Esta es la historia de una piedra que habitaba en un pequeño llano gris. Se trata de una piedra ni muy grande ni muy pequeña, simplemente una piedra que había vivido en ese lugar gran parte de su vida y que siempre caminaba entre otras piedras con mucha cautela para pasar desapercibida.
Era un día como cualquier otro en el pequeño llano gris y Pequeña piedra se había despertado muy temprano, se estiro emitiendo un ligero bostezo y estaba emocionada puesto que había decidido salir a dar un paseo (algo que no hacía con frecuencia). Al salir de su casa comenzó a caminar entre las otras piedras muy despacio y haciendo el menor ruido posible. Durante su paseo Pequeña piedra observaba a sus compañeras, había piedras de diversos tamaños, unas mucho más grandes que ella y otras más pequeñas, algunas eran de tonalidades diferentes, incluso había unas piedras de color blanco. Después de un rato de estar caminando se sintió cansada y se regresó a su casa a dormir; sin embargo, algunas preguntas rondaban su mente provocándole la falta de sueño.
- ¿Por qué ninguna piedra ha intentado acercarse a mi jamás? ¿Será que en verdad he tenido suerte y nadie ha notado mi presencia por acá?-
Y después de un rato por fin logró quedarse dormida.
Llegó el día siguiente y la piedra se levantó un poco más tarde que el día anterior y volvió a salir para dar un paseo. Recién comenzó a caminar recordó sin darle mucha importancia todo lo que había estado pensando la noche anterior.
Aquel día hacía mucho calor, los rayos del sol eran agobiantes y después de caminar un rato Pequeña piedra ya no aguantaba, no había un sólo árbol que diera un poco de sombra, entonces se preguntó:
–mmm, ¿Qué acaso las demás piedras no sienten como el sol nos están quemando? –
Sintió por primera vez una fuerte necesidad de comunicarse con sus compañeras y después de meditarlo unos minutos pensó en hacer lo que nunca había hecho desde que llego a vivir a aquel lugar. Quiso salir de dudas preguntando a una o dos piedras si al igual que ella sentían demasiado calor, pero no se atrevió, así que Pequeña piedra regreso a su casa… de nuevo a dormir.
Al tercer día y ya un poco avanzada la mañana Pequeña piedra se levantó, limpió su casa y se sentó en un pequeño sillón color rosa que estaba junto a la ventana. Observando desde allí el pequeño llano gris y todas las demás piedras que vivían en ese lugar, Pequeña piedra sintió curiosidad, no podía dejar de pensar en lo sucedido el día anterior así que se levantó, se miró al espejo y salió. Había dado a penas unos cuantos pasos cuando algo comenzó a golpearla constantemente. Las nubes se confundían con el color de aquel llano, era un día de intensa lluvia y las enormes gotas provenientes del cielo le provocaban un dolor insoportable, por lo que comenzó a correr buscando protegerse del constante golpeteo, se detuvo por un momento y pensó:
– Es raro que yo sea la única que corre, ¿Será que a las demás piedras no les molesta la lluvia? - .
Llegó a su casa, tomo una toalla para secarse y se puso a dormir.
Otro día más había llegado y Pequeña piedra estaba confundida. Por primera vez desde que llegó a vivir al pequeño llano gris sentía que no pertenecía a ese lugar, lo sucedido le hacía pensar que tal vez ella era una especie diferente de piedra y tampoco entendía cómo es que había conseguido con éxito el pasar desapercibida ante sus compañeras durante tanto tiempo. Esa situación le provocaba inquietud y molestia, Pequeña piedra se encontraba inmersa en una serie de cuestionamientos…
-¿Por qué rayos las demás piedras nunca se quejan de nada, no dicen nada?... Tal vez mi suerte mejoraría si yo fuera más grande o más pequeña o a lo mejor si me pareciera a las piedras que siempre están hacia el Sur, ¡Sí un poco más gris!; o no, mejor como las del Norte que son casi blancas-
En ese momento no aguanto más y salió de nuevo a dar un paseo, pero esta vez Pequeña piedra hablaba en voz alta, hacia todo el ruido posible con las patas e incluso cantaba a todo pulmón tratando de llamar la atención… pero nada. No consiguió encontrar una sola piedra que fuera similar a ella.
De repente, le pareció ver pasar una sombra pero todo sucedió tan rápido que no le tomó importancia, regreso a su casa, azotó la puerta y se acostó en su cama. Esa noche las horas pasaron lentamente y fue poco tiempo el que Pequeña piedra consiguió dormir.
A la mañana siguiente despertó sintiéndose mal por la falta de sueño y como ya se había hecho costumbre se preparó y salió de su casa. Pequeña piedra llevaba largo rato caminando, iba pensativa y mirando hacia el suelo cuando volvió a ver la sombra del día anterior pero esta vez estaba segura así que miro hacia el cielo en busca de aquello que había logrado llamar su atención. No conseguía distinguir ante la presencia de qué estaba y se preguntaba:
- ¿Qué es eso que está arriba en el cielo?... –
Fue entonces cuando lo vio, era una “cosa rara” que Pequeña piedra jamás había visto; sin embargo sabía (aunque no estaba segura del cómo) de lo que se trataba. Aquella cosa rara se movía rápidamente de un lugar a otro y parecía como si no fuera capaz de estar en un solo lugar por mucho tiempo. Hasta que por unos minutos se mantuvo inmóvil, observó a Pequeña piedra y le preguntó:
- ¿Qué; hoy no cantas, no hablas?
