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@gabriel-sabo
Agamben, al parecer, no s0lo plantea una crítica que supone una distinción entre lo vacío y lo pleno, sino que reduce el movimiento de la différance a una «auto-significación pura», al mismo tiempo que parece exigir que la huella dé acceso a un «evento cumplido de significado». Pareciera que la exigencia, de derecho, radica en dejar de suspender la kénosis para que conozca su cumplimiento. Si esto es así, podríamos preguntar: ¿en qué consistiría un acontecimiento pleromático? ¿En qué consistiría una huella que deje de lado una pretendida insignificancia? ¿La insignificancia es vacía y lo significante pleno? Con todo, siguiendo nuestro epígrafe de Blanchot*, se podría decir que Agamben intenta emprender el camino de cierta curación, o de corregir el pensamiento de la huella y de llamar, pues, al pan pan y al vino vino. En esta gramática podríamos inquirir: ¿A la huella la desgarra el equívoco? ¿La falsea el malentendido? ¿La invade el vacío? ¿Acaso no es ese vacío, su posibilidad?, y por lo tanto, ¿emprender el camino de la curación y de la sinceridad no es más mistificador que nunca?
—Javier Pavez, «Vida espectral: deconstrucción y biopolítica» en Actuel Marx. Intervenciones, n.° 28, primer semestre 2015. Disponible aquí.
*En estos tiempos, con frecuencia se habla de la enfermedad de las palabras, incluso hay irritación contra los que hablan de ella, se sospecha que enferman a las palabras para poder hablar al respecto. Es posible. El problema es que esta enfermedad también es la salud de las palabras. ¿Las desgarra el equívoco? Feliz equívoco sin el cual no habría diálogo. ¿Las falsea el malentendido? Pero ese malentendido es la posibilidad de nuestro entendimiento. ¿Las invade el vacío? Ese vacío es su propio sentido. Como es natural, un escritor siempre puede fijarse como ideal llamar al pan pan y al vino vino. Pero lo que no puede obtener es creerse entonces en camino de la curación y de la sinceridad. Por el contrario, es más mistificador que nunca, pues ni el pan es pan ni el vino vino, y quien lo afirma solo tiene en perspectiva esta hipócrita violencia. (Maurice Blanchot, «La literatura y el derecho a la muerte»)
La tarea poética del pensamiento se desplaza aquí desde una expresión por medio del lenguaje a una expresión por la existencia del lenguaje. ¿Pero cómo dar cuenta de la existencia del lenguaje –el hecho de que el lenguaje sea– independientemente de proposiciones proferidas en el lenguaje? (...) Aquello de lo que se trata entonces de hacer experiencia en el «accidente» constitutivo del pensamiento y de la poesía (en la falencia poetizante del filósofo y la falencia pensante del poeta) es el lenguaje mismo. Experiencia no de lenguaje sino del lenguaje en cuanto tal, del tener lugar en el silencio de las proposiciones significantes. (...) Pero, en este evento, el espacio que se entreabre de un límite que pone fin a la pena del lenguaje es donde podría aparecer, por primera vez, aquel «que tiene el lugar del instante donde poesía y música encuentran, una respecto de la otra, su momento de verdad»; y que tiene el poder de hacer callar al lenguaje sin abolirlo, dándole –incluso– lugar: «una voz humana».
—Giorgio Agamben, «El silencio de las palabras», introducción de In cerca di frasi vere, edición italiana de la compilación de entrevistas a Ingeborg Bachmann (Wir müssen wahre Sätze finden). Traducción de Gabriela Milone, publicada en Nombres. Revista de Filosofía, n° 28, 2014, disponible aquí.
La supresión y la superación del acontecimiento en el sentido es una característica del discurso mismo. Certifica la intencionalidad del lenguaje, la relación entre noesis y noema que en da en él. Si el lenguaje es un meinen, un intentar, es así precisamente por esta Aufhebung mediante la cual el acontecimiento es cancelado como algo meramente pasajero y retenido como el mismo significado.
—Paul Ricoeur, «El lenguaje como discurso» en Teoría de la interpretación. Discurso y excedente de sentido. Traducción de Graciela Monges Nicolau.
Simone Weil, «La Ilíada o el poema de la fuerza» en La fuente griega. Traducción de Juan Luis Escartín y María Teresa Escartín.
