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@hadolescente
san la muerte
at Hirshhorn Museum and Sculpture Garden
Germes Gang, Warsaw 2015
yesos
Cosas que pueden pasar un 5 de octubre
Era día lunes y solo tenía en consideración lo siguiente: salir de la casa a comprar un regalo de cumpleaños para mi hermano en el eurocentro, para luego ir a paulino alfonso a buscar a jg, que habíamos quedado de acuerdo en tener una tarde de salida a terreno para ver yesos y libros en arturo prat y san diego, respectivamente.
Cada cierto tiempo, meses o años, me doy una vuelta a ver los yesos de la calle Arturo Prat bien pasada Av. Matta, son casi todos muy feos aunque alguna cosa se salva, a veces compro algo pero ya menos porque me empecé a llenar de Cristos, figuras clásicas, relieves, ornamentos, y ya no sé qué hacer con tanta cosa. Yo recuerdo sobre todo a Pereira, el profesor de vaciado de la Escuela de Bellas Artes, por ahí por 1970, que en su sala infinitamente blanqueada, siempre impecable él con su traje gris, su delantal blanco y una sonrisa contenida de galán estilo radical, manipulaba materiales y herramientas con gran soltura, metiendo rítmicamente unos dedos en el yeso líquido mientras con otros dos muy limpios sostenía en el aire un cigarrillo humeante. Maravillado por la plasticidad de ese material tan al alcance de la mano, en fin, como la greda, y estimulado por la buena disposición del profe, durante un tiempo hice molde de todo lo que pude, maderas, figuras, greda modelada, mi mano, piezas de metal, y en poco rato tenía el molde y luego la forma en positivo. Luego me quedé, además, con una cabeza de Afrodita en yeso, creo que me la robé, aun la tengo y me gusta mucho, aunque se trata de una pieza bien hecha, con toda seguridad italiana. La tienda de yeso de la calle Arturo Prat es como un festival de figuras, muy abundantes y ordenadas en estanterías muy altas con pasillos estrechos, casi todas muy feas, pero hay allí algo ya muerto y algo que se resiste a morir, un material que aun le hace collera al plástico, y todo es absurdamente barato, hay cosas que cuestan 200 pesos, y además por algo hice dos años de escultura. Bueno, fui con J ese lunes a ver la tienda de yesos, habíamos programado salir, el nuestro es un trato de trabajar juntos en “algo” los lunes durante 12 semanas, a ver. Yo hasta ahora he descubierto el barrio la Versa (por fotos), puse en acción mi propia cámara que no sé bien usarla pero ya algo, entré en el trap hispánico, lo que no deja de ser, le hice a J una sesión de fotos casi todas malas pero hay una que salva, o sea todo suma uno no sabe bien hacia donde, pero eso es lo de menos. Íbamos a ir la semana anterior pero con alguien salí a almorzar y nos entusiasmamos con el sour y el vino blanco y entonces pensé que era mejor no subirme al auto y lo postergamos, así es que este lunes almorcé sanito.
Salí de la casa tomé la micro en pajaritos y me bajo afuera de la casa central de la chile. Voy al euro, compró la entrada para el recital que quería ir mi hermano, a la vez que me entretengo y quemo tiempo viendo las diferentes tiendas del centro comercial. El euro ya no es lo mismo. Me carga notar que las tiendas de videojuegos se han tomado el control. Incluso tiendas de tatuajes quedan pocas, porque las de música están en extinción hace rato. La vez anterior había encontrado el caset de los panteras negras “la ruleta” en un local que vendía camisetas de bandas y música. El dueño lo estaba rematando a 500, por cierre de local. Una locura. Ahora poco queda del euro con el fatbian en la pateando discos y esa tía rica de la disquería cemento - esta última con sucursal en el portal lyon-, con suerte un par de tiendas clásicas de metal, salvan el honor de las viejas glorias. De todas formas, los espejos de cuerpo entero en el euro se mantienen ahí y eso se agradece.
Seguí mi camino, pasé al correos de chile de plaza de armas a preguntar por mi disco del dellafuente, que le compré gracias a la venta de mi fanzine bórt a un cabro en Inglaterra - no estaba - y en la salida me encuentro con la agradable andrea g. que venía mirando al mono que se mueve de la luz verde en el semáforo para peatones, que en los últimos segundos de duración acelera su velocidad, avisando que se acaba el tiempo para cruzar. Nos saludamos y me contó que le gustaba esa animación, que la quería grabar. Nos despedimos y seguí mi camino hacia paulino alfonso. En el camino no pude evitar meter a la galería donde está el cine mayo, cine para adultos en el que destacaba el título a estrenar “diabólicamente anal”. Tomé una foto a la cartelera y me fui.