Pequeña piedra dudo en contestar ya que estaba desconcertada, pero después de unos segundos y con una gran sonrisa le contestó.
- ¿A caso tu si me escuchaste cantar y hablar? ¿Cómo te llamas?
La cosa rara se acercó hasta donde estaba parada Pequeña piedra y le dijo:
- Sí, sí te he escuchado. Te he visto pasear por aquí, pero no entiendo que haces en este lugar sola. Y por cierto, mi nombre es Libélula.
Aún más sonriente y sintiéndose extrañamente feliz Pequeña piedra no podía creer lo que estaba sucediendo puesto que había pasado tanto tiempo en silencio y esperando un momento así.
Libélula y Pequeña piedra dieron un paseo juntos por el pequeño llano gris. Esa tarde era mágica y especial, el cielo había tomado un nuevo color y destellos rojizos se desprendían del cielo, llovía, pero esta vez en compañía de Libélula el dolor no era insoportable.
Libélula platicaba de los lugares en los que había estado y de todas las cosas que conocía. Pequeña piedra escuchaba con atención y aprendía. Juntos Libélula y Pequeña piedra jugaban y reían.
La tarde llegó pronto y Libélula dijo que tenía que despedirse, que era necesario seguir su camino. Pequeña piedra se entristeció porque quería que Libélula se quedara en aquel lugar con ella.
Ese día Pequeña piedra había olvidado por completo todo lo referente al pequeño llano gris y al estar frente a Libélula que sabía muchas cosas, no pudo evitar contarle lo que pasó en días anteriores y preguntarle si él sabía por qué ella era algo diferente a las demás piedras. A lo cual Libélula contesto:
- Sí, claro que lo sé. No entiendo cómo es que tú no te has dado cuenta siendo algo tan obvio. Yo he estado en lugares en los que tú no, conozco muchas especies de piedras y te puedo asegurar que ninguna de ellas habla, no ríen, no juegan, no sienten el calor del sol, ni el dolor porque son piedras y las piedras no sienten nada, no viven.
Y tú amiga mía ¡no eres una piedra!
Pequeña piedra al escuchar esas últimas palabras sintió que su corazón dejó de latir y fue como si algo la hubiera golpeado fuertemente en la cabeza, por un instante una serie de escasos y difusos recuerdos llegaron a su mente, la imagen de una criatura que había llegado a aquel lugar por error se hizo presente.
Pequeña piedra no lograba comprender nada y se sentía totalmente aturdida. Libélula al verla angustiada y confundida la abrazó.
Pequeña piedra continuaba en silencio y después de unos minutos, lloró.
- Cuando te vi por primera vez, casi logras convencerme de ser una piedra pero me di cuenta de que no es así- Dijo Libélula
- Creo comenzar a recordar; cuando llegué al pequeño llano gris me pareció un buen lugar para vivir tranquila y para no “desentonar” con el paisaje y en mi afán de ser como las piedras me he cubierto con este feo papel de color gris. Pero no consigo recordar más, ¡Por favor Libélula dime quién soy!- Exclamo Pequeña piedra con una mirada suplicante.
Con una ligera sonrisa Libélula le contestó:
- ¡Me caes bien! y puedo decir tu verdadero nombre, pero quien eres es algo que solo tú puedes contestar. Tú te llamas Oruga. Las orugas no viven entre piedras, te aconsejo que busques un mejor lugar donde vivir.
- Pero hace mucho tiempo que vivo aquí, no conozco ni sabría qué hacer en otro lugar- Dijo “Pequeña piedra”.
- Y no lo sabrás nunca si no sales a conocer nuevos lugares. Además te puedo asegurar también, que algo muy bonito te espera el día de mañana. Y ahora si me disculpas amiga, tengo que seguir volando. ¡Cuídate mucho!, hasta luego.
Libélula se despidió con un fuerte abrazo, una gran sonrisa, extendió sus alas y emprendió vuelo.
- ¿Volveré a verte algún día? – Grito “Pequeña piedra”.
-¡No sé!- ... se escuchó a lo lejos.
“Pequeña piedra” observaba con lágrimas en los ojos como Libélula se alejaba. Ese día había experimentado intensas emociones, y fue ese día también en el que “Pequeña piedra” conoció un nuevo sentimiento, uno que había estado esperando y con el cual soñó infinidad de veces pero que fue mucho más hermoso de lo que ella siempre imaginó.
Durante un rato “Pequeña piedra” estuvo meditando lo acontecido en ese día, pensaba en lo que había sido su vida en ese lugar y en las palabras de Libélula.
Se había quedado sola de nuevo pero ya no tenía miedo, y su corazón ya no latía como antes… ¡Ya nada sería como antes!
Volteo a ver por última vez el pequeño llano gris y un feo pedazo de papel sobre él, luego, se dirigió hacia un camino que siempre estuvo al lado del pequeño llano y al cual “Pequeña piedra” solía mirar con desdén.
“Pequeña piedra” supo que todo estaría bien y volvió a sonreír…
… después de todo, libélulas y mariposas vuelan bajo el mismo cielo.