Aprender a colmar con palabras el vacío de la boca, he ahí un primer paradigma de introyección (...) Es así como la absorción de alimentos en sentido propio deviene introyección en lo figurado. Operar este pasaje es lograr que la presencia del objeto ceda lugar a una auto-aprehensión de su ausencia. El lenguaje que suple esta ausencia figurando la presencia, solo puede ser comprendido en el seno de una «comunidad de bocas vacías».
—Nicolas Abraham y Maria Torok, citado en Jacques Derrida, Fueros: Las palabras angulosas de Nicolas Abraham y Maria Torok. Traducción de Javier Pavez. Se puede descargar gratuitamente aquí.
Porque sin duda esta es la fatalidad de todo lo que es humanamente soberano; lo que es soberano no puede durar más que en la negación de sí mismo (el más insignificante cálculo y todo cae por tierra, no queda nada más que servidumbre, primacía del objeto del cálculo sobre el momento presente), o en el instante duradero de la muerte. La muerte es el único medio de evitar la abdicación de la soberanía. No hay servidumbre en la muerte; en la muerte ya no hay nada.
—Georges Bataille, «Kafka» en La literatura y el mal. Traducción de Lourdes Ortiz.
La poesía, en un primer impulso, destruye los objetos que aprehende, los restituye, mediante esa destrucción, a la inasible fluidez de la existencia del poeta, y a ese precio espera encontrar la identidad del mundo y del hombre. Pero al mismo tiempo que realiza un desasimiento, intenta asir ese desasimiento. Y lo único que le es dado hacer es sustituir el desasimiento por las cosas asidas de la vida reducida: no puede evitar que el desasimiento pase a ocupar el lugar de las cosas.
—Georges Bataille, «Baudelaire» en La literatura y el mal. Traducción de Lourdes Ortiz.
Il est difficile de savoir si le mal, la chute même, consiste à le tomber ou à rester à la surface.
—Jacques Derrida, «L'abîme et le volcan» en Les Yeux de la langue. L'abîme et le volcan.
«Es difícil saber si el mal, la caída misma, consiste en caer o en permanecer en la superficie.»
Do you believe in connections that don't make sense yet?
Y qué tiene sentido en las conexiones?
Apariencias, ilusiones, abstracciones, potencialidades en lo no hecho; y si, creo en el sin sentido de todo esto, a lo que llamamos vida que nos sujeta y nos suelta en un ir y venir de conexiones y desconecciones tanto propias como ajenas. Creo, i want to believe...
Fragilidad es una palabra que suelo acariciar, porque creo que nombra bien la calidad de los denuedos de la creación. Designa su fibra más íntima, hecha de porfiada incertidumbre, de vacilaciones y preguntas, de conatos y de apuestas, y de la subrepticia convicción de que lo hecho y lo que se hace es, a despecho del vigor y la poderosa presencia que pueda tener, finalmente infructuoso. Crear, pensar y crear, porque ambas cosas son inseparables, es un ejercicio de fondo melancólico: quizá no haya manera más inexorable de exponerse a la mortalidad. Pensar y crear es también a la intemperie. He puesto esas dos palabras ¿pensar y crear? En una conjunción a la que no renuncio. A pesar de las apariencias, todo pensamiento es material: no hay un pensamiento sin cuerpo, un afecto, una escena, un eco, una imagen, una marca. Pero no todo pensamiento –no todo ejercicio del pensamiento– da cuenta de su materialidad, no todo afán pensante la hace evidente, palpable. Esa evidencia da la medida de las más altas tareas del pensamiento y de sus logros más decisivos. De manera ejemplar ocurre esto en el arte, que podría definirse como el cuidado y la elaboración de la materialidad del pensamiento. Pensar es socavar de preguntas y presentimientos lo dado, padecer y resistir su impertinencia, porfiar en su cuestionamiento por hambre de realidad. Pensar es insistir en que la realidad es porosa, problemática: tal tiene que ser, por fuerza, la apuesta de quien consagre su pasión y su inteligencia a la provocación de lo inédito. El artista ha de hacer suya esa apuesta, amar, en la superficie aparentemente tersa de lo real, el menor indicio de trizadura, el menor asomo de algo otro, que no se reduce a lo que hay, que no puede ser allanado en la planicie de lo familiar y lo consabido.
—Pablo Oyarzun Robles, «Homenaje a Gonzalo Díaz», originalmente publicado en Extremoccidente, año 2, nº 3. Recuperado en El préstamo es la ley.
Emond Jabès, «Páginas del libro exhumado, IV» en Un extranjero con, bajo el brazo, libro de pequeño formato. Traducción de Cristina González de Uriarte y Maryse Privat.