pero era normal que, al llegar el horario que vivían en ese momento, el agotamiento cayera sobre el guardia con la fuerza que le había faltado durante todo el día. Porque por lo general no se veía rodeado por un aura de vitalidad y energía de sobra, pero el cansancio llegaba únicamente (o realmente) cuando la actividad cesaba, cuando se desocupaba, exactamente como había sucedido antes de que la doncella llamara a su puerta. “Evasivo” repitió, considerando la palabra por un breve instante, porque no necesitaba más tiempo que ese para asumir que le sentaba perfectamente. “Serio o huraño es lo que recibo más a menudo” le comentó, pero de todas formas consideraba que la elegida por ella era acertada. “¿Difícil de sacar a bailar?” inquirió, preguntándose si todavía hablaban de eso, lo que lo llevo a añadir: “¿Has invitado a bailar a todos los guardias, entonces?” Y, en realidad, consideraba exagerada la posibilidad. “Suena a que quieres hacer enfadar a tu hermano.” Pero desconocía lo suficiente al mencionado como para siquiera sospechar que era celoso de su hermana, o que lo era hasta el punto de molestarse por verla interactuar con sus compañeros. “Si alguna vez intenta convencerme de lo contrario, le haré saber que dijiste eso.” Casi podía estar seguro de que existía cierta complicidad entre los hermanos, una que convertía su promesa en inofensiva y le quitaba cualquier capacidad de crear disturbios entre los dos, como parecía pretender. Siguió con su mirada (tanto como la oscuridad le permitía) a la silueta femenina, pero su atención se desvió a la brevedad hacia aquello que llamaba su atención: una habitación en la que el desorden no era evidente, pero existía. Era más bien el descuido, la tranquilidad que se presentaba ante la casi certeza de que nunca recibiría visitas en ese lugar, lo que hacía posible la comodidad de dejar las cosas fuera de su lugar original y posponer continuamente la tarea de ordenar y limpiar. “Cuatro puntos, pero ya me los quitaron” explicó, y una de sus manos, de manera inconsciente, fue a posarse sobre el hombro que se recuperaba de la lesión. “Lo único que queda es la molestia al mover el brazo, pero supongo que en algunos días desaparecerá” y suponía porque ni siquiera lo había conversado con el médico, con el deseo de acabar con sus visitas cuanto antes. Elevó ambos hombros ante la acusación de la fémina, como si aún considerase que sus excusas eran válidas: “Depende de lo que quieras bailar” se excusó, una vez más. “No creo estar muy capacitado para el... ¿tango?” entrecerró ligeramente sus ojos, creyendo probable aquella entre las mil opciones (mucho más comunes) de baile. “Ebrio, quieres decir” asintió ligeramente. “No sucede a menudo... en el palacio.”