Llego donde el jg y me empieza a contar su rollo, su vida, su mina. Yo lo escuchó, me entretiene oir sus relatos, a veces dramáticos, a veces heróicos, otras ni lo uno ni lo otro, sólo hadolescencias.
Estamos listos para salir. Vamos. Subo a su coche y comenzamos el paseo. Tomamos arturo prat, rumbo al supermercado del yeso; él no sabe la dirección exacta, pero calcula que está a la altura del 2000, yo por mi parte que nunca he ido me dedico a ver las casas y los carteles pintados a mano de los locales del sector, hasta que en un momento clavo la mirada en uno que tenía una vitrina de vidrio y se podían notar unas figuras religiosas hechas de yeso. Le digo a jg que se detenga, que parece que llegamos, él me responde que no, pero de todas formas consiente a mi instintiva petición. Profesor monmar decía el cartel termoformado en la entrada y lucían figuras papales, de santos y de religiones de diversas partes del mundo. Me llamó la atención una enorme figura de San La Muerte en la vitrina. Quisimos entrar al local y aunque en la puerta decía abierto no había señal de vida adentro. Ya estabamos por abandonar el lugar, decepcionados por la alta expectativa generada por un lugar con mucha energía, hasta que por nuestro lado una mujer nos avisa que ahí viene la dueña del local.
Una de las recompensas de trabajar o tratar de trabajar con alguien como J es que al tener él 40 años menos que yo, su cabeza y su sensibilidad, aunque tengan puntos de concordancia con las mías, marcan hacia otras direcciones que yo sencillamente ya no veo, así es que aunque estaba yo preocupado de donde aparcar que ya íbamos a llegar a los yesos, finalmente le hice caso por algo que me dijo haber visto al pasar, estacioné y nos encontramos con una tienda muy freak, de yesos, pero policromados, un conjunto de figuras oscuras o brillantes donde se mezclaban la magia, la religión y la esoteria, todo muy decadente y vintage, aunque auténtico. En realidad, pensé, aquí hay algo. Había cristos, papas, santos, bailarinas, negros, cosas raras, todo amontonado en una vitrina que parecía haber sido dispuesta décadas atrás. Estaba cerrado aunque sin persiana.
En efecto, se trataba de una señora de pelo corto color rojo cobrizo, un tanto robusta que se encontraba paseando a su perro - o perros, ya no recuerdo bien -; la saludamos y jg que posee más experiencia comienza la presentación. Podemos entrar al local?, le dice, a lo que ella dubitativa responde que podría ser, aunque que tendría que ordenar porque su perro se había hecho caca. A nosotros no nos importaba mucho eso, queríamos estar ahí, a mi me había gustado la idea de que hubiera caca de perro. Entramos, al principio tenía una pequeña mesa con libros en los que me quedo pegado unos minutos.
Esa mujer me conmovió, era inquietante, una especie de jalea humana hundida por el escepticismo, la distancia, la frustración, la derrota, un peinado que parecía un sombrero, alguien que ha perdido todas las batallas, apagados los ojos, lentísima y con esos perros minúsculos. Al vernos supo que no éramos de su clientela sino alguna otra cosa. Ella era como de película de Almodóvar o de Alex de la Iglesia, pero a la chilena. Amo a los seres perdidos. La tienda estaba con un candado y había que subir un escalón. Traté de animarla, le hice señas y le hablé a ver si alcanzaba a divisarme desde su galaxia mental. Me imaginé en un instante sus noches, sus llantos, sus desayunos desesperados, sus primeros y últimos orgasmos, sus opiniones, su cansancio, su ropa caótica en los cajones de una cómoda de otro tiempo...
Había uno sobre alcoholismo escrito por el mismisimo profesor monmar, que minutos después sabremos era el padre de la mujer. Yo en esos momentos pensaba que debíamos llevarnos algo de ahí pero no sabía qué, hasta que me encontré con una pequeña figura de un esqueleto con una capa negra (San La Muerte) y quedé enganchado. Era justo lo que estaba buscando. Y justo que hace unos días atrás había pintado una imagen muy parecida a esa y yo no tenía idea de cómo se llamaba ni que habían figuras de ella; ¿coincidencia?, no lo creo.
- No se la puedo vender, está rota - me dijo ella. Probablemente le dije algo brevemente, pero más recuerdo mi silencio, así como asumiendo que no la tendría. Ya estaba olvidando la San Muerte, cuando ella me vuelve a hablar.
- ¿De verdad quieres tenerla? No te la puedo vender pero te la puedo dar. Yo la acepté con gusto. Tenía un recuerdo - no cualquier cosa - de la tienda esotérica más tradicional y antigua que he conocido.
jg no se quiso quedar atrás y eligió un papa con rasgos de mino italiano.
El ánima de esa tienda es el profesor Monmar, padre de la mujer, un señor que en verdad se llamaba Belmar aunque Monmar era su nombre esotérico y ahí estaba su pena, ella lo amaba y lo había perdido, aunque se mantenía fiel. La tienda llegó a ocupar alguna vez toda la manzana, contó con una voz entre quejosa y grandiosa, y fue la primera del país en esoteria, hace 70 años, en tanto que el profesor daba charlas en diversos países latinoamericanos. Yo quería comprar algo, en verdad, una figura, no por la magia sino por la estética inquietante aunque estoy en tratar de gastar menos y me puse bien avaro, al final llevé una figurilla pequeña por dos lucas, quise pagar con 5 pero ella (naturalmente) no tenía vuelto, hasta que encontré dos billetes verdes bien nuevos y se los dí y ella se resignó a vendérmela. La figurilla de unos 10 cms era un papa de pie, muy erguido, con su toque ambierótico, suave pero voluntarioso, creo que se trata de Pio X que fue santo, lleva capín rojo sobre la sotana blanca. Yo hubiera preferido quizas un san sebastian que son más crudos pero no había pequeños. Disfruté de la excitación de J por el local, su detenimiento al escudriñarlo todo y la gracia austera con la que consiguió, en verdad sin proponérselo, que le regalaran la figurita.
Después de agradecer a la señora por el obsequio, nos fuimos del lugar, rumbo al hipermercado del yeso. Un lugar totalmente opacado por la carga del profesor monmar. Habían muchas figuras eso sí, pero sentíamos que ya habíamos visto todo eso y con carga mágica, una cuadra más abajo.
Nos fuimos de ahi a nuestra última parada, libros de ocasión, en san diego. Antes de llegar pasamos a una amasandería de por ahí, a comprar una marraqueta, tentados por el olor que de ahí salía. Llegamos a la librería, un gran lugar, grande. muchos libros. Una señora extrovertida estaba al principio del local haciendo de cajera y bibliotecaria a la vez, mientras más adentro un hombre mayor medio desarmado estaba en una mesa leyendo y según lo que me cuenta jg se trata del dueño.
Vi muchos libros, recuerdo uno sobre abejas que tengo en mente ir a buscarlo para regalárselo a mi chica, y uno que me mostró jg llamado el mundo de los falsificadores, que hablaba sobre las copias en el mundo del arte. Gran título, tema que me interesa muchísimo.
Finalmente jg decide regalarme un libro, escogido por él. Utopía de Tomás Moro. Él se acerca a la mujer de la entrada y le pasa el libro para pagarlo. Él dice que no da lo mismo lo que se lee, ella responde que lo importante es leer porque es como hacer aeróbica para nuestra mente. Nos despedimos de la mujer, jg me pasa el libro, nos damos la vuelta y ella nos lanza una última pregunta, digna de una mujer impredescible: ustedes, ¿qué son? Yo me reía por dentro, jg tampoco dijo nada, ella continuó ¿es su abuelo? ¿su papá?, pero ya era tarde, la bomba ya había sido lanzada.
Queria darle a J un libro formativo, en buena edición, y encontré la Utopía de Thomas Moore, un clásico que es a la vez político, filosófico e histórico, alguna vez lo leerá, pensé, o quizá cuando se tope otra vez con Utopía se acordará del libro, y se me apareció vagamente la imagen de mi padre. La chica de la tienda es también una superviviente, aunque extremadamente vivaz, agotadoramente intensa, y yo sin decir palabra ni emitir más señales corporales le pasé el libro para que me cobrara. Me dijo que la estaba mirando como gatito ....esperando algo, en verdad yo no esperaba nada, al final me hizo un descuento, y cuando le pasé a J el libro con algo de solemnidad, quizá como tío Jorge, ella preguntó (creo que fue una venganza por el coqueteo frustrado) que qué eramos, si yo era el papá de J., noté que había un filo (chileno) en la pregunta pero yo estaba entonces del todo desmaterializado. El profesor Monmar y su desdichada sucesora, ahí estaba la clave de esa ida a buscar yesos y libros, y también por cierto en cómo mi recorrido con J de acompañante había sido absolutamete diferente a los anteriores, todo era otra cosa. A la salida vimos un jeep rojo alto y medio chocado, J ofrecio hacer foto, que salió muy buena con esas casas grises y raras de fondo.
El paseo termina y nos despedimos con jg aunque seguro estoy de que ambos pensabamos en qué somos, porque eso es de adolescentes y eso es algo que de seguro somos.
proximos estrenos!